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PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
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Ya ha entrado el otoño. Es hora de recoger las peras y manzanas. La casa huele a pastel,después de que la abuela Teresa ha tamizado la harina, cocido la fruta y también ha batido los huevos. Hoy Anita mientras ayudaba a la abuela a tirar las cáscaras le ha dicho enfadada.
_ Las gallinas son tontas.
Y Teresa, sorprendida ,le pregunta por qué.
_ Porque se dejan quitar los hijitos.
_ ¿Los hijitos?
_ Si, abuela, los huevos.
_ Pero Anita, no son sus hijos.
_ ¿Acaso el abuelo no me trajo el año pasado un pollito? ¿De dónde salió? Pues de un huevo.
_ ¡Anda que cosas tienes!
_ Yo cuando tenga hijos no me los dejaré quitar ni se los daré a nadie.
_ ¿Y cuántos hijos vas a tener?
_ Siete.
_ ¿Por qué siete justos?
_ Porque son los que valen.
_ ¿Cómo?
_ Sí abuela, tú tuviste diez. Uno de ellos se murió al nacer, otro se cayó al rio y mi madre fue tan tonta como las gallinas.
Los trapos sucios no se lavan en casa, responde si le preguntan. Va cargada con un fardo de ropa. Amalia se dirige a la fuente de la Virgen de los Remedios, junto a la iglesia. Allí las propiedades del agua son buenísimas. De calidad, asegura. El jabón, de tocino y sosa, como Dios manda. Empieza las tareas básicas del lavado a mano. Enjuaga las prendas, las deja reposar. Los sabañones forman parte de su morfología hace tiempo. Restriega, golpea. Deja reposar otra vez. Siente miradas vecinas en el cogote. Deberían ponerse a hacer lo mismo, piensa Amalia. En el aclarado verifica minuciosamente la limpieza y blancura de la colada. Retuerce para escurrir. En este momento sublime, no padece la artrosis. Extiende la ropa sobre la hierba, a medio sol, si no se queda muy tiesa. Cuando empieza a secarse, la va esponjando con las manos para que vuelva a su ser. Tras el estirado y primoroso doblado, la coloca en una cesta de mimbre que encuentra allí mismo, cerca de los rosales. En el hogar nunca le han prohibido sus costumbres. Todo el personal sabe que de vez en cuando, la señora Amalia sufre ataques de melancolía.
MARIE, GANADORA DEL CERTAMEN
Se sintió halagada descubriendo en internet, un concurso de relatos bajo el tema “Femmes Rurales”
Marie, desde hacía un tiempo, escribía historias que siempre quiso contar, pero ahora casi a los setenta, lo tomaba como placentera obligación.
Leyó algunos relatos publicados por el concurso, comprobando que muchos aludían en tono dramático, a esa mujer rural luchadora, heroína, incomprendida y, sin embargo, victoriosa en unos duros tiempos, fustigados por las penurias que la segunda Gran Guerra había marcado.
Marie también vivió aquellos penosos años. Había sido “une femme rurale” en la campiña de La Provence, y aún conservaba muchos recuerdos.
Recuerdos que a menudo, le evocaban las pinturas de Van Gogh, que con tanta fuerza habían descrito esa tierra a la que Marie estaba arraigada en cuerpo y alma.
Escribió, añorando los campos de trigo como mares amarillos con olas meneadas por suaves vientos, la calma de la siesta, las noches estrelladas testigos de primeros suspiros amorosos, los campos de lavanda embriagando el aire y ocultando sus devaneos con Jean Claude, su amor. Pieles bronceadas, calor, cuerpos desnudos “à la belle étoile”, tórridos besos…
Acabado su relato, y no sin cierta desazón, decidió enviarlo a un certamen de “Histoires érotiques”. Afortunadamente.
IsidroMoreno
De espaldas a la inmensa mesa con hule, cascaba los frescos huevos.
La radio del pueblo llamaba a escuchar, el silencio le daba paso.
Genoveva agregaba el batido, a las papas recién cocidas en su ardiente sartén.
Mingo, presidía la mesa, la distancia entre ambos era la justa para que él estirara su mano dándole una palmada cariñosa…
Su hija mujer, preparaba un dibujo.
Los varones jugaban naipes, los perros de adentro esperaban en el piso de tierra lustrosa.
En breve la radio se apagaría hasta el otro día.
Sus brazos dieron la vuelta final a la tortilla más rica del mundo, lista la cena. Genoveva acalorada y con disimulo salió a la galería, los perros de afuera le entrelazaron los pies, ella miró a su amiga luna.
