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¿Por qué será que cuando nos vemos siempre terminamos jugando a este peligroso sueño? Yo me desnudo hasta la cintura. Tú, mientras me miras de reojo preparas los pinceles y empiezas a hacer extrañas mezclas de colores sobre la paleta. Me paso horas posando para un retrato que no tiene final pues nunca tuvo un principio. Y cada día, de todos los días que están por venir, espero pacientemente que me permitas acercarme a ti, tocar tu soledad, y dejar que seques con tus labios las huellas que en mi rostro deja tu llanto.
Tomó el tren que le llevaba a la Ciudad
donde un día había sido tan feliz
¡cuando conoció a su gran amor!
de aquello ya habían pasado cerca de 18 años.
Viajaba en el tren rojo como entonces,
y pasó por los mismos lugares,
lo recordaba todo, según veía los paisajes ante sus ojos,
el mar volvió aparecer
ante ella, la bruma como en aquella ocasión cubría el horizonte,
entonces no le importó, por que al final del camino estaba él,
aquel que la había hecho soñar ¡tantas veces!!
aun después de marcharse, ella le seguía amando.
Nadie la había amado como el, había sido una mutua entrega
desde el primer día.
Ya se acercaba a la Ciudad, y su emoción aumentaba
cada vez mas, ¿y si aun no se hubiera ido?
¿ y si lo volviera encontrar? ¿ como reaccionaría?
¡ No quería ni imaginarlo!!! el solo hecho de volver
a tenerlo frente a ella, le producía un escalofrío de placer.
El tren llegaba a la estación, divisó a lo lejos,
en la colina, la casa, después miró el cartel
que decoraba la pared del teatro,
y divisó un retrato descolorido por el paso del tiempo.
Creía en el amor a primera vista, pero su exigente miopía le impedía enfocar bien y su hedonismo vanidoso mutilaba cualquier acercamiento.
Su propio reflejo le cautivó.
Esa misma tarde, y emulando a Dorian Gray, discutieron sobre cual de ellos sería a partir de ahora el personaje y cual el retrato.
Un ruido de cristales sacudió una de tantas soporíferas tardes en la vieja mansión.
El niño permaneció aturdido unos instantes. Allí, a sus pies, la pobre anciana trataba a duras penas de mantener la dignidad cubriendo sus enaguas con el pesado miriñaque. Enternecido, el pequeño Óscar le alcanzó sus tacones rococó y la ayudó a ajustarse el corsé. Antes de volver a introducirla en el dorado marco, le recompuso un poco su peluca empolvada, operación que le llevó a estornudar repetidas veces. Por último, escondió la pelota en el desván, barrió con disimulo los cristales bajo la alfombra persa y volvió a colocar sobre la chimenea el retrato de la tatarabuela.
Confiaba en que su madre no se diera cuenta del bochornoso descalabro que había sufrido su ilustre antepasada.
Cada vez que saca la foto del compartimento secreto de su escritorio, no puede evitar el rememorar esas imágenes que siempre le han acompañado: las salas repletas de zapatos, los montículos de gafas, las maletas apiladas hasta el techo, y sobre todo el humo saliendo sin cesar por las chimeneas.
Hoy, que siente cómo su vida se apaga, deja escapar las últimas lágrimas por todo el horror vivido y arruga con rabia, con manos temblorosas, ese retrato sepia que tantos años le ha acompañado. En él, mucho más joven, luce orgulloso su uniforme negro repleto de insignias y medallas.
Fue un honor recibir el encargo de perpetuar la memoria de Don Nicanor, maestro, pensador local y por encima de todo, un hombre bueno, pintando su retrato. Su viuda me proporcionó una fotografía del venerable difunto y me puse manos a la obra.
Ya estaba listo para su entrega, cuando descubrí que la ceja izquierda estaba mucho más levantada que la derecha. Pasé toda la noche poniéndolas a la misma altura y cuando amaneció, era la ceja derecha la que se arqueaba hacia arriba dibujando una perfecta semicircunferencia.
