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Tiene visibles las cicatrices de nuestra amistad. Le falta media nariz, la perdió estrellándose contra el suelo en la primera salida que decidí llevarlo como copiloto en la bici. También tiene un chichón, una marca sobre su ceja izquierda, recuerdo de una experiencia fallida intentando demostrarle que podía volar, aunque no tuviera alas.
Sólo le queda un ojo, no confesaré como lo perdió porque aún hoy me da vergüenza. Y medio pie derecho, del otro medio se encargó mi perro. Ni un diente porque nunca los tuvo, ni un pelo porque se los fui arrancando mechón a mechón.
A partir de mañana, si no se adelanta, tengo siete meses para dejarle perfecto. Dice mi mujer que cuando nazca nuestro hijo, mi Pinocho tendrá que estar listo para convertirse además de en su mejor amigo, en el sucedáneo de hermano que nosotros, con nuestra deteriorada economía, no podremos darle.
Nuestro barco arribó a Port-au-Prince el 12 de junio de 1922, y esa noche los hombres, sedientos de ron, juego y mujeres, nos desbordamos por las callejas frente al puerto. A la salida de un cafetucho me crucé con ella. La seguí sin pensarlo, prendido del frufrú de sus enaguas rojas, de su piel de cacao. Rompimos el uno contra el otro con violencia de temporal, y por la mañana fue fácil jurarle amor eterno entre café y caricias procaces. Cuando le dije que la eternidad duraba nueve días no hubo reproches, tan sólo me mordió los labios una última vez y me arrastró hasta un fotógrafo que nos hizo un retrato.
He vuelto a soñar con ella. Apenas cubierta por una fina camisola, danza enloquecida alrededor de una hoguera. Al despertarme, el ritmo salvaje de los tambores aún late en mis pulsos como una maldición. El médico del barco dice que es la fiebre, los delirios del tifus. Pero yo sé que no, y vigilo el retrato: sus enaguas se han teñido de rojo, y mi imagen ya casi se ha borrado. En unos días habrá desaparecido, y ella me habrá enseñado cuánto dura la eternidad.
Tragando saliva, frente al espejo, Juan observa como el compañero de travesía durante todos estos años le mira con gesto despectivo. No le perdona que siempre lo haya relegado a un segundo plano manteniéndole encerrado como un simple reflejo de si mismo. El filo de la luna, posado sobre el quicio de su ventana, irrumpe bruscamente sobre el cristal provocando en Juan una brecha de la que su alma difícilmente se repondrá. Sus Egos-Istmos le han llevado a un callejón sin salida, a un punto sin retorno donde Narciso, insaciable, le recrimina una y otra vez la fealdad residual que subyace en la belleza.
Te corona una tiara mientras sostienes un cetro con firmeza y dejas que los tonos azules que vistes resalten tu rostro iluminado en ese plano medio que siempre te favoreció. Es, sin duda alguna, un retrato perfecto: símbolo de aquellos días en que fuiste reina de no sé qué cosa y que hoy solo son una imagen pretérita que te mira indolente desde la fría pared de tu recámara.
Y ahora tú estás allí, postrada en cama, dejandote ir; ora coherente, ora sin saber quién eres; confundiendo días con noches; inventandote un nuevo pasado porque el tuyo fue harto desgraciado y solo tuviste unas pocas alegrías que ya ni siquiera recuerdas.
Pides agua mas no sabes qué mano te dará de beber; tomas un sorbo mientras tu mirada se extravía en algún punto impreciso y luego te recuestas nuevamente. Descansa tranquila, abuela. Quizá la mueca de disgusto que se ha ido formando en tu fotografía no sea tan evidente en aquel lugar a donde vas cada vez que duermes.
La cómplice penumbra del bar cobija su amor de estudiantes. El hilvana sueños y ella callada dibuja un llamativo y rojo corazón herido.
Julián esta a punto de lograr su tan ansiado titulo de abogado y hace planes para establecerse allá en su pueblito del interior. Marisa lo escucha cabizbaja, a ella le faltan aún dos años en Bellas Artes.
Hoy se despiden sin saber si volverán a verse, con el último abrazo ella pone en sus manos el cuadro terminado.
Pasaron muchos años, algunas veces ella se pregunta que habrá sido de la vida Julián, aquél muchacho soñador que fue su primer amor .
Hace calor, camina cerca de la pared buscando sombra, una ráfaga de viento entra por la ventana abierta de un segundo piso y arranca un cuadro de la pared, en una extraña pirueta cae y se hace añicos a sus pies. Tras los rotos cristales vislumbra un llamativo y vibrante corazón rojo.
Todos los días tenía que soportar esa mirada, tan altiva y burlona….y es que no se había ido, seguía presente en cada conversación, cada decisión tomada en mi casa, en su papel protagónico de la familia.
En el centro del vestíbulo, era referencia eterna de nuestro convivir…muerta ya, nos seguía menospreciando e influyendo desde su retrato.
