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Caminaba. Qué casualidad, siempre terminaba en la vieja esquina. Muchas fueron las veces que al llegar me daba vuelta, por temor a encontrarlo. Era mi lucha de querer y no poder. Esa tarde esperé frente al garaje. Cuando vi su figura caminando hacia mí, me escondí para que no me viera. Siempre quise enfrentarlo, confesarle cuanto había perdido, pero no me atrevía. Sabía que aquello que le negué antes ahora se lo daría sin cuestionamientos. Pero era tarde, el tiempo había volado y si antes temí las consecuencias, hoy el temor era vergüenza. Estaba igual, alto, delgado, la cabeza le brillaba, tenía hilos de plata. Esperé que el auto saliera y me dejé ver. Me miró con los ojos de aquel ayer que no podríamos olvidar. Lo saludé con la mano, él trató de arrimarse a la vereda. Como antes corrí, desaparecí dando vuelta la esquina y como siempre, lloré.
… y decidió por fin quitarse el maquillaje para volver a ser la persona que había sido y que aquel que ya le parecía un extraño, había moldeado a su antojo sin apenas ella ser consciente de ello. Había confiado, había amado, había luchado y ofrecido todo. A cambió fue limada, esculpida, maquillada y cambiada por una escultura que para sobrevivir, tuvo que guardar su cálido corazón en el arcón congelador, para enfriarlo y conservarlo de todo aquello que la rodeaba y no entendía, para protegerse de esa envoltura que la hacía añicos. Pero ahora había decidido volver a calentarse bajo los rayos del sol, costase lo que costase. Volver significaba comenzar de nuevo y los comienzos, siempre le hicieron ilusión.
Una mañana de otoño y bajo unas nubes que amenazaban lluvia, cerró tras de sí la puerta para marchar lejos. Con paso firme y el alma henchida emprendió la bajada del sendero.
Alargó la vista a ambos lados del camino, las sombras de terciopelo y el susurro helador de los ramajes la envolvieron. Su ímpetu se difuminó con el frío y su silueta se fue languideciendo, encorvando, desdibujando, desplomando.
Antes de llegar al repecho, desde donde se avistaba el horizonte, paró. Dejó caer la pesada bolsa de lona en el suelo mientras las lágrimas rodaban por su cara.
La asió, dio media vuelta y subió de nuevo la cuesta sabiendo que en ese preciso momento su corazón había dejado de pertenecerle; al emprender él el camino y ella regresar.
Hoy he vuelto a la montaña para disfrutar de la naturaleza. El sendero comienza en la ladera sin dificultad, el olor aromatizado por jaras y tomillo lleva aire húmedo. El suelo bajo la arboleda se encuentra mullido, esponjoso y sobre él es fácil ver helechos y hongos, que como todos los años se hacen visibles y abren la puerta de un mundo mágico. El camino se va endureciendo y sobre los arroyos que han dejado de estar secos corre agua graciosamente regalando a mis oídos la musicalidad de su paso. Hago una parada junto a una roca que empieza a estar cubierta de musgo y desde allí observo como pequeñas nubes pasan impasibles, lentamente como avanzadilla de otras más poderosas que poco a poco llegarán. Sigo mi camino y voy ascendiendo hasta un gran mirador en donde desde la altura el valle se muestra coqueto y espectacular, en donde los tonos rojizos y amarillos destacan sobre los demás. El otoño como todos los años a su vuelta ha transformado en el bosque su verdor habitual en un estallido de color como el horizonte lo hace en su puesta de sol.
Una mañana cualquiera de su monótona vida, Gregorio desayunó frente al televisor, pero sin prestar atención a las noticias sobre sucesos y economía que estaban retransmitiendo.
Minutos después, delante del espejo, se aseguraba de que todo estaba perfecto:
Llevaba su mejor traje, los zapatos pulcramente limpios y se había afeitado para la ocasión.
El anuncio de trabajo del periódico parecía estar hecho para él:
SE BUSCA HOMBRE CON BUENA PRESENCIA, QUE DOMINE VARIOS IDIOMAS, CON DISPONIBILIDAD PARA VIAJAR Y SIN CARGAS FAMILIARES. OFRECEMOS TRABAJO FIJO EN UN SECTOR QUE NO CONOCE LA CRISIS.
Fue una suerte haberlo encontrado por casualidad, cuando después de tres años en el paro, rozaba el límite de la desesperación.
La dirección correspondía a una fábrica enorme en el centro de la ciudad, que parecía abandonada, pero de dónde no dejaba de entrar y salir gente.
