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Un joven de ojos saltones se ha querellado contra una catedrática de biología que lo besó dulcemente en los labios. En su comparecencia ha manifestado que, érase una vez, estaba él descansando sobre una piedra al borde de un estanque, y en eso llegó una princesa molona, le dio un beso y le hizo la cusqui convirtiéndolo en príncipe.
Que, tiempo después, la más fea de las hermanas ninfómanas de la princesa, aprovechando una ausencia de ésta, se lo llevó a su aposento, se desnudó, lo desnudó, le dijo bendito cetro regio tienes, lo cogió de ahí y tiró hacia ella, le dio un beso con lengua, él recuperó entonces su estado natural, escapó de palacio por una gatera y, saltando-saltando, atravesó fronteras hasta cruzar los Pirineos.
Pero que, hace pocos meses, un día, con el alba, junto al lago al que había llegado surgió de un iglú de nailon la señora bióloga desperezándose, y al verlo se le cortó el bostezo, fue despacito hacia él, lo acunó entre sus manos, le susurró ejemplar único de batracio, lo besó en los labios con dulzura, y ahora es un ser transgénico que no consigue encontrar trabajo ni como hombre rana.
Con miedo, me preparo para sobrevivir a una noche más. Desde que comencé mi novela, en cuanto me siento frente al papel y escribo las primeras líneas, es como si me poseyera el protagonista de mi libro, de repente, yo, soy él. Su trabajo de superhéroe va a terminar conmigo. Siempre acabo inmerso en persecuciones a toda velocidad, sobrevolando la ciudad y luchando a muerte contra malvados enemigos. Todo es tan real que amanezco machacado, lleno de magulladuras, la ropa destrozada y sin dormir.
Al alba, completamente agotado, regreso a la realidad arrastrando los pies. Allí me esperan mi mujer y mis hijos, para comenzar una larga jornada, con unos horarios de locura y atacado por el estrés.
Y luego dicen que me dedico a la vida contemplativa…
Papá decía que la tata era una santa, siempre con el misal entre las manos. Un día, la tata guardó su tesoro en el baúl de mi ajuar: “Belén, para cuando cumplas la mayoría de edad”, me exhortó misteriosa.
La mañana de mi dieciocho cumpleaños desempolvé el misal; acaricié el nácar de su cubierta, como hacía la tata; inspiré el aroma a lavanda de sus hojas y lo abrí… ¿¡Era un libro de trabalenguas!?
Encontré dos dedicatorias manuscritas: “Dormir, tal vez soñar. ¡Ser o no ser! ¡El éxtasis! Y, extasiada (cual Teresa de Cepeda y Ahumada), invocar al más bello de los ángeles o al mismísimo Don Juan Tenorio. Sé feliz, Adela”… (¡Se lo regaló a mamá antes que a mí!)… Debajo, con letra temblona: “Belén, mi querida niña, ahora te toca a ti elegir personaje”.
¡Conjuré! Pero el donjuán que apareció resultó un amante de pacotilla (nada que ver con el de Zorrilla). No porque yo esperase verso alguno (me hubiera conformado con la prosa de Unamuno), sino porque algo falló en mi recitación y fue Narciso quien se manifestó. Como el sapo de Esopo, escondí mis ganas bajo la almohada… Esta noche probaré con ¡Cincuenta sombras de Grey!
-¿Qué hora viene siendo, amigo Sancho?
-Va para las doce, mi señor.
-¿Y qué astro ilumina a Dulcinea, sol o luna?
-¡La luna, vive Dios!
-Traedme pues el candil que debo proseguir con mis quehaceres.
-¿Qué dice vuestra merced? Hora es de dormir y descansar.
-No repliques y trae la vela que ya he desperdiciado largo tiempo, solo los simples podéis dormir a pierna suelta, yo debo seguir desviviendo ¡tengo tantas aventuras que deshacer! Debe encontrarme el día despierto, desnudo y libre.
Saltó el hidalgo del camastro y desempolvando libros de caballerías, desleyó largas horas. Desenmascaró rufianes, desencantó ventas, deshizo entuertos y descabezó gigantes que resultaron ser molinos. Destronó reyes, se deshizo de coraza, yelmo y lanza. Finalmente se desnombró caballero y agotado se desplomó en el jergón. Acabó su desventura.