En un ritual femenino se contaron secretos, una de viajes,del sol; la otra de soledades, desamor, mañanas frías, manos gastadas, injusticia,sueños.
Desde la casa, la voz de Mingo pedía comida.
La noche arreciaba con su belleza, Genoveva acurrucando sus manos en su delantal floreado, despedía a su amiga.
Adentro, la tortilla reinaba en la mesa de campo, mientras una mujer enjugaba una lágrima, guardaba un deseo y esbozaba una sonrisa nocturna.
Teniamos gallinas, pollos, conejos y un cerdo que matabamos en Navidad. Mi padre troceaba los restos sobrantes de la comida para los animales, yo los alimentaba. Oir el clocar de las gallinas cuando habían puesto un huevo e ir corriendo a cogerlo «tan calentito».
Nací durante un bombardeo de la Guerra Civil, en un refugio de mi campo.
La puerta de mi casa estaba enjalbegada de blanco, allí me ponían el barreño de cinc para bañarme, el sol calentaba esa agua fresca y transparente.
El quince de Agosto «La Virgen» se celebraban las fiestas de mi pueblo. Ibamos con zapatillas, pues los senderos para ir al baile, estaban llenos de piedras. Al llegar, en un rincón las escondiamos, para colocarnos los zapatos de tacón.
Los chicos venían de los pueblos cercanos e incluso de la ciudad. Allí conocí a mi marido (él era de la ciudad). Me casé y me fui a vivir a la ciudad. Tanto cemento -nunca me gustó-.
Pasan los años, añoro mi campo, heredé la casa de mis padres. Volví, vuelvo a vivir allí. Por las mañanas solo me despierta el ladrido de algún perro. Ahora respiro el aire puro de mi campo.
Hervina, mi madre, nunca estaba por la labor. Fue padre quien la persuadió para que disfrutase sus primeras vacaciones. Por un tiempo podría olvidarse de la rutina diaria en la granja, de muxir las vacas antes de subir al monte a cortar leña, de lavar la ropa en el regato y clarearla en el prado, o alimentar a las pitas al anochecer.
Parecía que disfrutaba junto al mar. La descubríamos embobada, con la vista posada sobre el horizonte, cautiva con lo que le narraban las olas mientras la espuma agonizaba entre sus pies desnudos.
Pero anoche, después de cenar, en vez de buscarnos en el sofá caminó hacia la terraza. Allí la encontramos, confinada contra una adelfa marchita, acuclillada y con las manos como envolviéndose la cabeza. Nos costaba creer lo que veíamos, pues parecía, por su postura, que ansiaba menguar. Y de veras que lo consiguió, cuando, de forma habilidosa, comenzó a tejer un pulcro capullo de seda que la fue aislando de nuestro recelo.
Desde entonces no le quitamos ojo. Sobre todo padre, quien, en su rubato, no suelta el trueiro esperando a que eclosione. Para poder cazarla y que no regrese volando hasta la aldea.
Esa mañana de Enero sus ojos reflejaban esperanza. Daba igual el hielo y la escarcha, y ese gélido viento que asolaba su pequeña aldea, cercenando la piel de sus paisanos. Ella estaba por encima de cualquier obstáculo, su vitalidad no entendía de límites, y menos si estos pretendían ser climatológicos.
Baltasar ya había abierto camino hace horas, pertrechado en su raído abrigo y con su mente ajena a las inclemencias. Ocho pequeños estómagos que alimentar eran suficientes para distraer cualquier atisbo de zozobra ante la lucha diaria, y no permitían el desaliento, por tentador que fuera permanecer al calor de la lumbre.
La Alcarria mostraba su cara más ruda, emboscada en su invernal silencio, y empeñada en compartir su yerma esencia sólo con los que de verdad la sentían como propia y tenían los arrestos para soportar sus poderosos envites.
El rigor de su pulso fue dejando en la cuneta a los menos afortunados. Un día Baltasar no logró regresar a la lumbre, y los pequeños estómagos que alimentaba corrieron suerte desigual. Alguno de ellos hoy aún lo cuenta, y puede atestiguar que el espíritu de la vital Filomena pasó a formar parte, inmortal y centenario, del sobrio encanto alcarreño.
Pero abuela… Que tiene ochenta años y esa pala pesa mucho ¿Por qué va siempre con ella a cuestas cuando me acompaña a la era?
Ay, hijo, cuando me acuerde de dónde le dieron el paseo a tu abuelo aquella noche, tendré que usarla.