El entrevistador, un hombre de aspecto siniestro, comenzó enumerándole las bondades del trabajo, tales como que viajaría por todo el mundo y conocería mucha gente.
Todo cobró un terrible sentido al abrir su nueva taquilla y encontrar una enorme guadaña dentro.
— ¿Es que no ha visto las noticias?, usted se suicidó ayer —susurró una voz detrás de él.
Cientos de personas anónimas, desconocidas, lejanas entre sí abrían simultáneamente sus maletas y guardaban varias prendas de vestir. Los había rápidos, urgidos por la situación; mientras los más nostálgicos doblaban la ropa milimétricamente, haciendo tiempo para recordar ese presente ya lejano. Cuando quedaba hueco, metían fotografías u objetos de gran valor afectivo para no pasar hambre. Tras ello, emprendían un plomizo camino hacia la plaza del pueblo. La mayoría no miraba atrás, por miedo a arrepentirse, o por miedo a ser detenido. Con la inquietud de quien se sabe observado, esperaban el autobús de línea regular. Subían casi sin dudarlo y los más duros rompían a llorar al dejar de ver el campanario. Con la carretera se alejaban poco a poco sus orígenes: los baños en el río, las noches al templete junto al rebaño, el primer beso tras la ermita, la vendimia, la borrachera de después, un tal Manolo, José, Mari…. Luego en Madrid aprendía
n a vivir sin nostalgia, a buscarse la vida sin recuerdos, a ser otro silencio entre miles. Y por las noches, a escondidas, cuando cerraban los ojos volvían al pueblo que la guerra les había arrebatado.
Detrás de la puerta se repliegan los recuerdos. Notas desenfrenadas de un impulso arrebatador, con capacidad de llenar oquedades. Una letra tras otra se suma en el aire, las pronuncia con ímpetu, escapándosele la fuerza por entre la comisura de los labios. No hay posibilidad de remiendos. Yace en posición fetal, en el intento de burlar la tentación, y ¡grita!, ¡grita!, ¡grita! al Peter Pan que acabó por escapársele. La competición le ha llevado a ver la meta, a ser gladiador derrotado, sin capacidad de burlar al agresor. Se yergue y estira los brazos, saca de su bolsillo la lanza agresora y borra del horizonte el juego de palabras “nunca más”. Cae en el abismo. Cierra los ojos. Su torrente sanguíneo vibra. Ya no está solo.
Sueña desde hace años que recupera el estado corpóreo. Una noche, su viuda abandona precipitadamente la alcoba al grito de «¡Fuego!». Él, aún adormilado, se arroja hacia la pared más próxima y cae, aturdido, entre las llamas.
Cuando llegó a la plaza aún soplaba el viento cálido que dejó la tarde de Septiembre. Había alargado el momento por miedo. Pero allí estaba. El camioncito naranja dejó polvo en el camino al alejarse. El viejo campanario la miró sin decir nada. En el aire se respiraba sus ansias y sus miedos.Entró y miró el cajón metálico que esperaba su visita. Tenía que estar allí, Su carta. La noticia de su vuelta.
Días y noches esperando , deseando.
El se lo dijo al partir. Había prometdo volver.
Nos juntábamos todas las tardes a esperar. Justo al anochecer. Esperábamos y esperábamos. Desde siempre.
-Abuelo, ¿cuándo volverán nuestras palabras?
-Debemos esperar, hijo, están llegando. ¿No las sientes? Son como la luz de las estrellas, están muy lejos y van viajando hacia nosotros. Pero aún tardaremos en escucharlas.
El abuelo decía que las palabras de cada uno habitan en un lugar recóndito del universo. Y que, cuando nacemos, comienzan a viajar hacia nosotros y nos van llegando en oleadas, poco a poco, como el mar, hasta habitarnos del todo. El abuelo se dormía feliz esperándolas. Pero yo me quedaba toda la noche aguzando el oído y escribiendo las palabras que me llegaban mientras todos dormían. El abuelo no lo sabía, pero nuestras palabras, no venían de tan lejos como él creía. Brotaban de nuestros propios sueños cada noche. Y si no las atrapábamos al vuelo, se volvían a sumergir en tinieblas inescrutables. Yo he cazado muchas ya. Las tengo todas guardadas en mi cuaderno. El único problema es que pocos las entienden. Y algunos, andan por ahí diciendo que, al final, me he vuelto loco por perseguir palabras.
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