Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
0
9
horas
1
8
minutos
0
5
Segundos
5
9
Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

86. LA FUERZA Y EL TESÓN

Aquella mujer toda su vida estuvo atada a la tierra, de ella sacó lo suficiente para vivir y alimentar a su hijo que nunca supo quien era su padre . Las malas lenguas decía que era aquel hombre vestido de negro que decía misa en la ermita y a la que su madre tenía como propietario de todos sus bienes.

Con el paso de los años su espalda se fue encorvando al ritmo de su azadón y las arrugas formaron un entramado nido de abeja que cubría su rostro del que salían sonrisas de bondad.

Mirando al infinito repetía una y otra vez en forma de plegaria:A ver cuando vienes a buscarme, mi cuerpo no aguanta más los envites de la tierra.

85. De haciendas y pelotas (Asunción Buendía)

La bola cayó con un golpe seco en medio del corral. Marcelina la recogió y con picardía la metió en su delantal, mientras maquinalmente ahuecaba con gracia su ondulado cabello castaño. Sabía que no tardaría en aparecer uno de los mozos buscándola para proseguir el juego en el frontón. Tuvo suerte porque fue Abdón quien venía, sudoroso y jadeante. Sus miradas, negra noche la de él,  suave amanecer la de ella, se encontraron quedando ambos mudos durante un instante infinito.

— ¿No habrás visto una pelota?

—Pues No. Pero podrías pasarte luego, por si apareciera.

Continuaba con sus quehaceres cuando Antonio, el de la hacienda más rica del pueblo, la llamó. Volvió con desgana sobre sus pasos. Él azorado y compungido, con apariencia aún más boba de lo habitual, le dijo:

—Marcelina, yo… mi madre… no podemos volver a vernos.

—Antoñito no te preocupes tanto, ¿quién te había dicho que tenía yo intención de volver a verte? ni a ti, ni a tu madre, ni a nadie de tu familia.

Se dio media vuelta, la cabeza alta sostenida por la rabia y una ilusión creciendo en su interior, al acariciar la pelota de cuero que todavía escondía en el bolsillo

84. MI ABUELA (MARÍA ORDÓÑEZ)

Sus ojitos color cielo eran mi dulzura. Desde el fondo de su mandil surgían deliciosas frutas del huerto de su hacienda. Ven acá, hijita -me decía- come aquí conmigo, que esto es sólo para ti. Yo, la preferida, sentía ese delicioso calorcito que llena el alma en las horas felices.

Los domingos, en su patio central, la abuela, con un gran sombrero y ese mismo mandil, de unos enormes costales sacaba toda clase de comestibles para sus indios y peones, y de aquel mandil, dulces para los niños. La gente besaba su mano mientras un murmullo de palabras mágicas, entreveradas con un “grashias mamai”, colmaba el aire. El último costal era de coca, imprescindible alimento para la diaria faena en los Andes.

Yo, niña citadina, asombrada observaba los pies surcados por enlodadas grietas, con gruesos callos que permitían ignorar los filosos guijarros de los caminos. Coloridos ponchos y chullos alegraban el día, mientras la sonrisa de la abuela todo lo envolvía.

Yo fui su consentido, dijo un primo a la muerte de la abuela. Todos al unísono gritamos: No, ¡fui yo! Ese día descubrimos que para cada uno la abuela tuvo la mejor fruta y que todos crecimos sintiéndonos favoritos.

83. MAÑANA DE DUELO (BELÉN SÁENZ)

Antes de la amanecida, Dolores junta los pies descalzos en la estera. Toca el hombro a Manuel por encima del cobertor una, dos veces. No protesta. La mujer se detiene en la frontera del grito y acompasa su silencio con el de la silueta yacente. En la palangana se lava brevemente las manos y largamente la cara.

Llaman recio a la puerta. Dolores hace pasar al amigo y le pone delante la botella de aguardiente y un vaso.

—Salvador, anda, ayúdame a traerlo. No quiero que se quede en la alcoba mientras trajino. Hoy cocino para la casa grande. Se juntan veinte para la partida de caza. Por la tarde le velaremos.

—No te apures, Lola, os haréis compañía mientras te acabo la siega. Después vuelvo para que puedas llegarte a avisar al párroco y encargarle la caja. No se ha de quedar solo, no.

Acomodan sobre la mesa de la cocina el cuerpo laxo como un cristo descendido de la cruz. Le colocan las manos sobre el vientre. Dolores intenta pegarle a la frente el crespo flequillo con la palma ensalivada y le arropa con la colcha de piqué.

El beso, como un soplo, aviva el rescoldo del fogón.

