Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

COLECCIONISTAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que esté inspirado en el LOS COLECCIONISTAS de todo tipo... Bienvenid@
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15 DE ABRIL

Relatos

347. EL LOBO Y EL ZORRO, de Duende

Tras matar el hombre al oso, zorro y lobo disputaban el poder del bosque. El zorro siempre burlando. Se acercaba al lobo y gritaba:
– ¡Soy más listo que tú!
El lobo enseñaba dientes, salía disparado tras su enemigo. Corrían hasta una gran roca dando vueltas. Luego el zorro se subía a la roca y cuando el lobo desfallecía y antes de darse a la fuga, gritaba:
¡Soy más listo que tú!
            Ocurrió que en plena persecución, el zorro cayó en una trampa del hombre.
¿Qué le ocurrió al listo?
¡Ayúdame a salir y otro día podrás darte un buen banquete!
            El lobo marchaba cuando el zorro le ofreció enseñarle cómo atrapaba corderitos. El lobo aceptó. El zorro ofreció la piel para disfrazarse de cordero. Sin ayudarle, el lobo  gritó:
            – ¡Soy más listo que tú!
Marchó feliz con su disfraz.
Después, el hombre se acercó al zorro, diciéndole:
Cumpliré mi palabra, cumpliste la tuya de entregarme al lobo si te liberaba cuando te atrapé. Acertaste, el lobo apareció junto al rebaño, con una piel que apenas le cubría. Antes de matarlo, dije:
– El zorro es más listo que tú.

346. LA BRUJA, de Duende

           Cerca de San Vicente del Monte había un frondoso bosque. Pero nadie se atrevía a adentrarse allí por miedo a una bruja del mágico anillo.

            El rey, preocupado por el poder de la mujer ofreció recompensa por capturarla. Tan solo el más valiente de la comarca decidió intentarlo.
            Caminó sigilosamente hasta ver a la bruja lavando sus ropajes junto al arroyo. Se dio cuenta que  se había quitado su anillo para aquella labor. Con la punta de su espada logró cogerlo para desesperación de la mujer que se vio perdida. Después, arrojó  el anillo al arroyo.
¿Qué te ofrecieron por capturarme?
Una bolsa de monedas de oro.
Si me dejas libre, te llevaré al lugar donde está el tesoro más valioso que ha existido. Muy cerca surcaron los mares piratas y corsarios. Aquellos hombres temerosos hicieron fortunas incalculables.
El hombre, fascinado por las maravillas que describía accedió. Gracias a un ungüento, marcharon por los aires, ya de noche.
Ahí abajo está tu tesoro.
¿No tratas de engañarme, verdad?
El mayor de los tesoros está en el fondo del mar.
Tras decir aquello, lo soltó y cayó al agua donde quedó para siempre.

345. PROFECÍA, de Nogal 2

  Se deslizó entre las sombras dejando atrás el sagrado oráculo. Sigiloso y absorto,  con el ondular de su elegante atavío serpenteó las enigmáticas y apretadas columnas de nogales, hayas y castaños que se alzaban, como misteriosos pilares, envueltas en una estremecedora penumbra. Solo el crujir de los escurridizos pasos se agigantaba en el silencio del bosque cuando su fino ropaje cayó sobre la hojarasca dejando al descubierto su esmirriada figura. Una escalofriante y álgida sensación lo invalidó; apenas atinó a arrastrar aquella desnudez al compás de frenéticos jadeos mientras sus desorbitadas pupilas clamaban por piedad. Mas un gutural alarido atronó la noche. Preso del dolor pretendió, en vano, erguir la enjuta y desgarrada espalda tras advertir dos voluminosas protuberancias. El horror obnubilaba sus sentidos pero un incontrolable impulso lo conducía hacia el Templo. Con inconmensurable esfuerzo fue atravesando el último tramo que lo condujo hasta la torre y, aunque exhausto, trepó enajenado por la balaustrada. Al llegar a las alturas, diabólicos ojos lo observaban inmóviles; tembló sin cesar entretanto su cuerpo experimentaba el efecto de la pétrea y mísera deformidad.
 Recién allí, rendido y perplejo, se agazapó junto a las gárgolas y acató finalmente la devastadora predicción…

344. EL ESCONDITE, de Sombra

-Mamá, hay una sombra escondida en el bosque, que nos mira.
-Creo que es papá que nos está buscando.
-Escondámonos tras el árbol.
-Qué raro es este árbol. No tiene sombra.
-¿Y papa?

