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Solo con rozarles la piel sentía el temblor de los proyectiles que los cañones vomitaban sobre las trincheras.
Comenzó por susurrarles al oído palabras tiernas mientras les acariciaba delicadamente el rostro, porque no soportaba que estos muchachos, que habían vivido una guerra no elegida, se alejaran de la vida entre soledad y estruendos amargos.
Acabó por asumir, no sin dolor, que esas camas frías por fuera y calientes bajo el embozo, cambiaran de residente en un excesivo continuo.
Y así como el tiempo escribe la historia, comenzó a sentir un deber inexcusable que transformó su afecto en un cruce de amor y pasión.
Sus manos comenzaron a deslizarse bajo las sabanas a la altura de unas caderas que aunque inertes, eran capaces de sentir el ritmo de unas amantes caricias.
Cada día tenía una intensidad superior al anterior, hasta que las noches de guardia dieron ese máximo posible que no hace falta describir.
Cuando la contienda concluyó en un armisticio, a la espera de la siguiente, ella intentó cuadrar una nueva vida, pero tras varias parejas e hijos, nunca dejó de echarlos de menos, aunque sintiera que no era ético, ni justo, ni sano.
El naufrago consiguió alcanzar tierra firme en el día más caluroso de aquel mes de mayo; la playa estaba llena de bañistas que se tendían sobre las arenas como filetes en una plancha —vuelta y vuelta— deseosos de que su piel acusara los efectos perversos de la radiación y resultara, de ese modo, más atractiva para el sexo opuesto, o para cualquier sexo —qué más da—. El recién llegado en cambio, lucía un color tostado con destellos de bronce que fue la envidia de los que pudieron observarle salir del agua medio en cueros, el pelo ensortijado y revuelto, adornado de algas y arena, la barba crecida de un hipster, aunque descuidada y sucia, al más puro estilo hippy.
Desde el chiringuito, Bernardo observa la llegada del extranjero mientras pide a gritos una caña, —o mejor, un cañón —y se ríe de su ocurrencia —qué cachondo soy, un cañón.
En la orilla hay jaleo; el moreno se ha derrumbado. Al rato aparecen los de la Cruz Roja. Bernardo pide otra cerveza. En la tele, la alta comisaria de las Naciones Unidas para los refugiados abre y cierra la boca mientras el resto de los peces del acuario aplauden.
Ya en el cuartucho, el funcionario de vigilancia aduanera deja que se me acerque el perro que resulta ser muy cariñoso y, cuando lleva un rato olisqueándome, de pronto se da la vuelta y mira al agente moviendo levemente la cabeza arriba y abajo como admitiendo lo que ya se suponía, esta mujer está llena de bolas y el vigilante lo cree a pies juntillas porque este perro es único detectando cosas que a alguien le explotarán.
Pero resulta que este aduanero es en realidad un convertidor de sueños, de esos que cualquier cosa que esté pasando te la convierte en sueño para poder despertar y quedarte lo que quieras y soltar lo que sobre. Y saca un extraño mecherito de chispa acercándomelo a la bocana del ombligo y a los pocos segundos se me dispara el cañonazo por la tronera de retaguardia y allá van todas las bolas como balas . Y lo mejor de todo no es el retroceso que me lleva de nuevo a mi aldeíta del Urumey de donde no he llegado a salir huyendo de la miseria, sino la persistente sordera que no me va a dejar escuchar la oferta de esos canallas del cártel.
Helen Magnum nació mujer cañón, como todas sus antecesoras. Con un carácter de armas tomar, unas caderas de infarto y los ojos redondos y negros como dos cartuchos.
Aprendió rápido a leer para empaparse de los libros de caballería. Soñaba con ser militar y curtirse en mil batallas; escupir, maldecir y rascarse la entrepierna con fruición tras volarle la tapa de los sesos a cualquier malandrín, pero le obligaron a estudiar urbanidad, puericultura y corte y confección, aptitudes éstas que bien hubiera querido aprender William Wellington, quien nació verdugo por desgracia y por genética, al igual que todos los Wellington de los que se tiene constancia. Heredó éste además, el aspecto enclenque, casi enfermizo y esa voz dulce y aflautada que todos habían tratado de enrudecer sin éxito al pedir el último deseo al reo.
– Bésame, pidió Helen toda vez fue condenada por adulterio. William supo que el destino había vuelto a ser un maldito canalla, que esa boca disparaba sin mirar, sin pensar, que si él no fuera su verdugo nunca esos labios le hubieran disparado tal proyectil.
