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Su señorito le hizo un hijo. Al sentirse encinta, huyó sin dejar rastro. A nuestra aldea llegó cuando el pequeño tenía varios años. Mis padres le proporcionaron cobijo y pan hasta que ella pudo apañarse. Primero, recogiendo leche por las cuadras, de madrugada; luego, vendiendo quesos en las ferias. Y siempre, ayudándonos en el campo o en el cuidado de los retoños según fuimos naciendo. A cambio, llevábamos sus cuentas o le escribíamos las cartas.
Su casa humilde nos cautivaba: el agua del balde, el candil… Pero nunca nos dejaban pernoctar allí. Un día mamá nos sugirió a las dos mayores que fuéramos a dormir con ella. ¡Nos costó creerlo! La encontramos sola, desconsolada. Su Ramón había emigrado.
Jamás la vimos quejarse. Ni sonreír. Incluso cuando regresó el hijo, con nuera y nietos de regalo. La llevaron con ellos a una vivienda confortable y lejana; pero, a veces, escapaba caminando hasta nuestro hogar. Avisada la familia, se la devolvíamos días después, medio convencida por mi madre de que Ramón no la defendía de su mujer porque bebía demasiado.
Acabó ciega y al cuidado de la nuera. No pudo reencontrarse con su hijo, fallecido décadas antes, hasta los ciento dos cumplidos.
Madre de cinco hijos, abuela de veinte nietos, bisabuela de seis. Hoy es un día muy especial, es su cumpleaños. Por eso la reunión y la fiesta en este domingo de abril colmado de árboles en flor, de una primavera que llega repleta de olores suaves a yerbabuena y azahar. Ahí está.
Con la figura encogida por el peso del tiempo y los ojos cansados de tanto mirar por las ventanas de la vida -parecen pequeños bailarines en un escenario lleno de experiencias- después de una larga gira de acentuado recorrido sentimental. Aquí continúa con esa placida y venturosa longevidad.
No tuvieron tanta suerte los de su generación. Hoy, sigue disfrutando, aunque a veces se pierda en los recuerdos. Otras, callada sólo mira. Todos la quieren y la veneran por su fuerza, por su serenidad, por su alegría y sobre todo por las historias que cuenta del campo y sus labores: la siembra de cereales, la siega, la trilla, la recogida de la almendra y la aceituna. Aquellos árboles que rodean todavía la casa. Hoy cumple cien años. Todos se arremolinan con ella cuando con gracia narra las faenas del campo, como si fuera ayer. Sin las fatigas de entonces.
La lógica de la vida se les escurrió de entre los dedos cuando el médico sentenció a su hijo a una enfermedad de nombre impronunciable que le impediría crecer demasiado. Abandonó la ciudad y escapó a las montañas: a una masía solitaria y destartalada anegada de árboles y campo. Con el dinero que sacó de la venta de su vieja casa compró dos vacas y un arado. Bien temprano lo trajinaba, incansable, y todas las noches con unas tijeras de podar desmochaba ─solo un poco─ frutales y jaramagos. En septiembre tras la vendimia empezó, mientras su retoño dormía, a recortar serrucho en mano y de consuetudinario la infinitesimal parte de un suspiro de las patas de las sillas y los armarios. Con el mismo tesón que manejaba la azada remetió furtiva una y otra vez los bajos de su pantaloncito estampado de patos y se encargó de lavar hasta hacerlos menguar unos zapatos que el pequeño no se ponía porque siempre corría felizmente descalzo. Y los días que la recolección no le dejaba fuerzas para seguir empequeñeciendo aquel mundo y aparte que había creado, sonreía al ver cuánto había estirado su hijo mientras le cantaba nanas tañendo un clavicordio enano.
La moza, de mirada siempre cabizbaja, acabó de limpiar los hierbajos de la huerta y aviar el ganado; sería la última vez.
Abrió la vieja maleta y, lentamente, la fue llenando de pedazos de vida, de fragmentos de su envejecida alma.
Un visillo bordado por su abuela; un ajuar de cariño que nunca terminó.
Una muñeca de rostro triste.
Un libro, que algún día se juró podría leer.
Una cuerda deshilachada, rota por el peso de una huida hacia la muerte.
Una faca. ¡Nadie! ¡Nunca más…!
Un marco de foto, sin foto.
El fuego empezaba a devorar los pilares de madera de la vieja casa y el humo arropaba con indiferencia los tres cuerpos que yacían muertos, su padre y sus dos hermanos. El vino había adormecido sus mentes, la Amanita phalloides sentenció sus pecados, expió sus almas. La madre, testigo mudo, levantó su mano temblorosa pidiendo ayuda, implorando perdón. Pero su corazón ya no albergaba sentimientos, huyeron a lomos del miedo.
