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La apoplejía apenas me dejó movilidad para desplazarme y el uso aceptable del brazo derecho. Por eso paso las tardes en la ventana, entretenido con las carreras de mi viejo Ron y Laki, el foxterrier del vecino, cuando le abro la puerta para que escape. Esta tarde le noto cansado. Tras unos minutos de zigzags entre los setos del jardín saltan a la calle. Laki cruza disparada y Ron tiene la mala fortuna de hacerlo al paso de un furgón.
Estoy solo. Mamen ha vuelto a salir. La emoción traba aún más mi paso. Ron tiene astilladas las patas, un paquete de vísceras asomando y el morro quebrado y desfigurado. Muestra un estertor débil y un quejido agudo que me es fácil interpretar.
Hubiera preferido albergar la confianza de que allí resta algo de vida, poder recoger sus pedazos y trasladarlo hasta quien pudiera recomponerlo, pero solo siento la urgencia por acabar cuanto antes.
Rebusco en el garaje alguna herramienta contundente, pero sólo me siento con fuerzas para manejar un pequeño mazo.
Salgo a la calle con una punzada insoportable en la cabeza, y la intensa sensación de que llega el momento de atender a la angustia de mi propia existencia.
Tal vez la obra más completa de Melville sea su impresionante Moby Dyck (por eso vamos a aprovechar la ballenita en el grafismo de la inspiración), pero casi sin quererlo, Melville nos dejó un relato que está considerado como una de las mejores obras del género corto de todos los tiempos: Bartleby el escribiente.
La obra homenajeada es desconocida para mucha gente, pero no he conocido a nadie del ámbito literario que haya quedado indiferente ante este Bartleby. Un personaje fuera de lo común que «inventó» la resistencia pasiva, desmontando todos los esquemas de una sociedad en la que el sacrificio y el progreso no tienen rival alguno, y su renuncia es absolutamente descabellado. También es ese relato en el que podemos leer que la honestidad como principio puede terminar destruyéndonos y que solo la hipocresía «controlada» permite la convivencia. Entre la lastima y la pena, entre la cobardía y la más particular valentía, entre el surrealismo y la denuncia social… Bartleby es todo un personaje, y tal vez la mayor demostración sea el proceso por el que atraviesa el narrador en su trato con el personaje: admiración, desesperación, lástima, rabia…
Es un buen momento para releerlo, es corto, y aquí abajo os dejamos una copia gratis…
Me han pedido que os mandara una copia a cada uno, pero yo… preferiría no hacerlo…
Algún apunte del autor, Heman Melville
El relato de Bartleby completo
Una interesante reseña de las 1000 posibles
Una revista literaria curiosa, PNH (colaboran autores de ENTC)
Dicen que los que habitamos al otro lado de los espejos de la estación, en el descampado, venimos al mundo con la nada entre los pies y que empezamos a patearla antes incluso de gatear. ¡Languideces!
En estos suburbios todos sabemos que los muertos también disputan su propio campeonato, agrupados en cuadrillas formidables que coserían a goles al mejor equipo del mundo.
Los domingos nos reunimos en el apeadero fantasma, los transistores a todo volumen, y esnifamos cola en bolsas, deliramos y seguimos el devenir de la jornada como si en ello nos fuese la vida.
Entre los camaradas hay un par de locos que sueñan con estudiar. Con terminar la primaria y largarse de aquí. Pero la mayoría conoce bien su sitio. Entrenamos día y noche para ser las mejores estrellas de esa otra liga, la más potente del planeta, y que casi nadie conoce fuera del descampado.
En la columna blanca de la pared de la entrada de su casa, estaban colgados siete espejos de tamaño pequeño. Cada uno reflejaba el estado anímico de su azarosa vida. Cada mañana, antes de salir de su casa, su estado anímico se veía reflejado en alguno de ellos.
El espejo triangular le auguraba una mañana encasillada, el romboide le decía cuán desbaratado iba a ser el día que iniciaba. El espejo rectangular le demostraba lo obsesivo de su persona, mientras que el cuadrado le demostraba que su día iba a estar pleno de ofuscaciones.
Si el espejo que brillaba esa mañana era el de forma circular, entonces estaba algo más cercano a un día interminable y más próximo a una flexibilidad acorde a sus expectativas de vida.
Se ponía nervioso si el espejo que se iluminaba era el de forma pentagonal, ese obviaba el rencor y la maledicencia. No entraba en sus intereses personales.
