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Antes de los 18 años, salía de casa, en Adrogué a las 6 y cuarto de la mañana, pero antes me fijaba si llevaba el libro La Impura.
Casi dos horas tardaba en llegar al Sanatorio Juan XXIII, en Once, donde trabajaba como administrativa de 8 a 16 hs.
Ese inhumano viaje, siempre a pié, se desvanecía por la lectura, que empezaba en los largos y benditos andenes de Constitución. Iba leyendo mientras caminaba, lo más lentamente posible, dado que me llevaba una masa de gente.
Por aquellos días leía La Impura de Guy Des Cars, y solo podía hacerlo en ese momento, porque después al volver, ya sentada, estudiaba hasta llegar a Remedios de Escalada. Como era mi último año de la Carrera de Técnico en Administración de Empresas, deseaba concluir mis estudios con un buen promedio.
Tenía pensado para el año siguiente comenzar Ciencias Económicas.
Una mañana, cuando más emocionante estaba la historia de Chantal, en la que el ciego quiere arrancarle la pashmina que lleva al cuello, para que no verla involucrada en un delito; de la masa surgió una voz indignada: Tarada, fijate por donde caminás, yo reaccioné pestañando varias veces, como si volviera de un sueño y dije- disculpe Señor, iba leyendo.
Desde hacía varias semanas libraba una ardua batalla con el papel en blanco, este a modo de fantasma le suministraba un vacío que era difícil de llenar, le dolían los ojos ante aquella blancura tan impoluta que ante él , se mostraba reacia a dejarse conquistar por unos personajes. Probó con piratas y princesas, hadas y duendes ,reyes y reinas, héroes y villanos,mujeres y hombres enamorados… y así un sifín de personajes pero siempre ante al incapacidad de contar cosas nunca antes contadas terminaba engullido por una montaña de papeles en blanco.
Transcurridos los días un olor putrefacto inundó la casa, los vecinos avisaron a la policía y cuando entraron el espectáculo que vieron cubrió las portadas de los periódicos.
«Aparece muerto un escritor rodeado de todos sus personajes «
Un valioso alijo de palabras ha sido incautado por la policía en los sótanos de una conocida biblioteca de la ciudad la pasada madrugada. El hallazgo se produjo gracias a una llamada anónima que alertó a las fuerzas del orden sobre movimientos extraños en el lugar a horas intempestivas. Personados los agentes en el punto denunciado, hallaron a un grupo de traficantes que comerciaban con inestimable material cultural. Prendieron a desconocidos raperos que pasaban sus versos a reputados poetas, aforistas que comerciaban con sus sentencias destinadas a políticos de renombre, jóvenes escritores que ofrecían, a cambio de pequeñas sumas, sus originales ideas a novelistas consagrados. El valor del material incautado aún no ha sido cifrado, pero se calcula que en manos de sus destinatarios, habría alcanzado varios millones de euros. Los detenidos reaccionaron de forma pacífica al ser sorprendidos, limitándose a alzar sus manos y callar, al quedarse, tal y cómo apuntó el cuerpo policial allí presente, sin palabras.
Sentí que no aceptara, y no me daba igual. Bueno, aún quedan hombres que adoran la madurez, me convencí, siempre los hay. Escribiría otra novela, ahora sin apoyo logístico. Es mentira que haya demonios, conjuros o conjunciones. Mi propia veteranía me traicionó, calculé mal su libido, creí que su juventud respetaría mi madurez. Me equivoqué y, una vez se arranca, la complacencia de lo prohibido hace el resto. Hicimos el amor en la frontera de lo pornográfico durante no recuerdo cuantos meses. Muchos. Inspirada en hechos reales, decía el prólogo de la exitosa novela. Apasionante, dijeron los jueces, erotismo cautivador al estilo Emmanuelle. Va contra mis principios, dijo él mientras preparaba la maleta que no trajo cuando lo traje rescatado del infierno del paro. Pues cambia tus principios, como Groucho. Me exigía su parte proporcional del premio. ¡Ni soñarlo! Yo también tengo principios. Acordes con una casi cincuentona todavía de buen ver, pero sin mucho tiempo para asegurarse el futuro. Por eso le hice el ofertón que le hice: invertirlo en otra novela conmigo. Esta de amor puro. No era mala una inversión así, y se lo pensó de entrada. Pero debió leer la letra pequeña: con separación de bienes.
A David Vivancos y Ana Vidal
Me llamo María y confieso que no he leído el Quijote. Las únicas manchas de las que no quiero acordarme están en el cesto de la ropa sucia.
Confieso que guerra y paz es lo que viven en mi salón, cada tarde, dos cronopios bajitos. Y que me perdone Cortázar por la osadía, pero esa palabra que nunca entendí, siempre me hizo gracia.
Confieso que no sé jugar al ajedrez y no he leído las jugadas intermedias que, para mí, son las que realizan mis Zipi y Zape particulares para conseguir sus objetivos.
Confieso que firmaría cien años de soledad, dar la vuelta al mundo en 80 días o tener tiempo para leer alguno de estos libros que dicen que hay que leer antes de los 30 y que he buscado en Internet para escribir estas letras.
Confieso que ya no lo cumpliré. Ni los años, ni las lecturas. Mi cuñada me ha recomendado empezar por las 50 sombras de Grey. Cuando me meto en la cama, agotada, solo tengo fuerzas para unas líneas de esos libros para mesilla de noche que me llevé, hace demasiado tiempo, de aquella encantadora casa rural .
