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Cuando se enfrentó a la adolescencia rebelde de sus hijos gemelos, llegó a sentir que era ella la equivocada. Durante ese periodo de tiempo no quería verse reflejada en ningún lugar. Temía que le devolviera la imagen de una madrastra de cuento.
Cuando la destruya desapareceré con ella, pero no me importa. ¡Cómo se atrevería a decirme que yo no sería nadie si no se hubiera hecho pasar por mí!
Soy extremadamente tímida, lo confieso. Eso me llevó a la escritura: no me cuesta ningún esfuerzo recluirme y escribir durante horas. Gracias a mi constancia gané el primer premio y fui haciéndome un nombre con los demás hasta que me incluyeron en una antología y conseguí publicar mi novela.
Incapaz de aparecer en actos públicos, y consciente de que todavía no se me conocía en persona, decidí contratar a Licette, acordamos que sería mi imagen. Era sencillo, sólo tenía que respetar el guión preparado por mí. Fue incapaz de respetar lo hablado, inventaba excusas: me decía que no se podía ceñir al texto totalmente, que no quedaba natural…, siempre quiso más, quería mi vida.
La gota que colmó el vaso fue cuando escribió una columna de opinión.¡Ella! que no era más que una cara bonita.
Dentro de unas horas Licette estará muerta, la fama se irá con ella. Quizás la de mis escritos llegue a crecer y si no, es igual, buscaré lo que haga falta hasta encontrar a mi alter ego.
– Querido espejito; ¿Querrías decirme quien es la más guapa del reino?
– Pues no sabría decirle mi reina, hay tanto donde elegir; en primer lugar podría alabar la belleza de la doncella que habita en la fortaleza del norte, de pelo rojo ensortijado y tez blanca como la nieve, pero traicionaría mis principios si obviase la hermosura de la dama de las minas rosadas, de cabello dorado y fulgentes ojos azul cielo, aunque qué decir de la señora de la ciudadela del sur, de rostro inmaculado adornado con labios sedosos y nariz perfilada.
– ¿Entonces?
– Pues a la vista de sus aviesas intenciones no podría por menos que decirle que la más bella del reino es usted, mi reina, pero por favor suelte el hacha que la última vez el cristalero tardó varios días en recomponerme.
Íbamos a ser padres, recuerdo al apurar la quinta copa. Ordeno las ideas que el tinto confunde para volver a verla. Mi Mari espera leyendo, apoyada en la barra, que yo cierre el bar. Estoy sirviendo la última copita de aguardiente a un parroquiano cuando entran dos clientes más. Uno pide una cerveza, el otro saca una pistola y pide que le dé el dinero de la caja. Hay cuatro perras, el martes no es buen día para el negocio. Han elegido mal. Pongo sobre el mármol todo, billetes y monedas. Pero no les basta. Brota la sangre del pecho de mi Mari cuando los nervios del más alto se rompen y dispara; a cámara lenta vuelan las gotas rojas hasta estrellarse en las páginas de Lewis Carrol.
Mi Mari muere en mis brazos otra vez más.
Lágrimas silentes desfilan cálidas sobre los surcos de mi piel. Miro el calendario de la pared, vuelve a ser veintidós de noviembre de 1991, un mal día para un aniversario. Mi mirada rebota en el espejo, hueca, y choca contra mis ojos de nuevo antes de comenzar a leer en el viejo libro salpicado: “Desde luego hay una cosa…”
-Siento miedo.
-Lo sé.
-¿Por qué yo?
-¿Por qué no?
-¿Dónde me llevas?
– Un personaje de una novela describe este transito como la \»Eterna Indiferencia\» Suena bien.
-¿Eso es todo? ¿La Eterna Indiferencia?
-Bueno, no todos la llaman así. Hay más o menos poesía en las definiciones, depende del protagonista.
-Es triste.
-La tristeza es parte de la vida.
-¿ Esto tiene algún sentido?
-Por supuesto. Es el fin de un mundo.
-¿Y todo lo que soy se perderá para siempre?
-No tiene que ser así.
-Tengo veinte años y no quiero ir contigo.
-No está en mi mano detener el proceso.
-¿Proceso? ¿ A mi vida la llamas Proceso? Tú estás loco.
-Bueno, no hay que dramatizar, al fin y al cabo todos pasan por lo mismo y, creeme, no todos demuestran tu entereza.
-No, no tengo ninguna entereza, esto es una locura. Seguramente me despertaré y todo quedará en un mal sueño.
-Me temo que no, querida.
-Pero ¿No lo comprendes? Ya te he dicho que no es justo, soy muy joven y no voy a ir contigo.
-Eres tú la que no comprende: Yo soy tú.
Ayer, mientras hacía el nudo de mi corbata, el espejo me reflejaba cepillándome los dientes. Deduje que se había descompuesto, y llamé, gracias a las páginas amarillas, a un reparador de espejos. Éste, tras verse reflejado sin demoras, y comprobar que, en cambio, yo era exhibido con la guía telefónica en una mano y el celular en la otra, me dijo que el espejo no tenía ningún problema, que la cuestión pasaba por mi imagen.
—¿Puede repararla? —le pregunté.
—No, eso se escapa de mi esfera laboral, pero no se preocupe: mi cuñado es médico de imágenes especulares —me dijo y me extendió una tarjeta.
