Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

121. GERONIMO ANTUNEZ JUNIOR (José Luis González)

¡Uff, qué nervios!, quién me mandaría a mí meterme en esto. A mis años. Si es que tenía que pasar. Tanto recurrir a esa estrategia familiar de ser más de izquierdas que el rojo, y comparar a mi padre con su tocayo Gerónimo (aquel indio que burlaba a las tropas de EE.UU y México juntas), pues, claro, yo también tenía que ser un héroe legendario. Es verdad que mi padre burló al ejército franquista huyendo de Madrid a plena luz del día. Que pasó tres años en el maquis. Que se casó con una prima segunda de Carrillo. Que un catorce de Abril hizo una fogata con la rojigualda. Que le oímos tararear el himno de Riego mientras velábamos su cuerpo en el tanatorio. Todo eso es tan cierto como que ahora, afortunadamente, diluvia. Y que vale, está bien manifestarse por algo. Incluso algún escrache, según a quién, también puede valer. Pero ahora, qué coño hago yo aquí, con esta lata de gasolina y esperando para empezar a quemar contenedores, si con el Imserso podía estar tomando el sol en Lanzarote. No sé cuándo voy a dejar de ser mi padre y empezar a ser Gerónimo Antúnez júnior.

120. HEROÍNA VOCACIONAL

Su turno acaba de finalizar, está agotada, pero le queda trabajo extra. Se encamina a la habitación 515 de oncología infantil. Allí, una niña lleva días reclamando la presencia de su madre. Antes de entrar toma aire y se pone en el pelo unas gotas de perfume, la pequeña lo reconocerá al instante. Sabe que el recinto estará casi en penumbra, se acerca y acaricia suavemente su frente sudorosa. Ella gira su cabeza y sus ojos azules, encastrados entre unas profundas ojeras, parecen cobrar vida. “Sabía que vendrías mami, lo sabía “.  Pone en su boca la sonrisa más bonita del mundo y posa sus manitas en las suyas; nota una leve presión y observa cómo el peso de los párpados le cierra los ojos. Emite un sonoro suspiro. Acaba de morir, pero en su rostro hay paz por el deseo cumplido.
La trabajadora social lleva en su historial una nueva cicatriz, pero no duda que, en algún lugar muy bonito, madre e hija andarán  juntas sobre nubes de algodón.

119. Atardece en Gizeh

Nadie sabe en qué momento dejaron de necesitarnos. Se volvieron locos y nosotros les dejamos: siguieron acabando unos con otros, simplemente. Desde entonces el mundo se ha transformado en un sitio extraño. Los que quedamos nos reunimos cada sábado en un bar clavado en medio de una carretera perdida entre todos los sitios y ningún lado. Bebemos, en silencio; y escuchamos a la gramola barajar una y otra vez en el ambiente enrarecido por el aburrimiento y el asco las mismas canciones de siempre. Algunos se quedan hasta horas intempestivas jugando a dardos, otros leen con una cerveza en la mano. Yo me teletransporto y quemo los ratos muertos estirado en la tumbona que siempre tengo en la cabeza de la esfinge. Me tranquiliza contemplar cómo el horizonte de arena infinita se traga el sol durante el ocaso. A veces se recortan contra el valle algunas siluetas que caminan en mi dirección. Son los últimos supervivientes intentando dejar atrás la sociedad que ellos mismos arrasaron. Me ven, ven mi capa serpentear al viento y creen que por fin nos han encontrado, que los salvaremos; que será como antes. Es cuando cojo el rifle, me vuelco sobre la mirilla, y disparo.

118. RIESGOS LABORALES

En esta ocasión se había asegurado de que todo su equipamiento fuese auténtico, nada de imitaciones, no podía permitirse cometer ni un error más. Seguro que esta vez lo lograría.

Se duchó con cuidado para no saltarse su ritual. Fue vistiendo, una a una, todas las prendas que componían su atuendo. Solo así no olvidaría ninguna, que la última vez, por su mala cabeza, todo había sido un desastre y acabó en el hospital.

Se miró en el espejo confirmando que todo estaba en orden. Era el momento de demostrar de lo que era capaz. Se ajustó el cinturón sobre la camiseta azul y el slip rojo, después desplegó la capa, antes de comenzar su jornada laboral.

117. El ángel meteorito (de María Elejoste-Mel)

La esquela de Francisco Goikoetxea  me hubiese pasado desapercibida si no fuera por esa costumbre de mi tierra de añadir los motes, porque a Patxi, «el ángel meteorito», sí que le conocí.

Muchas veces me llevó en su taxi. Lo de «meteorito» lo comprendí en cuanto aceleró su Mercedes Maybach  a ciento ochenta km/h. Lo de «ángel» primero lo achaqué  a la suerte de evitar radares, policía y accidentes,  hasta que un día, de madrugada, su móvil  sonó, dijo «por supuesto» y me informó que pasaríamos por Vitoria. Ignoró mis protestas y me juró que no perdería el vuelo. Paramos unos diez segundos en el hospital de Txagorritxu, lo justo para introducir una nevera en el maletero. Ambas llegamos al avión. En Barcelona una ambulancia a pie de escalerilla se la llevó. Horas después Patxi me recogía ya regreso. Esperaba que hubiese vendido mucho y me contó que el corazón tenía un nuevo cuerpo, un niño catalán, que seguramente se llamaría Jordi o Pau, y sería del Barça, pero ¿qué importaba?, nos sirve, dijo con su acento guipuzcoano.

