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Antes de marcharse de cacería, su padre le previno: «No le abras la puerta a nadie». Quizás por eso su nuevo amigo se escurrió por la chimenea y se refugió en el oscuro hueco de la escalera. Los verdes ojos levantaron un luminoso resquicio, entre telarañas y cachivaches, y le hicieron saber al niño sus exigencias: dos parpadeos para sí; un parpadeo, no.
─Entonces… ¿quieres comida? ─le preguntó. (Dos parpadeos).
La alacena, llena de conservas y cecina, satisfizo el hambre de ambos. En el transcurso de la semana, el creciente apetito de su huésped se trocó en bramidos de dolor. Desesperado por una mejoría, el niño persistió en la nueva dieta: plato de caldo con gotas de sangre fresca al pie de las gradas. Ni siquiera estiraba la garra membranosa para atraer el alimento favorito de antaño. El brillo fosforescente casi se extinguía. Luego de un alarido más violento que los anteriores, los ojos refulgieron con mayor fuerza debajo de la escalera.
─ ¿Ya te sientes mejor de la barriguita? (Dos parpadeos).
─Ahora sí: ¿quieres salir a jugar conmigo?
En respuesta, una multitud de pequeños ojos se encendía y apagaba conforme avanzaba hacia el sonriente niño.
– Papá, por favor llévame a ver los monstruos. Gritaba desaforadamente. Te lo he pedido un millón de veces y aún te resistes.
Mi padre accedió a llevarme al zoológico inanimado de Mora de Rubielos. Estaban disecados casi todos los especímenes encontrados, tras el Tsunami, que asoló España en 2022.
Un millar de seres, consiguieron salvarse en Teruel, incluido mi padre.
Algunos monstruos, eran de cera, otros de pvc rígido sobre fotos halladas en los USB encontrados, hace 35 años, en los archivos de las televisiones de aquella época, otros disecados sobre los cuerpos muertos hallados.
Lo que más me gustó, fue un tal Jorge Javier Vázquez de chaqueta verde y pantalón rojo, una horrenda espécimen, llamada princesa del pueblo, fea hasta decir basta, en el rótulo ponía de curriculum, haber protagonizado Gran Hermano.
Una estatua de una gorda y acalorada valenciana, junto a unos corruptos y otro ejemplar de político de aquellos años, que según esbozaba el letrero, llegó a presidente del gobierno, con camisa blanca, coleta y vaqueros, llamado Pablo Iglesias.
Salí de aquel antro y juré y perjuré, nunca más volver. Gracias a Dios, aquel Tsunami, tachó a los monstruos de nuestro planeta.
Siempre he presumido de tener un gusto exquisito con las mujeres, sobre todo con las más jóvenes.
La carne madura se me hace bola.
Alcé la voz y, desde la última fila de la Asamblea Planetaria Bianual, dije a todos los asistentes:
─“Os ruego que reflexionéis sobre el negro futuro que nos aguarda. Hoy, más que nunca, la vanidad de la minoría que posee las riquezas de la Tierra está destruyendo las precarias economías del planeta, y los que sufrimos sus injusticias hemos dejado ya de hacernos preguntas.
Han salpicado de manchas la limpia página de los principios de la ética, y hasta la estética se ha convertido en un borrón. Nos han robado todas las alternativas y lo obvio se ha convertido en una utopía.
Pero yo pregunto a los poderosos: ¿Quién os comprará mañana los productos de vuestra rapiña? ¿No seréis vosotros, tal vez, el próximo y único objetivo de la ira de un ejército de hambrientos? ¿No tenéis nada que decir ante tanto dolor? ¡Hablad, monstruos cobardes!”─.
─“Es lo que hay”─, contestó uno de ellos, parapetado detrás de los presidentes de gobierno, mientras hacía una discreta seña a las fuerzas de seguridad.
Abandoné la Asamblea huyendo por el alcantarillado, como de costumbre. Y, aun en compañía de ratas creo que, en las actuales circunstancias, quizá debería quedarme a vivir aquí abajo.
