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He aprendido a observarte entre cristales, mientras aparento mirar escaparates, en esta plaza en la que un día zarandeaste mis recuerdos. A pesar de que el tiempo se ha mostrado despiadado, te reconocí al instante. Mantienes, a pesar de todo, ese aire distinguido que me hizo enamorarme de ti. Siempre me pregunté qué te llevó a abandonarme queriéndome como me querías. Ya sé que de vez en cuando necesitabas conquistar a otras mujeres, digo yo qué para demostrar tu hombría. No me extraña, presencia y labia nunca te faltaron. Siempre lo supe, pero callaba como una idiota y me consolaba pensando que yo era la princesa en tu castillo. Ahora creo que tal vez necesitaras una señal, que explotara, alguna escena. No has perdido el aplomo, ni siquiera con ese traje pasado de moda y mal planchado. Todavía veo en ti al guapo conquistador que siempre fuiste. Y me da miedo volverte a perder. Pero de momento te tengo donde quiero, en esta plaza, bien plantado, con una foto mía, tienes que reconocer que no me hace justicia, en una mano y en la otra una pizarra en la que se puede leer en letras grandes: “Busco a mi esposa”.
Mamá se pasa el día parloteando. Habla y habla sin cesar. Comenta lo que está haciendo, lo que va a hacer y lo que le gustaría, pero siempre lo hace sola, porque papá nunca está.
Papá es un dandi del tenis. Invariablemente de punta en blanco, no soporta sudar, por lo que apenas corre en la pista. En realidad, lo que le gusta es la tertulia y la cerveza de después. A veces, va a ver a la abuela, pero como no lo reconoce se enfada y promete que no va a volver.
La abuela está llorando continuamente, mira la foto del abuelo y llora. Cada día la pierde porque no recuerda dónde la dejó y vuelve a llorar. Cuando la encuentra se seca las lagrimas, sonríe y vuelve al llanto.
El abuelo es el único que se ha acordado de mí decimosexto cumpleaños. Con su nueva novia, otra rubia bronceada, me ha traído flores amarillas, mi color favorito, pero enseguida se han ido porque tenían que coger un avión
¿Volver? ¿Para qué? Prefiero volar donde el viento me lleve. Después de todo, las flores estarán mustias en unos días en ese vaso de latón que sostiene mi soleado nicho.
Cuando al fin trabaron desde afuera la escotilla hermética de la nave y se dispuso a ingresar en la cámara de hibernación donde permanecería hasta llegar a destino, a Eva le entró la duda. ¿Había cerrado la llave del gas antes de salir de casa?
Una profunda congoja la invadió al comprender que no podría verificarlo. Si alguna vez volvía, seguramente todo habría cambiado y ni siquiera la casa estaría en el lugar donde la estaba dejando. Una lágrima le rodó por la mejilla y mientras se acariciaba el vientre con ternura trató de imaginar un nuevo hogar.
— Bueno — se dijo —. Al menos espero que la vecina haga lo que le pedí y no se olvide de regar los geranios del balcón. ¡Ay! Jamás me perdonaré haberlos abandonado a su suerte.
El héroe ha regresado. Sus pies se encaminan anhelantes de descanso hacia el hogar pero… se detiene. Alza su mirada… culminará este viaje amparado por el humilde manto del agradecimiento. Exhausto, corona la cima sagrada y escruta tras una cortina de nubes, por donde asoma una escena inesperada. En el flanco derecho, los dioses presididos por Zeus y Hera. En el izquierdo, los héroes, con Perseo y Aquiles a la cabeza. Y en el centro, Temis, diosa de la justicia. Entre el público Penélope teje y desteje sin parar, Prometeo juguetea con unas brasas, Pandora entreabre una caja… Y en el banquillo de los acusados un anciano recoge varios pergaminos del suelo.
—Solicito una prórroga —pide el viejo a la dama de la venda en los ojos.
—¿Otra? No saldremos de aquí hasta que expliques por qué Perseo tiene una flecha en el talón y Aquiles nos amenaza con la cabeza de Medusa. Anciano, tú sólo eres nuestro cronista… ni que te hubiéramos encomentado los trabajos de Hércules. Homero… ¡esto es un insulto para el Olimpo! ¡Una odisea!
