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Reunió a todos en la sala central para comunicarles una decisión que, no sin pocos pros y contras, había tomado, y de la que, muy a su pesar, no estaba seguro completamente. El rostro del creador era, como siempre, insondable; el de sus criaturas, más que nunca, atento. Un silencio insostenible precedió el anuncio: él, que había sido modelado por sus propias criaturas, regresaba para siempre a su reino de indolencia, y sus criaturas, de las que apenas sabía nada, salvo que lo veneraban hasta mancharse las manos de sangre, tendrían que arreglar todo lo que habían desbaratado. Nunca pensó en un apocalipsis tan flemático. Habría preferido castigarlos con fuego, tal y como ellos pregonaron, pero algunos inocentes aún no habían tenido la ocasión de leer El Principito.
Preferiría no tener que contarte la verdad, pero ya es hora de que sepas quién es tu padre.
Sucedió cuando tenía dieciséis años y pasaba el mes de julio en la playa con mis padres. Me enamoré de un joven apuesto, viviendo un verano de amor. Nos amábamos, pero fueron mis padres quienes nos separaron, al enterarse de mi embarazo.
Nos prometimos amor eterno al despedirnos entre lágrimas y besos, porque mis padres me obligaban a trasladarme a Suiza con ellos. Con dieciséis años, ¿qué podía hacer?
Supuse que volveríamos a encontrarnos, que él me buscaría y seríamos felices los tres. Sólo la primera parte ocurrió.
Me encontró, cuando tú tenías tres años. Contra la voluntad de mis padres, nos marchamos juntos, creyendo que todo sería amor, pero la vida con él no fue la que yo esperaba.
Las palizas eran diarias, así como su alcoholismo, sus mentiras e infidelidades. Escapar de sus garras, tras dos años de sufrimiento, fue lo más duro. Aún tengo miedo de que de nuevo nos encuentre, porque amenazó con matarnos si daba con nuestro paradero.
Me preguntas quién es tu padre. Es el hombre al que más miedo debes tener.
Cuando me dijo que venía su madre a lo que yo suponía con ingenuidad un idílico fin de semana, se me cayó el alma a los pies. Mejor dicho, el alma no, un vaso que llevaba en la mano en ese momento y que me dejó el dedo como una breva.
Siempre fui hombre de poco carácter, sobre todo cuando mi mujer para no dejar que asomara un inicio de rebeldía en mí, me ponía esos ojitos lánguidos, con ese aleteo de pestañas, frunciendo los labios en un mohín que me desarmaban por completo. La muy astuta se las sabía todas.
Ya me imaginaba a la ancianita dando instrucciones a diestro y siniestro, cuando no afeándome la conducta por cualquier motivo insustancial, mientras paseábamos por el campo sin visos de escapatoria.
Así que, cuando llegamos trabajosamente al final de aquella montaña, agotados más por la verborrea de la susodicha, que por el esfuerzo realizado; contemplando hipnotizado el maravilloso rompiente que se nos ofrecía a nuestros pies, pensé, que preferiría no hacerlo, pero fue un arrebato, y ella ni siquiera se resistió.
—Por favor, terminen la fiesta. Hay una denuncia por ruidos contra ustedes.
0,10 ante meridiem y segunda velada consecutiva que nos visitaba el guardia municipal.
No éramos estridentes adolescentes. Superábamos sobradamente talluditas edades y en nuestras barbacoas mensuales, en el jardín del “pareado” de mi amigo, los únicos ruidos audibles eran de copas, risas, rumores de conversaciones y alguna zarzuelilla mal cantada en voz queda.
Esta vez quise indagar, y viendo que el guardia se mostraba harto de repetir tantas veces el aviso, le pregunté:
—Agente, ¿usted me podría decir quién es el denunciante?
No respondió, pero hizo una señal con los ojos hacia el adosado de nuestra derecha.
Mi amigo reaccionó:
—¡Leches! ¡El suizo! Creo que se llama Dolf y su empresa lo ha destinado a España hace unos pocos meses.
Discutimos entre nosotros una estrategia de acercamiento. Decidimos integrarlo, invitándole a nuestra próxima reunión.
Así se hizo.
Dolf se mostró muy participativo.
—“Yo gusta hamón y vino de roja”.
Finalmente, agradecido, ponderó vivamente nuestras costumbres, antes de retirarse a su casa.
…
12,15 de la madrugada:
—Por favor, terminen la fiesta, tenemos una denuncia contra ustedes.
—¡Ostras, increible!… ¡la fábula de la rana y el escorpión, qué raza!
-Preferiría no hacerlo-. Dijo ella en voz baja.
-¿Pero por qué no? Si la ocasión no podría ser mejor. Exclamó él con contundencia.
-Lo que ocurre es que tengo miedo de que nos descubran, además tampoco estoy segura de si es lo que realmente conviene-.
-¡Claro que sí! Esto es lo que has estado buscando desde hace meses, es lo que hemos esperado desde hace mucho. Son sólo los nervios de la primera vez, luego pasa y uno se acostumbra, te lo digo por experiencia. ¡Vamos! ¡Será genial!
-De acuerdo, pero con cuidado y recordando siempre las precauciones que deben tomarse en estos casos-.
