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“…Algunos nos hemos levantado una vez antes de amanecer, después de una de esas noches de insomnio que casi nos llevan a enamorarnos de la muerte” y… aunque me hubiese gustado, este no era el caso. Lo cierto es que no sabía cómo había llegado, ni que hacía frente a ese retrato; pero rápidamente me sentí atraído por su fuerza. Cada pliegue de su cara, cada ínfimo detalle del rostro transmitía verdad, y el anciano semejaba ser de carne y hueso. El pintor del lienzo, con un sublime juego de luces y sombras, me había cautivado.
Interrumpido por el flash de algún osado retomé la sugerente imagen, escrutando cada milímetro del brillante cuadro. Fue entonces cuando me fijé en su mirada. Me llamó poderosamente la atención ver en la pupila derecha el reflejo un hombre de pelo canoso, de mediana edad y fino porte, que observaba con avidez algo. Busqué ese mismo reflejo en la otra pupila… cuando caí en que el hombre descrito era yo. Me invadió la congoja más profunda que jamás haya sentido y, desbordado por lo surrealista de la situación, intenté huir. Era demasiado tarde; el óleo se había secado.
– Entonces ¿qué demonios es lo que quiere?
– Desearía un retrato, pero que le salga bien egregio -respondió el conde de Osuna altivo como una aceituna-.
– Eh, ¿un trato bien de precio?
– A ver, que lo que quiero es un retrato ecuestre.
– ¿Cuestre lo que cuestre? Entonces hay trato.
– No, trato no, retrato, ¡pardiez!
– ¿Cómo? ¿Diez retratos? -inquirió Don Francisco ajustándose la trompetilla-.
– Un RE-TRA-TO, ¡caray!
– ¡Sin trato previo, imposible!
– Pues sea, trato y retrato.
– Osease, tres tratos.
– Por algo me recomendaban al tal Delacroix. Cochero, dispón la calesa, pues partimos hacia París. ¡Que a este Goya se le ha ido la olla!
Corro veloz. Tanto que apenas siento la ardiente arena bajo mis pies. Desnuda, y con las manos cubriendo mi pecho, giro la cabeza, una y otra vez, deseando que no me alcance. Cuando cansada me detengo, ante mí aparece un inmenso cristal tras el cual cientos de personas me invitan a traspasarlo. Quiero hacerlo, pero la arena me hunde. Me absorbe y cubre la mitad de mi cuerpo. Intento zafarme. Estiro los brazos pero debajo alguien tira fuerte. La arena me cubre la garganta y dejo de luchar para rendirme a lo evidente. No escucho, no siento, no respiro. Abro la boca e inhalo con las fuerzas que me quedan. Estoy sentada sobre una cama, en una habitación nívea y fresca. Mis pechos están cubiertos y en una mesilla un retrato. Cuando lo cojo y lo miro de cerca, me veo a mí, en el centro de una espiral con los brazos levantados. De mi cintura salen cientos de cabos de cuyo extremo tiran decenas de mujeres con rostros alegres y esperanzados. En el extremo inferior derec
ho una frase que involuntariamente pronuncio en alto:
-Lucha. No estás sola.
Ni sé, ni me importa en absoluto cual fue el crimen que cometió el monje Herman para ser emparedado vivo. De hecho me alegro, hiciese lo que hiciese, ya que me ha permitido conocer su obra. Suplicó, imploró y el abad aceptó conmutar la pena de muerte si escribía el mayor códice de la Cristiandad en una sola noche. Dice la leyenda que vendió su alma al diablo para conseguirlo, aunque quedó preso de por vida. El maligno incluyó en el libro sagrado su famosa imagen. Miles de veces dibujado por la imaginación humana, jamás retratado al natural.
Los monjes blancos y negros, como peones de ajedrez, se han disputado la biblia maldita durante siglos. Escondido por la Iglesia, codiciado por emperadores, incluso la reina Cristina de Suecia llegó a obsesionarse con él. Su misterio se intuía, pero nadie ha conocido nunca su verdadero poder. Yo sé que es real. En el museo de los tesoros de Estocolmo, dentro del manuscrito espera cual genio de la lámpara ¿por qué, si no, la octava maravilla del Medievo iba a medir un metro y pesar 75 kilos? Yo, Dorian Gray, esta noche le liberaré y pactaré mi propia leyenda: la inmortalidad.