Aunque en casa se empeñaron en ocultármelo, pronto supe que soy un monstruo. Desde que los descubrí al otro lado, siempre los observo. Sueño con hacer deberes como ellos, con dormir sin frío, con llorar por algo, sonreír por nada. Cómo desearía que el escondite fuera solo un juego, no una condena.
Todos los niños saben que existimos. Todos. Y conocen de sobras dónde nos ocultamos. Pero nunca se asoman solos. Siempre se esperan a que haya algún adulto con ellos para hacerlo. Hasta se dejan convencer, por esa noche, de que tan solo nos están imaginando. Y un día crecen y dejan de creer para siempre en nosotros, rompiendo así cualquier posibilidad de comunicarnos. Si no lo creo, no lo veo. Así es para ellos.
De todas formas, yo no pierdo la esperanza de que alguna vez un niño se atreva, antes de que lleguen sus padres, a mirar bajo la cama, en el armario, tras la puerta o en ese rincón oscuro, y me descubra al fin. Si eso ocurriera, me hallará preparado para tirar con fuerza de su mano, de su pierna, de su ropa, y saliendo de mi escondite haré que, entonces, le toque a él.
Absorta en mis pensamientos, caminando por esta senda que tantas veces había recorrido desde mi viudedad, un día, después de varios meses compadeciéndome, decidí dar un giro a mi vida a través de paseos, salían gratis y me reconfortaban, por lo que se fueron alargando en el tiempo y se convirtió en esta rutina. De eso hace ya cinco años.
Ayer, la tarde era gris, pero yo llevaba mi pequeño chubasquero y no temía nada, así que con paso firme salí, a la media hora empezó una pequeña lluvia, aceleré el paso, buscando refugio y al levantar la vista hacia los huecos de la montaña, donde se suponía que nada más que habría lagartijas, vi esa extraña figura, miré a mi alrededor y vi que estaba completamente sola, perdida entre agua, relámpagos y truenos. La figura era monstruosa, negra, con ojos saltones, pezuñas en vez de manos, llena de pelos largos y enmarañados, venía hacía mí, según avanzaba la veía crecer, mis nerviosismo aumentó, no andaba, parecía volar y allí estaba frente a mí. Me desmallé.
Al despertar, vi que estaba en la puerta de la cueva, hacia sol y estaba feliz. No había rastro de esa extraña figura.
El recorrido de la cámara bajó sobre las pequeñas mesas y se centró en el detalle de unos dibujos: unos seres peludos, cabezones, con muchos ojos o con muchos dientes. Era un aula de educación infantil. Tenían mucho colorido, sobre todo se veía rojo, y también azul y negro. Un poco más allá enfocó unas gotas rojas y unas batas manchadas, y el zoom dejó ver que también estaban rasgadas y rotas. No le permitieron grabar más, era demasiado impactante. Acabó la secuencia con un fundido sobre la pizarra donde con demasiado acierto estaba escrito el tema del día: «Monstruos».
No pude precisar por dónde entró la criatura que me atacó, mientras dormitaba en un sofá del salón, pero sus garras frías, aprisionando mi cuello, me alertaron del peligro. Instintivamente me levanté dando brincos; tirando puños y patadas, como un karateca. Quien me amenazaba era un monstruo invisible, pero podía percibir su intención de engullirme. Nos enfrascamos en una lucha feroz hasta que, con gran esfuerzo y mostrando habilidades de contorsionista, pude deshacerme de su horrible contacto: ¡vencí a la bestia!
Intentando identificar al horrendo ente, miré alrededor y sólo pude ver, en el piso, a una lagartija, único testigo del duro combate: se veía tan asustada como yo y corrió a esconderse entre los hijuelos, fuera del tiesto, de una Mala madre. Aún con el corazón pugnando por salirse de mi pecho, me arrellané en el asiento y prendí el televisor, justo en el instante que Godzilla destruía una ciudad del Japón.
Los pequeños monstruos llegaron de madrugada. Caminaban con los ojos cerrados, a regañadientes, asidos a mis manos. Arrastraban los pies y el polvo del sendero que cruzaba los parterres del jardín se entrometía entre sus dedos descalzos. Habían dejado de lloriquear momentos antes y, por primera vez, los vimos sonreir. Cachimba ladró extrañamente al descubrirlos y en las pupilas de los hermanos un destello brilló fugaz en la noche sin luna.
