Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

49. BIOGRAFÍA DE UN PARAGUAS (Esperanza Temprano)

Siempre he caminado con paraguas, desde niño. Así ha sido más fácil soportar los chaparrones. Gracias a él conseguí atravesar intensos aguaceros, como la última vez que vi a mi padre con la maleta en la puerta de casa diciendo “no puedo quedarme, hay otra, lo siento, Marieta” o como esa palabra maldita que resonó como un trueno y me arrebató a mi madre un año después: “metástasis”. También escondió mis lágrimas en el patio de aquel orfanato cuando Paez me recordó que era un secreto entre él y yo sus visitas nocturnas a mi cama. Mi paraguas está mal herido por los vendavales y tormentas pasadas, pero ahí sigue, a mi lado, como la sombra de aquel niño que fui, que quiere huir de lo vivido pero que no puede dejar de mirarme.

48. UN RAYO DE SOL (Pilar Alejos Martínez)

Al finalizar su jornada, tras soportar los inconvenientes de una larga noche de lluvia, regresa a casa bajo el paraguas por una estrecha y empinada calle, esquivando los charcos acumulados en el empedrado para evitar mojarse los zapatos. Las últimas gotas golpean sobre la tela, rítmicamente, entonando una agónica letanía.

En medio del sepulcral silencio, retumban escalofriantes sus pasos transformándose en un sonido siniestro.

De pronto, escucha el repiqueteo de unas pisadas rápidas que se acercan por su espalda. Instintivamente, se vuelve para ver quién se aproxima con tanta prisa. A lo largo de toda la calle no hay ni un alma, está completamente vacía. No puede ser. Habría jurado que alguien venía a toda velocidad. La inquietud y el nerviosismo se apoderan de él. Su rostro empalidece y se le eriza la piel. Presiente que algo va mal, debe escapar sin mirar atrás.

Por un momento, entre un claro de nubes, un destello de sol proyecta sobre la pared la sombra de una niña. Parece abatida, su cabeza vuelta del revés mientras el tronco huye. Ha reconocido su repugnante olor. Espera agazapada hasta que la descubran, a que rescaten su cuerpo del interior de esta sucia y fría alcantarilla.

47. Little nail

Solo necesitas aire para poner una tienda de ventanas. Blanco, blanco, blanco, negro. Cuarenta años ya y muy pocas certezas. Si no llevo paraguas me mojo, y un folio solo se puede doblar ocho veces sobre sí mismo. Las cosas que antes ocurrían no eran tan de repente, creo recordar. Eres hasta el último segundo, y ya no eres. No hay un espacio en el que estés y no estés. O te has ido o no. Blanco, blanco, negro.

El agua cae sin hacer charcos, y la papiroflexia no sirve cuando no crees en los reyes magos. Yo llevo mucho tiempo sin dejar vasos de leche en la ventana. Desde que se me escapó el caracol, ganándome a la carrera. Se arrastra cada noche en mis sueños. Y me da las mismas patadas que durante nueve meses dio a su mamá. Blanco, negro.

A veces me hace un guiño en las esquinas, y me paro a saludar. Yo le puse nombre, aunque no vi su rostro. A la de una, a la de dos… y sigo adelante, apagando la sonrisa, por un rastro de baba. Negro.

46. Días sin luz

La felicidad efímera de aquellos días traía cosida la trampa del pasado. Cuando el presente echó el telón sin previo aviso, se transformó en un recuerdo intangible, en un vacío anclado a la garganta. El futuro no es esperanzador y necesito agarrarme a alguna anécdota que oculte mi permanente desilusión, que ahuyente mi angustia unos instantes; pero solo encuentro sombras. Deambulo por las calles con la certeza de que la muerte me espera en cada esquina y, aunque aprieto el paso ignorando su presencia, siempre vuelve la cabeza y me susurra que la siga. Si no la temiera tanto, me perdería con ella en las tinieblas para librarme del dolor que me provocan las agujas del ayer; sin embargo, sigo mi camino atado a una tristeza crónica que nunca deja de gritar; cargado con el lastre de tu inmensa ausencia; viviendo eternamente días con sabor a lunes lluvioso.

