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«Jesús te mira.Vayas dobnde vayas, sus ojos te siguen. La tecnología moderna ayuda al hijo de Dios a cumplir sus funciones de vigilancia universal. Tres capas de plástico plarizado, que bloquean sucesivamente el paso de la luz, le facilitan la tarea.
Allá por 1961, una de estas imágenes de ojos corredizos llamó la atención de un periodista. Julio Tacovilla iba caminando por una calle cualquiera de Buenos Aires, cuando se sintió observado. Desde una vidriera, Jesús le había clavado los ojos. Retrocedió y la mirada de Jesús retrocedió con él. Se detuvo y la mirada se detuvo. Avanzó y la mirada avanzó.
Esta señal divina le cambió la vida y lo sacó de pobre.
Poco después Tacovilla voló a Port-au-Prince, y por medio de la embajada de su país en Haití consiguió una auddiencia con el presidente vitalicio Papá Doc Duvalier.
Llevaba un gran cuadro bajo el brazo:
-Tengo algo para mostrarle, Excelencia-dijo.
Era un retrato del dictador. Los ojos se movían.
-Papá Doc te mira- explicó Tacovilla.
Papá Doc asintió con la cabeza.
-No está mal- dijo, yendo y viniendo ante su propia imagen- ¿Cuántos puedes hacer?
-¿Cuánto puede pagar?
-Le pago lo que sea.
Y así Haití se llenó de miradas vigilantes y el inquieto periodista se llenó de dinero.
Frente al espejo contó las canas de su cabeza. Llevaba la contabilidad en una pequeña libreta de tapas amarillas, la primera anotación, tras el encabezado que rezaba «Invierno», estaba fechada en enero de 1993: 2. Tomó el bolígrafo negro y escribió «marzo de 2013: 2083». Una ducha fría le ayudó a no pensar en más números, a detener el tiempo como su piel contraída. El asombro lo alcanzó con la toalla en la mano, aún dentro de la bañera. En el pubis, entre aquella mata salvaje de vello rizado y oscuro, un pelo blanco y liso. Lo arrancó. El cómputo mensual estaba cerrado, habría de ser en abril cuando el recuento incluyese dos cabelleras.
—¿Dónde estabas?
—En la habitación.
—¡Imposible! Solo hay cinco metros al teléfono y han dado tres pitidos.
—Mamá, de verdad, haciendo la cama, quizás me he demorado para colocar el embozo al gusto de Sonia.
—Bueno, no me hagas perder el tiempo. Esta tarde tengo la partida y no quedan pastas, cómpralas. Di que son para mí.
***
—¿Cómo que dígame?, ¿es que esperas otra llamada?
—No, Sonia, cariño. Es una manera de contestar, acaba de llamar tu madre.
—A saber qué tienes tú entre manos.
—La escoba.
—¿La escoba? Mira que te he dicho que los jueves toca la aspiradora. A lo que iba, cuando termine la lavadora, tiende la ropa como lo hago yo, que si no se quedan las marcas, y ya sabes, cada prenda tiene su pinza de igual color. Y no te olvides de ir a por la niña.
***
—Hola, cielo, ¿qué tal en el colegio?
—¡Mal, te han suspendido en manualidades, la noria no funcionaba, qué vergüenza! ¡Eres el único papa que no sabe hacer nada!
***
Madrugada. Sentado en el sillón, Cándido relee «1984». Se lo recomendó su suegro en el lecho de muerte: «Toma, sueña con un mundo feliz».
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La pantalla del comunicador visual mostró la cara del preocupado padre de Susan B.
-¿Qué sucede hija? ¿qué ha ocurrido esta vez?
-Tienes que hacer algo papá. No sé trata de la sanción económica del mes pasado. Ayer dos agentes vinieron en busca de la abuela, sin comunicación telemática previa. Querían llevársela a la Unidad de Ingeniería Psicológica.
-¡No no puede ser! ¡A dónde vamos a llegar! ¿Modificar la conducta de una octogenaria? ¡Están locos por completo!
Susan B. bajó la cabeza compungida. -Manipular los controles de vehículos está penado gravemente musitó. Ya te lo dije. La ley que prohíbe el control manual de los aparcamientos no va con la abuela. Se niega a que una máquina aparque sin que ella intervenga. Es demasiado. Se activó la alarma por movimiento no autorizado, causó desperfectos a los vehículos próximos y el bolardo hidroneumático ha perforado el soporte de sujección.
-¿Pero tu abuela está herida?
-No sé papá. Consiguió poner en marcha la nave, después de anular el sistema de posicionamiento y no consiguen encontrarla.
