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Nunca me han gustado las historias de súper-héroes, no creo en ellos. Pero no me importaría tener cerca a esos súper hombres o mujeres que deshacen entuertos.
Necesito conseguir sus cualidades para estar entre los elegidos.
No me vendrían mal los rayos x o la visión remota para comprobar los atributos que exigen los jurados al determinar que texto es digno de pasar a la final.
O una súper-fuerza que doblegara los ánimos de algunos locos de las palabras.
También me convendría dominar la luz para crear textos tan luminosos y resplandecientes que, por primera vez desde 2012, dejarán sin palabras a esos jueces tan implacables.
Asimismo me sentaría de maravilla poseer sus dones para salvarme del fracaso reiterado, que indefectiblemente, me espera cada temporada.
Pero no me siento sola en ese empeño ingrato. Sé que los premiados son contados, y que me acompañan infinidad de junta-palabras esforzados que jamás desisten y se empeñan, sin suerte pero con tesón, por estar entre los grandes y en dar con la clave secreta del éxito.
Tal vez debería crear un nuevo súper-poder para reencarnarme en algún súper-héroe de las letras, al que admiro, y que siempre se llevaba el gato al agua.
8:45. Tras varios días fuera de órbita, condenado al silencio y a una oscuridad glacial, percibió Emilio una luz, deliciosa y pálida, que comenzaba a entibiarle el alma. Por fin se encendía el horizonte. Aquella calidez fue acariciándole, confortándole y haciéndole flotar, y antes de abandonarse al dulce sopor, olió la fragancia de las rosas que regaba Marga, su mujer, el domingo que salió a montar en bici. Sintió que sus ojos se humedecían, notó un último latido en su pecho y se dejó llevar, plácidamente, por aquella luz blanca.
16:12. Un sanitario desenchufa la máquina, le saca de la boca el tubo que le conecta al respirador y le tapa cuidadosamente la cabeza con la sábana. No lo dice, pero le sigue intimidando mirar a la muerte a la cara.
16:37. A pie de pista, un equipo monitorizado aguarda impaciente en una ambulancia. El helicóptero toma tierra y un hombre desciende apresurado sujetando una nevera portátil. El operativo se pone en marcha. Pese al tráfico y la lluvia, en pocos minutos el corazón de Emilio cambiará de cuerpo y volverá a latir de nuevo.
Y una chispa de luz diminuta parpadeará por vez primera en el firmamento.
Salgo de la oficina tarde, como siempre. El pesado de Ibáñez ha expuesto su mierda de plan de seguridad y la reunión se ha alargado haciendo que otro día más me salte el gimnasio. Atravieso la plaza con prisa hacia la entrada del metro. Está abarrotada. Es el primer día de rebajas y no he podido comprar nada. Es difícil avanzar entre tanta gente, a este paso me cerrarán hasta la frutería del paki (y algún día de estos debería cenar sano).
Trato de correr más pero el tacón se me atasca en una alcantarilla. Tiro un poco para sacarlo pero no hay manera. ¡Maldito ayuntamiento! ¡Maldito zapato! Claro que con lo que me costaron o sale entero o aquí me quedo.
Me agacho disimuladamente para intentarlo con la mano. Nadie acude a salvarme, en esta ciudad no hay superhéroes. A mi alrededor todos pasan con prisa hacia las rebajas, hacia el gimnasio, hacia la entrada del metro, hacia el comercio de algún paki a por algo para cenar. Nadie repara en mí. Pienso en esos animales atrapados en un cepo en la soledad del bosque y rompo a llorar. Envidio los límites concretos de sus trampas.
—Y el mío es médico, de los que curan.
Los dos niños, lejos de presumir del heroísmo de sus padres, contaban lo aburridos que parecían, siempre ocupados con papeles y poniendo caras largas.
—Pues si es médico de los que curan, a lo mejor tiene que echarle una mano al mío, que está en el hospital. Y a cambio, el mío protegerá al tuyo. Tiene pistola.
Parecía un acuerdo justo, sin duda. Lo que no sabían era que el papá de Tino ya se ocupaba del de su amigo, y precisamente esa mañana iba a hablar con su paciente en la planta de oncología.
—Creo que estamos en una situación sin retorno.
—¿Me está hablando de…?
No hizo falta más respuesta. El ensayo había fallado y el cuerpo no daba para más.
—No es necesario sufrir. Bastará una palabra…
Ambos se estrecharon la mano, se miraron a los ojos y, con heroica serenidad, se dijeron adiós.
El médico había preparado a conciencia la despedida; el paciente lo tenía todo listo para cuando, tras la muerte de su papá, el niño tuviera que enfrentarse solo a la vida.
Un precioso busto de Superlópez, tallado en piedra, presidía desde un alto estante el despacho en el que me citaron para comunicarme el resultado de las pruebas de acceso.
Sin levantarse de la silla, el técnico de selección me indicó que me sentara frente a él y rebuscó entre una enorme pila de papeles hasta dar con el informe referente a mi persona.
Me explicó, señalando el montón de informes según dijo pendientes de entrega, que recibían muchísimas solicitudes, por lo que debían ser muy estrictos a la hora de aceptar nuevos alumnos, y que en mi caso los resultados de las pruebas eran claros: quedaba demostrada mi capacidad para mover objetos con la mente pero, dada la lentitud con la que lo hacía (1 milímetro al minuto), aquello no pasaba de ser una peculiaridad que, además, estaba bastante extendida.