-Por supuesto- ¡Adelante y tranquila! Que sólo tendremos una conducta tan vieja como la Humanidad.
A la semana siguiente, la prensa develó un escándalo de corrupción en el Parlamento: el presidente de la bancada oficialista junto a la principal representante de la oposición, habrían sido sobornados para darle trámite favorable a una ley.
Están a punto de conocerse, pero, antes incluso de estar frente a frente, ya se escudriñan de arriba abajo.
– Tengo que caerle bien, que la primera impresión es muy importante, ¿le gustaré?. Parece mona, aunque ya veremos si de cerca…. Uy, se parece un poco a la otra, la lagarta, un día más y a la ruina. Preferiría no hacerlo pero esta misma noche la invito a casa, a cenar, tendré que averiguar qué persigue esta también y la clase de valores que le inculcaron sus padres! Tendré que investigar incluso su plato preferido, si Ribera o Rioja…
-Seguro que no le gusto, jo, qué miradas, me está taladrando. ¡Si ya me lo habían advertido!. Empezaré a buscar mañana mismo. Preferiría no hacerlo pero, tendrá que ser lejos de su preciosa casa, ¡qué digo!, en otra ciudad. Al principio, con una vez al mes, será más que suficiente. Más tarde, una en Navidad y otra en Semana Santa, que yo estaré ocupadísima criando a mis…. tres hijos, sí, con tres de sobra… ¿Le llegará la pensión a esta vieja para pagarse esa que acaban de abrir en Zamora?
Preferiría no hacerlo, pero en cuanto pongo la música y el agua tibia empieza a caer sobre mi cabeza, sé que terminaré como siempre. El jabón me va llenando de espuma el cuerpo y la suavidad de mis manos sobre él, hace que mis terminaciones nerviosas despierten. Me recuesto en las baldosas y dejo que el agua dibuje surcos, que el chorro en los pezones me los erice y me demoro en ellos pues me conozco muy bien y sé lo que me gusta.
Con las manos arrugadas, mojadas y enjabonadas, me dedico a recorrer los recovecos, los pliegues y el ansia y el deseo se precipita en un jadeo silencioso, mío, secreto, siento que mis dedos se deslizan por el muslo arriba y abajo, rodean la ingle y se quedan un rato y vuelta a empezar.
“Je t’aime moi non plus”, está a punto de terminar, la música inicia un crescendo, la voz de Gainsbourg se acalla, silencio de voces, roto por los susurros de la Birkin que entran en mi seso, llegan a mi sexo y acabo con ella.
La vela titila, como yo y me siento en el borde. Me enfada mi debilidad, preferiría no hacerlo.
La apoplejía apenas me dejó movilidad para desplazarme y el uso aceptable del brazo derecho. Por eso paso las tardes en la ventana, entretenido con las carreras de mi viejo Ron y Laki, el foxterrier del vecino, cuando le abro la puerta para que escape. Esta tarde le noto cansado. Tras unos minutos de zigzags entre los setos del jardín saltan a la calle. Laki cruza disparada y Ron tiene la mala fortuna de hacerlo al paso de un furgón.
Estoy solo. Mamen ha vuelto a salir. La emoción traba aún más mi paso. Ron tiene astilladas las patas, un paquete de vísceras asomando y el morro quebrado y desfigurado. Muestra un estertor débil y un quejido agudo que me es fácil interpretar.
Hubiera preferido albergar la confianza de que allí resta algo de vida, poder recoger sus pedazos y trasladarlo hasta quien pudiera recomponerlo, pero solo siento la urgencia por acabar cuanto antes.
Rebusco en el garaje alguna herramienta contundente, pero sólo me siento con fuerzas para manejar un pequeño mazo.
Salgo a la calle con una punzada insoportable en la cabeza, y la intensa sensación de que llega el momento de atender a la angustia de mi propia existencia.
Tal vez la obra más completa de Melville sea su impresionante Moby Dyck (por eso vamos a aprovechar la ballenita en el grafismo de la inspiración), pero casi sin quererlo, Melville nos dejó un relato que está considerado como una de las mejores obras del género corto de todos los tiempos: Bartleby el escribiente.
La obra homenajeada es desconocida para mucha gente, pero no he conocido a nadie del ámbito literario que haya quedado indiferente ante este Bartleby. Un personaje fuera de lo común que «inventó» la resistencia pasiva, desmontando todos los esquemas de una sociedad en la que el sacrificio y el progreso no tienen rival alguno, y su renuncia es absolutamente descabellado. También es ese relato en el que podemos leer que la honestidad como principio puede terminar destruyéndonos y que solo la hipocresía «controlada» permite la convivencia. Entre la lastima y la pena, entre la cobardía y la más particular valentía, entre el surrealismo y la denuncia social… Bartleby es todo un personaje, y tal vez la mayor demostración sea el proceso por el que atraviesa el narrador en su trato con el personaje: admiración, desesperación, lástima, rabia…
Es un buen momento para releerlo, es corto, y aquí abajo os dejamos una copia gratis…
Me han pedido que os mandara una copia a cada uno, pero yo… preferiría no hacerlo…
Algún apunte del autor, Heman Melville
El relato de Bartleby completo
Una interesante reseña de las 1000 posibles
Una revista literaria curiosa, PNH (colaboran autores de ENTC)
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