Con el paso del tiempo, su menguante caminar le alejaba de su puesto de trabajo. Pese a ello seguía estando cerca. Ahora, a dos años de jubilarse, le separaban 2084 pasos. Cuando abrió la puerta de casa empezó la cuenta atrás. Al llegar a la calle ya llevaba doscientos, luego todo recto hasta el primer semáforo, y tras cruzarlo, guiado por un pitido intermitente, alcanzó los mil. Giró a la izquierda, y con un alegre batir el bastón duplicó los anteriores, justo a la altura del quiosco en el que saludaba a Elías, coetáneo suyo en el barrio. Volvió a doblar la esquina sin esfuerzo, ahora a la derecha, y afrontó la recta final.
Acercándose al puesto de cupones, llaves en mano, se topó con un bullicio inusual, pero como era costumbre, lo primero era abrir el negocio. Tal vez por ello, o por la acuciante ceguera con la que mantenía una fidelidad inusitada desde hacía cincuenta años, no se percató del desencantado que desde la cornisa de su décimo piso, sobre su cabeza, se disponía a dar un último paso, con el cual, sin que ninguno de los dos lo planease, el drama resultó Kafkiano.
Anotación 236 en el Memorium: 10 de Marzo del año 2084:
La vista al atardecer era preciosa, a pesar de que la sequía había acabado prácticamente con toda la vegetación. El gigantesco sol de bellas tonalidades rojizas, dominaba el paisaje del planeta, que en breve sería sustituido por las 4 lunas de Andrómeda. Por unos instantes, Juan y Elena disfrutaron de unos minutos de intimidad mientras paseaban cogidos de la mano. Su abultado vientre indicaba que el alumbramiento estaba ya próximo. Era el único momento del día en que se podía acceder al exterior, cuando la temperatura descendía hasta los 45 grados. En cuanto se hacía de noche las alimañas comenzaban a salir de sus escondrijos en busca de alimento y era peligroso permanecer fuera de “la gruta”.
Marta colocó el marca páginas con delicadeza y cerró el libro al tiempo que bostezaba.
Falta poco. El relojito del tablero asegura que cinco minutos. ¡Qué loco! ¿No? Viajar en el tiempo y encima de polizón. ¡Quién hubiera dicho que esa puerta, la única que encontré abierta en el callejón sin salida, con los patovicas pisándome los talones, era de una nave! Ahora, aturdido por el zarandeo, espero que al llegar no haya problemas. ¡Ya tuve bastante con esto de andar buscando el mango para devolverle al Jefe lo que le debo y zafar de sus matones! ¿O será que en el dos mil ochenta y cuatro aún estarán ahí?
¡Uy! Se abre la puertita. ¿Llegamos? De a uno descienden los pasajeros. ¡Qué seriecitos se los ve en esos trajes! Parecen extras de una película berreta. Pero… ¡yo estoy sin traje espacial y no pasa nada!
Detrás del último, alcanzo a escabullirme antes de que se vuelva a cerrar la máquina del tiempo. No hay quien parezca percatarse de mi presencia. Miro hacia el piso y al ver los adoquines descubro que estoy en el mismo lugar del que partí. Alguien se acerca. ¿Serán los muchachos del Jefe? Que no sean ¡carajo!, aunque a juzgar por el fuerte sonar de los pasos…
Tan solo quedan 48 horas para la gran noche. Un año más tengo que prepararlo todo, esta vez seremos 12 así que tengo que calcularlo todo a la perfección para que salga bien la cosa.
Si no recuerdo mal, tengo que multiplicar 2084 por 12 que es el número de personas que están en mi grupo, en total 25008, un número curioso.
Cojo un bote vacio y el paquete de donde tengo que sacar los 25008 ni uno más ni uno menos y me pongo a contar. Son las 3 de la madrugada y llevo 10008 así que ya está bien por hoy, mañana seguiré contando.
Al levantarme he vuelto a mirar mis trofeos y sé que dentro de poco habrá uno más en la estantería. Así que con esa emoción en mi cuerpo me puesto a contar de nuevo. Tan solo me quedan 15000 por lo tanto antes de comer tienen que estar en el bote con los 10008 que ya habían.
Esta noche el premio será mío, no puedo fallar.
Ya han pasado las 3 horas que restaban del momento, ahora el jurado tiene que probar el resultado…
Y la ganadora del concurso de paellas es…
Tras la gran guerra nuclear de 2084, se acababa el tiempo. Las predicciones eran seguras y el momento crítico. Mañana le enviarían como funcionario médico para descubrir y estandarizar los estímulos que se daban en los recién nacidos. Su superior le ordenaba descifrar esa generación en su recorrido. Sus cerebros eran muy sensibles a las experiencias post-natales.