343. A LA BUSCA DEL DÉBIL, de Niebla

   El valle estaba cubierto por un manto blanco oscuro de niebla intensa. Lloraban lágrimas finas sobre las copas de los pinos. Se intuían las cumbres nevadas pues el ojo de los humanos solo alcanzaba unos pocos metros.
Reinaba un silencio casi absoluto. Había en el ambiente una paz inquietante.
Tres cuervos volaban zigzagueantes de copa a copa. Tan ateridos estaban de frio que sus picos producían un continuo repiqueteo, y el negruzco plumaje estaba cubierto por una fina lámina de hielo que hacía más difícil el vuelo.
Graznaban sin interrupción; otras aves parecían responder al sonido de los córvidos.
Cumplían una misión que les había encomendado el alcaide de la Comunidad Pajaril. Se había detectado un contingente importante de humanos que se encaminaban hacia el monte armados hasta los dientes.
Las circunstancias de aquel crudo invierno hacían a las aves una presa fácil. Apenas tenían fuerzas para volar. Llevaban días sin comer. La vegetación cubierta de blanco no proporcionaba ningún camuflaje.
La matanza sería digna de una repugnacia sin límite.

342. BEAGLE, de Arce 2

Me observaba con total interés, ninguno de mis movimientos se le escapaba, estaba pendiente de todos y cada uno de mis músculos, que le delataran alguna señal por mi parte para ponerse en acción. Esperaba ver si se impacientaba, pero su aplomo era total, y no podía distraerlo con ninguna maniobra alternativa, nada de mí se le escapaba. Su mirada denotaba una obstinación digna de un buen cazador, totalmente dedicado a la espera de una distracción de su presa, para hacerse con ella. El bosque espera.

341. PRIMAVERA, de Musgosu

Aquella mañana primaveral, una docena de mariposas revoloteaba en una danza magistral sobre aquel bosque, con suaves movimientos, al son de una armoniosa melodía de cánticos perfumados de lavanda. Apolos, Limoneras, Sofías, Ortigueras… todas en bello conjunto recibían a la primavera con sus ropajes más bellos y coloridos. Los diversos árboles que habitaban en aquel alegre paraje las contemplaban impasibles mientras una suave brisa mecía sus verdes hojas. Un batallón de hormigas trepaba por uno de los troncos, en hilera, bien organizadas, cada una sabiendo que tarea le correspondía. Las abejas volaban de flor en flor, catando el dulce néctar que las ofrecían. Un par de ardillas correteaba por entre la maleza en divertido cortejo. Aquel bosque rebosaba vida, nada perturbaba esa paz y alegría. Había una mezcla de explosión y júbilo, y aunque pronto llegará el otoño, y las mariposas desaparezcan, y los árboles queden desnudos a la merced del tiempo, el ciclo comenzará de nuevo y otras verdes hojas cubrirán su piel, y habrá otras mariposas… Debemos aprovechar cada segundo, cada ilusión. Todo es tan efímero como esta cálida primavera en la que la vida comienza, acaba y prosigue… Sin pausa…

340. RECUERDO, de Canarina

Recuerdo el bosquecillo de pinos cerca de la escuela.
La maestra nos llevaba allí algunas tardes. Unas veces hacíamos cabañas con ramas y pinocha. Otras, nos escondíamos entre las rocas que se entremezclaban con los árboles. Cuando hacía algo de viento, los pinos ululaban y nos recorría un estremecimiento, como si nos anunciaran una ausencia o un misterio por resolver.
Recogíamos cortezas para hacerles incisiones y piñas para pintarlas. El olor de aquel pequeño pinar se quedaba con nosotros hasta la noche, mientras la luna volvía a iluminar las raíces retorcidas que escapaban por el risco.
En primavera, las jaras nos regalaban sus pétalos rosas y los escobones pequeñísimas flores blancas, alrededor de las que aleteaban las abejas. Entre tronco y tronco hacíamos carreras con los escarabajos, negrísimos. Las hormigas, rotas sus filas, corrían sin rumbo.
Una mañana vimos unas máquinas que pasaban hacia el pinar.
Nunca volvimos. Ahora hay un edificio de viviendas con macetas en las ventanas y flores de plástico brillando al sol.

