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Pero abuela… Que tiene ochenta años y esa pala pesa mucho ¿Por qué va siempre con ella a cuestas cuando me acompaña a la era?
Ay, hijo, cuando me acuerde de dónde le dieron el paseo a tu abuelo aquella noche, tendré que usarla.
Con ella lo enterraron y ella lo encontrará.
Ya verás
Cuando llegó a aquel pueblo polvoriento creyó ahogarse en lágrimas de barro pero no hubo tiempo, tenía que comenzar a extraer y colocar lechugas en cajas que se apilaban interminablemente en su área de trabajo.
Nola cruzó el Atlántico en primavera llevando en su mochila la vergüenza de ser madre soltera y dejando atrás a un hijo que no quería.
Desde aquella casa compartida con otros seres tan extranjeros como ella, Nola divisaba una montaña que obligaba a aullar al viento. Le asustaba su ulular y tenía pesadillas en las que animales salvajes devoraban al pequeño. Y así, sin querer, comenzó a quererlo.
Al paso de los años Nola era una mujer más del pueblo y como a ellas, la tierra le iba robando la tersura de la piel y la energía de los riñones.
Al final de la jornada, mientras dentro se escuchaba la charla animada de sus compañeros, Nola se sentaba en el suelo del patio a esperar que el viento llegara, el mismo que tanto le asustara al principio se había convertido en su amigo más fiel, y cada noche, traía a su hijo y lo dejaba caer entre sus brazos poniéndolo a salvo de las alimañas.
A menudo, la muerte deshace encrucijadas y, en su caso, también el trazo que había unido los borrones de su vida lastrada por un matrimonio prematuro, por un sujeto que la trató con la distancia de un desconocido y la exigencia de un dueño.
Llevaba tantas horas de velatorio que el pésame de todo un pueblo pesaba como una losa. Cansada del lenguaje de los llantos, de escuchar pueriles consejos propinados a tientas, buscó en el baño un momento de respiro donde refugiarse de los reojos de conmiseración y de los mudos ecos de los murmullos. Se apartó el velo, se humedeció la nuca y al alzar la cara, por primera vez, se detuvo a contemplar la resquebrajada tierra cincelada en su rostro que le reflejó una viudez resignada a conformarse con las sobras del destino.
Alertadas por su tardanza, algunas plañideras decidieron ir a buscarla, pero sólo hallaron un velo negro al pie de una ventana abierta.
«… y que nunca te falten al respeto»
Como una losa sobre las espaldas. Hija. Madre. Esposa. Con la dignidad recogida debajo de la rebeca negra o bajo el delantal o el camisón abotonado.
Anda mirando los adoquines del camino, con paso lento pero decidido. Claro que sabe porqué le duele la cabeza y cada vez tiene menos fuerza en las extremidades. Se hace vieja, se hace vieja desde el día en que nació. Lo sabe pero le gusta ir al dispensario al menos una vez al mes. Es muy correcta y muy amable la doctora que viene y trae revistas para que los pacientes aplaquen la impaciencia de la espera. Revistas con mujeres que anuncian vestidos de gasa, medias rojas o negras, con ligueros, perfumes que prometen pasiones… Sonríen como si no supieran del respeto. Hojea la revista hasta casi saberla de memoria. Siempre que piensa en la ciudad piensa en colores. Recuerda, sin venir a cuento, que su Manuel ha de bajar mañana a la ciudad, como todos los viernes. A comprobar los precios del Mercado Mayor.
En un deslucido arcón, Mariola rebusca el lienzo blanco donde entregó su niñez al amo. Amarillea de llantos. Lo baldea en el río, restregándolo con limón. Luego, dejará que se oree al sol sobre la hierba mientras enjuga sus ojos y escapa del espejo del agua.
Revive las dilatadas horas del parto: sangre contra sangre. A madre, sorbiéndole los gritos y maldiciendo a aquellos que arrancaban al infante de su vientre, para acomodarlo en el seno de la señora. Después, aquellas fiebres y el enfermar de madre y el dejarse morir y las puertas mudas cuando imploró auxilio…
Recuerda al muchacho creciendo caprichoso y pendenciero al cobijo del ama. Los desplantes, sus desaires, sus ultrajes. El orgullo ebrio de su rostro bajo el estandarte de nuevas honras mancilladas. Aún le escuece ese primer latigazo que le cortó la cara cuando le afeó su conducta. Y sus burlas.
