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5 de agosto, me preparo para las olimpiadas. Me levanto con los cantos de los pájaros y los cohetes anunciando las dianas, toca escuchar misa en honor de la patrona, hoy es el día grande de las fiestas de la ciudad. Tras la eucaristía marcho corriendo a desayunar con los amigos que me esperan en un bar cercano. Con el sabor del chocolate en la garganta salgo veloz a la ofrenda floral en la catedral con mis nietos ataviados con su traje típico. Tras unos vinos y los bailes de gigantes y cabezudos, nos sentamos a la mesa. No hay tiempo para la siesta, la corrida espera sobre la arena. Unas cervezas vespertinas y los bailables en el kiosco de la plaza. La cena de bocadillo en la terraza de un vecino.
Con los fuegos artificiales adornando el cielo y la música de verbena de fondo decido irme a casa esquivando una carrera de obstáculos. Ya en la cama me doy cuenta que han comenzado las olimpiadas y no he podido disfrutar ni un minuto de ellas frente al televisor, aunque pensándolo bien, no he parado de correr la maratón mientras juego un día más al deporte de la vida.
Siempre con un balón entre los pies, pasaba horas chutando contra una pared. Siendo un niño enfermizo de constitución delicada, a menudo tenía que recogerse pronto y antes de las seis de la tarde estaba en su cama escuchando el jolgorio de los demás críos que jugaban en la calle; en esos instantes de soledad, rodeado de libros sobre la vida de grandes futbolistas, soñaba poder llegar a jugar algún día en el equipo de su pueblo, su mayor ilusión. Gracias a los cuidados maternos y a las inyecciones de Don Mariano, el practicante, su salud fue mejorando. Cuando consiguió pertenecer al club regional de primera división y debutar con veinte años frente al FC Barcelona, sintió que su sueño se había realizado y sus expectativas más que cumplidas. Al pisar, por primera vez, el césped del Camp Nou, ver a los miles de espectadores y oír su clamor, pensó que había llegado a lo más alto, que nunca más viviría un momento tan intenso.
No imaginaba que unos años más tarde, en el mismo escenario, ya con la selección española, disputaría el partido ganador de los Juegos Olímpicos, de los mejores de la historia del deporte.
Le contaron cosas extraordinarias de héroes guineanos, coleccionaba postales y cromos de las olimpiadas, soñó que algún día sería campeón.
Le gustaba correr por la selva, saltar obstáculos y trepar. Sin embargo, le asustaba el agua, creía que un dios malvado dormía en el lecho del río al acecho de los nadadores.
Un día llegaron unos hombres a su aldea, hablaron de las olimpiadas Sidney 2000. Pensó que podría ser su momento de gloria. En las pruebas las cosas no salieron bien y no le seleccionaron para correr. Entonces, temerario, propuso participar en natación, no había nadadores en su país. Fue aceptado y, aunque no sabía nadar, marchó para tierras australianas.
Llegó el día del debut, solo se había preparado en una pequeña piscina de hotel. La casualidad hizo que no tuviera en la previa ningún rival, habían sido descalificados. Se tiró al agua pensando en el malvado dios acuático. El trayecto era interminable, le faltaba el aire, sintió la mano del dios tirando de él, pero la multitud le gritaba. Entonces notó que le salían aletas y nadó, nadó en pos de la victoria. Al llegar exhausto subió al podio invisible de los héroes anónimos. Había nacido una leyenda.
Aprovechando un descuido de los agentes, el caco, un gitanillo fibroso muy profesional y competitivo, inició la carrera hacia la puerta de la comisaría que estaba a unos cien metros.
Si bien no tuvo un buen arranque, ya que no disponía del mejor calzado y tuvo que esquivar un par de sillas antes de poder encarar el pasillo ancho y recto, pronto pareció encontrar el mejor ritmo para conseguir su propósito. Sabía la carrera que tenía que ejecutar, la tenía desde hacía tiempo en mente, y se limitó a hacerla realidad con zancadas amplias y seguras, controlando tanto la respiración como todos y cada uno de sus movimientos.
Un par de segundos más tarde, sus oponentes se dieron cuenta de que la carrera se había iniciado pero, como no había nadie para declarar nula la salida, se vieron obligados a seguirle.
Los policías, con un nivel de forma sustancialmente peor, declararon después que había sido una carrera en la que no se habían sentido cómodos y que el caco había alcanzado la calle en poco más o menos diez segundos.
