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Los días de lluvia no sale al balcón. Intuyo su sombra, trajinando con la fregona tras los visillos; pero no se asoma, y yo me acabo el café y regreso al despacho cabizbajo. Ya sé que no es una princesa —pertenece a esa estirpe de mujeres que se salvan solas—, pero me gusta soñar que un día reuniré valor para enfrentar sus ojos y dejar que sea ella quien me rescate.
Cuando hace sol, repasa los cristales con la bayeta. Y canta. Ya sé que no es una sirena: su voz no hipnotiza marineros errantes. Pero yo encallaría sin dudarlo en sus caderas y me ahogaría entre sus muslos, cada noche. Los días de sol, me tomo el café frío y mi jefe se mira el reloj mientras vuelvo a mi cubículo.
Hoy no ha ido a trabajar. En su lugar, otra muchacha sacudía con determinación la alfombra. Mi café ha quedado huérfano en la barra, al saber que ayer el encargado la arrinconó, en el cuartillo de las escobas, decidido a cobrar su parte de ese contrato precario. Dicen que había productos inflamables, que no saben cómo…
Yo sé que los dragones existen. Y espero, mirando al cielo.
Esa será nuestra señal. Saldrás al balcón y sacudirás el paño como si espantaras escrúpulos.
Yo acudiré a tu llamada como siempre, ávido de tu presencia y cien veces humillado. Subiré sigiloso la escalera, esperaré agazapado en la oscuridad del descansillo hasta que te dignes a abrirme la puerta, recibiré las migajas que quieras darme, me asiré a tu cuerpo como una lapa y, mientras me susurras al oído palabras hipnóticas, te suplicaré otra vez que lo dejes, que él no te quiere como te quiero yo.
Esperaré tu llamada al otro lado de la calle.
¿Sabes una cosa amor?, a veces, cuando te observo desde lejos, tú también me pareces un monstruo.
Que sepas que ya no quiero ser sirena. Me corté el pelo a lo garçon y me pinto, como en los viejos tiempos, las uñas de los pies de rojo vino… Me volverías a llamar loca. Alargando la o con la sonrisa abierta. Yo me defendería con mi risa, y entonces tú…
Entonces tú no estás, y yo, en esta tierra seca, sin mar y sin salitre, me asomo a la ventana y sueño olas.
Claro que te reirías si me oyeras narrarte mi vida siendo pez. … pez de profundidades, rastrero de fondos submarinos, con mis ojos redondos y morritos inquietos, absorbiendo partículas grises con la esperanza de un trocito de ti.
Ser pez y encontrarte y decirte en el idioma de los peces, glub, glub, dicen que dicen, que guardo el mar en las pupilas para que sigas habitando en mí.
Noah nació en tierra firme, aunque bien podría haber brotado de la fina arena del mar. Mi esposa murió al dar a luz, mi niño no…¿o tal vez sí?. Una rara enfermedad congénita, imposible de detectar con los precarios recursos médicos de la isla, se cebó en él. Gruesas escamas poblaban cada centímetro de su piel. Luego, sus ojos, su nariz, sus labios; todo fue mutando hasta hacer desaparecer todo vestigio de humanidad. Tras cuatro años respirando sin estar vivo, encerrado en las cuatro paredes de su dormitorio, se ablandó la muerte. Ha venido a rescatarlo, ya es libre. Desde mi barca deposito su cuerpo en el mar, vuelve a sus orígenes. El fuerte oleaje deja su piel satinada como la de un delfín. Le veo saltar y sumergirse de nuevo varias veces. Por primera vez también logro ver su risa. De vuelta a casa, observo el tapiz que desde hace años cuelga de nuestro balcón. Tengo los ojos rotos de tanto llorar, pero sé que la vi. Durante unos pocos segundos la tela y ella fueron una. Luego se perdió en el horizonte. Tras él.
Paloma creció en un alféizar. Su madre la dejó una tarde sentada en la trona mirando hacia afuera para que se entretuviera. Era día de limpieza general. Una cosa llevó a la otra: quitar cortinas, sacudir alfombras, pasar en la oficina ocho horas diarias, limpiar alacenas, bajar la ropa de verano, embolsarla con naftalina para volverla a subir, planificar la cena de Nochevieja, tener a los mellizos, preparar las comidas para la semana…
Cuando se quiso acordar, Paloma tenía dieciocho años, tonteaba con el chaval del puesto de flores de la esquina, y se negaba a ir a dormir al cuarto.