Seguí trabajando sin descanso hasta hacerlas coincidir con la foto, todo fue en vano, ambas se arquearon por igual arrugando la frente. Lo peor llegó cuando la boca de Don Nicanor se abrió dibujando una «O» mayúscula.
Me debatía entre la locura y la desesperación cuando apareció la viuda a recoger el encargo. Miró el retrato, buscó alrededor y señaló un aparato de radio:
– Si ha estado escuchando las noticias mientras pintaba, no me diga más, él siempre fue muy sensible al latrocinio.
He pintado un nuevo retrato, pero ahora bajo los efluvios del Nocturno de Chopin. Nada que ver.
La escasa sombra que ofrecía la marquesina no aliviaba nada del bochornoso calor que estaba haciendo en este verano recién estrenado. Pendiente del taxi que había solicitado, aún continuaba convulso, irreal, tras salir de esa exposición en la que decidió entrar al pasar por la puerta de la galería de arte: “Pintura Premonitoria”.
Con el título reciente de arquitecto, se había tomado esta semana para decidirse por una de las dos ofertas que le habían propuesto, ambas prometedoras. Comenzó a darle vueltas al botón metálico de su chaqueta azul, manía adquirida durante su etapa de internado y que afloraba automáticamente cuando estaba preocupado. Volvió a mirar la avenida con gesto de ansiedad, que se convirtió en alivio al aparecer por la esquina el taxi que había llamado. Lo que no pudo ver fue el autobús descontrolado que, por su espalda, enfilaba como un kamikaze hacia la marquesina sin sombra.
Dentro, inmunes a la muerte, se exhibían cuadros con nombres tan inquietantes o inusuales como “Retrato al óleo de joven arquitecto de chaqueta azul que muere atropellado por autobús a la salida de una exposición pictórica una mañana de principios de este verano tan caluroso que estamos padeciendo”.
«Jonás no sé que… o Ramona Wartroki, ¿qué nombres son esos por Dios?» se quejaba el director del certamen en la galería vacía donde estaban expuestos los autorretratos que optaban al premio que él mismo convocaba. Con sonrisa siniestra cambió la urna que recogía el voto popular de los visitantes por la que portaba y se marchó con el juicio legítimo entre sus manos. Con las luces ya apagadas fue la creación más vanguardista la que alzó la voz: «¡Qué triste! ¿Vamos a permitir que este tipejo se salga con la suya?». Y entonces se inició un debate acalorado entre las decenas de creaciones, en el que las obras de los más grandes guardaban silencio a sabiendas que estaban en el centro de la polémica. La algarabía se prolongó horas y finalizó con la determinación de actuar de la única forma posible.
A la mañana siguiente, el mundo cultural que esperaba el veredicto del prestigioso galardón se debatía entre creer en las cacofonías ofrecidas por el programa de lo paranormal o censurarlas. Como es lógico, esta polémica empañó el inexplicable fallo, que como en otras ocasiones recayó en un pintor reconocido, y fue el principio del fin del prestigioso concurso.
“…Algunos nos hemos levantado una vez antes de amanecer, después de una de esas noches de insomnio que casi nos llevan a enamorarnos de la muerte” y… aunque me hubiese gustado, este no era el caso. Lo cierto es que no sabía cómo había llegado, ni que hacía frente a ese retrato; pero rápidamente me sentí atraído por su fuerza. Cada pliegue de su cara, cada ínfimo detalle del rostro transmitía verdad, y el anciano semejaba ser de carne y hueso. El pintor del lienzo, con un sublime juego de luces y sombras, me había cautivado.
Interrumpido por el flash de algún osado retomé la sugerente imagen, escrutando cada milímetro del brillante cuadro. Fue entonces cuando me fijé en su mirada. Me llamó poderosamente la atención ver en la pupila derecha el reflejo un hombre de pelo canoso, de mediana edad y fino porte, que observaba con avidez algo. Busqué ese mismo reflejo en la otra pupila… cuando caí en que el hombre descrito era yo. Me invadió la congoja más profunda que jamás haya sentido y, desbordado por lo surrealista de la situación, intenté huir. Era demasiado tarde; el óleo se había secado.
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