82. Silencio

Las manos rugosas y un silencio constante. Con sólo esas palabras se definía . Había cruzado  por el mundo como un suspiro, sin hacer ruido, intentando pasar desapercibida. Era  una mujer de rutinas: la leche, el pan negro, la verdura de la huerta, la loza sucia, los calcetines mojados, el tendal, las gallinas, el cerdo. Pocas palabras más necesitaba para definir su mundo.  No existía ni el descanso ni el rencor, nunca hablaba de deseo , de aspiraciones, de cambio. Su vida estaba escrita, no se había casado ni había tenido hijos, quizás se había enamorado en secreto, quizás,  durante el trabajo en la huerta, observaba  el humo de la chimenea de otro hogar. Un día contó que nunca había visto el mar.- Está demasiado lejos, decía.- detrás de esa montaña. No lo añoraba  porque no lo conocía. Si conocía el frio y la niebla matinal. Era una experta en  abrazar tras una caída tonta, y en hacer pasteles  para alegrar a la niña caprichosa. Una pompa de jabón se la llevó de repente, volando hacia el cielo. Eso le dijeron a la niña cuando pidió explicaciones de su ausencia. Nunca volvió a caerse pero  empezó a desear poder volar.

81. LA VERDADERA DULCINEA (Petra Acero)

Escribe: En un lugar de Lamancha de cullo nombre no quiero acordarme…

Pero se acuerda. Se acuerda cada día: en la penumbra de su camastro, faenando entre las gallinas y los pucheros, en el lavadero o desbrozando la mies. Recuerda el nombre y lo demás (sepultado bajo capas de silencio familiar: “Aldonza, hija, lo que no se nombra, no existe”). ¡Claro que existe! —preñado de fantasmas— Creciendo, dilatando su vientre, arañando sus sayas, majando su honra como ruedas de molino.

Por eso, Aldonza reclama justicia. Recluida en aquel cenobio escribe para que su futuro hijo sepa de su padre y sus tíos (aunque, ¿quién es quién?, los cuatro la mancillaron).
El dolor la dobla. Suelta la pluma. Se arrincona y empuja: sangre, llantos y… una niña. ¡Otra campesina! La limpia, la amamanta y la enrolla en un mandil. Coge el cesto de los huevos, remueve la paja y coloca a su hija dentro. Rescata el papel y escribe por detrás:

A vuesa merced, Alonso Quijano, de gran corazón y mente amueblada, le confío esta hija. Pa que vuecencia, sin familia propia, tenga… una sobrina.

Torpemente sube al carro, asegura el cesto y arrea a la mula.

80. La Serrana (Mar González)

Todas las mujeres de esta tierra son serranas, pero “la Serrana” era mi abuela. Mi madre, “la serranita” y yo, aunque lo odiara, “la nita”.

“La Serrana” no salió nunca del pueblo en sus 91 años de vida. Murió a los 95, pero dejó de contar cuando empezó a olvidar y solo recordaba los nombres de las ovejas.

Mi madre, que marchó joven a la ciudad, regresó entonces para cuidarla. Con canas y más arrugas, volvió a ser “la serranita” y, después, no quiso ser otra.

Siempre que el trabajo me dejaba, yo cogía el coche y, pasado el alto de las Moreras, ya me sentía aquella niña de coletas que aprendió más en los campos que en las clases.

Una madrugada de invierno, quedó la casa vacía. No pensé en volver, pero llegó la crisis o, quizás, un renacer de “la nita”.

Hoy inauguramos este alojamiento rural y me parece escucharlas. A “la Serrana” no le gustan las nuevas colchas y “la serranita” señala con cariño esa foto de las tres juntas. – Deje a la niña, madre, que sabe lo que hace. – O eso espero. Estáis todos invitados.

79. MORRIÑA (Cristina Rey Costa)

Morriña

Con sólo ocho años trabaja duro pero es feliz. Apenas le queda tiempo para jugar. El campo, el cuidado de los animales y la escuela le ocupan todo el día. Marisa sin embargo no echa de menos las cosas de su edad. Rodeada de amor por su familia, enamorada de la naturaleza, enamorada de su lugar. Todos estos sentimientos a pesar de su enorme esfuerzo. A pesar de su obligada renuncia a vivir una infancia como los demás.

Han pasado treinta y ocho años desde aquella. El autobús está a punto de llegar. Con los nervios a flor de piel y su mente cargada de recuerdos. Bonitos recuerdos que desea volver a vivir. Y sobre el regazo muchos papeles que agarra con fuerza con sus manos, por miedo a perder su esperanzador proyecto de vida.

En todos esos papeles está escrita su felicidad. Sabe que será muy duro, como aquellos años de infancia. Pero deja atrás una profunda tristeza y soledad que espera curar allí, en su lugar.

78. Reconocimiento

La Manola regentaba una modesta venta, en la que atendía a labriegos, civiles, estraperlistas, a los escasos viajantes que cruzaban Sierra Morena camino de Andalucía y donde refugiaba en el pajar a algunos maquis, que le pagaban con parte del producto de sus rapiñas, que luego vendía a buen precio a los civiles que patrullaban los montes.