Su madre no podía creer que esa beba regordeta que había sido hasta hacía nada, se hubiera convertido en una adolescente monosilábica.
Algo he hecho mal, se repetía cuando olía a tabaco o se encontraba con el florista semidesnudo en su pasillo de madrugada.
Al final, Paloma consiguió alféizar en un piso compartido con una cantidad insondable de jóvenes.
Vuelve a casa los domingos. Se lleva los tupers y cambia ropa sucia por limpia.
La madre la despide procurando no hacerle recomendaciones. El nudo en su estómago se acentúa cuando entra en la sala y ve su alféizar vacío.
El gentío permanecía embelesado en la balconada. Desde ella se contemplaba el puerto pesquero. Estaba engalanado con tiras de banderines multicolores, al igual que los pequeños barcos pesqueros, botes y todas las calles. La muchedumbre silencio la conga. Al desplegarse la banderola, estampada con el descomunal pez, se dejó oír una sonora exclamación. La brisa de la mar, emulaba coletear y tener vida a aquella figura idealizada de pez. Parecía querer escapar, resistirse a la barandilla semejando a un anzuelo o sedal. El barrio de la Habana Vieja, el puerto, casi todo el Malecón, fue invadido por rumbas, mambo, salsa, guaguancó… Por cada callejuela, taberna y bodeguilla, corría el ron, los mojitos y daiquiris. El día de fiesta, más popular, solo había hecho que empezar. Un año más se homenajeaban por ser lo que eran, pescadores. Recordaban a Santiago, viejo pescador que hace ya mucho tiempo, pescó el marlín más grande que se haya visto. Le mantuvo tres días de lucha con la mar, la presa, los tiburones y consigo mismo. Logró llegar a puerto con la cabeza y el espinazo bien limpio. «De 18 pies de la nariz a la cola». El viejo descansó soñando con los leones marinos.
Nací sirena. Mi voz y mi cola de escamas plateadas eran la envidia del abismo, donde mis padres, venidos abajo tras la crisis del mero, consiguieron el alquiler de una grutilla a bajo precio. Cansada de tanta miseria decidí pasear por los barrios altos a lucir melena, con tan mala suerte que quedé enganchada en el ancla de un viejo pesquero. El patrón, un rudo marinero, me rescató. En ese instante supe que mi destino estaría ligado al suyo. Me sumergió en una bañera semi oxidada, me llevó al almacén de un cliente suyo y allí, sobre una mesa de operaciones, cortó mi cola y me colocó unas hermosas piernas articuladas. Mis escamas plateadas se embalsamaron y fueron a parar al escaparate de un prestigioso restaurante japonés en Manhattan. Afortunadamente, mi voz quedó recogida en un gramófono antes del corte fatal. Me envolvió en algas para parar la hemorragia y me llevó a su casa.
Ya han pasado quince años. Cada vez que aireo la colcha que nos regalaron por la boda y me reflejo en la cristalera de la antigua fábrica de salazones, me asalta el recuerdo de aquel bondadoso y pobretón besugo de ojos saltones.
Vaya coincidencia. Se asoma a la calle por la ventana abierta de su cuarto a la misma hora que yo. Está preciosa. Haría cualquier cosa para conocerla. Además de explicita su visión de píe frente a mí, es amistosa. No se le habrá aparecido nada igual ni al mismísimo Kafka. Gracias a mi objetivo gran angular puedo acariciar el hipnótico encanto de su seducción.
Gustosamente le ordenaría a su manta con dibujo cola de sirena no la tape, recobre vida, huya del balcón y de su talle y me la deje ver completa subida a sus piernas largas y hermosas. Son de vértigo. Invitan en secreto a arrodillarme a su lado. Entre todas las mujeres que me cruzo por ahí, es el ejemplo de chica que ocupa la relojería de la cabeza. El amor empieza por algo así. Luego se rien juntos, se desvela algo concreto sobre la vida sexual, te besas, discutes, amas, te besas ¿Le mando una postal inventándome algún parentesco? ¿La cojo del brazo ingenuamente mientras tropiezo? Qué ocurrencias más idiotas. Quítate el pijama, toca en su puerta; abrirá, y confiésale: Eres una espía que sabe hacer ruido y yo uno terco y sin compasión. Voy armado.