Abrió la trampilla y la soga se ciñó con fuerza
Una mosca zumba junto a su nariz. Suelta un manotazo, pero no consigue derribarla… A su lado, el novato reacciona acercando la antorcha —de polietileno policromado, muy manejable y liviana— a la mecha del cañón…
—¡No dispares, joder!… Solo espantaba una mosca cojonera (“Como tú”, piensa)… ¡Un maldito insecto! (“Como tú”, insiste pensando)… ¡No me jodas, Alelardo!… La señal convenida es levantar el pulgar. ¡Céntrate, tío!
Entre dientes, continúa quejándose:
—Mucho máster y mucha hostia, pero de experiencia nada de nada… Así, no hay forma de ganar esta guerra.
Para Abelardo es su primera batalla, su primer trabajo. Por eso está nervioso. Y, además, por muy pacifista que sea, tendrá que disparar. Memoriza el manejo de cada arma reglamentaria —excepto el cañón y el lanzallamas, alquilados en el último momento—. Tras el reparto, a su bando le corresponde el cañón. Abelardo hubiera preferido el lanzallamas, de munición amarilla. ¡Le da suerte ese color! El cañón dispara bolas azules…
Abelardo siente un golpe en la frente y se le nubla la vista… Eliminado del campo de batalla, escupe la pintura amarilla que le chorrea hasta la boca… Mientras, su compañero alza ambos pulgares.
La solitaria pieza de artillería retiene el aliento sobre la colina, mientras el oficial, huesudo y envarado, se atusa los bigotes calculando la distancia. El viento se enamora de su casaca raída, que parece competir con el portador en aparentar edad. Da una orden a un soldado regordete y sudoroso, y este, como un autómata, se afana en recargar, a la vez que salmodia una oración a esa boca desdentada y negra. El superior susurra una chispa en el oído del cañón, que da un respingo de placer. El orgásmico proyectil sale a toda velocidad. El sonido vence, y los pájaros se retiran en desbandada gritando las mismas palabras de todos los días. El infante, abatido, introduce la esponja humedecida, que refresca el interior del ánima y apaga los posibles rescoldos.
Ya conoce su expresión sin ni siquiera mirarlo.
-¿Es qué no lo ve, capitán? Solo son molinos.
NOCHE DE MAYO
A mi izquierda, veía mi reciente pasado: la fila que hasta aquí me había arrastrado, compuesta por desolados parroquianos y que se perdía en la oscuridad de la noche primaveral bajo un murmullo de lamentos.
A mi derecha, mi futuro: los cuerpos de varios hombres yacían inertes sobre regueros de sangre.
El panorama era desolador. Yo, con blanca e impoluta camisa, ante un farol que iluminaba la escena, mi cuerpo y mi alma… levanté mis brazos al cielo, ofreciendo mi rabia ante ocho cañones de fusiles, tras los que se escondían unos rostros anónimos, quizá cobardes, quizás avergonzados hombres que, exhortados mediante órdenes en francés, esperaban la señal de disparar.
De pronto oí una voz que en tono jovial, me llamaba…
–¡Eh tú, madrileño de la camisa blanca… ¿qué haces ahí muchacho? –me decía mientras se acercaba a mí-.
¡Era Paco! Sí… Francisco de Goya que, pincel en mano y tras un caballete, me había reconocido.
En ese mismo momento una susurrante voz me decía:
–“Señor ya es la hora de cerrar”. Era una vigilante del Museo de El Prado que cogiéndome por el brazo, me acompañó amablemente hasta la salida.
IsidroMoreno
Del cañón nº1 al cañón nº2 distan no más de cincuenta metros, y en ese escaso trayecto para mis botas de soldado he pisado más de sesenta y dos cuerpos, amontonados en posiciones extrañas, descoyuntados, ensangrentados, sin un aliento de vida que pueda confirmar que alguno aún pueda sentir mi liviana existencia cuando lo aplasto en mi avanzar. Al llegar a la trinchera donde se afana en dar órdenes acertadas el capitán de nuestra compañía, le muestro con energía el mensaje que yo estaba encargado de entregar.
