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Oíd bien. Aquí llegan los merlotes. A lomos de transparentes guldas de mar hemos conquistado el promontorio añil de los sueños, y dix las comadres que a los niños malos que mean la cama les zampuyamos el cogote con un basto de la baraja.
Atended ya. Si se os demostrara nublemente que existimos nosotras, las pírgulas de las bibliotecas, las de la médula empolvada ¿seguiríais gribando sin poneros guantes? ¿Fulvaríais entonces las páginas de los brilos en busca de emociones y aventuranzas?
Escuchad ahora. Somos los setembrinos, nacidos en la madrugada de sirenes, el octavo día de la nesama. Conocemos los sigréculos de mil vidas antelares. Si quisiéredes saber dónde se esconde la leficidad, has de consultar el azogue que tenemos incrustado en nuestro espeto.
Sabed de nosotros, criaturas y existencias todas del orbe gentricular. Venid: Hubo un tiempo en que llevábamos el esqueleto debajo de la carne y parblábamos con los albios y la guinlia. Pero eso fue hace muchas éviras, en el planeta azuláncano que perdimos en el lodo cieno. Cuando no se nos había desgastado esa alma humana que algunos aún conserváis recelosos y que en ocasiones todavía nos asoma y nos asombra.
Contar cada segundo, anular todo pensamiento, deseo y sueño. Ese ha sido su amparo: a lo que ha dedicado los días y las noches. Y su destino es perder el juicio atrapado en ese cuerpo petrificado, abandonarse y desaparecer.
Su corazón, sus venas, sus ojos se deshacen. Se convertirá en arena y llegará el fin. Su cuerpo se desintegra arrastrado por un soplo cálido de viento, lejos, hacia el mar.
Pero el primer latido del corazón retumba dentro de él como un seísmo. Un dolor intenso, insoportable.
Siente el calor del sol y la lluvia en su piel, una alegría histérica por volver a la vida. Pánico al tomar conciencia de lo que está sucediendo. Un miedo infinito.
Hoy es el día. Es consciente de que con solo una orden sus piernas abandonarán esa fría quietud. No tiene prisa. Ahora lo sabe. Antes de blandir su espada, disfruta de ese instante eterno.
Atardece. El sol inunda la mar, y la ciudad se estremece al escuchar el grito olvidado por los siglos de los siglos del ángel guardián sobre el cementerio.
Cuando tenía mocos o calentura mi madre me subía a ver a la Curiela. Andábamos monte arriba hasta llegar a la antigua paridera del raso. Daba igual la hora que fuera, avisaba a nuestro padre de que salíamos y tiraba de mí hasta alcanzar su destino. Yo pensaba que era por los dos hijos que ya había perdido. O por el valor que cobraban un par de brazos a la hora de la labranza. El caso es que me arrastraba por la vertiente hasta alcanzar aquel chamizo lleno de magia, como si una extraña fiebre la poseyera en verdad a ella. Entrábamos sin llamar, tanto de día como de noche, y nos recibían una serie de estatuillas y fetiches, de amuletos y reliquias que dibujaban, a la luz mortecina de la lumbre, sombras fantasmagóricas sobre las paredes de cal y piedra. Un viento frío la acompañaba cuando aparecía de repente. Joven para vivir tan apartada, guapa a pesar de su aspecto descuidado. Me conducía hasta el chiscón del fondo para aplicar paños calientes con sus manos de seda. Después se retiraba con mamá al lado del fuego y conjuraban la enfermedad con toda suerte de aspavientos y gemidos.
Desde que mi novia voló de casa, lloraba encerrado en el aseo. Con la bañera llena de agua caliente, me relajaba con los patitos de goma que compré para cuando ella quisiera quedarse embarazada, de mí.
Un día añadí sales aromáticas. El agua tomó una tonalidad rosa y, de repente, los patitos graznaron. ¡Habían cobrado vida! Desnudo, correteé por los pasillos enloquecido, hasta que resbalé y me di un buen golpetazo.