El escáner buscó infructuosamente dentro del cerebro alguna neurona sana o un vestigio de actividad. Mientras el escritor permanecía recostado dentro del mismo.
En su rostro una sonrisa estúpida y la mirada perdida en el más allá, pergeñando esta historia. El facultativo no llegaba a comprender que ocurría, quizás fuera una falla del equipo, por lo qué lo detuvo para poder constatar; nada encontró tras el examen.
Con una sonrisa respondió el paciente al pedido de qué se mantuviera quieto por unos momentos más.
Ante la duda, el médico llamó a un colega con quién deliberó largo rato llegando ambos a un diagnóstico compartido.
El escritor en tanto viviendo su fantasía vio con agrado la ceremonia y el dolor de sus deudos.
La historia concluía con el punto final.
Se sintió feliz, era su mejor obra…
Tras un despiste del autor, uno de los personajes se escapa por el hueco que dejan unos puntos suspensivos. Una curiosidad sobrevenida le conduce hasta los anaqueles de la desvencijada biblioteca. Sin criterio, guiado por el instinto de libertad, se introduce en el Lazarillo de Tormes. Desde la solapa del libro observa las malicias. Contrariado por la tropelías del muchacho abandona la historia. Entra, después de vagar sin rumbo por las estanterías, en el cuento de Hansel y Gretel. La bruja huele la carne fresca, se le acerca. Él corre despavorido. Se da de bruces con un hidalgo larguirucho, que le confunde con un caballero enemigo. Retrocede. De golpe, tropieza con la nariz descomunal de un muñeco de madera que le persigue por el borde de la repisa hasta que, exhausto, resuelve volver a los renglones áridos, las palabras ásperas y sin pulir, del borrador en el que ha nacido. Decide permanecer, dejarse llevar, que un bolígrafo diseñe sus vivencias y que la imaginación del pobre escritor le confeccione un traje a medida, esperar que él modele su carácter, le asigne un papel digno, a la altura de las circunstancias.
Murió de madrugada en aquel cuarto que era una celda. Su madre, sentada al borde de la cama, sostenía fríamente la pistola con la que le había asestado cuatro disparos: dos en la frente sudorosa, uno en su vehemente corazón y, el último, sobre el rostro joven y aún desafiante. Después atrancó la puerta, arrancó con furia el teléfono, y esperó.
La mujer, perturbada y atroz, mantenía el pulso firme, la espalda, recta. Impávida y vestida de negro, vigilaba el sueño detenido de su hija como una carcelera, con el mismo delirante afán, con la misma cautela. Ningún gesto de dolor, ningún desasosiego. Igual que un dios ejecutor, así se sentía y así actuó.
La muchacha prodigiosa, concebida y adiestrada para la libertad, reposaba en la sábana sobresaltada con los ojos quietos y la boca blanca. Horas antes, entre cristales, había compartido amargos presagios con el cielo de Madrid. Luego, repasó sus notas, replegó sus alas y, desalentada, apagó la luz. Mientras, desde la penumbra opresora de la estancia, podía escucharse la silenciosa queja de su combativa máquina de escribir.
Casi era verano y hacía calor. Por las calles acechaba el viento enloquecido de la guerra, y todo se olvidó.
Te has dedicado a escribir lo que no has sido capaz de vivir. Golpeabas las teclas, mirabas la hoja y sobre tus palabras levantabas un muro entre mi mundo y el tuyo. Siempre contando la historia bonita, la que brilla, en la que la poesía es lo único que cala hasta los huesos. Nunca tus fracasos ni mis renuncias.
No te interesaba el paisaje ni sus descripciones. Las grandes ciudades están llenas de oportunidades, decías, pero esto que nos rodea, abre los ojos, no es el París en blanco y negro de Hemingway, querido, esto es gris, un gris plomizo y asfixiante que nos fagocita.
Anulaste tu olfato porque al alba no estaba impregnada del sudor y los olores de los inmigrantes del Londres de Conan Doyle, sino del pescado muerto de Mercamadrid -la hipoteca no se paga sola-.
Si levantases las narices del papel me verías abandonar este pequeño piso del extrarradio. No voy a volver sobre mis pasos.
Claro que si lo estuvieras contando tú, esto sería el San Petersburgo de Tolstoi, y mis huellas se clavarían en la nieve por el peso de la culpa. Porque la culpa siempre es mía.
Examinó su obra. En un principio, había creído que estaba bien. Sin embargo, algo no terminaba de convencerle. Analizó los personajes que había concebido. Advirtió que eran planos, les faltaba profundidad, no evolucionaban. Supo que, para desarrollar la historia y ganar interés, tendría que introducir algún conflicto. Comenzó a reflexionar. Quizá si salieran de allí, si se enfrentaran al mundo, serían menos aburridos. Pero, ¿cómo hacerlo? Encontró pronto la solución. Introduciría un nuevo personaje, un antagonista. Se acercaría a la mujer. La seduciría y convencería para que arrancara y comiera una fruta del árbol prohibido, para que engañara al hombre.
Agotado, descansa sobre las letras que se funden en un baile con sus sueños. Revolotean las frases dando vida a personajes que diseñan sus propias historias.
Los cantos de los pájaros al otro lado de la ventana anuncian que el nuevo día está llegando. El sol comienza a aclarar el cielo por occidente, tiñéndolo de naranja y rosáceo.
Esta vez el escritor no despierta, atrapado en su propio relato adormecido en letras. En su lugar, del manuscrito salen brujas, caballeros, hadas, huérfanos, nobles, mendigos y asesinos que dan sepultura literaria al escribano de fantasías ahogado en sus propias aguas.
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