-Despierte, vuestra merced, van a dar las doce y el sol ilumina a Dulcinea.
-¿Qué decís amigo Sancho? Soy Alonso Quijano y vos mi leal vecino. Te ruego me acompañes a visitar al bachiller Miguel de Cervantes. Un maravilloso sueño ha ocupado mi noche y deseo que su pluma lo dibuje antes de que se desvanezca en mi cabeza. Todo acaeció en un lugar de La Mancha de cuyo…
Virtudes Olea, morena y bigotuda y Oswaldo Tuquerrés, bajito y rechoncho se conocieron un cuatro de febrero. Al verse él iluminado por las estrellas de los ojos de ella, le propuso matrimonio.
Oswaldo, inventaba relatos, personajes extraordinarios en escenarios fascinantes convivieron armónicamente durante años, con el deseo y la pasión bajo las sábanas de hilo egipcio.
La felicidad se hizo añicos el día que la mujer descubrió una caja oculta. Como una gata en celo se abalanzó sobre ella y de un zarpazo la abrió haciendo volar cientos de recortes amarillentos, delatores de la falta de imaginación de Oswaldo.
Loca de rabia, confusa y decepcionada los quemó sin vacilar.
Cuando Oswaldo llegó, percibió el aire viciado de humo y rencor. Buscó a Virtudes para saber y aunque estaba allí, nunca más la encontró.
Sumido en una depresión, se convirtió en una sombra grisácea y macilenta que no entendía lo desmedido del castigo.
Un cuatro de febrero, Virtudes lo encontró muerto, enterrado entre folios escritos por él. De sus ojos cayeron las dos últimas estrellas cuando se vio protagonista de aquel legado tan extenso, que nunca pudo terminar de leer porque sus noches, cargadas de desamor y de culpa, expiraron antes.
«Sentimos comunicarle que su obra no encaja…». Clara no necesitó leer más. Arrugó la carta y la lanzó a la papelera. Luego ocurrió lo de siempre: llegaron sus personajes de antes de que le diera por escribir historias diferentes, «de las de pensar» —así las definía Matilde, la asistenta— y se metieron con Berta, su álter ego, su nueva heroína que no encajaba, hasta conseguir que cediese.
—Está bien, en el segundo capítulo entraré en el ascensor a la vez que mi vecino… ¿y?…
—¡Joder, tía!… le dices que te pone, y lo hacéis a lo bestia allí mismo —le contestó Angélica, la protagonista de la primera exitosa novela de Clara.
—Entonces tendré que cambiarme de piso, que desde un segundo no creo que nos dé…
—Sí, tía, de piso, de ropa, de todo —espetó la experta.
Como todas las mañanas, Matilde se encontró a la escritora dormida delante del ordenador. Leyó lo último escrito y se sorprendió de que Berta viviese ahora en un décimo piso, llevase tacones de aguja y falda de tubo, y hiciera aquello con el vecino. Tal vez así se escriben ahora las historias de las de pensar, se dijo.
El monasterio benedictino del pico de las Águilas estaba formada exclusivamente por hijos segundones de nobles, que eran los dueños de todas las casas y tierras del valle. Aquel año las heladas había acabado con casi todas las cosechas, lo que no les impidió cobrar el diezmo a los campesinos a sabiendas de que esto provocaría hambrunas que matarían a familias enteras.
Parte de este, estaba infectado con el cornezuelo del centeno que acabo con toda la congregaciòn. Clérigos monjes y seglares morían entre espasmos y delirios, como si una especie de justicia divina castigara su avaricia.
Solo se salvó uno, moribundo, y medio loco, que calmaba su demencia encerrado en el scriptorium. Allí plasmaba sin parar sobre hojas de pergamino, laboriosos dibujos fantasticos de plantas, astros, lugares y mujeres que habían aparecido en sus sueños febriles, describiéndolas con una secuencia de símbolos inventados por él, sin sentido alguno. Las alucinaciones transformaron el latín clásico en un idioma incomprensible de alfabeto desconocido.
Un hedor insoportable inunda la casa. Sus personajes, cadáveres desde hace tiempo, se descomponen en los cajones. Definitivamente, tendrá que desistir.