Debía investigar la publicidad, los grafitis que fascinaban, y controlar el ambiente donde serian arrojados por caminar contra El Sistema. Comprendido. Contestó sin dudarlo.
-Atento… ¡No siempre estarán despojados de memoria! Explorarás sus secretos; la libertad no debe existir. Vigilarás las veinticuatro horas.-
¿Será posible? Preguntaba a su director. –Sí. En esas casas los padres desconfían de sus hijos y ellos de sus padres. Si alguno desaparece, ¡lo apagarás! No recordaran. No existió; tampoco sus sentimientos.- ¿Apagar su pasado y su rastro? Murmuraba sorprendido. –Sí. Le ordenaron al oído.-
Grabando, dijo en su primera noche de trabajo en los suburbios, veo, entre las casas, tuberías de vapor con nanotecnología de dígitos azules y un microcosmos de bebés. Avanzaré unos segundos. Exploraré… ¡Algo ha pitado! Me auto chequearé. Soy un Androide. Un robot de generación superior. Deberé tomar decisiones… ¡No funciona mi alma! Corto.
Su vocación de huida fue esculpida en su carácter, primero por sus padres que la arrastrarían por los mundos buscando ofrecerle su propio destino. Después ella misma manejaría el cincel escapando tanto de unos como del otro. Con esta certeza como único equipaje Shiroi Tsuki apretó el paso cansada, sintiendo tras de sí, más cerca que nunca, el aliento húmedo y verdoso, como un cazador paciente y sucio, que se sabe ganador y no tiene prisa. La sombra perenne aspirante a sus pies.
Vagaba entonces sin aparente rumbo, repitiendo mecánicamente las rutinas de desorientación aprendidas, sin pensar, todas las calles le parecían una misma letanía de contenedores de vidas a medias, hasta que lo tropezó. Él sobre el tobogán, la mirada fija en la ventana encendida y al pie reflejadas en un charco, dos lunas.
-Te esperamos largo tiempo – dijo la sombra a su espalda.
En la agencia matrimonial “Cyber bodas” tenemos adquirido un
compromiso de fidelidad con nuestros clientes. Les proporcionamos
cuantos complementos necesitan para que su luna de miel se ajuste a lo que en cada momento nos demandan. Que quieren un crucero por el mar de asteroides de Alfa-Centauro o una sesión de selenoterapia por el “Mare Tranquilitatis” … se lo gestionamos al momento, y en un plazo nunca superior a 10 nanosegundos le ofrecemos la oferta mas ventajosa que puedan encontrar en el mercado. Nuestra agencia, a su servicio, desde 2084, en muestra de agradecimiento por la confianza que sus clientesandroides, cyborgs, humanos y cuantas especies animales, vegetales y artificiales han disfrutado de las inmejorables ventajas que siempre les hemos ofrecido, quiere premiar su incondicional apoyo obsequiando a la primera pareja de enamorados que se presente en nuestra sede, con una fabulosa cena en el restaurantro “La Ameba Dorada”, donde podrán disfrutar de un completísimo menú de degustación a base de líquenes radiactivos, sorbete de uranio enriquecido… y un larga variedad de especialidades de insuperable calidad, todo ello regado con exquisitos caldos traídos desde los rincones más remotos de la Galaxia. ¡Acudid!
… Y la ciudad se vistió de tragedia.
2084, acabo de nacer y por lo visto, oigo en los brazos de mi madre que es un buen año para llegar a este mundo.
Están relajados, felices y contentos, mi nueva casa es preciosa con todo lo que uno puede desear.
Me quedo sorprendido, veo siete personas más revoloteando a mi alrededor, no soy el único.
Mi padre besa a mi madre:
_ Saldremos a cenar todos, a ese restaurante del centro que tanto nos gusta.
Le observo por la ventana, como coge el coche más grande que he visto en mi corta vida y le veo marchar. Seguramente a su estupendo trabajo, que por el semblante risueño de su rostro le encanta.
Mi madre se queda tranquilamente en el sofá conmigo y cada uno de los siete hermanos que creo que tengo se alejan, no sin antes, darme un beso en los mofletes, dejándomelos llenos de babas.
Unos irán al colegio, otros a la universidad y los demás a trabajar, todos con el semblante risueño, porque tanto a ellos como a mi, nunca nos faltará de nada.
Tienen razón es un buen año para llegar a este mundo.
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