La telequinesis del caracol, la llamamos en el sector, es muy útil si se te queda lejos el mando a distancia pero no da como para iniciar una carrera de superhéroe, concluyó con una sonrisa de suficiencia.
Afortunadamente, al tipo le gustaba escucharse a sí mismo y el busto de Superlópez estaba lo suficientemente cerca del borde del estante.
Nadie recuerda la última vez que sonaron las campanillas del reloj de pared. Alto, esbelto, señorial, con su madera barnizada y sus filigranas en oro preside el salón de la casona desde tiempos inmemoriales. Junto a él se hicieron algunas de las primeras fotos que se conservan en la familia. Los bisabuelos. Serios, de negro, el día de la boda. Y, después, la prole de nueve hijos que fueron creciendo. Todos menos el Jose. La abuela, ya de luto, se sentaba en la mecedora y rezaba el rosario al ritmo de los cuartos que iba marcando el reloj, el único que no ha cambiado. Solo tiene una muesca en un lateral que le hizo el Nano con una peonza pero, si no lo sabes, no se nota.
Mis hermanos ya han echado cuentas de lo que nos darían por la casa y se han repartido algunos enseres. Papá ha empezado a perder la memoria y mamá no podrá cuidarlo aquí mucho más tiempo. Esa es su excusa. No saben que yo tengo poderes. He parado el reloj. Papá solo olvidará que quieren llevarle a una residencia y mamá seguirá preparando café con pastas a las cinco de la tarde.
Algunos corearon la noticia de una despampanante superheroína semi desnuda surgida en Pequeña Isla Turquesa. Era la solución que necesitaban y querían conocerla. El médico y el farmacéutico desfilaron los primeros. Le acercaron un vaso de agua y vitaminas que bebió de un trago. -Ya no parece tan triste ni cansada- dijeron a sus paisanos.
Dos días antes llegó a Correos un extraño vestido sin remitente. Les resultó llamativo el envío y el modelo, ahora creían entender por qué. Cargadas de hilo y agujas las mujeres llevaron la prenda hasta ella, decididas a enfundárselo.
Aunque de curiosas desproporciones, parecía hecho para una jirafa-cigüeña con patas y alas abiertas, y ser tan estrecho de cintura que la hacía sentirse al borde del infarto; Fatna se enamoró de él nada más mirarse en el espejo de aquellas aguas. Dos cámaras X en los senos, una pantalla ultra moderna en el vientre, y un tejido super satinado de colores flúor y pastel, le proporcionaban un aspecto imponente. Y allí, escuchando aplausos y cientos de preguntas sobre la nave espacial en la que había llegado, decidió no contar que era de plástico, y ella superheroína con sueños de paz entre dos mundos en conflicto.
Los cómics mentían, la radiactividad no otorgaba superpoderes.
Con esa certeza salió a la calle, entró en una zapatería y compró tres patucos para su recién nacido, allá en Fukushima.
Cercado por las llamas, el estrépito de la Torre Sur al derrumbarse le hizo comprender. Era el momento de tomar la iniciativa. Había visto a su superhéroe favorito de la infancia hacerlo infinidad de veces. Los pies, muy juntos al borde del vacío. Impulsarse. Volar. Abajo, una inmensa nube de polvo engullía la ciudad.
La soltó de la mano un instante y echó a volar. Fue un vuelo raso, improvisado, sin mayor aspaviento, sin un traje al uso. Nuestro protagonista desconocía que un cromosoma aletargado en su cadena genética podía dotarle de aquella característica sobrehumana. Todo sucedió demasiado deprisa.
Así fue como la niña descubrió que su padre era un superhéroe. Era un día cualquiera en la ciudad; de pronto se escuchó un «booom» en la viñeta siguiente y padre soltó su mano, echó a volar, derribó al villano de esta historia y desapareció más allá de las nubes.
La secuencia dramática de las páginas centrales se recrea en el instante del forcejeo. Poco a poco nuestro héroe va haciéndose inmenso hasta envolver a su oponente como un manto. La acción continúa en el envés, donde se produce un nuevo «booom» menos sonoro, amortiguado por los superpoderes de la coraza humana y, a continuación, una serie de viñetas describen el vuelo triunfal del salvador del mundo, hasta verlo desaparecer lentamente entre las nubes.
Y así, en el albor de un nuevo día, llegamos a la última escena donde Malak, hija de Adel, extiende su mano hacia un punto concreto en el cielo de Beirut.
Tenía una taza de café a medio beber cuando sonó el móvil. Las dos gomas azules que no había querido ponerse su hija enrolladas en la muñeca. Los ojos fijos en la foto enmarcada con macarrones por la niña allá cuando tenía cuatro años. Un dolor intenso en el estómago. La caja de pinturas de Lena aún abierta en el sofá. Un agujero en el pecho, otro en la frente. La lista de las cosas que habían ido a comprar juntas al chino para hacer el disfraz aún metida en el bolsillo del vaquero. El dibujo de la súper heroína en la mesita de cristal, con su capa amarilla, con la L rosa de fieltro en el medio del pecho, con la diadema a juego. Cuando colgó, cincuenta y nueve segundos más tarde, tenía que dirigirse con urgencia al hospital, y que aprender a pasarse el resto de su vida conviviendo con la noticia que acababa de darle el director del colegio.
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