Tocan a muerto. Una faca le rebanó el pescuezo.
Mañana enterrarán al único hijo de los amos, amortajado con el sudario de la niña madre. Quizá entonces pueda besarlo y pedirle perdón a su dios. Después, con el mismo cuchillo caliente que esconde en su faltriquera, se quitará la vida. Sangre contra sangre.
Su señorito le hizo un hijo. Al sentirse encinta, huyó sin dejar rastro. A nuestra aldea llegó cuando el pequeño tenía varios años. Mis padres le proporcionaron cobijo y pan hasta que ella pudo apañarse. Primero, recogiendo leche por las cuadras, de madrugada; luego, vendiendo quesos en las ferias. Y siempre, ayudándonos en el campo o en el cuidado de los retoños según fuimos naciendo. A cambio, llevábamos sus cuentas o le escribíamos las cartas.
Su casa humilde nos cautivaba: el agua del balde, el candil… Pero nunca nos dejaban pernoctar allí. Un día mamá nos sugirió a las dos mayores que fuéramos a dormir con ella. ¡Nos costó creerlo! La encontramos sola, desconsolada. Su Ramón había emigrado.
Jamás la vimos quejarse. Ni sonreír. Incluso cuando regresó el hijo, con nuera y nietos de regalo. La llevaron con ellos a una vivienda confortable y lejana; pero, a veces, escapaba caminando hasta nuestro hogar. Avisada la familia, se la devolvíamos días después, medio convencida por mi madre de que Ramón no la defendía de su mujer porque bebía demasiado.
Acabó ciega y al cuidado de la nuera. No pudo reencontrarse con su hijo, fallecido décadas antes, hasta los ciento dos cumplidos.
Madre de cinco hijos, abuela de veinte nietos, bisabuela de seis. Hoy es un día muy especial, es su cumpleaños. Por eso la reunión y la fiesta en este domingo de abril colmado de árboles en flor, de una primavera que llega repleta de olores suaves a yerbabuena y azahar. Ahí está.
Con la figura encogida por el peso del tiempo y los ojos cansados de tanto mirar por las ventanas de la vida -parecen pequeños bailarines en un escenario lleno de experiencias- después de una larga gira de acentuado recorrido sentimental. Aquí continúa con esa placida y venturosa longevidad.
No tuvieron tanta suerte los de su generación. Hoy, sigue disfrutando, aunque a veces se pierda en los recuerdos. Otras, callada sólo mira. Todos la quieren y la veneran por su fuerza, por su serenidad, por su alegría y sobre todo por las historias que cuenta del campo y sus labores: la siembra de cereales, la siega, la trilla, la recogida de la almendra y la aceituna. Aquellos árboles que rodean todavía la casa. Hoy cumple cien años. Todos se arremolinan con ella cuando con gracia narra las faenas del campo, como si fuera ayer. Sin las fatigas de entonces.
La lógica de la vida se les escurrió de entre los dedos cuando el médico sentenció a su hijo a una enfermedad de nombre impronunciable que le impediría crecer demasiado. Abandonó la ciudad y escapó a las montañas: a una masía solitaria y destartalada anegada de árboles y campo. Con el dinero que sacó de la venta de su vieja casa compró dos vacas y un arado. Bien temprano lo trajinaba, incansable, y todas las noches con unas tijeras de podar desmochaba ─solo un poco─ frutales y jaramagos. En septiembre tras la vendimia empezó, mientras su retoño dormía, a recortar serrucho en mano y de consuetudinario la infinitesimal parte de un suspiro de las patas de las sillas y los armarios. Con el mismo tesón que manejaba la azada remetió furtiva una y otra vez los bajos de su pantaloncito estampado de patos y se encargó de lavar hasta hacerlos menguar unos zapatos que el pequeño no se ponía porque siempre corría felizmente descalzo. Y los días que la recolección no le dejaba fuerzas para seguir empequeñeciendo aquel mundo y aparte que había creado, sonreía al ver cuánto había estirado su hijo mientras le cantaba nanas tañendo un clavicordio enano.
