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Frente a él ocho calles en zona de carreras esperan sus primeras zancadas. Comienza a calentar y a derramar su sudor sobre la pista de poliuretano de alta competición. Para un momento. Observa la excesiva inclinación lateral de la calle interna. Marcajes, bordillos, plataforma, pintura y remaches parecen correctos y estabilizadas sus características porosas y mecánicas: compatibles con normas de medio ambiente. Aquel lugar sufre condiciones climáticas inimaginables.
Toma posición. Corre de forma prodigiosa cuando una fina capa de resina mal colocada tambalea sus expertos tobillos. Más adelante pisa otra deformada, después una tercera de espesor considerablemente menor al permitido. Se detiene. Chasquea los dedos mirando al pavimento. Una vocecita de plata, cantarina como un cascabel, le replica: -No cumple las directrices-. Su Ok a las instalaciones le reporta beneficios y es solo un ex atleta de elite probando pistas. Acallará esa voz. Ser minucioso supone penurias.
Deja de trotar, afloja los cordones de sus zapatillas, esquiva las miradas de unos deportistas, se acerca al cuerpo técnico y al fabricante de la empresa líder que lo contrató, no han perdido detalle de sus zancadas, alaba el perímetro y estado de la superficie, firma y murmura sonriente: -Buen suelo para correr-.
El accidente dejó un gran hueco negro en su vida. Cuando salió del hospital, le dijeron que se había recuperado satisfactoriamente. Pero sin piernas, con una silla, y sin expectativas de futuro, nada era satisfactorio. Se sentía un estorbo, instalado en una nada grumosa y oscura.
Noches en vela, días eternos contando segundos, insufribles dolores, inútiles sesiones en el centro de terapia, escuchando el runrun de la voz de su psicóloga.
–Si no haces nada por ti, nunca serás nada.
Aquellas palabras le sonaron a la cantinela de siempre. Pero quien las decía no era alguien de siempre. Se miraron a la cara y a sus falsas piernas inmóviles, apoyadas en estribos metálicos.
– ¿Y tú? ¿Qué haces? No puedes ir muy lejos…
–Sin esto –dio un toque cariñoso a su silla– voy todo lo lejos que quiero. Hasta he ganado medallas. Acompáñame a comprobarlo.
Escéptico, sin nada que perder, siguió sus ruedas, rampa abajo, hacia la piscina del centro.
Asombrado, lo vio quitarse la camiseta, colocarse el gorro, saltar de la silla y moverse en el agua como si le hubieran colocado un motor invisible.
– ¿Lo ves? Es fácil. Prueba y verás.
Ahora, él también nada.
Los JJOO de Río de Janeiro se inauguraron bajo una aurora boreal de alegría y esperanza, cuyo fastuoso colorido emborrachó el ánimo de los casi 11.000 atletas de 214 delegaciones que, bandera en alto, tapizaban con sus sonrisas el centro del estadio olímpico João Havelange: como cada cuatrienio, la fraternidad mundial no fallaba a su cita.
La nutrida representación española aterrizó en la ciudad carioca mejor preparada que nunca, apostando por un relevo generacional dispuesto a fundirse en cualquiera de los tres metales gracias a una envidiable preparación. Pero la ambición del Comité Olímpico Español era tan insaciable, que la imagen nacional debía llamar la atención mucho antes de que comenzara la recolección de medallas, marcas, y récords, por lo que no hubo dudas acerca del uniforme con el que competirían los atletas: vestido de flamenca con volantes rocieros y zapato de tacón para ellas, y traje campero con botines y sombrero jerezano para ellos.
Los nadadores se hundieron como anclas; ningún velocista bajó de los 40 sg en los 100 metros lisos; o el equipo de fútbol, que encajó un 39-0 frente a Chipre a las primeras de cambio.
A la semana de competición, el 92% de nuestros olímpicos ya habían vuelto a casa.
Los participantes se sitúan en la línea de salida; suena la campana y se inicia la carrera. El número 3 toma la delantera aunque el 5 consigue igualarle, mientras el resto les persiguen con inusitado esfuerzo. Sin embargo, a media carrera, el número 4 esprinta de forma desconcertante y toma la delantera en dura riña con el número 1 que le empuja de forma descarada; el público abuchea. En el último tramo los cinco corredores se disputan heroicamente el triunfo. Finalmente el número 2 vence por medio cuerpo de ventaja; el público lo festeja.
– ¡Cuidado, que viene! –avisa de repente un anciano de la primera fila del público.
– ¡Rápido, recogedlos, que no los vea! –recomienda una mujer desde la segunda fila.
En eso una enfermera con aspecto de sargento de artillería se acerca con paso decidido.
