¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Acurrucada en la vieja manta de las “hadas del sueño”, (así solía llamarla de niña) permanecí varios minutos ensimismada ante sus ojos grises y su amplia sonrisa bufona.
Debía de llevar mucho tiempo guardado en el arcón, a juzgar por el marco, algo deteriorado.
No recuerdo enfados descomunales, que lograrán alterar su afable expresión, pero un día su rostro enmudeció por siempre. La desaparición de su nieta, una lluviosa mañana de primavera, lo sumió en una profunda tristeza.
Cada noche, se dirigía a su habitación.
-Aún percibo su olor.- manifestaba en voz alta.
Con sigilo se sentaba en su cama, junto a sus suspiros ahogados , las lágrimas teñían su alma de negro tormento.
Un minúsculo estante sostenía una fotografía. El día anterior estuvieron paseando en el parque, como cada sábado; decidía entonces, posar su mirada cansada en el único instante que lograba robarle de nuevo su pequeña Lucía una fugaz ilusión.
Ahora, son dos almas dibujando estelas en el mar. Quizás una ola traiga su pelo dorado y la sonrisa del abuelo.
La rutina de los desayunos se vio quebrantada por los estremecedores gritos de nuestra casera. La alarma venía de la segunda planta, de la habitación del anciano Don Alberto: el pintor.
Le conocí hace años, recién llegado a la residencia. La soledad hizo de nosotros: amigos inseparables.
Toda su vida ejerció como pintor ambulante. En el Parque Central pintaba retratos al óleo de cuanto transeúnte curioso se le arrimase.
Pero de un tiempo a esta parte, estaba muy cambiado. Le obsesionaba la proximidad de su muerte, la urgencia por cumplir un sueño: el retrato perfecto. Respiraba con la ayuda de aquella idea y ya no abandonaba su habitación.
Al verme aparecer, la casera dejó de gritar, enmudeció, y con un ilimitado repertorio de gestos espasmódicos, no hacía más que señalar hacía el interior de la habitación.
Tendido sobre el suelo estaba el cuerpo decapitado del anciano. Sin rastros de sangre, ni signos de violencia, era imposible explicarse la tragedia.
Buscando nuevas pistas, alcé la vista hasta el caballete, y me tropecé con la inconfundible mirada de Don Alberto. Estaba allí, satisfecho, orgulloso, pletórico de gloria, atrapado en la inmortalidad de su obra. Lo había conseguido: el autorretrato perfecto.
¿Por qué será que cuando nos vemos siempre terminamos jugando a este peligroso sueño? Yo me desnudo hasta la cintura. Tú, mientras me miras de reojo preparas los pinceles y empiezas a hacer extrañas mezclas de colores sobre la paleta. Me paso horas posando para un retrato que no tiene final pues nunca tuvo un principio. Y cada día, de todos los días que están por venir, espero pacientemente que me permitas acercarme a ti, tocar tu soledad, y dejar que seques con tus labios las huellas que en mi rostro deja tu llanto.
Tomó el tren que le llevaba a la Ciudad
donde un día había sido tan feliz
¡cuando conoció a su gran amor!
de aquello ya habían pasado cerca de 18 años.
Viajaba en el tren rojo como entonces,
y pasó por los mismos lugares,
lo recordaba todo, según veía los paisajes ante sus ojos,
el mar volvió aparecer
ante ella, la bruma como en aquella ocasión cubría el horizonte,
entonces no le importó, por que al final del camino estaba él,
aquel que la había hecho soñar ¡tantas veces!!
aun después de marcharse, ella le seguía amando.
Nadie la había amado como el, había sido una mutua entrega
desde el primer día.
Ya se acercaba a la Ciudad, y su emoción aumentaba
cada vez mas, ¿y si aun no se hubiera ido?
¿ y si lo volviera encontrar? ¿ como reaccionaría?
¡ No quería ni imaginarlo!!! el solo hecho de volver
a tenerlo frente a ella, le producía un escalofrío de placer.
El tren llegaba a la estación, divisó a lo lejos,
en la colina, la casa, después miró el cartel
que decoraba la pared del teatro,
y divisó un retrato descolorido por el paso del tiempo.
