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El hombre desnudo apoya su carpeta sobre la mesa con desgana. Mi abogado de oficio. Mira con recelo la toalla con la que yo cubro mis partes. No me acostumbro a ir sin ropa. Llevo apenas un par de semanas en el país, y me está costando adaptarme.
Observo el sudor sobre su pecho, la nuez subiendo y bajando por su garganta. Es evidente que le incomoda mi presencia. Como a mí la suya después de haber vislumbrado sus testículos cuando ha entrado en la sala.
Le refiero el incidente. Le aseguro que no ha sido mi intención asustar u ofender a la joven.
– ¿A quién se le ocurre subir vestido a un ascensor público? – pronuncia en tono de reproche. Intento explicarle que en mi país las cosas son distintas. Me mira incrédulo. Como si estuviera diciendo una superlativa estupidez.
El guarda, cuyo monumental culo percibo a través de la reja, hace tintinear la llave.
Mi abogado me mira con pena. Mueve la cabeza de un lado a otro dándome a entender que las cosas no me serán fáciles durante el juicio.
Empiece por ir desnudo como dios manda, aconseja mientras se pone de pie.
Camino kilómetros.
En busca de mis sueños, una vez perdida toda esperanza.
Camino y revivo recuerdos de aquello que, AHORA, ya no tengo.
Mi mundo en un saco de ropa. Los restos de mi vida a mi espalda.
No camino sólo. Me rodean otros caminantes demacrados y sin presente.
Otros como yo. Otros disidentes obligados a buscar un nuevo lugar.
Un lugar que no será hogar. Porqué los tormentos del pasado vivido no nos dejarán que lo sea. Porqué la nostalgia nos llenará de recuerdos de aquello que fuimos, de aquello que perdimos o nos hicieron perder.
Camino Kilómetros.
Y pierdo parte de mí en el camino.
La tristeza nos supura por la piel. El dolor se arrastra con cada nueva pisada.
Y, enfrente, un muro construido para evitar nuestro avance. Un muro para encerrar nuestros sueños. Un muro para acabar con nuestro anhelo de encontrar un lugar mejor. Un muro que congela los latidos de nuestros corazones y entierra nuestra posibilidad de volver a ser humanos, personas. Un muro que nos recuerda que no somos libres, ni iguales, ni fraternales. Que estamos solos.
Como en los kilómetros recorridos. Caminados. Llorados.
SOLOS.SOLOS.SOLOS.
Ha encontrado un nuevo trabajo, para tres semanas. De repartidor. Les mandará algo de dinero, un poco más que la última vez. Yuri ríe cuando su padre le cuenta una historia del bar aunque ya se la sabe. Casi siempre es la misma.
Alisha está prometida. Él es de buena familia y la boda, en dos meses. Raqesh asiente, con la frente apoyada en el cristal de la cabina. Que quizá pueda ir, miente.
Freddy sujeta el teléfono con una mano mientras que la otra, bajo el pantalón, se mueve rítmicamente.
Llega el veinticuatro a Dakar y se quedará hasta el día uno. Son las vacaciones de Navidad aquí, mamá, explica Aminata.
El auricular escupe el ruido del tráfico en Changzhóu. La tercera vez que él se lo repita, ella le responderá que todo va bien.
Danilo reparte una seguidilla de sonoros besos y cuelga, con cuidado, cuando escucha el pitido.
Manuel comprueba que Danilo ya ha acabado: siete minutos, quince segundos a Ecuador. Sabe que pasará un buen rato hasta que salga, se ajuste la gorra, el decoro y pregunte cuánto es.
El bisabuelo Adolfo hizo las Américas. Suena a aventura y dinero, nada más lejos de la realidad. Lo bueno, que conoció a la bisabuela, una gallega de las de antes que volvió a su tierra cuando él falleció en un accidente, dicen, en la construcción de un hotel importante.
En aguas de nadie nació el Fito, como le llamaban todos en el barco. Siempre se sintió gallego, pero muy joven marchó a Alemania a apretar tornillos en una fábrica. Para entonces ya había conocido a la abuela y, cuando juntó unos duros, volvió y montó una gasolinera a la entrada del pueblo, hasta que la autovía pasó unos kilómetros más allá.
Papá no habla de aquellos tiempos. Fue a Madrid a estudiar y no volvió. Apenas el día de la fiesta en agosto. A la Sonsoles no le gusta el pueblo, dice.
