¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Siempre quiso volar, acariciar el algodón de las nubes y ver desde arriba el azul del mar. Conseguir subir a aquél avión fue hacer realidad un sueño imposible. Al fin podía sentir el roce de las nubes, su humedad, observar como un águila el tapiz turquesa de un océano interminable, los grandes barcos convertidos en motitas blancas, los colores imposibles de los corales, la fina línea de espuma que trazaban las olas al fundirse con las costas.
La emoción le hacía olvidar sus problemas de respiración, la sensación de ahogo y la falta de oxígeno, los terribles escalofríos bajo esas mantas baratas.
Ya no quedaba más que aguantar y luchar contra sus párpados obstinados en cerrarse, contra el sueño que le atrapaba cada vez más y más. No importaba; pronto sería feliz y olvidaría las penalidades pasadas en su aldea, conseguiría trabajo, liberaría a su familia del azote del hambre y quizá hasta podría pedir la mano de la chica con ojos de miel.
Embriagado de queroseno ya veía la pista acercarse, ya percibía el rugir de esa barra neumática desplazándolo hacia abajo y agazapado entre esas enormes ruedas, ya se sentía subido en el tren de la libertad.
Al acabar mi turno le mullo la almohada con la palma lisa sentado al borde de nuestra cama. Ella se desnuda rápido, sin darme la espalda y sin decir palabra, como siempre. Sólo sé que es nigeriana y que tiene el cuerpo brillante y firme, como una piedra rescatada del fondo del río. Luego se escurre bajo nuestra manta, que aún conserva mi calor y, de cara a la pared, intenta robar unas horas de sueño al recuerdo de su último cliente. Nunca me he atrevido a tocarla. Ni siquiera a preguntarle cómo se llama. Desde la confianza que me concede la puerta entornada, le deseo que tenga un buen descanso y me voy a comerme el mundo.
Cuando vuelvo al piso escapando de las dentelladas del día, es Pavel el que mulle nuestra almohada con el puño antes de irse a buscar cobre, pero si tiene algo de dinero le pide a Primer Turno —como él la llama— que se espere, que empiece por él su jornada de trabajo. Y entonces no me queda otra que cerrar la puerta sin hacer ruido y asomarme a la cocina, a ver si Wilson me invita a uno de sus mates.
Creo que nací huyendo.
Mi vida transcurre en un territorio hostil que me obliga a convertirme en refugiada para sobrevivir a mi propio espanto; me refugio en ideas, en lugares que ni siquiera sé ubicar en un mapa, en personas que no existen. Imaginar, huir,
porque no existe belleza
bajo la luz de algunos soles,
ni toda la lluvia invita a recogerse.
Huele a miedo, a hambre, a orín,
y la esperanza no es más que el deseo
de un cobijo seguro
en una alcantarilla.
Tal vez, si miraras de frente, si salieras al mundo y no olvidaras nunca la cara del que huye amenazado por el suelo en el que un día jugó, harías también tuya su pérdida y su llanto, y entenderías que estamos hechos de idéntica fragilidad.
Imaginar, huir.
La mujer salió de la comisaría escoltada por dos gendarmes, en una mano su maleta de madera atada con un cordel, de la otra un niño de unos ocho años. La acompañaban de vuelta a España.
Tiempos duros para cruzar la frontera.
¿Volverá a ver a su marido?
La marea se apartó de la costa. Una botella yace inmóvil entre las algas. Los nativos se acercan borrachos de curiosidad. El capataz se adueñó del artefacto transparente y con gesto valiente ha sacado un papel que contiene un mensaje. Presurosos , lo llevan ante los sabios de la aldea, pero nadie tiene idea del idioma en que fue escrito.
Uno por uno lo examinan con gestos de incertidumbre, ni políticos de egos en la cumbre, ni el cura del medioevo, que solo se persigna, consigue aliviar los rumores que caminan entre las esquinas.
Alguien me señala, apuntando con su dedo. De sus miradas soy centro, como si debo saber algo, pues cuando les hablo, me delata el acento.
Atentos y expectantes ponen mi mis manos aquel papel viejo, como si yo fuera un mesías. Pasaron noches que no duermo, pues se hizo piedra mi almohada. Ante el Tribunal del pueblo, he traído el mensaje. Nada que yo inventara.
Les confieso con mi acento, que soy emigrante…que tampoco sé nada.
Paco buscaba sólo sexo. Mariela explorar la maternidad; y así acabó preñada. Pero algo hizo fracasar la mezcla, y el embrión se plantó. En realidad, aquel fortuito aborto no añadió ni quitó nada. La secuencia volvería poco después: nuevo encargo, nueva espera y nuevo plantón. Esta vez algo más avanzado. En plena vorágine de reproches, una madrugada de mucho alcohol y poca visibilidad, Paco rodó escalones abajo. Falleció por golpes escalonados diversos.
El crío juega fascinado con puzles, robots y mecanos. Pero Mariela recapitula. Repasa los hechos consumados. Qué la hizo volcarse tanto con aquel niño sirio, mendigando con su padre calle arriba. No tiene claro que fueran los miles de emigrantes huyendo de mil batallas. O sí. La cuestión es que ahora, elevada a los altares por albergarlos en casa, parece habérsele disparado la filantropía: ha sufragado la vuelta del padre a Siria, a traerse la familia completa. Ahora bien, cuanto más se estruja Mariela, más convencida está: no serán capaces de atravesar tantas alambradas, controles y policías. Imposible. De hecho, tiene todo listo para adoptar al niño. Si ella no alcanzó a parir y estos no logran volver, será hijo de la filantropía. Pero ella será su madre.
