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Se perfilaron contra la pared los miembros desordenados sobre sus siluetas enlutadas, anticipándose a las gestiones de última hora de la tarde, paseos sin rumbo fijo o carreras de vuelta de extraescolares del día siguiente. Lo hicieron por decenas, en cuanto el lobo solitario dobló la esquina, después de que hubiese comprobado que no había pivotes en esa calle peatonal.
No se saca las manos de los bolsillos hasta que no sale del ambulatorio; ni con lejía consigue quitar la roña de las uñas. Le da apuro enseñarlas, ya ves. En la farmacia, igual: guarda rápidamente los antibióticos y después, en vez de irse derechito a la cama, como ha insistido el doctor, se encamina al taller. No puede dejar tirada a la clientela otro día. En un rato vendrá el panadero, le urge cambiar las ruedas de la furgoneta. Estuvo ayer, pero encontró la persiana bajada.
Mientras le espera, piensa en su hijo. Es buen chico, aunque un poco mandria, qué le vamos a hacer. Hoy está castigado sin salir, alguna habrá liado. Le gustaría que estudiase una carrera, que encontrara un buen empleo, que no fuera siempre lleno de lamparones, como él. Abogado, por ejemplo. Con traje y corbata, eso es.
Sí, estaría bien. Pero ¿y si cuando el niño le ve alejarse calle abajo coge la pelota y sale corriendo hacia la plaza a jugar y cruza sin mirar y el panadero derrapa en un charco y pierde el control del vehículo y le estampa contra una pared?
Un milagro que finalmente todo quede en un susto.
La primera vez que me abandonó me sentí como Peter Pan. Tenía que recuperarla costara lo que costara. Ella siempre había estado ahí, fiel y sumisa. Si yo volvía la mirada, ella también. Si reía, ella lo hacía a carcajadas. Si lloraba… Su cara se convertía en un mar de lágrimas.
Por qué me dejaste, le reproché. No me gustaba ser tu sombra, me contestó. Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, le recordé. Eres un trasnochado, me replicó. La abofeteé. Tuvo miedo y volvió conmigo.
Ha vuelto a escapar. Está lloviendo, me ha obligado a salir en su busca y la rabia me corroe. Me ha parecido verla doblar la esquina, pero no está. Esta vez, en cuanto la encuentre, la mato.
Yo ya sé que a quién le debo todo. Esto es algo que tengo bien claro desde que aparezco en cuanto ellos me imaginan; por eso nunca pienso que me puedan abandonar dejándome así, como hoy, en tan incómoda posición.
La mía es una postura imposible que él, en una especie de burla perversa, intenta imitar mientras abandona la escena huyendo bajo un suave sirimiri que tiñe de húmeda tristeza el recuerdo de lo que ya nunca más será; desconoce que, un fotograma después, una pequeña balsa de agua va a hacer que resbale yendo a perder algo más que su digna porte en ella. Pero eso no pertenece a este relato y yo me quedo inmóvil, oscura, sabedora de que ya di mi último paso, a la espera de que el tiempo en su transcurrir se alíe con vientos y desidias, y llegue el día en que ya no quede rastro de mí en la pared y pueda, al fin, olvidarme de esta molesta tortícolis imaginando que algún otro artista me imagine, quién sabe si esta vez en colores, para variar, y que yo no necesite imaginar pedruscos que bien podrían desnucar a alguien tras un resbalón inoportuno…
Muchos años llevo viviendo en el barrio, en realidad nunca he salido de él. Aquí me crie y encontré trabajo en una cafetería de la avenida cercana donde me dirijo andando cada mañana. Ya no queda nadie de los que conocí, poco a poco se fueron esparciendo por la ciudad; el zapatero remendón cerró su local —ya nadie arregla el calzado—, solo residen ancianos e inmigrantes sin papeles en busca de empleo; las jóvenes parejas prefieren las afueras y los edificios modernos y soleados. La calle está casi siempre desierta, desangelada, no se oyen gritos de niños jugando; de aquella época queda plasmada en la pared de mi casa la sombra del crío despistado que fui caminando hacia el colegio.
En aquella región hacía mucho tiempo que no llovía. Desde que en la Factoría se produjo un escape de ácido que formó una nube tóxica impidiendo la condensación del vapor de agua.
Un grupo de creyentes decidieron sacar en procesión la imagen de la Santa. Cantando los himnos tradicionales, invocaron su ayuda. Y en mitad de la plegaria, se abrió el cielo. Rugió un trueno y un rayo vino a caer sobre una de las portadoras, Bennedetta, la niña con más fe de la congregación. Todo el mundo pudo ver cómo se le torció el gesto y vino a empotrarse contra la pared, justo en el cruce de la vía del Corso y la Avenida Garibaldi. La tormenta fue antológica. A partir de entonces, el tiempo se regularizó: llueve de vez en cuando y en enero se llega a los 25º. Lo normal.