La moza, de mirada siempre cabizbaja, acabó de limpiar los hierbajos de la huerta y aviar el ganado; sería la última vez.
Abrió la vieja maleta y, lentamente, la fue llenando de pedazos de vida, de fragmentos de su envejecida alma.
Un visillo bordado por su abuela; un ajuar de cariño que nunca terminó.
Una muñeca de rostro triste.
Un libro, que algún día se juró podría leer.
Una cuerda deshilachada, rota por el peso de una huida hacia la muerte.
Una faca. ¡Nadie! ¡Nunca más…!
Un marco de foto, sin foto.
El fuego empezaba a devorar los pilares de madera de la vieja casa y el humo arropaba con indiferencia los tres cuerpos que yacían muertos, su padre y sus dos hermanos. El vino había adormecido sus mentes, la Amanita phalloides sentenció sus pecados, expió sus almas. La madre, testigo mudo, levantó su mano temblorosa pidiendo ayuda, implorando perdón. Pero su corazón ya no albergaba sentimientos, huyeron a lomos del miedo.
Empezó a caminar sin volver la cabeza, el camino pedregoso hería sus pies. Aferró con fuerza la maleta y con decisión levantó la mirada; sus ojos eran verdes.
Cuando Juan llegó a casa le extrañó el profundo silencio. Buscó a Dolores por todas partes, llamándola a gritos. «¿Dónde se habrá metido, la loca esa?» bramó en voz alta. «¡Sabe que quiero comer a las dos!». Se dirigió a la cocina y le sorprendió no ver sobre los fogones nada dispuesto. «¿Y qué como yo ahora? ¡Se habrá dormido entre las lechugas y los pimientos!».
Bajó las escaleras y se dirigió a la huerta «¡No sea que le haya pasado algo y ya tenemos el día arreglado!» farfullaba. Pero en la huerta no había ni rastro de Lola. Furibundo, regresó a la hacienda dispuesto a comer lo que encontrara, chorizos o queso, que siempre había. Cuando entró de nuevo en la cocina le llamó la atención un sobre que estaba sobre el mesado y en el que no había reparado antes.
«Querido Juan:
He decidido marcharme, ahora que ya no me necesitas. He cumplido como madre criando a nuestros hijos, y como hija cuidando de tus padres y de los míos, como esposa estoy harta, puesto que siempre he sido invisible salvo para atender tus necesidades. Por una vez voy a darte la razón desapareciendo».
Nadie, en toda la granja, las cosechaba así: sin machucarlas, sin aplastarlas, sin hacerles perder el color que vibraba en la cesta.
Su legendaria delicadeza le había ganado el apodo que tanto la enorgullecía. Trabajaba cantando: «Para que mis niñas lleguen con toda su dulzura al frasco» explicaba, secándose el sudor con un pañuelo que yo juraba que olía a frutilla.
Fue muy raro que ese martes no viniera a visitarnos – mermelada en mano, como siempre hacía. Pensamos que estaba enferma; que había ido al pueblo a vender los dulces. Encontramos su pañuelo, rojo como nunca. Estaba en el suelo, a su lado, y olía a sangre.
Hoy, como ayer y otros muchos días, amanece achacosa.
No se queja. Cuando abre los ojos siempre piensa aliviada: “me he despertado”, antes de levantarse para vivir su rutina diaria.
Después de desayunar sin apetito da de comer a los gatos, sobre todo al tuerto y al que le falta una pata.
Acto seguido recoge los pocos huevos que ponen las gallinas y, acompañada por sus tres perros, remienda cómo puede el pequeño y destartalado corral, donde los conejos entran y salen a su libre albedrío.
Más tarde, un ataque de tos le obliga a dejar los pesados aperos en el suelo para recoger los esputos en un pañuelo.
Una vez recuperada se dirige al huerto rodeado de frutales que hay detrás de la casa.
El perezoso sol de esta húmeda mañana, que apenas ilumina al pueblecito abandonado y a su solitaria anciana, se refleja en el individuo con uniforme de plástico amarillo y escafandra que se acerca:
– Mamá, por favor, sal de la zona radioactiva.
– Ni hablar, nunca me iré de mi casa.- Y hastiada por la insistencia, se gira y respira profundamente un aire que para ella es el más puro.
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