45. ENCANTADO (Amparo Martínez Alonso)

Cuando le dije a Sofí Castelo que no quería ser su novio, me amenazó con un conjuro que hablaba de dientes de dragón. Luego, lanzó cuatro escupitajos al suelo —uno por cada punto cardinal—, girando la cabeza 360 grados. Yo me burlé de sus amenazas: “Sofíaaa, no te tengo miedo ni de noche ni de díaaa”. Aunque no era cierto. Estaba seguro de que Sofí tenía poderes, y uno de ellos era ese: ¡girar la cabeza como la niña de El Exorcista! Molaba cuando jugábamos al escondite inglés, al balón prisionero o al veo-veo, pero en ocasiones como aquella, ¡acojonaba!

Al día siguiente, la familia Castelo murió en un accidente de tráfico. Desde entonces, el recuerdo de Sofí me obsesiona. Su hechizo consiguió que ninguna de mis relaciones amorosas prosperaran… Pasados los años, todavía continúo buscando sus “señales” por la ciudad.

Hoy descubrí su imagen en un grafiti: una sombra gris custodiada por dragones multicolores. ¡Se me aceleró el corazón! Solo tenía que escupir cuatro veces y… ¡adiós maldición! Me acerqué al muro. Sofí giró la cabeza y me miró. ¡Juro que me miró! Acaricié su mejilla descarnada. “Te echo de menos”, susurré. Sofí sonrió. Yo tragué saliva, ¡toda!

44. ALCANTARILLA (ALBERTO M)

La tapa de aquella alcantarilla tenía una cierta holgura. Si la pisabas al pasar, se hundía ligeramente y volvía enseguida a su lugar, dejando escapar una gárgara oscura como un misterio profundo. No era tan fácil darse cuenta, la mayoría de los viandantes ni se enteraban. Pero, si ponías atención, especialmente a la hora del crepúsculo, puede que notases algo extraordinario. Un día me di cuenta de que si la pisaba, y luego miraba hacia atrás queriendo saber qué es lo que estaba pasando, unos dedos de hielo me rozaban el corazón. Pasé varias veces y todas ellas sentí como si hubiese perdido un deseo o una razón para vivir. Entonces probé a pasar sin volver la vista atrás. Ocurrió un prodigio: adiviné, viéndolo sólo en mi interior que la tapa se deslizaba dejando un huequecito oscuro. Fantasmas de niños huérfanos subían la escalerilla, se asomaban con sigilo y dejaban salir sus sombras a vagar por las aceras. Al día siguiente volví al lugar. Pisé, seguí tres o cuatro pasos y me detuve sin volverme. Sentía la silueta de una niña pegada a mi espalda. Seguí caminando lentamente con ella agarrada a la camisa. Nos necesitábamos.

43. Perdida en la ciudad

Piensan que siempre estamos ahí aunque varias veces al día —en la casa, de noche, un día nublado—, desaparecemos; y a veces ya no nos recuperan. Son tan insensibles que no llegan a echarnos de menos y el resultado es que el mundo está lleno de hombres sin sombra y sombras sin dueño.

Cuando perdí a mi dueña, hace ya muchos años, me mantuve escondida un tiempo, procurando no pasar por espacios abiertos en los que el sol pudiera revelar mi presencia, pero pasado un día decidí salir a buscarla, pero nunca la encontré. Anduve por las calles, me crucé con alguna persona que había notado que ya no le acompañaba su imagen, e incluso me topé con un joven que se fijó en mí y se acercó; pero no formábamos una pareja creíble y desistió.

Desde entonces me han visto deambular solitaria, a mí y a otras como yo. Aparecemos en cualquier esquina al atardecer, nos llaman fantasmas.

42. El dibujo

«Mi papá es muy alto y muy fuerte. Cuando me coge en brazos se despiertan las serpientes de sus bíceps. Los bíceps son esos cosos que si vas al gimnasio todos los días se te ponen muy gordos. Por las mañanas acompaño a mi papá hasta la esquina para verle marchar, y por la noche también voy, para verle llegar.»
Escribí todo esto debajo del retarto de mi papá que la seño nos mandó hacer, y le gustó y me puso una estrella. Pero Capucine dijo que era una mentirosa, que yo no tenía papá, y que por mentir se me iba a poner la cabeza del revés. La seño le dijo que se callase, y… y además Capucine es una estúpida: a los niños que mienten no se les pone la cabeza del revés, les crece la nariz.