Así que decidí tomar cartas en el asunto, pagué y mucho por que unos falsos ladrones la arrancaran de mi pared para siempre…ahhh, lo difícil fue fingir conmoción tras el robo del retrato de mi suegra.
No se si se me entenderá bien porque apenas puedo abrir los labios. El pintor temía el poder de mi marido, Francesco, y me pintó con la boca bien cerrada para evitar el escándalo o un mal mayor. Envolvió los contornos del puente donde le conocí y el camino a la cabaña de las rocas con una niebla que ocultase la verdad. Después, en un intento por disfrazarlo todo, estiró mis comisuras para forzar el misterio, pero aprovecho para confesar que ese gesto no esconde exactamente una sonrisa.
“Entra, no tengas miedo. Aquí es donde vivimos papá y yo ahora. Perdón por el desorden, hace mucho que no viene nadie…Pero siéntate, no te quedes ahí parada, cariño, ponte cómoda. ¿Te acuerdas de cuando te pintaron este retrato? Acabábamos de volver de vacaciones, y ahí estás tú, con tu sonrisa característica y tus ganas de vivir, no eras más que una niña… una niña tan guapa, que eras la envidia de todas las demás… con tu melena al viento, tus ojos azules y esas graciosas pecas que te adornaban la cara…” La puerta se abre sin avisar. Un hombre corpulento está contemplando la escena. “¿Cariño, con quién hablas? Estamos tú y yo solos…”. La mujer se incorpora asustada, coloca el retrato a su gusto y mira hacia el sofá de terciopelo. “Estaba la niña conmigo… pero se habrá ido a jugar”.
“6 años, 3 meses y 1 día, pena de reclusión menor”, reía a gritos. Pero la condena mereció la pena, no faltaba ni sobraba una sola pincelada. Veranos asfixiantes, inviernos heladores, pero al fin el retrato soñado. El rostro embravecido cumbre del puntillismo, los surcos color tierra antigua insuperables… Tomó distancia y paladeó su triunfo. Transido de éxtasis, le abordó un pensamiento fatal. ¿Y si el mundo no estuviese preparado, y lo calumniaran con miradas estultas, ignorantes?, o si algún ganapán lo comprara creyéndose su dueño. Y a su muerte, ¿qué horribles rifas padecería, en manos y ojos de qué mentecato acabaría?. Rabioso, impotente, se arrodilló y pidió perdón por no estar a su altura ni poder protegerlo. Enajenado, empezó a darle brochazos. En su paroxismo gritaba: “Te ocultaré tras el blanco más perfecto, cuadro tras lienzo te titularé, sólo podrá verte tu propia sangre, la pintura te envolverá y te cuidará…”. Dos días después, su marchante le encontró muerto por extenuación brocha en mano a los pies del retrato, ya un inmenso lienzo blanco nuclear. Superado el shock, el mercantilista montó una antológica del autor. Su póstumo “autorretrato mundi” es hoy el cuadro más cotizado y admirado del mundo.
Recuerdo que mi hermano Julio se quejaba de que le picaba la camisa, que mi padre decía que iba a echar otro cigarro, mientras mamá me regañaba por haberme despeinado y, con su propia saliva, me dejaba el flequillo como el de Clark Kent. Recuerdo al fotógrafo, que era un hombre cuarentón, algo grueso, con manchas de sudor en su camisa blanca, diciendo que nos situáramos en posición. Recuerdo las falsas sonrisas y la repetición de tomas, con ese característico: \»solo una más, para asegurarnos\». Recuerdo que había que esperar unos días para ver los resultados y que mamá siempre colgaba el retrato en el salón, cada año, como parte de un ritual familiar.
Sin embargo, no recuerdo el momento en que dejamos de hacernos aquella foto todos juntos. Puede que fuera algo repentino, como el cáncer que acabó con mamá.
Sus ojos se hundían en los míos. Me seguían, profundamente abiertos. Protagonista y dueña de aquel desnudo espacio, ella hablaba en silencio con su gesto.
Los primeros martes de cada mes yo acudía puntual y volvía a encontrarla. La contemplación de aquella mirada producía en mi un estado fugaz de catalepsia. La gente permanecía ajena a sus indicaciones y ese sordo murmullo que emitían, sin duda, iba a enojarla. También ellos me observaban.
Inquieto, comencé a pasear de un lado a otro del pasillo, obsesionado con aplacar las voces de mi interior, que con un ritmo trepidante, habían comenzado a hostigarme. Un sudor frío recorrió mi frente. En ese preciso instante en que la cabeza iba a estallarme, salió una enfermera y su voz me devolvió a la realidad: “Don Fulgencio Pastrana, Sala de Psiquiatría. Consulta nº 12. Schsss! por favor, se ruega silencio.”
Es ella! Ella es la enfermera del retrato! “ Hoy sí he sido bueno, verdad señorita?”
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