Desgraciadamente, el facultativo sólo disponía de turnos libres para dentro de un mes. Incapaz de quedarme de brazos cruzados hasta entonces, me planté frente al espejo e increpé a mi imagen. Cuando se me agotó la saliva, dijo que no era necesaria tanta agresividad. Y pasó a referirme sus aflicciones: su mujer lo había abandonado por otro, le habían bajado el sueldo apelando a la crisis, se estaba quedando calvo… Curiosamente sus problemas coincidían con los míos.
Ahora, mientras el espejo me refleja haciendo el nudo de la corbata, yo recién estoy cepillándome los dientes.
Como cada mañana desde hace años, dos jóvenes se miran frente al espejo todavía empañado del baño. Toda la casa huele a café recién hecho y tostadas.
Suena música de fondo mientras él se afeita, y ella le observa de reojo dándose los últimos retoques de maquillaje, que borra las marcas de una larga noche de cómplices caricias.
No le piden más a la vida. Sólo que nada cambie.
El mismo espejo que tantas veces los ha visto abrazarse, es testigo mudo del beso de despedida, con sabor a pasta de dientes y de un <
Cuando el vaho se desvanece de nuevo, la mujer ya no está allí. Sólo queda el reflejo de un hombre carcomido por la soledad, que vive de recuerdos.
En realidad, ella se marchó hace mucho tiempo. Casi el mismo en el que la enfermedad deformó su hermoso rostro, y ya no fue capaz de soportar su imagen en el cristal.
Bajo el espejo roto, tirado en el lavabo, los policías encuentran un bote vacio de pastillas.
En el suelo, el cuerpo sin vida de un hombre, con una mancha de nacimiento, que ha cambiado al lado contrario de su cara.
Colecciono espejos. Sí, lo sé, es extraño. Mis conocidos aseguran que soy un tanto ególatra y un poco narcisista. ¡Qué saben ellos! ¡Tristes ignorantes! Pero prefiero que pienses así de mí a que descubran mi secreto.
Hace ya muchos años, cuando tan solo era un niño, jugueteaba frente al espejo que era la puerta corredera del armario empotrado de la habitación de mis padres. Mi abuelo me descubrió y yo sentí la vergüenza que precede a la inocencia del niño.
-No te ruborices, Juan, no hacías nada malo, o, ¿no será que has encontrado el espíritu del espejo y me lo quieres ocultar?
-¿El espíritu del espejo, abuelo? ¿Qué es eso? –lo interrogué con los ojos abiertos como platos.
-Existe un espejo en el mundo. Nadie sabe dónde está, pero cuenta la leyenda que quien lo encuentra descubre la felicidad eterna. Te vi reír y creí que lo habías encontrado.
Al día siguiente de nuestra conversación mi abuelo falleció y yo creí que se había escondido en un espejo. Desde entonces busco en cada uno de ellos su imagen y la felicidad eterna.
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Había estado toda la noche elucubrando un plan para deshacerse de ella , se levantó y se fué derecha hacia el espejo, y como siempre alli estaba , sin pensarlo dos veces cogió la pistola, apuntó a su cabeza y le pegó un tiro.
El cristal se hizo añicos , ella esbozo una sonrisa y guardo el arma. Se había liberado de su otro yo, pero del otro lado ella seguía viva y al descubrirlo lloro, la sensación que habia experimentado no era lo que habia pensado, los problemas seguían acuciandola,ya nada la retenía ,ella a la que acababa de matar era su única compañía y ahora estaba sola.Por eso volvió a coger la pistola y apuntó hacia su cabeza. El disparo sono en toda la habitación, la sangre lo inundó todo, y en uno de los trozos del cristal pudo verse reflejada su sonrisa.
Cuando se miraba en el espejo no le gustaba lo que veía, le costaba reconocerse en aquella imagen. No podía aceptar el transcurso del tiempo. No quería parecerse a aquella persona a quien se le descolgaba el mentón y que cada día tenía las mejillas más lánguidas. Había probado todas las cremas y tratamientos sencillos sin éxito.
Aquel día le dio por hacer carusas y al poco ya se increpaba:
-¡Que no me gustas! Te quiero tersa y sonriente.
Entonces fue cuando la imagen, disgustada con la cotidiana retahíla, le replicó:
-¡Pues si crees que a mí me encandila estar aquí adentro, vas lista! Al menos tú sales y entras, te mueves y observas, habitas la vida. Te propongo que cambiemos nuestros roles a ver cómo te sientes.
Y dicho y hecho. Alicia aceptó.
La imagen salió y nunca regresó a mirarse en el espejo.
“Nunca te librarás de mí”, le había dicho el intruso, antes de dejarlo encerrado. Debía escapar. Era su única esperanza. Logró forzar la puerta y salió de la habitación. Llegó a la sala de la casa y se tranquilizó al verla vacía. Cuando estaba a punto de alcanzar la puerta principal, le pareció ver algo con el rabillo del ojo. Giró la cabeza despacio. El intruso lo llamaba desde las sombras. Obedeció, sabiéndose perdido. Cuando estuvo frente a él, el intruso le introdujo un revólver en la boca. Sintió el sabor del metal y cerró los ojos, antes de que su sangre cubriera por completo el espejo.
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