Harta de trabajar, cuando se iba a la cama la compartía con cualquiera que se lo pidiera, y fruto de ello, tuvo siete hijos, que de su marido, alcohólico dedicado a gandulear de día y desaparecer de noche, los aceptó como suyos.

De esa forma, en la postguerra, Manola Garrides Gómez, entre el negocio de la venta,  los productos de su pequeña huerta, el estraperlo y la ayuda de sus amantes vivió sin estrecheces y, pasado el tiempo, gracias a sus engaños y  delaciones, cada vez más frecuentes y siempre oportunas, alcanzó cierta notoriedad en la comarca, que alimentó con las generosas dádivas que entregaba al párroco cada domingo.

Años más tarde, en la celebración del Día de la Raza, recibió de manos del Generalísimo las Medallas al Mérito en el Trabajo y al Mérito Civil y el Premio Nacional de Natalidad.

77. EL ARIETE (Jesús Redondo Lavín)

Por la vaguada, bajo la casa de tía Finuca, corría un regato. El tío Jesús construyó un azud en el que insertó  un tubo que enlazaba con un artilugio  que llamábamos ariete. Era como un balón de baloncesto de hierro; en su base continuaba el tubo truncado por una válvula con  un émbolo móvil que por presión hidráulica, tras producir un golpe seco, escupía por su base dos cortinillas de agua; luego descendía para volver a ascender. Por ese sistema un hilo de agua llegaba al depósito, a 33 metros sobre el río, que surtía al lavadero y al abrevadero del ganado, adjuntos a la casa.

Fue la última obra de aquel ganadero inquieto por el progreso. Una enfermedad, de aquellas que esperaban al descubrimiento de la penicilina, se lo llevó. Mi tía, todo un carácter, logró sacar adelante a sus cuatro pequeños. Nunca se sintió sola en aquella casa aislada en la curva de las Callejas, hoy  muro desmochado.

Aquel “pum-flash”, “pum-flash» del ariete eran el diástole y el sístole del valle. Los trajines de las horas de luz atenuaban aquel sonido que de noche era patente. Finuca nunca se sintió sola, oía latir al corazón del tío Jesús.

76. SIN TÍTULO (REVE LLYN)

Necesitaba desengancharme de la tecnología y de ti. Lo primero era una imposición médica tras desaparecer mis huellas dactilares y lo segundo una cuestión de orgullo o de amor propio (dependerá del traductor), así que volví al pueblo de mis abuelos (un destino sin Wifi, advertí a mi editor) con algunas ideas pero sin un plan concreto. Pensaba escribir, por fin, la novela de la que solo tenía el título. Poco atractivo más podía ofrecerme ese paraje alejado del mundo (o eso pensaba yo). Cada día charlaba con los ancianos que trataban de inspirarme con su vetusta sabiduría. Podía pasarme horas escuchándolos. Hablaban con la calma propia de los dioses, como si fueran dueños del tiempo, ajenos por completo a mi antigua prisa. Escuchaba el viento y el rumor creciente del deshielo en mis paseos. Observaba las aves y sus rituales. Veía brotar de nuevo la vida entre los áridos peñascos.

 

Y nada de eso me distraía, más bien al revés, ese era el argumento perfecto para una novela, o mejor aún, para la vida  misma. Solo que mi título ya  no tenía sentido. Lo intenté, juro que lo intenté, pero todos los bolígrafos insistían en escribir tu nombre.

75. NO HAY POZO SIN LEYENDA (Toribios)

Mi abuela era capaz de subir un caldero lleno de agua a pulso sin que se le cayera ni una gota. Aún la recuerdo con sus sayas negras al borde del pozo, un pozo sin brocal que se tapaba con unas hojalatas para evitar el peligro. Mi abuela apartaba las chapas de metal, cogía el caldero vacío y lo dejaba caer hasta que se oía el ruido de su choque con el agua. Yo asistía embobado a esta escena, preso del poder misterioso de ese lugar profundo al que no me dejaban asomar. Luego, mi abuela tomaba firmemente la cadena e iba subiendo a pulso el caldero, con las piernas separadas y bien firmes, y los labios apretados. Yo admiraba a mi abuela. Mi madre me contaba de sus andanzas, desde una infancia de pastora en el monte, hasta una juventud en que había vendido pescado a pie por aquellos pueblos, con la caja chorreando hielo a la cabeza. También ordeñaba, guisaba y lavaba en el río. Pero fue mucho más tarde cuando me enteré de lo del Rubio, uno del monte al que escondió. Y entonces la admiré mucho más. Sobre todo siendo mi abuelo guardia.

 

Nuestras publicaciones