Ahora, solo los días de lluvia se puede contemplar la silueta de la Beata Bennedetta en el lugar donde sucedieron los hechos. Aunque la mayoría no conocen el prodigio, otros en cambio vienen a ofrecerle un ramo de flores, cantando emocionados la atávica canción:
Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva…
Llueve. Como casi todos los días en esta ciudad. Y leo el periódico. Pero eso no es noticia.
La noticia eres tú. O, mejor dicho, tu ausencia.
Vendiendo recuerdos a los turistas en aquella esquina de la zona antigua eras como una sombra, que ni se veía ni molestaba. Alguna vez te compré algo. No recuerdo si un mechero o un abanico. Te di cinco euros y tu mirada azul se agrandó tanto como un mar inabarcable. Se cruzó con la mía y algo ocurrió. Una luz, un fogonazo, una explosión… No sé muy bien qué, porque desapareció al instante. Después, empezó a llover y me marché.
Hoy he leído en el periódico que tu esquina está vacía. No dicen cómo te fuiste; e imagino mil y un infortunios. Quizás simplemente te cansaste de esperar a que alguien se fijara en tí. Y te desdibujaste.
Ahora me aflige pensar que pude haber hecho algo más que comprarte unas baratijas. Entonces no pensé qué podría ser de ti. Tenía prisa, supongo, por llegar a donde fuera.
Leo el periódico. Y llueve. Ya no tengo prisa. Recuerdo aquella luz.
Solo soy una silueta reflejada en la pared…
En eso me he convertido tras años de sufrimiento.
Y aunque me mires con esa mirada displicente, ya no te tengo miedo.
Ahora podré escapar por fin de tus tentáculos, de esas manos resecas y de esa boca babosa que me cegaban el alma.
Al fin podré diluirme para siempre entre las gotas de lluvia…
Obligaré a que mis piernas me trasladen lejos, muy lejos.
Pero aún así, no te olvides jamás que mi mirada permanecerá eternamente vigilante.
He conseguido escapar y recomponer el puzle de mi cuerpo casi al completo. Aunque hay quien se ríe cuando ve que mis piernas se mueven en dirección contraria a la que apuntan y que mis orejas no están a la misma altura una de la otra. Pequeñeces. Lo importante es que le he dado esquinazo. Pero debo estar alerta, seguro que anda pateando la ciudad debajo de su feo paraguas, buscándome. Aunque siempre me decía que soy una basura, que no valgo nada, antes de saltar escuché cómo le aseguraba al baboso trajeado que vaciaba en sus manos la cartera, que soy la mejor de todas, que estoy entera.
Las sombras me persiguen desde el día que te fuiste, se esconden detrás de cada esquina en esas tardes de lluvia. Por mucho que mire hacia atrás nunca las veo, pero sé que siguen mis huellas tras los charcos en la acera adoquinada.
Prisionero del recuerdo, intento escapar de la nostalgia del invierno que me abraza frío con sus oscuras siestas de paseo solitario bajo el paraguas. Me gusta el sonido del agua cayendo sobre mojado, como mis ojos empapados que nublan la vista de las luces de los semáforos. El rojo no me detiene y cruzo la calle sin mirar al frente.
Ahora es tu rostro el que vuelvo a ver entre faros de colores. Las sirenas no me dejan oír tu voz. No quiero perderte de nuevo, así que te pido que te quedes a mi lado, cógeme la mano una vez más y podré cerrar los ojos sintiéndome acompañado.
Una ya tiene sus años y ha visto muchas cosas recorriendo estas calles de Dios, pero aquel tipo no era bueno, no, que lo sabré yo. Arrojó unas monedas a mi plato y servidora ya iba a ofrecerse para leerle la buenaventura cuando vi que muy mala la gastaba el mocito, muy mala, sí señor. Debió de verme el susto pintado en la cara porque se echó a reír mientras yo rezaba todo lo que sabía, ya que cuando ríe el diablo alguien llora, y al malparado le seguía la misma muerte, en forma de una niña en la sombra.
Adora la lluvia. Esa lluvia dulce y regeneradora que limpia almas y estigmas, que resbala por los cuerpos orgullosos y sin incertidumbre. La que se lleva la sangre de las aceras y las lágrimas del rostro, abraza desequilibrios en los tejados, retumba en los canalones desgarrando telarañas ancestrales. La que provoca arcoiris. La que termina en las alcantarillas, esas venas urbanas oscuras y misteriosas que siempre le inquietan, para arrastrar lejos, muy lejos, la suciedad de la gente.
La que, aquel anhelado otoño de metamorfosis, diluyó, por fin y para siempre, la sombra de la infeliz Daniela.
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