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Cada vez que saca la foto del compartimento secreto de su escritorio, no puede evitar el rememorar esas imágenes que siempre le han acompañado: las salas repletas de zapatos, los montículos de gafas, las maletas apiladas hasta el techo, y sobre todo el humo saliendo sin cesar por las chimeneas.
Hoy, que siente cómo su vida se apaga, deja escapar las últimas lágrimas por todo el horror vivido y arruga con rabia, con manos temblorosas, ese retrato sepia que tantos años le ha acompañado. En él, mucho más joven, luce orgulloso su uniforme negro repleto de insignias y medallas.
Fue un honor recibir el encargo de perpetuar la memoria de Don Nicanor, maestro, pensador local y por encima de todo, un hombre bueno, pintando su retrato. Su viuda me proporcionó una fotografía del venerable difunto y me puse manos a la obra.
Ya estaba listo para su entrega, cuando descubrí que la ceja izquierda estaba mucho más levantada que la derecha. Pasé toda la noche poniéndolas a la misma altura y cuando amaneció, era la ceja derecha la que se arqueaba hacia arriba dibujando una perfecta semicircunferencia.
Seguí trabajando sin descanso hasta hacerlas coincidir con la foto, todo fue en vano, ambas se arquearon por igual arrugando la frente. Lo peor llegó cuando la boca de Don Nicanor se abrió dibujando una «O» mayúscula.
Me debatía entre la locura y la desesperación cuando apareció la viuda a recoger el encargo. Miró el retrato, buscó alrededor y señaló un aparato de radio:
– Si ha estado escuchando las noticias mientras pintaba, no me diga más, él siempre fue muy sensible al latrocinio.
He pintado un nuevo retrato, pero ahora bajo los efluvios del Nocturno de Chopin. Nada que ver.
La escasa sombra que ofrecía la marquesina no aliviaba nada del bochornoso calor que estaba haciendo en este verano recién estrenado. Pendiente del taxi que había solicitado, aún continuaba convulso, irreal, tras salir de esa exposición en la que decidió entrar al pasar por la puerta de la galería de arte: “Pintura Premonitoria”.
Con el título reciente de arquitecto, se había tomado esta semana para decidirse por una de las dos ofertas que le habían propuesto, ambas prometedoras. Comenzó a darle vueltas al botón metálico de su chaqueta azul, manía adquirida durante su etapa de internado y que afloraba automáticamente cuando estaba preocupado. Volvió a mirar la avenida con gesto de ansiedad, que se convirtió en alivio al aparecer por la esquina el taxi que había llamado. Lo que no pudo ver fue el autobús descontrolado que, por su espalda, enfilaba como un kamikaze hacia la marquesina sin sombra.
Dentro, inmunes a la muerte, se exhibían cuadros con nombres tan inquietantes o inusuales como “Retrato al óleo de joven arquitecto de chaqueta azul que muere atropellado por autobús a la salida de una exposición pictórica una mañana de principios de este verano tan caluroso que estamos padeciendo”.
«Jonás no sé que… o Ramona Wartroki, ¿qué nombres son esos por Dios?» se quejaba el director del certamen en la galería vacía donde estaban expuestos los autorretratos que optaban al premio que él mismo convocaba. Con sonrisa siniestra cambió la urna que recogía el voto popular de los visitantes por la que portaba y se marchó con el juicio legítimo entre sus manos. Con las luces ya apagadas fue la creación más vanguardista la que alzó la voz: «¡Qué triste! ¿Vamos a permitir que este tipejo se salga con la suya?». Y entonces se inició un debate acalorado entre las decenas de creaciones, en el que las obras de los más grandes guardaban silencio a sabiendas que estaban en el centro de la polémica. La algarabía se prolongó horas y finalizó con la determinación de actuar de la única forma posible.
A la mañana siguiente, el mundo cultural que esperaba el veredicto del prestigioso galardón se debatía entre creer en las cacofonías ofrecidas por el programa de lo paranormal o censurarlas. Como es lógico, esta polémica empañó el inexplicable fallo, que como en otras ocasiones recayó en un pintor reconocido, y fue el principio del fin del prestigioso concurso.
