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Nicéfora se secaba las manos en el mandil y me decía: “qué bonita es la inorancia señorita” y me miraba tierna y un poco arrebolada. Venía de un pueblo pobre, de los de pan llevar. Las pocas cartas que llegaban, yo se las leía. “Se ha muerto el ternero y padre está malo. Será por el disgusto”, escribía su hermano pequeño, con letra picuda de escuela de pueblo. “Qué bonita es la inorancia, señorita”. Se echó un novio que conoció un miércoles, la tarde que salía. Estaba más contenta, menos sola en la ciudad. Pero un día llegó un mensaje a su nombre, sin remite ni firma, que yo tuve que leerle. “Qué bonita es la inorancia, señorita”. Se puso triste. Me pidió que escribiera a un hermano, que servía al rey en tierra de moros. Al poco tiempo le llegó la noticia de su muerte por tifus. “Qué bonita es la inorancia, señorita”. Desde entonces Forita guardó las cartas en su armario, atadas con un lazo, sin abrir.
Vuelve a mirar el reloj que preside el escritorio en el que lleva estancado casi un año. Las agujas corren más deprisa que nunca; ya se había dado cuenta de que cada día que ha ido pasando de este último año, han ido corriendo más y más. El tiempo se agota como un reloj de arena al que solo le queda un último grano por caer.
Vuelve a mirar el folio en blanco. Está atascado; se siente atrapado. Tiene que entregar la novela en el plazo acordado con su editor, “no te preocupes, en menos de un año tienes tu novela en la editorial, otro éxito, te lo aseguro”, le había dicho entre risas mientras firmaban el contrato que ahora lo ahogaba como la soga al ahorcado. Un año. Pero él no contaba con que el tiempo pasara tan rápido.
Vuelve a mirar la novela que tiene sobre su mesa. Un escritor joven se la entregó en aquella feria del libro para que le diera su opinión de consagrado escritor. Es buena, muy buena.
Vuelve a debatirse entre su conciencia y su angustia. Preferiría no hacerlo.
Vuelve a descolgar el teléfono. “Ya está terminada”, informa a su editor.
Yo era una persona como tantas otras, con una vida normal. Trabajaba como dependienta, estaba casada y tenía dos pequeños, uno de seis y otro de cuatro. El sueldo no daba para lujos, pero no carecíamos de nada.
Por eso cuando un día escuché decir a los niños: “Mama tengo hambre”´, me pareció increíble. La crisis había entrado en mi vida como si fuera un ente maligno difícil de saciar, ávido del bienestar de los más vulnerables. Se lo había engullido todo; primero perdí mi trabajo, luego mi casa, y por último quince años de matrimonio. Transformó mi realidad en puro sufrimiento. Se acabó el paro, la ayuda, solo quedaba mi desolación y el hambre de mis hijos.
Hice acopio de todo el arrojo que tenía dentro, atravesé la calle y me quedé en la esquina. Aquel hombre entraba y salía jadeante en mi intimidad, el asco me quemaba. Mientras él saciaba su sexo, yo saciaba otro tipo de necesidad .Cogí el dinero me dirigí a un supermercado y compre comida, mucha comida.
He vuelto a esa esquina y créanme si les digo que preferiría no hacerlo, pero la alegría de mis hijos cuando comen resucita mi dignidad.
Ni ante la foto de las caritas roídas por el hambre de mis hijos, ni ante la cicatriz que dejó el riñón que vendí: reaccionan mejor cuando pido limosna con la navaja de barbero en una mano y las tijeras de sastre en la otra. Preferiría no pensar que lo hacen para ayudar al fracasado, que al menos en dos ocasiones, ha intentado ganarse la vida trabajando; pero tampoco soy capaz de controlar mi pensamiento.
Recuerdo aquel día, cómo se mofaban exaltadamente de mi inexperiencia. Llevaban meses preparando la cita. ¡Malditos bellacos!