41. ALTER EGO (Purificación Rodríguez)

¡Será posible! Acabo de cruzarme con un tipo por la acera y me ha mirado como si yo fuera una rata de alcantarilla, o una inmunda cucaracha. No me ha pisado porque llevaba prisa, pero se va a enterar.

Mmmmm…..A ver qué se me ocurre…..¡Ya está! Mi sombra siempre me obedece, la pobre, como si fuera mi alter ego, así que le acabo de pedir que se quede en esta misma esquina, quietecita en la pared, hasta que el tipo vuelva a pasar y, entonces, cuando me lo cruce de nuevo, me detendré a observar cómo es mi negra sombra la que lo mira esta vez, sin ojos, sin cuerpo, sin lógica. Desde la nada más profunda de la piedra.

Y veré el terror en su mirada, porque no podrá escapar. Lo perseguiré allá donde vaya y tome la dirección que tome. Hasta que desee no tener ojos.

Y si cree en algún momento que logrará darme esquinazo, es que no sabe lo ligeras que son las piernas de mi sombra.

 

40. Aceptación (Mar González)

Primero se apagaron las velas. Después se llevaron las flores, peluches y dedicatorias que, durante días, quizás semanas, ocuparon la acera.
Mucho antes, su nombre dejó de aparecer en los periódicos. Fue portada su desaparición, su búsqueda, las lágrimas de su madre, las multitudinarias manifestaciones… Nada durante un tiempo y, de repente, la fotografía de una lona negra cubriendo una camilla y, otra vez, las lágrimas.
Entonces llegaron las cinco etapas del duelo. O las cuatro. La depresión dura ya demasiado. Quizás se quede conmigo para siempre.
El psicólogo me recomendó volver a aquella calle. Tardé, pero volví. La vida discurría con normalidad sin ella.
Regresé con pintura y, ante la mirada atónita de algunos, dibujé su sombra. No es ella. Ella no está. Pero es lo que nos queda. Intenté captar su fragilidad, ese andar como flotando entre nubes y esa manera de girar la cabeza para seguir con la mirada todo lo que llamaba su atención.
Ahora, cuando paso por allí, yo también me giro para seguir viéndola todo lo que me permita la vista. De un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que no soy el único.

39. Paciencia, mi niña (Luisa Hurtado)

Juntos fuimos compañeros de juegos, no se nos olvida; aunque el tiempo haya hecho mella en mi cuerpo, este haya crecido y tú me mires, desde la esquina, sin saber qué separa al hombre en que me he convertido de la niña que aún eres.
Paciencia, mi amor. El tiempo seguirá pasando, un día cada día, y caerá sobre ti y seré testigo de cómo te conviertes en una mujer mientras el hombre que soy espera con una sonrisa a que la vida vuelva a unirnos.

38. La duda de la sombra (María José Escudero)

Míralo. Rígido y distante, sigue sin superar las desengaños de la infancia. Averiguar que los Reyes Magos eran los padres y que los bebés no venían de París, le dejaron marcado para el resto de su vida. Y se ha convertido en un ser tan reticente y suspicaz que también se niega a dar crédito al pronóstico de las nubes y carga siempre con el paraguas, por si acaso llueve. Tampoco puede evitar volver la cabeza hacia atrás cuando camina, ¿lo ves? Lo hace con frecuencia. Es tortuosamente cauteloso. Atento a posibles amenazas, contraataca con rapidez y se distancia silenciosamente ¿Te das cuenta? Siempre está alerta. Por eso, todos los días, me acomodo en esta esquina y le saludo con cortesía, pero sospecho que a este tipo nadie puede echarle el guante porque sólo aspira a protegerse de los golpes de la vida y no se fía ni de su sombra. ¿Tú crees que en algún momento será dichoso? Yo lo dudo mucho. Tiene miedo, y nunca me dará una oportunidad.

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