Yo, de pequeño, iba todos los veranos. Ahora me escapo algún sábado para estar con el Fito. La abuela no le deja fumar y vamos juntos a la destartalada gasolinera. Compartimos pitillo y confidencias, como historias de ese bar, en una callejuela de Frankfurt, que debo buscar cuando vaya a estudiar el próximo año.
Sube los peldaños de madera cuidadosamente para no tropezar. Tan solo hay una pequeña bombilla que se bambolea creando sombras tramposas.
Cuando entra en la desangelada habitación, tan solo hay una silla carcomida y una mesa cubierta de un viejo hule con ronchas de cafetera. Deposita su maleta y, desatando las cuerdas de pita, la abre con reverencia.
Saca la alcayata y la foto que su mujer, dejándola a deber a plazos al bueno de don Esteban, se hizo con las niñas para que se las llevara con él. Ellas se quedaron con la de la mili, la única que tienen.
Luego, se sienta, apoya los codos sobre la mesa con las manos en sus mejillas y, observándolas, se deja ir. Se imagina a Laura dando de mamar a la pequeña y a la mayor ayudando a su madre en los quehaceres de la casa como una mujercita.
Los crujidos de la escalera le sacan de su ensimismamiento y le hacen ver que su tiempo ha concluido. Recoge con rapidez para acabar cruzándose con el próximo usuario, saludándose ambos con un ligero movimiento de cabeza. Él, más reconfortado, el otro anhelante con su alcayata ya en la mano.
Said, Fazil, Hassan, realizaron su última pirueta tocando la concertina.
Justo cuando la luz deja de iluminar las algas, los serodaños salen del trabajo. Después, al llegar a casa exhaustos pero orgullosos, cenan bajo el brillo de hermosas estrellas marinas. Reconocerás fácilmente a los serodaños porque caminan erguidos, con la frente muy alta, sobre el fondo arenoso. También porque viajan en mero (en vez de en metro), se arropan con una manta raya, y les gusta la música coral. Las mañanas de los domingos las pasan jugando al escondite con sus hijos entre anémonas y erizos y, al atardecer, se sientan a descansar sobre un banco de peces. Allí suelen hablar de su antigua familia, de nuevos y viejos sueños, e incluso a veces comparten aquellos duros recuerdos de su infancia. Pero son los serodaños, sobre todo, gente positiva y hospitalaria. Por eso, cuando ven llegar a otro de los suyos cayendo inerte desde la superficie, en lugar de entristecerse, le insertan sus nuevas branquias, le sonríen, y le dan un cariñoso abrazo. Para que se sienta como en su hogar.
Hacía días que la mimosa, la que apoyaba su tronco en la rangua de la verja del caserío, había reventado en amarillo. Cruzó aquella verja, al Ángelus, Aramayo el cartero, anunciando a voces, con la alegría de quien da buenas noticias:
– «Domeca Murguialday, carta de Joan, una al mes, tal como te prometió”.
Martín, el sobrino de Joan, sabía dónde estaba la caja de madera donde amona Domeca guardaba las cartas. Se entretenía leyéndolas; casi se podría decir que aprendió a leer en ellas. Se imaginaba maravillosas aquellas llanuras inmensas de pastos mecidos por la brisa y los grandes rebaños de ovejas que las cartas describían.
Cuando hace dos años osaba Joan vino a Oñate a buscar mujer, le prometió que le llevaría consigo cuando cumpliese diez y ocho años. La carta de ese día traía un permiso de residencia.
Amona Domeca cosió en uno tres pantalones de Martín. Joan advertía de los inviernos fríos de Idaho y del trabajo duro del pastoreo.
Hace algún tiempo estaba yo en una esquina de Central Park viendo la cabalgata del Columbus Day. Aquel acento, aquellas erres tan marcadas -¡Jaungoikoa!, ¡ hablaban en euskera! Eran dos risueños octogenarios con mendigosales y boina.
– ¿Puedo abrazaros?
A todos nos ha ocurrido. Sin embargo, nunca se habla de ello ni se conoce denuncia al respecto. Pero el hecho es ¿dónde diantre se meten los calcetines que misteriosamente desaparecen después de haberlos echado a lavar?