Aún escucho sus palabras al unísono, repitiéndome, que aquella iba a ser buena y cómo sus miradas esperaban respuesta. Entonces, los nervios me sobrecogieron, hubiera preferido no hacerlo.
–Tranquilo, –gritaban– la primera vez ya se sabe… a todos nos ha pasado. Verás como repites. Tú, relájate. Déjate llevar. Sobre todo, disfruta. Sentirás que las manos te tiemblan. Una sensación especial recorrerá tu cuerpo desde la cabeza a los pies, que te enmudecerá. Nada que no puedas soportar.
Minutos más tarde, después de despedirme lacónicamente, comenzó la aventura. Mi corazón bombeaba estrepitosamente, mi mente se desataba. La sensación fue contradictoria: por un lado, sentí un placer desconocido, donde la excitación no encontraba hueco, por otro, el desasosiego de mi insipiencia.
El viaje fue fugaz, pero intenso. Los vaivenes espectaculares, casi me hicieron perder la cabeza, pero no hasta el punto de no alcanzar el éxtasis de la primicia.
Cuando pisé tierra, he de decir que cierto regusto enardeció la hombría de mis genitales. Ya, sin las ataduras de los correajes y mirando hacia el puente, supe que mi vida no corría peligro.
— ¿Profanar un clásico? ¡Estás loco!
—No te pongas así. Es una simple coma, una pequeña alteración visual. No puede ser tan grave.
—Por menos se han iniciado guerras. ¿No conoces aquello del aleteo de la mariposa?
—No.
—Te lo explicaré. Se dice que…
—La verdad, me da igual la mariposa y sus alas. Sólo me gustan, y poco, los gusanos de seda. Con sinceridad: prefiero la coma.
—Joven, descabezado e ignorante, ya veo. Si le perdemos el respeto a los clásicos, ¿qué nos queda?
—Todo. El inicio. Un comenzar de cero. Un mundo de creación. Reescribir literatura. Reescribir el presente. Quizá, por qué no, reescribir el pasado.
— ¡Atrevida inocencia! La verdad, preferiría no hacerlo. Pero es tentadora tu propuesta, he de admitirlo.
—En realidad, deseas hacerlo. Procedamos, pues, no te hagas el interesante.
Los dos se acercan a un cuaderno en el cual está escrito el clásico. El más joven puntúa el texto y coloca la coma un poco más allá de donde se hayaba la original. El resultado deja a ambos sumidos en ideas totalmente distantes.
«Cuando despertó el dinosaurio, todavía estaba allí«.
Cogí el martillo pero quedé paralizado al verle.
¿Y si pierdo algo con ello?
¿No será muy arriesgado?
Busqué por todos los cajones de la casa. Sé que después del crudo invierno de hace dos años tengo unos guantes.
¡Claro! En el armario de la habitación, donde guarda sus cosas.
Y así es. Ahí están.
Con esto si podré. Me protegerán.
Preferiría no hacerlo.
Después de tanto tiempo, viéndonos todos los días. Acabas cogiéndole cariño, pero…
¡Lo destrozaré de un solo golpe!
Necesito su dinero.
¿Suyo?
¡No! ¡Siempre fue mi dinero!
No puedo esperar más si quiero saldar mi deuda. Si no es así seré yo el odiado deudor.
Inerte, ¡como pesa!
Un solo golpe, certero.
Contar el dinero, pagar y todo se acabó.
461 monedas de 2€ había ahorrado. Me sobraba para cenar con ella.
¡Pobre hucha!
Mis sirenas viajan por todos los continentes, igual que mis hadas y duendes. He ayudado a científicos y estudiantes para que pudieran terminar sus tesis sobre animales con mis ilustraciones. Soy capaz de calcular el desarrollo corporal de mis clientes, porque si me solicitan un tatuaje en cualquier parte de su cuerpo, lo puedo dibujar sin que sufran distorsiones evidentes cuando engorden o adelgacen en el futuro. Te sorprenderías de conocer algunas personas famosas o célebres que han venido para grabar sus caprichos. Sí, admito cualquier cita, pensamiento, nombre, divinidad e incluso algunos mitos.