339. UN PASEO POR EL BOSQUE, de Ardilla 5

El enterrador echó la última palada de tierra sobre el ataúd del abuelo, pero él estaba allí, a mi lado, invitandome como siempre a dar un paseo por el bosque en Otoño. Yo no podía negarme y dejándolos a todos me fuí tras sus pasos.
Al entrar una alfombra de hojas multicolores nos daba la bienvenida, con nuestros pasos cadenciosos parecían volar hacia lugares mas tranquilos, caminabamos sin prisa observándolo todo.
Según nos adentrabamos en la espesura un ejército de árboles caducifolios en su atonía otoñal le brindaban a nuestra retina una sincronía cromática desde el amarillo pasando por toda una gama de rojos, pardos y ocres.
El abuelo con su sabiduría me iba relatando el nombre de cada uno: roble, tilo, chopo, haya, arce olmo. El colorido era exultante.
La leve brisa que nos acompañaba hacía que de sus ramas se soltase alguna que otra esencia de color engrosando la alfombra ya existente.
Un rayo de sol taciturno calentaba nuestros pasos alentandonos a seguir hasta el final.
Cuando regresé al cementerio, sobre la tumba del abuelo ya solitario, un conjunto armónico de hojas muertas bailaban sobre su superficie al ritmo de la brisa

338. SIN MIRAR ATRÁS, de Duendecilla

Pronto llegaría la hora. Unos minutos más y sería libre. Se iría de aquella casa a la que nunca había pertenecido y donde nunca la habían querido. Con la mochila donde llevaba todas sus pertenencias colgada de un hombro, comenzó a bajar las escaleras justo cuando el reloj del salón empezó a sonar. Doce golpes de sonido que la sacarían por fin de la miseria y el abandono sufrido durante años. Cruzó el salón y sólo se detuvo a la altura de la puerta principal para echar un vistazo fugaz a la casa. Definitivamente no iba a echar nada de menos. Una vez cerró la puerta, echó a correr con todas sus fuerzas, se escondería en el bosque. Cuando ya se había adentrado lo suficiente y los árboles la rodearon, empezó a sentirse segura. Lo había hecho. Se había ido. Después de tantos años ignorada y maltratada con desprecio ahora podía dejarlo todo atrás. Buscó un lugar a cubierto. Había un árbol con una rama gruesa y baja, él la protegería. Se acurrucó apoyada en la mochila y fue la primera noche que se durmió con una sonrisa en la boca.

337. LOS VERSOS DEL ÁRBOL, de Duendecilla

No era un día de esos de pasear. El cielo gris y aquel viento húmedo sólo querían decir una cosa, iba a llover. Caminaba por el sendero de tierra roja que se adentraba en el bosque. Cuando llegó a la altura del riachuelo, giró a la izquierda. Por ese lado del bosque estaba lleno de árboles desnudos, con las ramas mirando al cielo como suplicando una manta para el frío. El sendero se desdibujaba cubierto por miles de hojas que creaban un manto amarillo y rojizo. Y allí estaba, lo había encontrado. A escasos metros había un árbol cuyas hojas no se habían caído y que lucía en todo su esplendor. Al acercarse a contemplarlo de cerca, vio que tenía un hueco pequeño donde seguramente vivía algún animal del bosque. Sin pensarlo dos veces, metió la mano y para su sorpresa encontró un papel medio arrugado. Lo estiró y al ver que estaba escrito se sentó a leerlo:
Bebo de tu aliento cada mañana y sigo teniendo sed.
Como de tu alma cada noche y sigo teniendo hambre.
Vivo de tu esencia a cada instante y sigo sintiéndome morir.
Sueño con tu gran cuerpo y sigo sin poder dormir.

336. EL TIGRE, de El Cuervo

El bosque es mío. Lo recorro majestuoso y dominante como un rey recorre su reino.  La nieve lo cubre todo. En invierno la vida parece suspenderse, el bosque se aquieta, se silencia, como si sus habitantes lo hubieran abandonado. Rujo mostrando mis blancos colmillos y todas las criaturas me reconocen, las que duermen se estremecen en sus guaridas y las que velan se apresuran a buscar cobijo. Me lanzo a correr por el placer de correr y mis poderosos músculos apartan la nieve a mi paso. Corro a través del bosque como si persiguiera una presa hasta que mi corazón se desboca y mis pulmones parecieran que fueran a estallar. Entonces me derrumbo sobre la nieve resollando, me revuelco y acicalo mi espeso y lustroso pelaje; después de descansar sacio mi sed en las heladas aguas del arroyo. En invierno anochece muy pronto en la taiga. Anhelo la primavera, aunque sé que no escucharé los bramidos ardorosos de las hembras, hace muchas primaveras dejaron de escucharse en el bosque. A veces sueño que me encuentro con otro tigre y luchamos, cuando despierto rujo hasta enronquecer, pero nadie atiende mi reto. Soy el último tigre en la taiga.