“…Algunos nos hemos levantado una vez antes de amanecer, después de una de esas noches de insomnio que casi nos llevan a enamorarnos de la muerte” y… aunque me hubiese gustado, este no era el caso. Lo cierto es que no sabía cómo había llegado, ni que hacía frente a ese retrato; pero rápidamente me sentí atraído por su fuerza. Cada pliegue de su cara, cada ínfimo detalle del rostro transmitía verdad, y el anciano semejaba ser de carne y hueso. El pintor del lienzo, con un sublime juego de luces y sombras, me había cautivado.
Interrumpido por el flash de algún osado retomé la sugerente imagen, escrutando cada milímetro del brillante cuadro. Fue entonces cuando me fijé en su mirada. Me llamó poderosamente la atención ver en la pupila derecha el reflejo un hombre de pelo canoso, de mediana edad y fino porte, que observaba con avidez algo. Busqué ese mismo reflejo en la otra pupila… cuando caí en que el hombre descrito era yo. Me invadió la congoja más profunda que jamás haya sentido y, desbordado por lo surrealista de la situación, intenté huir. Era demasiado tarde; el óleo se había secado.
– Entonces ¿qué demonios es lo que quiere?
– Desearía un retrato, pero que le salga bien egregio -respondió el conde de Osuna altivo como una aceituna-.
– Eh, ¿un trato bien de precio?
– A ver, que lo que quiero es un retrato ecuestre.
– ¿Cuestre lo que cuestre? Entonces hay trato.
– No, trato no, retrato, ¡pardiez!
– ¿Cómo? ¿Diez retratos? -inquirió Don Francisco ajustándose la trompetilla-.
– Un RE-TRA-TO, ¡caray!
– ¡Sin trato previo, imposible!
– Pues sea, trato y retrato.
– Osease, tres tratos.
– Por algo me recomendaban al tal Delacroix. Cochero, dispón la calesa, pues partimos hacia París. ¡Que a este Goya se le ha ido la olla!
Corro veloz. Tanto que apenas siento la ardiente arena bajo mis pies. Desnuda, y con las manos cubriendo mi pecho, giro la cabeza, una y otra vez, deseando que no me alcance. Cuando cansada me detengo, ante mí aparece un inmenso cristal tras el cual cientos de personas me invitan a traspasarlo. Quiero hacerlo, pero la arena me hunde. Me absorbe y cubre la mitad de mi cuerpo. Intento zafarme. Estiro los brazos pero debajo alguien tira fuerte. La arena me cubre la garganta y dejo de luchar para rendirme a lo evidente. No escucho, no siento, no respiro. Abro la boca e inhalo con las fuerzas que me quedan. Estoy sentada sobre una cama, en una habitación nívea y fresca. Mis pechos están cubiertos y en una mesilla un retrato. Cuando lo cojo y lo miro de cerca, me veo a mí, en el centro de una espiral con los brazos levantados. De mi cintura salen cientos de cabos de cuyo extremo tiran decenas de mujeres con rostros alegres y esperanzados. En el extremo inferior derec
ho una frase que involuntariamente pronuncio en alto:
-Lucha. No estás sola.
Ni sé, ni me importa en absoluto cual fue el crimen que cometió el monje Herman para ser emparedado vivo. De hecho me alegro, hiciese lo que hiciese, ya que me ha permitido conocer su obra. Suplicó, imploró y el abad aceptó conmutar la pena de muerte si escribía el mayor códice de la Cristiandad en una sola noche. Dice la leyenda que vendió su alma al diablo para conseguirlo, aunque quedó preso de por vida. El maligno incluyó en el libro sagrado su famosa imagen. Miles de veces dibujado por la imaginación humana, jamás retratado al natural.
Los monjes blancos y negros, como peones de ajedrez, se han disputado la biblia maldita durante siglos. Escondido por la Iglesia, codiciado por emperadores, incluso la reina Cristina de Suecia llegó a obsesionarse con él. Su misterio se intuía, pero nadie ha conocido nunca su verdadero poder. Yo sé que es real. En el museo de los tesoros de Estocolmo, dentro del manuscrito espera cual genio de la lámpara ¿por qué, si no, la octava maravilla del Medievo iba a medir un metro y pesar 75 kilos? Yo, Dorian Gray, esta noche le liberaré y pactaré mi propia leyenda: la inmortalidad.
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