Sonaba el despertador a las siete de la mañana, corría los cincuenta metros lisos que la separaban de la ducha para ser la primera, una vez conseguida esa meta, la siguiente era igual de importante, superar la carrera de obstáculos que suponían coger el autobús a tiempo para llegar a la oficina y por el camino deshacerse de los pelmas que le dirigían frases soeces a causa de su falda demasiado corta o su pronunciado escote.
La competición continuaba en el trabajo, con la participación en los relevos cuatro por cuatro entre sus compañeros para ver quien se llevaba el beneplácito del jefe, al tiempo que otros desde sus puestos de observación les jaleaban: coge ese impreso , entrégaselo a él ,tú al otro y ese al de mas allá.
A la hora de comer el salto de longitud entre las mesas era algo habitual. El final del certamen llegaba cuando la sirena marcaba las siete de la tarde y ella emprendía la marcha lenta hacia su casa.
Al entrar un maratón de cosas que tenía que hacer le estaba esperando.
Desde un montículo, dando patadas a una pelota de trapo, Zozinho escucha las voces que el aire le trae desde el gran estadio. Himnos que nunca ha escuchado se suceden y, en el horizonte, vislumbra cientos de banderas que casi se rozan, colgadas de sus mástiles, para simbolizar que el mundo, por unos días, ha borrado sus barreras.
Su hermana y su madre están tejiendo sábanas blancas con cinco aros de colores para que las lleve al mercadillo con su padre y las venda, siempre que puedan burlar la férrea vigilancia policial que les prohíbe salir de su favela. No entiende que en estos días el mundo aparente no tener fronteras y él no pueda salir a pasear por el centro de su ciudad.
Al meter en sacos las sábanas tejidas, pregunta a su madre por el significado de los aros enlazados. Ella le explica que representan cada uno de los continentes que Dios regaló a los hombres. Zozinho los mira y le pide que le señale cuál es el que le dio a ellos. Rozilda le acaricia la cabeza, le mira a los ojos y, con la voz entrecortada, le susurra: «Ninguno, hijo mío. Dios se olvidó de nosotros».
El fuerte viento barría la desvencijada pista de atletismo.
Asió la jabalina con la mano izquierda. Con 12 años, era su pasión.
La silla de ruedas de madera crujió con el esfuerzo de colocarse en posición. Había sido construida y arreglada, una y mil veces, por muchas manos diferentes, intentando que fuera un instrumento medianamente útil.
Cerró los ojos: las inexistentes gradas se llenaron de miles de personas que lo miraban con expectación. Por un momento le invadió la sensación de ser un atleta griego a punto de pasar a la historia.
Todos le observaban: la reventada pista de tartán, donde nadie había corrido desde hacía muchos años, el inexistente césped central en el que afloraban cactus y hierbas puntiagudas, el infinito horizonte, la nada … y su madre. Erguida, emocionada como siempre, plena de infinito amor.
Nació sin piernas y sin brazo derecho. Dijeron que por culpa de los fertilizantes.
Lanzó la jabalina con toda su fuerza.
Se clavó en la tierra.
Su madre, rápidamente, midió la distancia: 1,57mts.
– Hijo, eres maravilloso. Has batido tu récord.
– Mamá, ¿participaré en las Olimpiadas algún día?
– Sí, hijo, contestó, mientras una diminuta lágrima de orgullo resbalaba por su mejilla.
Huyendo de un perro que le doblaba el tamaño, Julietta enganchó una vara larga y fina que el jardinero había dejado junto a otros restos orgánicos y se impulsó, atravesando como una exhalación la tapia del patio, dándose de bruces contra el césped.
Las cortes sangrantes de su nariz alertaron a su madre, pero el cerebro de Julietta emanaba tal cascada de endorfinas, que las heridas cerraron de inmediato.
Astuta, Julietta escondió de inmediato la vara para, más tarde, examinarla minuciosamente. Era fuerte como el acero pero flexible como un junco. La naturaleza había puesto a su alcance un objeto mágico con el que pasaba horas practicando saltos imposibles, cuando sus padres no estaban.
Un día, la confianza, enemiga de la prudencia, puso fin al secreto.
La madre gritó escandalosamente, haciendo perder la magia a la pértiga y el equilibrio a Julietta que salió despedida, de forma nada elegante, por encima del arco de rosas.
¡Tienes que hacer algo con esta niña, Cosme! Lloriqueó la mujer, y él, resolutivo, lo hizo.