Antonio amaba a su esposa más que nada en este mundo, salvo quizás, escribir. Lamentablemente había sido afortunado solo con uno de sus amores. Ahora tocaba sacrificar su matrimonio para lograr ser escritor.
Vaciló ante el notebook, aun resonaba la voz de ella en su cabeza: “Si envías esa novela, ¡nos divorciamos!”.
Con el dedo tembloroso ante el teclado, sintió la mano invisible de su Musa guiándolo, sin miedo ni temor, para mandar el futuro best-seller.
FIN
Antonio: ¿La musa guiando mi mano? ¡Qué cursi!
Novelista: Pero es un buen final.
Antonio: Mejor un final abierto, algo para la imaginación.
Novelista: Mmmm.
…Antonio permaneció con el dedo inmóvil ante la tecla del notebook, hasta que la oscuridad, seguida de su esposa, ingresaron a la habitación.
FIN
Novelista: ¿Ahí?
Antonio: ¡Estupendo!
Y entonces, el novelista satisfecho, comenzó a escuchar más a sus personajes.
FIN
Novelista: Predicando lo que no practicas.
Jean: No trates de manipularme, a la única que atiendo es a mi musa.
Novelista: Claaaaro, como si tu “musa” fuera más “real” que nosotros.
Sin escuchar más argumentos, Jean, envió sin modificar el relato a ENTC.
FIN
…Al terminar el extraño relato, el desconcertado lector decidió releerlo por tercera vez.
Milady de Winter los había citado en su palacio.
Lady Macbeth llegó acompañada por Yago después de varios días de viaje. Medea, tuvo que sortear todo tipo de obstáculos para poder estar esa noche en palacio.
Grenouille al vivir más cerca, decidió ir andando y llevar a la anfitriona su mejor perfume en forma de presente.
Heathcliff fue a regañadientes a la cita, ya que desde que se enteró del encuentro, había intentado por todos los medios que se celebrase en “Cumbres Borrascosas”.
Y como siempre él último en llegar por cuestiones de horario, fue Drácula.
Una vez recibidos, la anfitriona tomo la palabra:
– Bienvenidos queridos amigos, os he hecho salir de vuestras historias para informaros de la decisión que he tomado.
– ¿ De qué hablas, Milady ? – Preguntó Grenouille mientras olía disimuladamente el cuello de Lady Macbeth.
– De rebelarnos, querido amigo. Rebelarnos contra aquellos que decidieron que teníamos que ser malvados sin contar con nuestra opinión.
Heathcliff, zanjó de golpe cualquier tipo de apoyo a las palabras de Milady:
– Querida, somos malvados porqué así nos crearon, no podemos hacer otra cosa que la de seguir cometiendo las mismas atrocidades, lector tras lector. ¿No pensáis igual?
Y llegó un ángel. Menudo, de grandes ojos y sin alas; porteando una bolsa y un cepillo raído. Le abrieron mi puerta y su mirada oscura de hollín me condujo a un mundo desconocido.
‘¿Quién eres, pequeño?’ pregunté desde la mullida comodidad de mi despacho. ‘¿No tienes familia?’
Pero no pudo responderme, pues su trabajo era urgente. Como urgente era ganar algún chelín con el que procurarse algo de porridge. Para seguir gateando por otras oscuras chimeneas, cuyos humos ocultaban el sol de la capital del Imperio.
Y yo seguí escribiendo, raptado por mis Musas, olvidándome de sus sufrimientos.
A mi puerta, y a otras tantas, continuaron llegando más ángeles, de cuerpos esqueléticos y mirada oscura y vacía. Y algunos se fueron demasiado pronto, enfermos e intoxicados por los restos ennegrecidos de nuestra victoriana comodidad.
Y volaron entre fuegos artificiales, subidos en sus cepillos, a un mundo lejano, lleno de color, calor y felicidad. En el que una enigmática y sonriente niñera, a bordo de un paraguas negro, arrullaba sus sueños. Con pegadizas canciones y un poco de azúcar, que dulcificaba la oscuridad de sus vidas.
Y yo seguí escribiendo y pintando ángeles, absorto en mi mundo irreal.
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