Pero hasta hoy nadie me había pedido una esvástica ni tampoco marcarse Mein Kampf en sus brazos.
Me importa un carajo que tus amigos lleven navajas y bates. Sinceramente, preferiría no hacerlo.
Imagino un hombre, su nombre es Luis, no tiene más de cuarenta años, casado, dos hijas.
Hace varios días que no se afeita, tiene la cabeza gacha y canas tempranas por maltrato laboral.
Luis imagina que es lunes, arremanga su camisa, afloja su corbata, ingresa al despacho de su jefe y se revela. Sonríe.
El jefe se llama Carlos, a veces le dice Luis, pero cuando está Jorge prefiere llamarlo “el de administración”.
Carlos imagina que trepa, pisa un par de cabezas (parece que no las ha visto) y comienza a subir. Llega a lo más alto, allí lo espera Jorge, se estrechan la mano. Jorge le da una palmada en la espalda. Carlos sonríe.
Jorge es el jefe de Carlos. No sabe de nombres ni de hombres, le enseñaron que el corazón es de cartón y que se alimenta del metal.
Jorge imagina números. Sonríe
Imagino que es lunes, Luis entra a su oficina, sigue sin afeitarse, ha arremangado su camisa y ni siquiera lleva corbata, mira de reojo el despacho de su jefe, recuerda a sus hijas, prefiere no hacerlo. Finge que sonríe.
Comenzó a caminar tarde, tanto, que ya sabía hablar casi correctamente. El mundo más allá de lo que alcanzaban sus manitas era grande y ajeno. De nada servía que sus padres le abrieran los brazos animándola: “¡Ven! ¡Anda!”. Sus piernas negligentes se negaban: “Preferiría no hacerlo”.
Fue una niña ensimismada y, de joven, un muchacho se empeñó en prenderle algún rescoldo de su pasión entre visitas y paseos. Cuando le propuso convertirla en su esposa, sus labios indolentes contestaron: “Preferiría no hacerlo”.
Quiso ser escritora para entintar las historias que bullían en su cabeza, y comenzó a frecuentar una cafetería decadente ataviada con ropas bohemias y una boina ladeada, armada de pluma y cuaderno. Allí sentada frente a un té eterno, su mano ociosa fue incapaz de escribir una sola línea: “Preferiría no hacerlo”.
Ahora la muerte, emboscada entre achaques y flaquezas, ha comenzado a abrir sus brazos y llamarla: “¡Ven! ¡Anda!” pero su cuerpo, que aún recibe gozoso los rayos del sol de la tarde, “preferiría no hacerlo”.
La tostada había caído boca abajo, y María impidió que su hija la recogiera del suelo, porque evidentemente estaba manchada y porque llegaban tarde al cole.
Miles de hormigas rodearon el pedazo de pan, vistiendo la acera de negro. Un perro se acercó a husmear.
También llegaron un par de avispas, atraídas por el dulzor de la compota.
Y una paloma y un gorrión descendieron en picado disputándose alguna miguita, con el permiso de las hormigas, el perro y las avispas.
Tanta actividad en la acera provocó un llamativo atasco. Mientras la niña lloraba porque quería su tostada.
El repartidor de refrescos del bar de al lado, resbaló con la mermelada, tropezó con el chucho, y como pudo se libró de las aves, pero no del aguijón de una de las avispas.
Un minuto después cientos de latas de cola rodaban por la calzada.
Un autobús dio un chirriante frenazo, y el coche que iba detrás se tragó el bordillo y quedó atravesado.
Un policía preguntaba, ¿Pero, qué ha pasado aquí?
A María no le gustaba mentir, y prefería no hacerlo, pero en aquella ocasión cogió a su niña y musitando un “no tengo ni idea”, salió pitando de allí.
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