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La primera vez que la vi me llamó la atención con su pelo rojo, largo y por encima de los hombros, con su gorro, de pie, en la parte alta de la ciudad cerca de la muralla donde antaño caballeros de pulidas armaduras hacían las rondas vigilando la llanura. Tenía la mirada fija, a lo lejos, y los brazos extendidos como queriendo sentir el aire, todo el aire del lugar. Quizá esperaba, quizá sólo contemplaba, nos contemplaba. No la dije nada, no quise interrumpir sus pensamientos, pero su cabellera roja me fascinó.
Al día siguiente la volví a encontrar. Esta vez estaba tumbada en la hierba, cerca de la estación, mirándonos al pasar. Entonces descubrí el hechizo de sus ojos verdes.
¿Qué haces aquí? –le dije.
Esperando la noche, esperando al último tren –me contestó.
¿Te irás en él? –pregunté.
Sí, pero mañana, al amanecer, volveré.
Continué mi camino y no la volví a ver.
Ahora sé que algún día regresaré al mismo lugar, a aquella estación, y la buscaré para contemplar de nuevo sus ojos verdes y su pelo rojo.
Las carreras en moto hasta los molinos de viento fueron divertidas, pasando luego por debajo de las aspas como si sortearan una puerta giratoria. Casi tanto como saltar entre grandes globos llenos de tinto y empaparse al reventarlos en el castillo hinchable. Incluso la huída del rebaño de ovejas, perseguidos por un mastín más fiero que su pastor.
Las vacaciones eran estupendas hasta que se les acabó el cristal y comenzaron a mantearlos los dueños del albergue.
La luna asoma ya por el horizonte acompañada de las primeras estrellas cuando el caballero se dirige hacía el balcón de su amada princesa. Allí, rodeado de rosas y jazmines aclara la garganta antes de comenzar la serenata. Recita poemas al aire que a los oídos de su querida llegan y a los de las luciérnagas que iluminan el escenario. La dama sonrojada sonríe al cantante inesperado que interrumpe el silencio. Tras el concierto de amor no hay aplausos, tan sólo un pañuelo bordado por ella misma, que sus labios rozan en un sutil beso, es lanzado hacía abajo. El caballero lo recoge con un palpitar acelerado en su corazón enamorado y lo guarda como el mejor tesoro jamás conquistado. La victoria en la batalla del amor ha llegado aunque esa noche no puede dormir, demasiado alterado se halla su corazón. A la mañana siguiente en el encuentro frente a su dama una mirada, una sonrisa y un susurro “nos vemos esta noche”.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado. Así la madre cierra el libro, lo posa en la mesilla, le besa la frente a su hija y con el mayor de los amores le dice buenas noches.
Laura estaba frente al espejo, observaba el resultado del esmerado trabajo realizado por los miembros femeninos de su familia, pero no se reconocía.
Durante su adolescencia había soñado muchas veces con un esplendido vestido, con una iglesia llena de flores y ventanales que iluminaran su paso y sobre todo con el radiante marido que la desposaría. Sería un hombre apuesto y valiente como los caballeros de las novelas que tanto le gustaban, luciría un bigote fino y perilla y un cuerpo fuerte y torneado por mil batallas ganadas. Pero lo más importante sería su pasión por la vida y por ella, su amante compañera, por la que siempre lucharía y daría la vida si fuera necesario, lo haría todo por su amor.
-¡Así sería el hombre con el que se casara!
Le pusieron la tiara y el velo, mientras las damas sonreían bobaliconamente, orgullosas de su obra. Nadie notó su semblante ausente, ni la determinación en su mirada.
Los concurrentes sentados, admiraban la decoración de la sala, la música sonaba y un padre se encontraba frente la puerta esperando a la hija que debía acompañar.
Una novia marchaba en un taxi sin rumbo, en su bolso: novelas de caballería.
Dulcinea, dañada, se ensueña entre las sábanas sucias.