La veo todos los días asomada al balcón, desde el estacionamiento, cuando llego a trabajar. Al mediodía, durante la ronda en planta, la encuentro cuando ya ha entrado a la habitación. Se sienta y dobla despacio la mantilla que le regaló Juan, la que cada amanecer extiende en la baranda, antes de mirar al mar para comenzar su charla de la mañana.
Vengo incluso los domingos, porque así puedo pasar visita sin la compañía de las enfermeras. Intento que me mire, pero nada ha cambiado en estos tres años: no desvía la vista de la ventana, no me deja oír su pensamiento.
Quise estar con ella cada día y lo he conseguido. Pero no imaginé que la vería como mi paciente. Ni que ella no olvidaría. Guarda su voz y su mirada para él. No lo entendí aquel día de pesca. Decidí mal y no quise afrontarlo mientras navegaba de vuelta, yo solo, mientras atracaba el bote, sin Juan, mientras gritaba hacia el muelle pidiendo ayuda.
Los días de mucho viento Sara aprovechaba para ventilar su casa y colgar del balcón la horrible alfombra —regalo de boda— con la intención de que un golpe fuerte de aire se llevara para siempre aquel monstruo marino que detestaba.
Eran tiempos convulsos y otro monstruo iba a sobrevolar las ciudades de Argelia. Muy pronto Sara se vería obligada a dejar su casa y con lo puesto embarcar, junto a miles de compatriotas, rumbo al puerto de Marsella.
No se imaginaba lo mucho que iba a echar de menos su alfombra tan odiada.
Como cada diez años, todos los jóvenes se reunieron en el puerto y salieron al mar con sus barcas. Era una tradición centenaria. Los muchachos apuestos, de voz suave y que mejor cantaban se llevaban a las más hermosas. Él, en cambio, poseía una voz distinta, dura, rota. Al igual que los demás, la había entrenado desde que alcanzó la madurez. Sus profesores le reprendían y aseguraban a sus progenitores que llegado el momento fracasaría.
Empujó su barca y remó lejos de la orilla. Sus compañeros cantaban al unísono. A los pocos minutos, empezaron a aparecer. Rubias, pelirrojas, castañas… todas preciosas. Algunos volvían ya con la suya, recibidos entre vítores de sus familias. Él cantaba una melodía oscura y nostálgica. Apenas quedaban unas pocas barcas en el agua cuando apareció ella, mirándole curiosa asomada a un costado del bote. No había visto nada igual: sus ojos no eran azules como el mar, sino negros como la tormenta. Sus escamas no eran suaves, parecían de piedra fina. La ayudó a subir y remó con ella hasta la orilla.
Muchas regresaron al agua poco después. Ella se quedó; se desprendió de sus escamas y las colgó en el balcón.
Las había mejores, pero cumplía y nunca faltaba. En tres años jamás había enfermado. Tampoco se le conocía novio, quizá porque tenía una personalidad excéntrica y a veces hacía cosas raras. El martes pasado, cuando el señor partió a trabajar, comenzó a barrer el recibidor y siguió barriendo el descansillo y las escaleras, hasta el zaguán. ¡Hay quien se excede solo por dejar mal a las demás!, le grité, vomitando un oscuro runrún por el hueco de la escalera.
El miércoles a mediodía, entre las dos y las dos y cuarto, se asomó cuarenta y seis veces al balcón, con esa mirada triste, tan suya, atrapada al final de la calle. Las conté. Salía a sacudir colchas, a despeluchar la escoba, a refregar las persianas, a sacar las plantas, a otear las nubes, a sopesar el viento… A las siete y trece salió a vaciar una bolsa de agua caliente y mojó a la señora que regresaba cojeando del podólogo. Estaba siendo severamente amonestada por ella cuando apareció el señor, que, ejem, siempre llegaba a esa hora. Pase a mi despacho, le dijo severo. Y ella pasó. Nerviosa. Alisando su uniforme. Recomponiendo su pelo. Sonrojada. Sonriendo, la muy descarada.
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