En el pódium mientras el himno solemne imponía silencio entre el público, Julietta, en lugar de morder la medalla de oro, se rascaba, sonriente, las cicatrices de la nariz.
Olía mal y un zumbido de mosquitos invisibles nos perseguía a lo largo de aquella vía estrecha y caótica. Sofocados, sorteamos cables eléctricos y mercadillos callejeros hasta llegar al parque Columbia. El funcionario Oliveira se adelantó, y pronto nos reclamó con un silbido: en el suelo, sobre la tierra aplanada, el joven atleta español de piernas hercúleas se removía sudoroso y regresaba poco a poco de su delirio.
La había conocido en la ceremonia de Clausura de los Juegos y todo desapareció a su alrededor, nos contó más tarde en el salón del Gran Consulado. Mientras sonaban himnos de fondo, él, arrojado, se lanzó a bailar “el samba” con aquella azafata mestiza asignada a su delegación. Pero el laureado incauto ignoraba que la muchacha solía jugar con otras reglas y estaba decidida a robarle su espíritu protector en cuanto la ocasión lo propiciase. Por eso le sonreía con aquella insinuante insistencia. Luego, tras el ritmo frenético y sensual, tras los acordes vibrantes, lo abandonó resacoso a los pies de la favela.
—Tranquilos—nos dijo apesadumbrado. Aún conservo el oro Olímpico. Ella sólo quería el escapulario de la Virgen que me ató mi abuela al cuello antes de venir a Río.
Eligió aquella forma de matar porque ya tenía el arma en casa y así no dejaría pistas.
Sacó de la funda de fieltro el viejo florete con el que había sido campeón de esgrima su abuelo, se disfrazó de ridículo ninja y salió a la calle.
En el parque de enfrente, atravesó certeramente el corazón del primer desconocido con el que se cruzó al azar. Al contemplarlo muerto en el suelo, sonrió y se felicitó a sí mismo por el magnífico resultado de las prácticas que había realizado con aquél muñeco de trapo del desván.
A punto de amanecer, y ya en traje de calle, entró en su casa para darse una ducha e irse al trabajo.
La policía encontraría un florete oxidado, unos guantes baratos y un estúpido disfraz junto al cadáver de un famoso broker de la City, muy aficionado al footing.
La mirada concentrada en algo lejano que a los demás se nos escapa. Respira hondo. Dispone los brazos en cruz, las palmas de las manos hacia abajo. Afianza los talones. Hincha de nuevo el pecho y salta. Las piernas rectas y juntas, las plantas de los pies arqueadas como las de los bailarines de ballet. En su caída, flexiona el vientre, adelanta el torso hasta conseguir agarrarse las rodillas. Gira sobre sí mismo. Una vuelta y otra más. Un salto perfectamente ejecutado y que provoca el murmullo admirado del público, al cual sigue una entregada ovación.
Alguien interrumpe nuestra deliberación. Tampoco esta vez vamos a tener ocasión de puntuar. A este ritmo resulta complicado. Reclama la atención del jurado el siguiente saltador, el que hace dieciséis, cuya silueta suicida se perfila ya en la azotea.
Llevábamos la frutería mi Manoli y yo. Ahora la atiende mi chico, el mayor, el que estudió en Escolapios (que para lo que le ha servido). El chaval del Cacho, ¡ese sí que ha llegao lejos!…
Le cuento: cada mañana, la “matajari vegetariana”, como la bautizó mi Manoli (mi Manoli era mucha Manoli), entraba en la frutería, sacaba su libreta, echaba una ojeada fuera y, sonriendo, apuntaba algo. Luego, con desgana, iba de barquilla en barquilla agarrando paraguayas, melocotones, nísperos o un puñao de cerezas. ¡Vamos!, que se notaba que la muchacha distinguía la fruta de temporada (mucho pantaloncico ajustao y mucha hostia, pero esa pájara era de campo como yo)…
Cuando atracaron la Caja Rural, el Fermín corría en Barcelona. Lo vimos en la pantalla gigante que la federación había plantao en la plaza mayor (y que, pasadas las olimpiadas, recolectó a escape). Al ganar la medalla de oro, el pueblo se desbarató en vocerío y jarana. Pero, la Manoli, como siempre, abrió la frutería. Solo entró la “matajari”: se atusó, miró su reloj, echó un vistazo fuera y salió sin comprar. De su mochila, a reventar, asomaba un trapo colorao…
Como dijo mi Manoli: ¡aquello sería la capa!
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