Con ella lo enterraron y ella lo encontrará.
Ya verás
Cuando llegó a aquel pueblo polvoriento creyó ahogarse en lágrimas de barro pero no hubo tiempo, tenía que comenzar a extraer y colocar lechugas en cajas que se apilaban interminablemente en su área de trabajo.
Nola cruzó el Atlántico en primavera llevando en su mochila la vergüenza de ser madre soltera y dejando atrás a un hijo que no quería.
Desde aquella casa compartida con otros seres tan extranjeros como ella, Nola divisaba una montaña que obligaba a aullar al viento. Le asustaba su ulular y tenía pesadillas en las que animales salvajes devoraban al pequeño. Y así, sin querer, comenzó a quererlo.
Al paso de los años Nola era una mujer más del pueblo y como a ellas, la tierra le iba robando la tersura de la piel y la energía de los riñones.
Al final de la jornada, mientras dentro se escuchaba la charla animada de sus compañeros, Nola se sentaba en el suelo del patio a esperar que el viento llegara, el mismo que tanto le asustara al principio se había convertido en su amigo más fiel, y cada noche, traía a su hijo y lo dejaba caer entre sus brazos poniéndolo a salvo de las alimañas.
A menudo, la muerte deshace encrucijadas y, en su caso, también el trazo que había unido los borrones de su vida lastrada por un matrimonio prematuro, por un sujeto que la trató con la distancia de un desconocido y la exigencia de un dueño.
Llevaba tantas horas de velatorio que el pésame de todo un pueblo pesaba como una losa. Cansada del lenguaje de los llantos, de escuchar pueriles consejos propinados a tientas, buscó en el baño un momento de respiro donde refugiarse de los reojos de conmiseración y de los mudos ecos de los murmullos. Se apartó el velo, se humedeció la nuca y al alzar la cara, por primera vez, se detuvo a contemplar la resquebrajada tierra cincelada en su rostro que le reflejó una viudez resignada a conformarse con las sobras del destino.
Alertadas por su tardanza, algunas plañideras decidieron ir a buscarla, pero sólo hallaron un velo negro al pie de una ventana abierta.
«… y que nunca te falten al respeto»
Como una losa sobre las espaldas. Hija. Madre. Esposa. Con la dignidad recogida debajo de la rebeca negra o bajo el delantal o el camisón abotonado.
Anda mirando los adoquines del camino, con paso lento pero decidido. Claro que sabe porqué le duele la cabeza y cada vez tiene menos fuerza en las extremidades. Se hace vieja, se hace vieja desde el día en que nació. Lo sabe pero le gusta ir al dispensario al menos una vez al mes. Es muy correcta y muy amable la doctora que viene y trae revistas para que los pacientes aplaquen la impaciencia de la espera. Revistas con mujeres que anuncian vestidos de gasa, medias rojas o negras, con ligueros, perfumes que prometen pasiones… Sonríen como si no supieran del respeto. Hojea la revista hasta casi saberla de memoria. Siempre que piensa en la ciudad piensa en colores. Recuerda, sin venir a cuento, que su Manuel ha de bajar mañana a la ciudad, como todos los viernes. A comprobar los precios del Mercado Mayor.
En un deslucido arcón, Mariola rebusca el lienzo blanco donde entregó su niñez al amo. Amarillea de llantos. Lo baldea en el río, restregándolo con limón. Luego, dejará que se oree al sol sobre la hierba mientras enjuga sus ojos y escapa del espejo del agua.
Revive las dilatadas horas del parto: sangre contra sangre. A madre, sorbiéndole los gritos y maldiciendo a aquellos que arrancaban al infante de su vientre, para acomodarlo en el seno de la señora. Después, aquellas fiebres y el enfermar de madre y el dejarse morir y las puertas mudas cuando imploró auxilio…
Recuerda al muchacho creciendo caprichoso y pendenciero al cobijo del ama. Los desplantes, sus desaires, sus ultrajes. El orgullo ebrio de su rostro bajo el estandarte de nuevas honras mancilladas. Aún le escuece ese primer latigazo que le cortó la cara cuando le afeó su conducta. Y sus burlas.
Tocan a muerto. Una faca le rebanó el pescuezo.
Mañana enterrarán al único hijo de los amos, amortajado con el sudario de la niña madre. Quizá entonces pueda besarlo y pedirle perdón a su dios. Después, con el mismo cuchillo caliente que esconde en su faltriquera, se quitará la vida. Sangre contra sangre.
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