Pero no, no me había vuelto loco. Los patitos estaban vivos. Y eran tan preciosos que consiguieron que sonriera. Los adopté como hijitos. Les cambiaba el agua, los alimentaba, les daba cariño, y hasta los bauticé: Gomitas, Comebichos, Travieso (porque más de una vez paseaba a su aire por la casa), Alicaído y Despechitos.
Pero los hijos crecen. Se convirtieron en unos hermosos patos de goma (salvo Travieso, que resultó ser un cisne) y ya no cabían en la tina. Así que los trasladé a la laguna del pueblo. Lloramos todos, los patos, el cisne, yo… y mi exnovia que estaba allí. Había llevado a ver palmípedos a los sobrinos de su prometido. Creo que se arrepintió al comprobar el excelente padre que hubiera sido del niño que esperaba.
Tengo cáncer. Los reyes son los padres. Tú me besas. El calvo de la lotería es en realidad un señor de Trinidad y Tobago que no hace magia ni nada. Tú me abrazas tan fuerte… Las burbujas de Freixenet son simples chicas, que además no suelen ir así por la calle. Y me haces el amor tan sólo con mirarme. Papá Noel no puede estar a la vez en la puerta del Carrefour y en la del Corte Inglés, es imposible. Soy tan feliz que a veces creo que todo es un sueño. Copperfield no hizo desaparecer la Estatua de la Libertad, pero mamá se llevó a papá al poco de morirse. Y a él no le importó, total, ya había terminado de arreglar el establo. El caso es que ella sí lo hizo desaparecer, y eso que no era maga. Tú tampoco. Sin embargo, el médico no entiende qué es lo que hace mejorar tanto mis análisis.
Mi hermana tiene poderes, es capaz de convertirse en cualquier animal con tan solo proponérselo. Cuando estoy triste, a mí me gusta que se transforme en jirafa. Estira, estira y estira el cuello hasta que, por fin, alcanza a darme un beso.
Año 1587. Aquel muchacho ya era popular en la aldea por una peculiar curiosidad, su piel era capaz de soportar temperaturas extremas. Ello daba para mucha chanza y divertimento pero los servidores del Santo Oficio atribuyeron al fenómeno alguna influencia del maligno. Por evitar males mayores, el chico se unió a un grupo de juglares y titiriteros trashumantes y puso leguas de por medio. Al principio echaba una mano en cualquier cosa, pero no tardó en ofrecer su propia actuación en la que retaba a los más osados entre los lugareños a resistir más que él en calderos de agua hirviendo o cubiertos de un grueso manto de nieve. Por las apuestas que cruzaba, pronto se hizo con una considerable fortuna. Un buen día, cuando ya se le consideraba invulnerable e inmortal, el joven desapareció y nunca más se volvió a saber de él.
Año 1972. Un empresario desconocido descubre, fabrica y comercializa un tejido resistente a elevadas y bajas temperaturas. Nada se sabe del origen del capital que ha posibilitado tan importante inversión, por lo que la UDEF emprende indagaciones. El nombre del producto les lleva a investigar a un extraño personaje del siglo XVI, un tal Doménico Neoprenus.
Las ratas husmean el aire. Buscan, hambrientas. Asaltan la despensa y arrasan con todo. Caen, con estrépito, los platos de la alacena.
Sorprenden a los padres durmiendo. Los atacan. Los gritos desde la habitación de matrimonio se confunden con los del chiquillo, que acaba de recibir un bocado feroz en el cuello. El pequeño se incorpora del lecho y trata, en vano, de frenar la hemorragia llevándose la mano a la herida. Las sábanas se tiñen de sangre. El animal se ensaña con el niño, araña y muerde brazos y piernas, hunde el hocico en la carne blanda del abdomen, recién abierta. Desgarra músculos y órganos, avanza implacablemente buscando una salida. Los alaridos se van atenuando. Ahora son sólo gemidos. La resistencia es cada vez menos enérgica. Inexistente, al fin.
Asoma la bestia por la boca entreabierta del cadáver y consigue salir. Baja por la pata y se detiene ante algo que brilla al pie del camastro. Por pura curiosidad. Olisquea con prevención el dientecito que el niño había escondido debajo de la almohada y que, durante el forcejeo, ha caído al suelo. No le ofrece mayor interés y abandona el cuarto a la carrera.