Supuso que tendría pico, aunque por la lejanía no lo pudiera confirmar. Las alas parecían tan extendidas como pausadas, zigzagueando al son del viento. Se intuían zonas negras sobre el plumaje blanco generalizado…
Marco miraba ese cielo único, intentando engañar al tedio que le suponía la travesía…
Parecía estar tan alto como las nubes de algodón en las que soñaba jugar…
Y otro golpe de mar, y otra embestida a la deriva, y Marco, y el miedo, y la madera carcomida…
¡¡¡Qué fácil sería poder volar!!!
Un rayo de sol, antes de comenzar a llorar, un tímido respiro que llevó su mirada de nuevo a ese cielo único para comprobar…
Y un dolor enorme, aprisionando su pecho, cuando escrutó el firmamento, cuando no encontró el ave de alas extendidas…
¡¡¡No está!!!
Y uno de los mayores señaló al cielo, y la mirada de Marco siguió la estela imaginaria de su rastro, y el pájaro de pico dudoso estaba allí…
Un gran alivio al recuperar la visión del pájaro que les guiaba hacia una nueva vida…
Y así, escribiendo en el suelo con su propia sangre, migró hacia la luz.
Instantes después de que una ola te arrebatara de los brazos de tu padre, comenzaron a desfilar ante tus ojos las imágenes que hasta ese día habían marcado tu existencia: el triciclo rojo que te regalaron los tíos por tu tercer cumpleaños; los bigotes y barbas de espuma que tu hermano Galib y tú os poníais en la bañera, jugando a ser piratas; cuando te hacías invisible por las mañanas escondido entre las sábanas y mamá tardaba en encontrarte y luego te buscaba las cosquillas por debajo del pijama; los castillos de arena del verano anterior en la playa…
Y la última de todas: la mirada de pánico, angustia e impotencia de tu padre, su grito ahogado por la mar que te tragaba, te arrastraba, te hundía y te alejaba. Una mar gélida y revuelta, oscura y traicionera; una mar que al amanecer, ya en calma, te depositaría, azulado e inerte, en una orilla tranquila de arenas blancas, caracolas, cormoranes y algas.
Una orilla sin castillos de arena.
—¡Aquí nací y aquí moriré, no voy a dejar que nos invadan! Crecí en esta hermosa, no me ha faltado trabajo ni pan y he podido vivir tranquilo. Pero eso ya es pasado, desde que se abrió la brecha y cada día llegan decenas de indocumentados, me tengo que encerrar en casa y prohibir a mis hijas que salgan solas. Por eso me he decidido luchar para que mi nación vuelva a ser lo que era
—No nos puede engañar, desde pequeño lo ha tenido todo, no ha trabajado en la vida, ha vivido de la herencia y de los negocios su padre y del dinero de su mujer. Odia a todo aquél que suponga un riesgo para su sistema de vida.
Mientras los dos políticos discutían, a Magli se le volcó el cubo. Ambos la increparon con dureza y siguieron con sus discursos mientras ella recogía el agua.
—Levantaremos un muro de hormigón y solo permitiremos que crucen personas con formación, capaces de aportar a algo esta gran nación.
—Pondremos todos los recursos disponibles, con leyes que permitan que solo lleguen personas con formación, capaces de aportar algo a esta gran nación.
Recuerdo un globo rojo elevándose hacia un cielo plomizo. Recuerdo unas manos ancianas moviéndose en nuestra dirección, en aleteo indeseado. Sentí un nudo que me encogía las entrañas, pero no lloré. Se lo prometí a papá cuando me habló por última vez, y por primera de hombre a hombre. Mamá si lo hizo mientras consolaba a Amín que gimoteaba reclamando su globo.
A partir de ahí los días y las noches fueron solo escalones que conducían a nuestra meta. El mar nos zarandeaba, rugía como si nuestro bote arañase su piel. Cuando avistamos la costa, la tormenta intensificó su furia y jugó con nosotros.
Desde la camilla veo el cuerpo de Amín, incompleto sin el abrazo de mamá, tendido en la arena. Alguien lo cubre con una manta. Un globo rojo medio deshinchado aterriza a su lado. Anochece.
¿Te conté que de pequeño quise ser emigrante?
—Mamá, ¿dónde están las golondrinas?
—Se han marchado a un lugar mejor.
—¿Se han muerto, como la abuela?
—¡No, cariño!… Han emigrado en busca de sol y comida.
—¿Están de vacaciones?
—Algo parecido.
Algo parecido a unas vacaciones. Eso era para mí emigrar. Por entonces, también creía en los Reyes Magos.
Velando su maleta, aquellos nidos vacíos ensombrecen mi ánimo. Las paredes se pierden en claroscuros. Los muebles, cabizbajos, siluetean futuros mustios. No duermo, parpadeo a trompicones… ¿Recuerdas, querida? ¡A trompicones! Como el vespino que nos unió a ti y a mí en el instituto. Como el tocadiscos y el seiscientos de tu padre. Como nuestras primeras caricias descompasadas. A trompicones, como aquellos ecos entrecortados de hace veintiséis años: respira-empuja, respira-empuja, respira, ¡respiraaa!
Velo su maleta y reniego de mi suerte. ¡Ojalá no amanezca! Pero el salón me reta en púrpuras, magentas y naranjas: suena el despertador… ¡Maldita crisis!
Mis lágrimas recuerdan: “¿Dónde están las golondrinas?”. Él se acerca. Nos abrazamos. Carraspeo y, a trompicones, me despido:
—Serán como unas vacaciones —susurro envejecido—… Bye, good-bye.
—¡Volveré, papá! —me sonríe de medio lado, como hacías tú—. I love you dad.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