Me ha emocionado la esquela de Osakidetza (Servicio vasco de salud) :

» Gracias, Patxi, mensajero de vida, vuela alto».

116. Vive

En el último estertor, con la última bocanada de aire hirviente, me dispuse a despedirme de la vida.
Del fuego surgió una figura.
Sus ojos me miraron fijamente desde el interior del casco.
La mano me sujetó con firmeza.
Me levantó como una pluma.
Me dijo:
«Vivirás»

115. El extraño caso de un superhéroe

Los primeros veinte años de Wilbor transcurrieron normalmente, hasta el día que, mientras hacía la cola en un banco, quedó en medio de un tiroteo. Entonces recibió tres balazos, cayó muerto y un instante después volvió a la vida. Como el tiroteo aún continuaba, Wilbor atacó por sorpresa al maleante y lo redujo. Luego se escabulló antes de que la policía lo interrogara. Y esa misma noche, tras repasar lo acontecido, tomó la decisión de convertirse en un superhéroe.

A lo largo de su vida, Wilbor murió innumerables veces: acuchillado, a golpes, envenenado… a la par que sacó de las calles a innumerables criminales. Y en el punto más alto de su ya legendaria carrera, se enamoró, contrajo nupcias y fue feliz. O casi. Porque su esposa le pedía de continuo que se retirase, a lo que él siempre contestaba que el próximo iba a ser su último caso. Y ese último caso le llegó un día después de que su mujer le dijera que estaba embarazada. En un asalto a un banco, de tres tiros, Wilbor murió definitivamente. Ignoraba que al procrear había perdido su don en beneficio de su hijo.

114. Saldos

Hace tiempo que le perdimos el respeto y la admiración. Me parece que alguien debería de decirle a Batman que aún lleva colgando la etiqueta con el precio en la parte trasera del pantalón.

113. Murciélago común

Lo de que Batman no tenía Superpoderes lo comprobó bien pronto la sensualidad felina de Catwoman y la voluptuosidad arrebatadora de la Mujer Maravilla.

Un fiasco, se oía comentar en cada rincón de Gotham City.

112. ES NIÑA (Luisa R. Novelúa)

Rompe a llorar con el ímpetu de quien asalta la vida para robarle hasta el último segundo. Aún no sabe si es bienvenida ni qué cóctel le ha preparado el azar. Quizá el de princesita atrapada en convencionalismos envenenados o el de criada negra en barrio blanco. Tal vez abra los ojos por primera vez en una patera, acunada por el mar, o en la misma casa en la que mutilarán sus íntimos deseos. O puede que este llanto sea el germen de una fuerza con la que derribará murallas y explorará caminos prohibidos, y la transforme en una de esas superheroínas que nadie recordará.

111. DE SUS MANOS NACERAN

En el interior del quirófano, un hombre nacido insignificante, venido al mundo desnudo como cualquier otro, se desprende de sus guantes de látex y exhala un suspiro de profundo alivio a través de su mascarilla.
Él nunca se detiene a pensarlo, sólo hace su trabajo, aquello para lo que estaba predestinado.
Sus hábiles manos arrebatan presas de las garras de la muerte cuando ésta ya las creía ganadas, aferrándolas de nuevo a la vida con una fuerza inusitada.
De aquellos a los que salva, nacerán hijos quienes a su vez engendraran otros. Personas que de otra forma nunca llegarían a existir y que se enamorarán, lucharan por sus sueños y cambiarán en mayor o menor medida el mundo por generaciones, conformando un nuevo futuro.
¿Quién sabe cuántos disfrutarán de la luz del sol en sus rostros gracias a un niño que después de curarse, soñó con ser médico y no cesó en su empeño hasta conseguirlo?
En la sala de espera de Oncología infantil, unos angustiados padres están a punto de elevar a la categoría de superhéroe al destinatario de todas sus esperanzas, venerándolo por el resto de sus vidas.
Hoy ha logrado serlo, pero desgraciadamente, otros días no.

110. Superheroe en apuros

Contemplando  la ciudad  desde la azotea del rascacielos, debo  reconocer que, en principio, me pareció una idea extraordinaria. Así que no lo pensé dos veces, cogí impulso y salté.

Surcaba el cielo próximo al piso 40,  el viento peinaba mi flequillo indomable mientras yo me deleitaba  del vuelo libre con el aplomo que te confiere saber que eres un superhéroe. Por eso cuando a la velocidad del rayo planeaba sobre el piso 33 y mi capa aún no se había desplegado  no me inquieté en absoluto

Al rebasar la planta 21 saludé a los residentes de la cocina con una gran sonrisa que me devolvieron entusiastas. Contemplé prendado, unos escasos segundos, a la   guapa vecina del apartamento  19.

A la altura del decimoquinto piso   me surgió, vagamente, la idea  inverosímil  de que quizás  mi capa no tenía batería suficiente.

Fue a  escasos 12 metros del suelo cuando  constaté  el mensaje parpadeante que, en color rojo apareció en el dobladillo de aquella y  entonces  recordé que la noche anterior olvidé conectar el enchufe de ésta al interruptor.

A tan solo  3 metros del empedrado, ahora sí, estoy convencido de que tengo un serio e irremediable problema.

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