—¡Ejem!—interviene una voz indignada.—¡Si alguien ha vivido una odisea… ése soy yo! — replica Ulises descubriéndose tras su raída capa.
Escuchó los gritos de “!Asalto!” y, enseguida, un tiroteo. Y, asustado, volvió a su tumba.
Salía de la cama despacio, sin hacer ruido, en un vano intento por no despertarme. Desconocía que yo, al igual que ella, tampoco podía dormir. De puntillas, bajaba las escaleras para asomarse a la habitación de nuestro hijo. Bajo las sábanas creía descubrir su cuerpo, arrullado por la respiración tranquila que provocan los dulces sueños. Luego, en la cocina, preparaba su desayuno y se sentaba a esperarle. Yo me hacía el encontradizo y aparecía por allí intentando no asustarla.
– Volvamos a la cama, cariño.
– Estoy esperando a Manuel, a que baje a desayunar -me decía con la mirada perdida en algún lugar al que nadie podía llegar y del que nadie podía hacerla regresar.
– Mira, todavía no ha vuelto -intentaba convencerla mientras nos asomábamos juntos a su habitación silenciosa, vacía, muerta como él.
Ella me miraba asustada y el azul de sus ojos se volvía oscuro, como un mar profundo, un mar sin fondo.
– Vamos. Hace frío y estás temblando.
– ¿Volverá, verdad? –me preguntaba cada día.
– Claro, luego bajamos a ver.
Juan volvió de Alemania, compró unas tierras en su pueblo de Almería e inició un negocio de exportación de tomates. Su prosperidad se medía por el tamaño de sus puros, el modelo del Mercedes y el número de visitas al club de carretera. Allí conoció a Marie, una camerunesa que le hipnotizó con sus contornos magnéticos. Él le dio papeles, estabilidad y amor; ella pasión, sensatez y dos hijos, uno que expandió el negocio por el norte y se casó con una sueca, y otro, antropólogo, que un día partió a Camerún, con las lágrimas maternas pegadas en su rostro, donde ejerció como profesor de universidad y tuvo tres hijos con una bengalí colega suya.
Todas las Navidades hijos y nietos vuelven a Almería. En la cocina, anécdotas y especias aliñan las conversaciones y, en la mesa, los guisos humean como puzzles de colores. Este año llevan un regalo muy especial para el abuelo: Cobre, un setter de pura raza porque, y en eso están todos de acuerdo, es importante evitar las mezclas, ya que así la apariencia y el carácter del animal es más previsible, dónde va a parar.
ZPJ-X sólo pensaba en volver a casa, en atravesar Orión y perderse más allá de la puerta de Tannhäuser. Aun así, la misión de la Confederación Estelar era clara. Debía reconocer la tierra para una posible invasión en siglos venideros. Evaluar los riegos y saber más acerca de sus habitantes. Tras semanas de investigación, descubrió que los humanos eran idiotas: trabajaban más horas y, para ser productivos, se bajaban el sueldo, se hipotecaban por encima de sus posibilidades, votaban una y otra vez a los mismos políticos a sabiendas de que eran corruptos, se pasaban las horas muertas pegados al plasma viendo interminables sesiones de telebasura, permitían que les recortasen en educación, sanidad y ayudas a la dependencia sin hacer nada y sólo se movilizaban cuando ganaba el Real Madrid, el Barcelona o la selección de fútbol.
Sólo entre las jaulas del zoo encontró vida inteligente.
La invasión resultaría pan comido.
Lo vi en el centro comercial. Caminaba con un adolescente a su lado, que sin duda era su hijo. Los dos con paso decidido, seguros de sí mismos, dos cuerpos esbeltos que se saben pero no le dan importancia. Los dos sonriendo, resplandecientes entre el tumulto. Venían directos hacia mí. Era mi hombre, mi futuro. Le hice una seña hacia el cajero, necesitaba sacar dinero para el parking. Un minuto y estoy con vosotros. Un minuto y te acompaño durante el resto de mi vida. Él y yo. La certeza del acierto, la certeza de habernos encontrado. Recogí el dinero y la tarjeta, y cuando me di la vuelta… desperté. Desde entonces, me acuesto todas las noches invocándolo para que vuelva, pero aún no lo he conseguido.
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