Vendrá, se dice a sí misma. Pronto vendrá el caballero y abrirá la puerta de la limusina y me invitará a subir, dispuesto a arruinar su armadura de piel de camello extendiéndola sobre la bocacalle para que no se estropeen mis tacos de aguja en el charco que deja la lluvia en otoño. Y correrá la silla para que me siente a la mesa en algún coqueto restó a la luz de las velas y me llenará la copa de champagne y elogiará mi figura y la suavidad de la piel de mis manos, mientras saca una cajita del bolsillo del traje y, preguntando en voz baja si quiero casarme con él, la abrirá ante mis ojos y refulgirá el brillante tornasolado que corona el anillo de oro.
Después Dulcinea se levanta y camina hacia el baño rengueando. La despabila el espejo rajado y entrevé las marcas oscuras que dejó en su rostro ese otro, no tan caballero, antes de salir sin despedirse por la puerta torcida de este mísero cuarto de hotel, olvidándose incluso de dejar los billetes sobre la descuajeringada mesita de luz.
Ese olor que lo impregna todo se cuela y me lleva de la mano sin voluntad alguna al trono donde espera con impaciencia. Yo, que me enorgullezco de ser un noble y valiente caballero me diluyo convirtiéndome en un misero mendigo, que queda atrapado entre sus muslos sedientos, esperando que mi lengua rebase y llegue al torrente cálido de su sexo. Entonces implacable cercena mi cabeza, que rueda amontonándose en un rincón con las demás…
Se acabaron los caballeros, murieron los príncipes de cuento y se cuentan con los dedos de las manos las verdaderas epopeyas de dragones y princesas. Ahora se replican los quijotes que transforman molinos en gigantes con ciertos métodos estimulantes y en consecuencia se acaban los zapatos de cristal y la lucha sin descanso por un sueño. Y es ahora que la fantasía y la magia están más presentes cuando los cuentos de hadas desaparecen. Adiós a la complejidad, a los retos y las Ilíadas de conquista entre mortales. La poesía está condenada.
Emprendieron camino Don Quijote y su fiel escudero hacia tierras de la Villa y Corte. Exhaustos por el viaje buscaron posada. Hechas las diligencias y acomodados señor y siervo, se prestaron a un pequeño almuerzo. No resistiéndose el ingenioso hidalgo a los guiños de la exuberante manceba, se dejó llevar hasta su alcoba. Despojóse de su armadura y sus ropajes, tumbóse en la yacija donde sus famélicas piernas se perdían, desenvainó su arma y acometió la embestidura comenzando a cabalgar. Pisó el cielo, tocó la gloria. Aquel molino molturaba trigo de otro costal. Allí no había enemigo, la conquista estaba asegurada.
Transcurrieron los días y al ingenioso caballero le “picaba” la curiosidad por falta de conocimiento. Mandó a Sancho a buscar remedio. Tras días de infierno, le llegó la calma.
Fue en el lecho de la muerte cuando Don Alonso en estado febril, farfullaba entre dientes la letanía de su pasada gallardía y las palabras que aquel matasanos esgrimió cuando contemplando sus partes bajas nobles, vislumbró la invasión. Entonces ladillado y amancillado, que no vencido, dispusose a liberar la batalla. Con el recuerdo de la conquista el hidalgo acarició el firmamento.
No dé usted más la murga, caballera, que estamos hasta la gónada de gestos y palabras de dulce galantería. Déjenos a los damos al albur de lo que nos dicte la exacta proporción de nuestra testosterona.Y se fueron juntos, cada uno sobre su montura, a vivir un amor carnal, místico y societario en alguna de las muchas ínsulas en las que la libertad real había superado ya siglos de sexismo y tontería. Él conservó siempre su adusta figura y él su redonda, sensual y blanda barriga que tanto a él camelaba. Eso si, adquirieron ambos un bronceado que fue la envidia del resto de parejas amantes y enamoradas de la historia de la literatura.
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