Creía en el amor a primera vista, pero su exigente miopía le impedía enfocar bien y su hedonismo vanidoso mutilaba cualquier acercamiento.
Su propio reflejo le cautivó.
Esa misma tarde, y emulando a Dorian Gray, discutieron sobre cual de ellos sería a partir de ahora el personaje y cual el retrato.
Un ruido de cristales sacudió una de tantas soporíferas tardes en la vieja mansión.
El niño permaneció aturdido unos instantes. Allí, a sus pies, la pobre anciana trataba a duras penas de mantener la dignidad cubriendo sus enaguas con el pesado miriñaque. Enternecido, el pequeño Óscar le alcanzó sus tacones rococó y la ayudó a ajustarse el corsé. Antes de volver a introducirla en el dorado marco, le recompuso un poco su peluca empolvada, operación que le llevó a estornudar repetidas veces. Por último, escondió la pelota en el desván, barrió con disimulo los cristales bajo la alfombra persa y volvió a colocar sobre la chimenea el retrato de la tatarabuela.
Confiaba en que su madre no se diera cuenta del bochornoso descalabro que había sufrido su ilustre antepasada.
Cada vez que saca la foto del compartimento secreto de su escritorio, no puede evitar el rememorar esas imágenes que siempre le han acompañado: las salas repletas de zapatos, los montículos de gafas, las maletas apiladas hasta el techo, y sobre todo el humo saliendo sin cesar por las chimeneas.
Hoy, que siente cómo su vida se apaga, deja escapar las últimas lágrimas por todo el horror vivido y arruga con rabia, con manos temblorosas, ese retrato sepia que tantos años le ha acompañado. En él, mucho más joven, luce orgulloso su uniforme negro repleto de insignias y medallas.
Fue un honor recibir el encargo de perpetuar la memoria de Don Nicanor, maestro, pensador local y por encima de todo, un hombre bueno, pintando su retrato. Su viuda me proporcionó una fotografía del venerable difunto y me puse manos a la obra.
Ya estaba listo para su entrega, cuando descubrí que la ceja izquierda estaba mucho más levantada que la derecha. Pasé toda la noche poniéndolas a la misma altura y cuando amaneció, era la ceja derecha la que se arqueaba hacia arriba dibujando una perfecta semicircunferencia.
Seguí trabajando sin descanso hasta hacerlas coincidir con la foto, todo fue en vano, ambas se arquearon por igual arrugando la frente. Lo peor llegó cuando la boca de Don Nicanor se abrió dibujando una «O» mayúscula.
Me debatía entre la locura y la desesperación cuando apareció la viuda a recoger el encargo. Miró el retrato, buscó alrededor y señaló un aparato de radio:
– Si ha estado escuchando las noticias mientras pintaba, no me diga más, él siempre fue muy sensible al latrocinio.
He pintado un nuevo retrato, pero ahora bajo los efluvios del Nocturno de Chopin. Nada que ver.
La escasa sombra que ofrecía la marquesina no aliviaba nada del bochornoso calor que estaba haciendo en este verano recién estrenado. Pendiente del taxi que había solicitado, aún continuaba convulso, irreal, tras salir de esa exposición en la que decidió entrar al pasar por la puerta de la galería de arte: “Pintura Premonitoria”.
Con el título reciente de arquitecto, se había tomado esta semana para decidirse por una de las dos ofertas que le habían propuesto, ambas prometedoras. Comenzó a darle vueltas al botón metálico de su chaqueta azul, manía adquirida durante su etapa de internado y que afloraba automáticamente cuando estaba preocupado. Volvió a mirar la avenida con gesto de ansiedad, que se convirtió en alivio al aparecer por la esquina el taxi que había llamado. Lo que no pudo ver fue el autobús descontrolado que, por su espalda, enfilaba como un kamikaze hacia la marquesina sin sombra.
Dentro, inmunes a la muerte, se exhibían cuadros con nombres tan inquietantes o inusuales como “Retrato al óleo de joven arquitecto de chaqueta azul que muere atropellado por autobús a la salida de una exposición pictórica una mañana de principios de este verano tan caluroso que estamos padeciendo”.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