Todo en aquella casa me hablaba de su ausencia y de los momentos que ya no viviríamos nunca. Paseaba entre aquellas paredes como alma en pena y no acababa de reunir el valor para entrar en el despacho y acercarme a su ordenador, a sus borradores y a esos cuentos infantiles con los que se había ganado la vida y que habían impregnado, como no podía ser de otro modo, todos nuestros días juntos.
Pasados unos días, procedente de aquel lugar en el que aún no me había atrevido a entrar, creí oír algunos sonidos, asomé con miedo la cabeza y descubrí, incrédulo, una especie de hada minúscula, transparente y luminosa que, acariciando los objetos que yo aún no había osado tocar, lloraba desconsoladamente.
Fue así como nos conocimos, hace unos meses ya y… ¡maldita la hora! ¿Alguien sabe cómo hacer callar a una musa y que deje de susurrarme en el oído?
Mami hace magia sin usar varita. Cuando esos hombres malos tiran bombas desde los aviones, nos lleva a mi hermanito y a mí a un escondite secreto. Debemos bajar muchas escaleras y está oscuro, pero allí nos sentimos a salvo. Según dice, lo máximo que se oye es el eco sordo de las explosiones.
Si algún día la encuentro llorando porque recuerda a papá, enseguida seca sus lágrimas, me colma de besos y jugamos a nuestro juego favorito: piedra, papel o tijera.
A veces, después de escucharla hablar en la escalera con los vecinos, trae dos platos de sopa para que comamos caliente.
Aunque hace poco viajó al Cielo a reunirse con papi, por las noches me cuenta cuentos preciosos. El señor de bata blanca del hospicio dice que todo es fruto de mi desbordante imaginación. Mentira… Yo solamente anoto en la libreta las cosas que mamita me dicta.
El tiempo pasa. Ahora mismo estoy firmando ejemplares de la colección de cuentos que escribí en la niñez. Un éxito de ventas. Dani (mi hermano pequeño) acaba de confesar que, tras marcharse mamá, una bolita luminosa entraba cada madrugada en aquel frío dormitorio mientras descansábamos. ¿Acaso no existen las hadas madrinas?
El despertador da las instrucciones: abrir los ojos, aunque los dos llevan un buen rato desvelados. Girarse ambos para adoptar la postura de la cucharita, una forma más de estimular el cariño y la ternura, porque poco más puede hacerse un martes a las siete de la mañana. Dar un suspiro, largo y profundo, que cesa con la alarma cuarto milenio.
El despertador, incluso apagado, sigue marcando los tiempos. Ella se levanta, más enérgica, él con movimientos aún soporíferos, de hecho, si de él dependiera, ni se movería de la cama.
Ya en la puerta, la vuelve a besar, pero sin mirarla a los ojos, le da vergüenza. A los niños los dejará en el colegio y promete no acabar en el bar con el resto de los compañeros despedidos.
Ella, acelera, sube las camas plegables, esconde los muñecos de peluche, cubre las paredes con un mural de papel que cae del techo con pirámides y constelaciones, enciende el incienso, coloca la mesa lejos de la ventana, en la penumbra, y la bola de cristal en el centro. El timbre suena a las nueve en punto, entonces, se ajusta la túnica, el falso ojo de cristal y abre la consulta.
A la charca de las ranas ya no acuden príncipes melancólicos y tímidos que añoran a una joven hermosa a la que alguna bruja maligna haya embrujado. Tampoco se acercan los empleados municipales a limpiar residuos atrapados por la belleza reflejada. A nadie le interesan ya ni príncipes ni barrenderos. Solo las estrellas y la luna siguen tremolando en la superficie. Sin embargo, las ranas están más felices. Ahora que pueden nadar sin tanto temor a ser besuqueadas, ni a quedar presas en las redes, se dedican a decorar con flores, bacterias, algas, hojas y ramitas —como cuadros impresionistas en lienzos de cielo espejeado— los sueños de los desempleados que deambulan por el parque, saben que en ellos está la esperanza, aunque ellas tengan que volver a esconderse.
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