Amarillo para el pelo. Rojo para la boca. Ojos grandes para que vea todo lo que me pasa. Orejas con pendientes de colores. Nariz pequeña. Un vestido verde como mi camiseta. Zapatos negros y un bolso grande donde meter mis juguetes… «TOMA, MAMÁAAAA«.
El retrato de la abuela siempre estuvo allí. Ocupaba una pared casi entera del vestíbulo. Proyectaba una imagen recta y solemne y parecía vigilarnos con la mirada cuando subíamos y bajábamos las escaleras.
Una mañana bajé adormilada y cuando me giré vi que el retrato había desaparecido. El cuadro seguía allí. El marco tallado y cubierto con una pátina de oro, el fondo negro y la butaca sobre la que la abuela se apoyaba levemente estaban en su sitio. Era la abuela la que había desaparecido. Desperté a los demás. Mi marido y yo lo mirábamos minuciosamente preguntándonos quién habría pintado encima o lo habría sustituido por el original. Los niños buscaban por toda la casa encantados de que la abuela hubiera salido del cuadro para jugar con ellos al escondite. Pero nadie encontró nada y al cabo de unos días nos habíamos acostumbrado a verlo vacío.
Dejamos de mirarlo y por eso no nos percatarnos enseguida de que la abuela había vuelto. Fue el más pequeño de los niños el que preguntó a los demás ¿qué hace la abuela con un casco de moto, el pelo rojo y chinchetas en los pantalones? ¿Y por qué ahora se ríe?
Como cada noche a la misma hora allí estaba ella, con su mirada melancólica observándome.
Su infinito azul me traspasa el alma y el corazón se me encoje al verla sonreír, o eso al menos me parece ver en sus finos labios. Se muestra recatada donde sólo deja entrever el inicio de su cuello adornado con perlas a juego con los pendientes que se intuyen entre la dorada melena lisa por debajo de sus hombros.
Me gustaría sacarla a bailar y danzar abrazados los dos en mitad de la amplia sala a merced del resto de las miradas. Pero como cada noche ella permanece inmóvil en su ventana dorada a juego con su cabello. Agarro mi escoba y sigo el recorrido de cada noche sin demorarme más en mi trabajo.
(Boceto uno. Los espacios blancos también se leen. Ah, la blanche, la blanche!)
Escudriñaba con todos los apéndices de mi cuerpo capaces de ello en busca de alimento en un mundo de arco iris de cuatro colores azul-blanco-negro-ocre de distintas y nuevas tonalidades. Tan pronto me encontraba a punto de abandonar el vértice triangulado de un pezón como recorriendo uno a uno los casi dos mil novecientos centímetros cuadrados de un mar de olas afiladas y de aristas entre axilas borrachas de amor antes y después de traspasar la cortina. Alcanzo la orilla y a través de un rostro que se me antoja africano desciendo
desciendo desciendo para trepar a un monte misterioso cuya triangulidad abandono para meterme de lleno en un ocre bosque de tonos semianaranjados. Cuando creo que he alcanzado el borde imposible de mi finito mundo alzo el vuelo y recobro mi aspecto humano. Miro hacia atrás y me sorprende la mirada de los cinco pares de ojos más bellos y prolíficos que nunca supe haber imaginado. En ese momento comenzó la vida que merecía la pena ser vivida súbita y cubistamente hablando.
Hace unos meses, llegó a mis manos un retrato a lápiz sobre una cuartilla cuadriculada. Era una caricatura de mi abuelo Dionisio, sí, el maestro del que ya os he hablado en otras ocasiones. El dibujo estaba en la que fue casa de su hermano, Zenón Redondo, también maestro, en el fondo de una caja de zapatos, de esas en las que las abuelas guardan fotos, cartas y recetas de cocina.
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