Al descubrir la ausencia, se suele mirar en el fondo de la lavadora. Revisión infructuosa. Luego, se rastrea el trayecto entre la máquina y el cesto de la ropa sucia, quizás se cayó durante el traslado. Comprobación inútil. Después, se ojea la canasta de mimbre por si alguna hebra los hubiera retenido. Tampoco nada. Finalmente, se guarda al sobreviviente en espera de que pueda aparecer su pareja. No hay noticias de que ocurriera jamás.
Un equipo de científicos y parasicólogos ya está investigando el caso. Han descubierto que el fenómeno, curiosamente, no se produce en zonas pobres de Asia y África y que estas prendas presentan gran sensibilidad a la alienación, por lo que solo ejemplares con complejo de Narciso son inmunes al ansia de escapar. Se supone que emigran en busca de compartir su vida con compañeros de distintos colores, diseños y texturas con los que desarrollar su propia personalidad.
La resolución de este enigma que atribula a la humanidad está próxima.
Observatorio de Heidelberg-Königsthul. Nueva captura de señales espaciales procedentes de Kepler-22b
Cada nuevo mensaje de nuestro planeta hermano era interpretado con mayor precisión. El problema radicaba en el desconocimiento de fechas de origen de aquellos testimonios que se atrapaban aleatoriamente, como por un cazamariposas bregando a través del espacio y tiempo interestelar.
La comunicación trataba del abandono de un lugar para colonizar o establecerse en otro. En el tramo final del mensaje, sorprendían unas declaraciones de afecto intenso o, lo que en nuestro planeta denominamos, amor y añoranza que manifestaban aquellos extraterrestres a otros, al parecer de su misma familia, especie o planeta, pero ¿a quiénes y hacia dónde iban dirigidos?
Investigadas unas coordenadas cartográficas y aplicadas a nuestra Tierra, intercedían en un territorio de Nuevo México: ¡Roswell!
Fue célebre el Caso Roswell por el accidente de una nave extraterrestre en julio de 1947, existiendo imágenes publicadas de inertes cuerpos humanoides y, ante las dudas y evidencias de la Defensa Nacional de USA, la información fue confidencial y clasificada por la CIA.
¿Por fin se conocerían los orígenes de los primeros inmigrantes espaciales?
Hoy, en 2035, persiste la migración entre pueblos y la emigración hacia las estrellas ya ha comenzado.
IsidroMoreno
Los hijos de Sem tocaron a rebato
Pusieron redes en las playas para contener a los incómodos cadáveres.
Esputaron lamentos.
Repudiaron las insidiosas imágenes de Alan Kurdi.
Obligaron a usar cordadas para facilitar la recuperación de los cuerpos.
Quemaron bosques y cabañas.
Uncieron a los hijos de Cam.
Encendieron una estrella en el portal de las mentiras.
Hicieron máquinas para testar el nivel de humanidad.
Impulsaron la cría del tiburón.
Jalearon a los perros.
Ocultaron faros y luces en la costa.
Simularon miseria en sus propias tierras.
Desecaron mares.
Esterilizaron con fuego su manos y conciencias.
Proyectaron un inmenso muro.
Urdieron técnicas de “tierra quemada”.
Trenzaron vallas y alfombras acuchilladas.
Agrandaron osarios y navetas.
Mientras, Dios y Noé, pidieron otra ronda.
Abro la página de Google. Pongo las palabras Frankfurt y Eritrea. Pulso el botón de búsqueda.
Estaba sentada junto a la minúscula barra del bar, no de su lado sino del otro, en uno de los taburetes del confesionario. El local tenía un aire acogedor, tribal como la selva de ébano de su pelo; aún no había clientes y ella, la reina de África, hacía un crucigrama o buscaba habitación en las páginas de un periódico. Al vernos se levantó y nos señaló una mesa con el tímido destello de una sonrisa que iluminaba también el tono oscuro de su piel.
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Desde el centro de la mesa fuimos dando cuenta de un guiso de carne que debía arroparse con las manos sobre unas finas tortas de harina envueltas a modo de canelones. Bebimos cerveza de plátano o de fruta de la pasión, mientras pronunciábamos el mantra de las conversaciones leves.
Ella, mientras tanto, permaneció allí, junto a la barra, no de su lado sino del otro, haciendo un crucigrama, buscando habitación, dibujando puentes con sus trenzas sobre la memoria, desde Frankfurt a Eritrea.
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