Esa mañana, antes de abrir la puerta de su casa para dirigirse a su trabajo, se le iluminó su cara. El espejo ovalado de líneas suaves y circulares le indicaba, taxativamente, que se moviera con tolerancia, la misma que había escogido para deambular por la vida.
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Todos dicen que tengo mucha imaginación, no me creen cuando les digo que he encontrado el sendero al país donde ahora vive. Me miran con cara de pena y siempre comentan lo mismo: «pobrecita, está obsesionada» Ya estoy cansada, por eso he decidido traer a Alicia de vuelta. Así papá y mamá dejaran de llorar y la abuela no me reñirá más por decir que a través del espejo hay un camino para llegar hasta mi hermana. Todos los días mientras me peino alcanzo a ver, entre las brumas que la envuelven, su reflejo. He tardado en tomar la decisión de buscarla al observar sus manos extendidas hacia mí en un gesto ansioso, imagino que deseosas por abrazarme. Procuraré tener cuidado, tiene las uñas muy largas.
Dentro de mi espejo hay otro mundo. Cada mañana me sumerjo en su mar de plata y navego por él. En esa singladura, unas verdes pupilas me observan y surcan el proceloso océano de mis pensamientos. Mientras me afeito, miran. Extiendo la mano para acariciarlas, pero el helado vidrio me lo impide. Abro el grifo, me despierto con agua fría, pero ellas siguen ahí, frente a mí. Todas las tardes trato de recordarlas, pero no lo consigo; quizás porque aún no nos hemos encontrado. Todas las mañanas tenemos una cita que velo noche tras noche.
Amanece y ella duerme. Me mira de otra manera, quizás más lánguida, quizás sus llamas no sean tan altas, quizás su calma me apacigüe, pero sé que ella existe. Quizás, tan sólo quizás, seas un sueño y sólo haya este mundo, pero yo quiero vivir en el que esos ojos me miran.
La penumbra solo nos permitía distinguir nuestras siluetas avanzando por el salón. Una tenue luz se filtraba por el traga luz, intentando multiplicarse al reflejarse en el espejo apoyado precariamente en la pared derecha del fondo. Caminé hacia él, acercándome con cautela, manteniendo mi guardia en alto y empuñando firmemente las dagas de doble hoja que llevaba en cada mano.
A medida que me acercaba, mi imagen en el espejo se desvanecía y sentía mayor atracción hacia él.
—Karl, algo raro tiene el…
Quedé atrapada al otro lado del cristal. Karl giró al notar que no terminé la frase, pero no me vio. Comenzó a buscar a su alrededor, yo trataba de salir por la misma vía por la que entré. Era imposible.
La habitación absorbía mi energía rápidamente. El pánico se apoderaba de mí.
Desesperadamente, Karl trataba de buscar algún mecanismo que lo llevara al lugar a donde me encontraba atrapada. Con su espada partió el espejo en añicos, liberándome de mi encierro. Pero, ya era demasiado tarde, mi energía vital solo duraría dos segundos: “Game Over”.
Ahora tendremos que iniciar nuevamente el nivel 25. Ya sabemos que el espejo es una trampa.
-Te llamo mañana Karl, que descanses.
Entró en la habitación acongojada. Algo en su interior le decía, que iba a recibir una mala noticia.
Él evito mirarla, le ofreció asiento y le dijo con voz opaca:
He estudiado el caso con detenimiento, y por más vueltas que le he dado, la conclusión no es muy halagüeña. Ella, al borde de las lágrimas sintió como un sudor frío recorría su espalda. Quiso balbucear algo, pero no pudo.
Se desnudó. Tras unos momentos en que ella intentó no respirar ni moverse, él realizó la enésima prueba. Pinchó aquí, pinchó allá, y tras una detenida observación, de arriba abajo, por detrás, por delante, le dijo con tono de desaliento que el fin había llegado y no había solución.
Ella aguantó estoica, y cuando llegó a casa se enfrentó al espejo. Efectivamente, el precioso vestido azul esmeralda, de seda salvaje estrenado en el viaje de novios le venía estrecho. Ni el modisto más afamado había podido evitar que las costuras se reventaran y que no quedara ni una sola pinza, dobladillo, lorza o jareta que descoser, para evitar que las mollas le salieran por los pespuntes saltados.
Desconsolada, lo volvió a guardar en el armario, esta vez para siempre.
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