Empezó a caminar sin volver la cabeza, el camino pedregoso hería sus pies. Aferró con fuerza la maleta y con decisión levantó la mirada; sus ojos eran verdes.
Cuando Juan llegó a casa le extrañó el profundo silencio. Buscó a Dolores por todas partes, llamándola a gritos. «¿Dónde se habrá metido, la loca esa?» bramó en voz alta. «¡Sabe que quiero comer a las dos!». Se dirigió a la cocina y le sorprendió no ver sobre los fogones nada dispuesto. «¿Y qué como yo ahora? ¡Se habrá dormido entre las lechugas y los pimientos!».
Bajó las escaleras y se dirigió a la huerta «¡No sea que le haya pasado algo y ya tenemos el día arreglado!» farfullaba. Pero en la huerta no había ni rastro de Lola. Furibundo, regresó a la hacienda dispuesto a comer lo que encontrara, chorizos o queso, que siempre había. Cuando entró de nuevo en la cocina le llamó la atención un sobre que estaba sobre el mesado y en el que no había reparado antes.
«Querido Juan:
He decidido marcharme, ahora que ya no me necesitas. He cumplido como madre criando a nuestros hijos, y como hija cuidando de tus padres y de los míos, como esposa estoy harta, puesto que siempre he sido invisible salvo para atender tus necesidades. Por una vez voy a darte la razón desapareciendo».
Nadie, en toda la granja, las cosechaba así: sin machucarlas, sin aplastarlas, sin hacerles perder el color que vibraba en la cesta.
Su legendaria delicadeza le había ganado el apodo que tanto la enorgullecía. Trabajaba cantando: «Para que mis niñas lleguen con toda su dulzura al frasco» explicaba, secándose el sudor con un pañuelo que yo juraba que olía a frutilla.
Fue muy raro que ese martes no viniera a visitarnos – mermelada en mano, como siempre hacía. Pensamos que estaba enferma; que había ido al pueblo a vender los dulces. Encontramos su pañuelo, rojo como nunca. Estaba en el suelo, a su lado, y olía a sangre.
Hoy, como ayer y otros muchos días, amanece achacosa.
No se queja. Cuando abre los ojos siempre piensa aliviada: “me he despertado”, antes de levantarse para vivir su rutina diaria.
Después de desayunar sin apetito da de comer a los gatos, sobre todo al tuerto y al que le falta una pata.
Acto seguido recoge los pocos huevos que ponen las gallinas y, acompañada por sus tres perros, remienda cómo puede el pequeño y destartalado corral, donde los conejos entran y salen a su libre albedrío.
Más tarde, un ataque de tos le obliga a dejar los pesados aperos en el suelo para recoger los esputos en un pañuelo.
Una vez recuperada se dirige al huerto rodeado de frutales que hay detrás de la casa.
El perezoso sol de esta húmeda mañana, que apenas ilumina al pueblecito abandonado y a su solitaria anciana, se refleja en el individuo con uniforme de plástico amarillo y escafandra que se acerca:
– Mamá, por favor, sal de la zona radioactiva.
– Ni hablar, nunca me iré de mi casa.- Y hastiada por la insistencia, se gira y respira profundamente un aire que para ella es el más puro.
Recorre con los dedos las iniciales de su lápida, acariciándolas, intentando comprender, a través de sus fechas, también su vida. Cuando la recuerda, una imagen la asalta antes que ninguna otra, como si fuera un código indispensable para acceder al resto de recuerdos: la ve en la cocina, frente al fregadero de piedra, con una gallina muerta entre sus manos. Llora. Otra vez el zorro había entrado en la aldea por la noche.
Sus ojos observan asombrados cómo Carmela extrae del interior del animal una yema rodeada de una fina membrana, mientras un lamento agoniza en su garganta. “Ha matado dos gallinas”-dice la mujer-. Después, empieza a desplumarla.
Se ve a sí misma tumbada en una cama, años después, vestida de miedo, con un óvulo fecundado en su interior. “Te dolerá un poco”-decía entonces Carmela, que en sus manos ya no sostenía a una gallina, sino una aguja de calcetar, y que, con gesto duro, se disponía a destejer su vientre.
Todo salió bien, aunque ya nunca podría tener hijos.
Sólo con los años logró comprender aquel lamento agonizando en la garganta de Carmela, y sus lágrimas, y el peligro de los zorros que aparecen por la noche.
Micaela se enamoró de Jenaro a milésima vista, una de esas mañanas que él, montado en su tractor, labraba los terrenos de padre. La desvirgó en la cuadra una tarde que padre salió a capar unos puercos a la posesión del tío Ambrosio. Dos años después, cuando ella cumplió la mayoría de edad, se casaron y se instalaron en la finca de Jenaro.