– ¡Otra vez!… ¡no les tengo dicho que están prohibidas las carreras clandestinas!… ¡y cuántas veces les he dicho que no se juega con la comida! –les regaña la enfermera de la residencia geriátrica mientras recoge a los cinco caracoles–; ¡denme el resto, son para la cena de esta noche!… y limpien la mesa de las babas de los corredores, ¿quieren?
Cada cuatro años Can Cerbero abre las puertas del Infierno y un tumulto desesperado invade el atrio entre empujones y gritos de dolor; de las cuencas vacías de los ojos de la turba brotan oscuras lágrimas de rabia. Corren, luchan, algunos parece que pedalean, incluso nadan, y otros saltan. Mientras, el Diablo se abotona una camisa de cuadros, se ajusta la corbata y con un elegante maletín de Prada lleno de medallas bajo su brazo parte a eso que los vivos llaman Olimpiadas: hacia esos últimos instantes de los partidos, o ese postrero tiro a canasta que desempata; hacia esos momentos de concentración y nervios en los que el arquero deja ir la flecha, o hacia el aliento final que antecede a la última zancada. El día de la clausura vuelve a casa y azuza al perro para que reconduza a aquel rebaño de infames. Se acabó el recreo, ordena. El chucho lo mira de mala gana sabedor de que más trabajo cansa. Lo observa, se queja, le ladra. En la cartera, en lugar de medallas, creyendo haber tocado la gloria rugen, eufóricas, un nuevo puñado de almas.
Benavides con el brazo de Pau Gasol rodeándole la cabeza. Benavides recibiendo el beso húmedo de Mireia Belmonte. Benavides en el palco con altos representantes del Comité Olímpico. En el bar del barrio se cruzaban apuestas. —La postura de los brazos con los puños a la altura de los riñones —decía el boticario, que presumía de fisonomista. —Y esos pies, siempre marcando las dos menos diez —ratificaba el Ajoporro, que había cambiado con él decenas de cromos de Ases del Deporte. Aquel esmirriado apenas conseguía atraer miradas, salvo cuando bailaba por George Michael en la disco. Pero eso ya pertenecía al siglo pasado así que, cuando mencionó en un susurro su participación en las Olimpiadas, las chanzas ardieron como estopa.
Mientras cerraba la colchonería para verlo en el Telediario saludando a Sus Majestades, su madre revivía otros recuerdos. La maravillosa facilidad que tenía desde bien chico para escabullirse de sus brazos y quedarse dormido entre planchas de gomaespuma. El juego de aguantar la respiración bajo las guedejas de lana puestas a orear. Ella sabía que su hijo rozaría la gloria algún día, y se conformaba con que fuera luciendo con gallardía el disfraz de mascota oficial de los Juegos.
Contemplas embelesado el momento mágico previo al amanecer cuando el sol del alba comienza a despuntar tímidamente sobre el mar. Mientras pedaleas, notas el aire fresco rozando tu cara, y tus sentidos se agudizan.
Huele a hierbabuena, pino y azahar.
Te sientes libre, vivo, por ser la primera persona que recorre esos caminos mientras todos los demás todavía duermen. La vida transcurre a tu alrededor y tú eres parte de ella.
A tu paso, las aves emprenden su vuelo, y las liebres huyen veloces a esconderse. Escuchas un ruido seco sobre tu cabeza y distingues una ardilla saltando de árbol en árbol.
Sólo ha sido un momento de distracción, pero tú también vuelas. Apenas tienes tiempo de pesar, cuando tu nuca golpea contra el suelo apagando el interruptor de tus pensamientos.
El sol te quema los ojos al abrirlos de nuevo, para entrever dos pájaros que vuelan en círculo sobre ti. Quisieras levantarte, pero a decir verdad no puedes mover ni un músculo.
Notas el suelo mojado, pegado tu espalda y, aunque te niegas a reconocer la razón, el olor nauseabundo que lo inunda todo no deja lugar a dudas.
¿Cuánto tardarán los buitres en decidirse? , No lo sabes
Fue aquel día, en que sólo, distanciado del pelotón que lo perseguía con sus ansias de triunfo que eran inmensas, creyó que cumpliría su sueño.
Había trabajado mucho para llegar a ese momento, representaba tanto para él, lucir los colores de su país.
Participó en las eliminatorias durante todo el año, ganando su lugar en la nómina. Maravillado entró en la villa olímpica, mezclándose con sus ídolos.
El aliento de la gente daba bríos al joven ciclista para continuar ascendiendo la montaña como puntero de la carrera, no le importaba el dolor, era su momento. Tras coronar la cima como una ventaja importante comenzó el descenso.