Del cañón nº2 al cañón nº1 de regreso en mi cadavérico recorrido, tras haber esperado diez minutos a que nuestro superior me confiara una respuesta, dejo de contar hombres que ya han traspasado fronteras y duermen esta noche en el paraíso, y me concentro en imaginar tu rostro, con esa sonrisa que me cura todos los males, para cerciorarme de que yo también estoy en mi propio edén, ya sea aquí en la tierra con los casi muertos o allí arriba con las almas que ya descansan.
La primera vez que mis compañeros de armas y yo, escuchamos ese estruendo, pensamos que el cielo se abría por encima de nosotros. Pero no era el cielo lo que se nos caía encima, si nó un infierno de fuego y muerte que los sarracenos nos mandaban desde las murallas para detener nuestro avance en el sitio de Sevilla.
Todos nosotros nos persignábamos, besábamos la empuñadura de nuestra espada y continuábamos avanzando hacia aquellas oscuras bocas que escupían fuego y metralla. Pasamos del terror del primer estruendo, a cerrar filas y continuar con nuestro trabajo, que no era, ni es otro, que la guerra. Cualquier barbarie se normaliza con rapidez en el campo de batalla querido amigo.
¡Salud!
Los cañones los colocaba siempre en retaguardia, como mi padre me había enseñado. Y es que él sabía de eso, que había servido de artillero. Luego venían los carros de combate, los jeeps y los camiones con pertrechos. Los soldados avanzaban amparados tras los tanques. Eran cientos, de tamaño no superior al centímetro, y coloreados según fueran americanos, japoneses o alemanes. Esa tarde la batalla era la de Montecasino y había construido la abadía a base de cajas de cerillas para las paredes y cromos de cartulina como techo. Una vez colocadas las tropas de ambos bandos, comenzaba el tiroteo: cerbatana de arroz para la fusilería y garbanzos como munición de los cañones. La aviación –había también aviones– no se andaba con chiquitas y dejaba caer piezas de plomo sobre las fortificaciones. Así, ora actuando con un bando, ora con otro, podían pasar varias horas sin sentir. Pero esta mañana, los soldados tuvieron que arreglarse solos, porque tenían que operarme de las anginas. Cuando volví, nada estaba en su lugar. Aún siento, alguna noches de insomnio, la rabia de no poder saber quién ganó la batalla. Y no me vale lo que pongan los libros de historia.
Fortunato Buendía Alegre, nació feo y patizambo. Creció con los dientes rotos por una coz de Mistela, la mula.
Era cerrado de mollera y en el colegio aprendió poco…, muy poco… ¡Nada!
Cuando pasaba alguna desgracia, siempre andaba cerca, eso le dio fama de gafe. Tenía pocos amigos y amigas ni una.
Intentó suicidarse. Probó con pastillas, antes, leyó el prospecto y pensó que tenían demasiadas contraindicaciones. Se preparó un coctel con amoníaco pero el olor no le permitió tomar un trago.
Se tiró desde una ventana, justo en el momento que aparcaba un tractor cargado de alpacas de paja. Tomó la escopeta de dos cañones de su padre, la cargó y apretó el gatillo. La cabeza de jabalí trofeo de caza de su progenitor cayó al suelo rompiéndosele un colmillo.
El padre lo mandó al campo con las ovejas. Allí observó el vuelo de los pájaros, estudió las formas de las nubes, conoció cuándo el viento traía lluvia.
Aprendió a predecir el tiempo con las “cabañuelas” y la gente empezó a pedirle consejos sobre cuándo sembrar, o recoger la cosecha.
En el campo, entre los animales, en plena naturaleza, Fortunato Buendía Alegre logró ser feliz.
Oigo el rugido de la contienda de mis sentimientos que luchan sin tregua para ganar la batalla.
El olor a pólvora que despide tu corazón me quema y me abruma.
Nunca dejas de combatir con tu silencio porque si lo hicieras con tus palabras no existiría esta guerra que desde hace tanto tiempo nos impide seguir adelante y buscar nuevos caminos.
Tus armas son como cuchillos afilados que rasgan mis sentimientos y no responden a los cañonazos de amor y ternura que te lanzo desde hace tanto tiempo.
Quizás deba luchar en otro frente, donde el sol se ponga todos los días, y que al mirar al cielo no vea permanentemente nubarrones sino halos de luz dorada, ojala mi coraza te derrumbe y desaparezcas para perderte en algún otro lugar del mundo.
Amar es mi manera de vivir y así seguiré haciéndolo por muchas batallas que tenga que librar.
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