Pronto Micaela comenzó a sentirse sola en casa; lo observaba por la ventana, feliz alimentando a las gallinas, pasturando con las cabras, regando, ordeñando las vacas (las únicas ubres que no tocaba eran las de ella)… pero donde más gozaba era montado en su tractor descapotable.
Micaela llegó a ponerse celosa del vehículo y, para tenerlo vigilado, salía al bancal y disimulaba cambiándole el mono al espantapájaros, le llenaba de paja, le contaba sus problemas conyugales… incluso acabó trasplantándole en la cabeza un cerebro de gorrino.
Un día Jenaro y su tractor desaparecieron. Ella, despechada, contrajo segundas nupcias con el espantapájaros. Nunca supo de Jenaro, ya se había encargado el hombre de paja de llevar el tractor al desguace y de enterrar el cuerpo en el bancal. Allí, con el tiempo, brotó un sauce llorón.
Extrañada miró la habitación, no le sonaba de nada. Aquella estancia era muy bonita, tenía una mesita, una cómoda y al fondo una mullida cama con un cabecero de forja, pero lo que más le gustaba de aquella habitación, que apenas recordaba, era un enorme ventanal desde el que veía el campo. Y entonces le volvía a la memoria una pequeña casa de ladrillo, con cuatro pequeñas estancias y una pequeña cocina de leña; se acordaba cuando se levantaba antes de que cantara el gallo y salía a ordeñar a las vacas, a repartir la comida a los diferentes animales que allí moraban, y a volver feliz, para preparar el desayuno a su marido y a sus cuatro hijos. Les despertaba y les preparaba para ir al colegio, y que lo hicieran con ilusión y con todo el material que precisaran; sus molidas manos ya lo pagarían.
Pero eso ya pasó, ellos crecieron y se marcharon a la gran ciudad; donde el estrés y los mil trabajos para llegar a final del mes les quitaban tiempo para cuidar a una anciana; y entonces recordaba, que aquel lugar era su nuevo hogar, que aquel asilo era el premio por su esfuerzo.
¡Quiquiriquí! Ostras, las seis. Ricky, Ricky, que ya tocó, digo, que ya cantó, ja, ja, la que salva tener un buen gallo. Y eso que había puesto dos despertadores. ¿Preparas café y haces unas pastas para almorzar? ¡Cocoricó! Mariló, Bertín, arriba, hay que llegar temprano el primer día de clase, riiing…, vamos, digo yo, riiing… lo que faltaba, riiing…, el fijo ahora, riiing…, Ricky, cógelo tú, será Adrián pidiendo dinero, riiing… ¡Quicoricó! Que me voy, hazle una transferencia a tu hijo y dale de comer a los conejos, yo ya le puse a la gata y al perrito. Para Bertín la tortuga, el canario y los pericos, y Mariló que recoja los huevos de las gallinas y los tomates de la huerta. ¡Cocoriquí! Adios-adiós, y no me esperen a comer, que tengo la mamografía en el hospital… ¿dónde habré puesto…? ni a merendar, que tengo pleno municipal… ¡aquí están! …ni a cenar, que tengo reunión del APA, del AMPA, o como se diga. ¿Por qué me meteré en tantos líos? Nos engañaron de pequeñas con el matrimonio, Campanilla y demás ilusiones ópticas. El próximo verano nos vamos a París, Lisboa… adonde sea. ¡Quiquiriquí! No, Pavarotti, tú te quedas.
Estaba engarañao por la mañana, en el bancal, esperando la cuadrilla para la recogida, pasando la lengua por el papel engomao, mientras con los dedos apelmazaba el caldo de gallina, cuando vi salir del caseto a una escandallera, que sin tener miedo de los santosrostros que habitan en los chupanos y enseñándome una puñá de picotas y arremangándose la falda, me hacía mohines y morisquetas para que fuera a su encuentro. Juli que te juli, pensé mientras me colocaba el caliqueño en la oreja, pa´luego. El interior, oscuro y caliente, parecía un mercadillo, de la ropa que había y nos tumbamos a retozar, el pantalón de pana a reventar. Yo estaba ya enreliao con las telas del suelo y ella introducía en mi boca con sus dedos, los frutos, mientras, introduje los míos en el suyo y no sé cual era más carnoso y jugoso. Yo estaba ya alicati perdío y me dije a tirar p’alante y jarreando la cogí en volandas y la subí al tendal. Berreando como un verraco, me abalancé sobre la moza, dispuesto a terminar la faena, me dijo tengo novio y una patada en mis partes, acabó con la tendalina y esa fue la moralina.
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