Había soñado descender raudo a esa velocidad, todo a su lado pasaba demasiado rápido sin darle tiempo a pensar, hasta que llegó a esa curva…
Junto al casco y las zapatillas, ese cuadro en la pared es el reconocimiento que le dieron por su esfuerzo. Lo observa en su eterno lecho, mientras añora en su rostro, el viento que ya nunca volvió sentir.
Tengo que llegar a la final de los 100 metros como sea. No acepto un nuevo fracaso después de los duros entrenamientos a los que me he sometido durante el último año.
He practicado todas las distancias -las largas se me dan regular-. He mejorado en las cortas como nunca pensé que lo haría… Y él seguro que la correrá… Será uno de los ocho elegidos: su marca es la mejor de la temporada con una ventaja de medio segundo respecto a la siguiente. Normal que sea el favorito de la prensa internacional, de los aficionados de cualquier país del mundo… y de mi mujer. Tanto que lleva viéndose con él desde hace quince meses (lo sé; los demás, no; ellos creen que yo tampoco).
No conseguir jugármela contra él sería una derrota algo más que dolorosa -¡cruel, insoportable, inhumana…!-; un mazazo para mis aspiraciones de superación, para mis deseos de revancha. No pienso volver a hacer como el avestruz. Por eso debo ser yo -¡sí…! ¡YO!- quien dé el pistoletazo de salida.
Jesse se hallaba en los vestuarios a punto de salir a competir en aquella olimpiada boicoteada por algunos, maldita para muchos. Él era tan sólo un hombre negro abriéndose paso en la vida. Por mucho que detestara la discriminación racial, había preferido el fatalismo a la lucha por cambiar su condición. Y así había sido siempre, hasta ese momento.
El presidente del comité olímpico americano le acababa decir: “Hijo, América te contempla”. América, ¿qué América? Jesse miró la bandera bordada en su camiseta y pensó en los jóvenes negros linchados por silbar a una blanca y, también, en las cafeterías en las que no le servían, en la obligación de sentarse en la parte trasera de los autobuses y en mil injusticias más. Cien metros, si ganaba no sólo ganaba él, todos los negros de su país triunfaban.
Banderas con esvásticas ondeando y un bosque de brazos haciendo el saludo fascista le recibieron.
Jesse Owens, nieto de esclavos, corrió durante aquellos diez segundos de gloria como jamás nadie lo hizo, sintió que su cuerpo no pesaba, que le habían brotado alas. Adolf Hitler, airado, abandonó el palco. Un hombre negro había desmentido la superioridad de la raza blanca.
Cuando sonó el pistoletazo de salida, ya tuvo problemas: nació con una discapacidad en un mundo de altivos capaces.
Sin embargo, prosiguió con mucha fuerza su vital carrera de obstáculos.
Sus padres consiguieron, pasándose continuamente el testigo, correr a su lado en todo momento.
Pero, poco a poco, abandonaron la lucha y quedaron rezagados, agotados, separados.
Ella consiguió sobreponerse y corrió con más ímpetu si cabe, apoyándose en el deporte y consiguiendo participar en unos juegos paralímpicos; aquel fue su primer paso por meta.
Superó con disciplina todas las dificultades con las que se iba encontrando: duros entrenamientos, lesiones, estudios universitarios, jefes recelosos, barreras arquitectónicas, prejuicios…
Era una atleta infatigable. Capaz de todo.
Por eso nadie entendió lo del suicidio.
Sonó un segundo pistoletazo en su vida, fatal.
Absurdo.
Final.
¿Por él?
Mientras la hemorragia vaciaba su vida y la entregaba a la muerte sus entrañas se rebelaban; Luz nació. No hubo llanto. Sus ojos se abrieron, pero nada vieron. Sus oídos, yermos.
“Madre, si hablarte nunca podré, ni tu voz escucharé, si tu rostro jamás veré, ¡maldigo mis sentidos! ¿Para qué los quiero?”.
Su padre y familiares enterraron la responsabilidad amputando sus conciencias. Abandonada, encarcelada en su cuerpo y con su cordura a la deriva sombras de soledad navegan por su mente.
Pero incluso en tierra árida brotan ángeles, y con su ayuda, poco a poco, Luz aprendió a ver a través de sus manos, de su olfato, de su intuición; a reconocer olores, formas, texturas, el calor, el frío, el dolor. Y el día que se le acercó Ulises y le lamió la mano el mundo se le hizo más fácil; sintió la fuerza, la confianza, la amistad.
Una mañana, mientras miles de gargantas jaleaban los 10,75 segundos de Shelly Ann Fraser en los Juegos Olímpicos, Luz se aferró al trocito de valentía que guardaba como un tesoro, y con Ulises a su izquierda y el bastón, sus guías, batía por primera vez su propio record; cien metros hasta el parque.
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