Los acostamos sin que quisieran cenar ni tomar nada caliente. En la litera, el chico arriba. Al darles los besos de buenas noches percibí el frío de sus pieles y la rigidez de sus rostros. No me extrañé. En Rusia no habían tenido el cariño de nadie.
Las noticias de la mañana alertan de las muertes inexplicables de una pareja de arquitectos jóvenes que acababan de llegar de un largo viaje. Dos años en Rusia para poder salir finalmente del país con sus nuevos hijos adoptivos. Ya se sabe: la burocracia del este.
Los hermanos, en el sofà de la institución que se ha hecho cargo de ellos, ante el televiso,, rien y se abrazan como si estuvieran viendo dibujos animados.
Cachimba yace, exánime, en el parterre grande.
— ¿Y dice que es actor, con ese físico?
— Verá usted. Al principio resultaba abominable a los ojos del gentío. Con esta cabeza cuadrada, los tornillos del cuello, las costuras y estos andares, que tampoco ayudan. Cierto que mi físico es diferente y que mis hechuras dificultan el movimiento de este cuerpo, pero amigo mío, no todo iban a ser desventajas. Estando un día de cara a la pared en unos baños públicos, un caballero me observó con descaro. Le dije que dejase de mirar mi pajarito.
— Pues parece una anaconda —respondió—. Era director de películas eróticas gays y me propuso una prueba. Imagínese qué diría mi madre, si la tuviese, pero como no la tengo acepté. Y aquí estoy.
— Si usted lo dice…
— ¿No me cree? ¿Quiere verlo?
— ¡No por Dios! Acabo de cenar
— Pues si quiere le gimo, que eso también es importante para este género.
— ¡Ande, ande!
Mi afición a la taxidermia llegó por contagio en una casa que parecía el arca de Noé. Recuerdo especialmente la felicidad de madre cuando nos traían ardillas.
––¡Cuidado con los perdigones! ––nos decía mientras comíamos el arroz. Bueno… para qué contaros cuando entraban cárabos, milanos, zorros o abubillas.
Y allí, en la penumbra del taller, rodeado de cuchillos, alambres, bórax, ojos desparramados por la mesa y cabezas de animales atravesando la pared, me transmitió padre su pasión. Tendríais que haber visto su elegancia con el bisturí, su deleite curtiendo las pieles, la precisión para oprimir el pecho de las lechuzas vivas y pararles el corazón sin estropear las plumas. Luego modelaba sus nuevos cuerpos con viruta y bramante; los cosía y pintaba hasta darles una expresión mística, mientras ellas retorcían su espíritu sobre las cepas de parra. Una expresión que nunca pudo conseguir con el mármol o los lienzos, en sus años de juventud y de bohemia; y es que padre siempre fue un artista.
Desde hace tiempo, llevo el taller en solitario y me consta que, tanto padre como madre, estarán orgullosos de mí. Lo sé. Lo noto en sus ojos de vidrio que me observan desde la vitrina.
Federico era taxidermista. Y un soñador. Fabricaba con su arte lo que la naturaleza nunca consiguió darle a su imaginación desenfrenada. Cuando cumplía con sus acostumbrados encargos de disecar zorros con palomas en la boca o cabezas de ciervo, se refugiaba en su trastienda y daba rienda suelta a su creatividad. Entonces, tapizaba con suaves plumas cuerpecillos de lagarto, unía alas de águila a troncos de sedosas liebres, adornaba con colas de pez la cabeza de osos hormigueros o empedraba la piel de faisanes desplumados con ojos de rana. Consiguió reunir un museo privado de monstruos veraces y creíbles que hubieran engañado a cualquiera. Un día, revisando sus trampas en el bosque, observó dentro de una de las jaulas a una extraña criatura moribunda. Era una ninfa acuática de extremidades palmeadas. Decepcionado por tan fea combinación estética, carente de gracia y armonía, la remató con su bastón y la tiró al río. Luego bajó silbando la colina mientras pensaba ensimismado en lo mucho que le gustaban las manos de su prima Rosa y el agraciado rostro de su vecina Esther.
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