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En última instancia, casi todo se reduce a una cuestión de percepción, querido Dorian. Tus actos, al igual que los míos, quedaron reflejados en las páginas de una novela, expuestos al juicio estético y moral de lectores procedentes de culturas y épocas diversas. Tú quisiste permanecer eternamente joven y sólo alcanzaste la miserable decrepitud en las últimas páginas de tu historia; en mi caso, mi insultante juventud e inteligencia, mi pretendida superioridad moral sobre una vulgar usurera no me valieron más que el sufrimiento y la culpa. Tú y yo, Gray y Raskolnikof, somos similares y diferentes a la vez. Tú nunca aceptaste estar equivocado; a mí de nada me valió purgar mi pecado. Da igual cómo actuásemos. Al cabo, lo que de nosotros sea dependerá de esas gentes a las que tanto hemos despreciado. ¿Te das cuenta de la crueldad con que se han conducido nuestros creadores, amigo Gray? ¿Comprendes ahora cómo nos han expuesto al juicio de los inferiores?
La nariz aguileña como seña de identidad dictando sentencia. Ojos negros, saltones, iluminando el espacio que tan fácilmente domina. Orejas con tendencia hobbit señalando siempre hacia arriba, expectantes ante cualquier amenaza. Labios carnosos, boca grande y apetitosa, abriendo la caja del tiempo que ella misma marca. Retrato entero, vivo, para triunfar mejor.
Para este año incorporamos la colaboración de la Libreria Sancho Panza eligiendo un relato de los que homenajean directamente a la obra que nos acompaña en ese mes, y ofreciéndoles un libro a escoger entre tres propuestos.
En enero el relato elegido fue EL SUPLICIO DE UN CUENTISTA de Edweine Loureiro. La fortuna quiso que nuestro primer envío haya viajado hasta Japón, donde reside el autor. Edweine ha tenido la gentileza de enviarnos la confirmación de la llegada de su regalo (eligió las Obras Completas y otros relatos de Monterrosso y le enviamos además El Bosque, nuestro librito de la 1ª convocatoria) Además, nos acompañó ayer en directo durante unos minutos en el chat a través del que anunciamos los ganadores de la Segunda.
Gracias a Edweine por su grandísisma amabilidad y entusiasmo, y aprovechamos la ocasión para agradecer vuestra presencia a todos los amigos de ENTC que participáis desde lugares tan alejados: Lituania, Argentina, Estados Unidos, Alemania, México, Bélgica, Canadá, Rumanía, Chile… Es un honor.
Después de un año de sufrimiento creyó terminada la obra. Entabló una extraña relación de parentesco con la muchacha retratada, aunque no conocía ni su nombre. Ni quería saberlo.
Aquel día daba sus últimos retoques. Escudriñó el rostro postizo y cetrino, incrustado forzosamente en el lienzo, que le miraba con ojos huecos. Se le revolvió el estómago. En un arrebato, roció la pintura con aguarrás y frotó enérgicamente con un paño. Salió presuroso a la calle dejando las llaves y al espectro de su hijita, dentro de casa. Sentado en el banco de la plaza, como cada febrero, esperaba la aparición de una nueva modelo.
Todo arte es a la vez superficie y símbolo. Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias. Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.
Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está viva.
Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.
A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente. Todo arte es completamente inútil.
En el pasado, Pietro introdujo en el sobre la fotografía que le tomaron hace veinte años y se la entregó a quien iba a ocuparse de su encargo.
En el presente, unos operarios aumentan la fotografía de Pietro y la pegan sobre un tablero de fina madera. Después la cortan con delicadeza hasta obtener, conforme al pedido, doscientas cuarenta piezas distintas siguiendo el dibujo que van improvisando sus manos. Tras introducir el puzzle en la caja, lo devuelven adonde vino sin nunca más pensar en el asunto.
En el futuro, Pietro recibirá la caja y esparcirá los trocitos con suavidad en el suelo. Luego tomará una por una las piezas llamándolas por sus doscientos cuarenta nombres, uno por cada mes, y recompondrá lentamente la imagen de su memoria. Comprobará que es más fácil colocar primero las cosas que no tienen vida, los bordes, la pared, el agua sucia en el vaso. Con las piezas que le irán sobrando, sabrá de memoria dibujar cada arruga, cada visita, cada domingo, cada escudilla, cada insulto. Con este empeño, un día terminará al fin y colgará en la pared de su celda a ese extraño anciano, triste de frente, vacío de perfil.
El estaba allí dia tras día, mirandola fijamente con aquella mirada penetrante desde su retrato.Cada vez que ella se sentaba a comer sus ojos le decían que él era el dueño de todo.
No se atrevía a retirarlo de su ubicación , le tenía miedo incluso despues de muerto.LLevaba cinco años bajo tierra pero aún no se lo creía,a pesar de haber sido ella misma la que lo había mandado para aquel lugar del que nunca se vuelve.
Despierto tras un extraño sueño, un poco agitado; cuando me levanto aún gravita sobre mis ojos su imagen, un ser débil y de gesto apocado, prisionero de una desolada mirada.
Un acólito de la tristeza que no aprovechó su talento y jamás llegó a lo que prometía ser; un idiota enamoradizo y fantasioso que se dejó derrotar por sus sentimientos y no tuvo arrestos para luchar por lo que quiso.
Un inadaptado incapaz de comprometerse con nada, que se recrea en la derrota y se precipita una y otra vez en las frágiles manos de las Erinias.
Golpeo con rabia su cara y el espejo se rompe en pedazos. Salgo de casa sin rumbo fijo, nervioso observo mi mano herida, camino aturdido hasta llegar a un parque en el que reconozco el rincón donde perdí la razón entre música de colores y placenteros humos dulces.
Enciendo un cigarrillo y más tranquilo presiento que ha llegado el día de saber de quién es el rostro y quizás de verme en su vacío, aunque sé que será inútil la lucha. Miro al cielo, amanece un Sol ennegrecido, aspiro con fuerza el humo del cigarrillo, decido regresar al sanatorio, nunca he faltado al desayuno.
El príncipe de una pequeña isla vivía en una torre, entre infolios y crisoles de marmol, escudriñando el cielo con su catalejo. Cierto día, un ave desconocida soltó de su pico un medallón en que había el retrato de una joven tan bella que parecía irreal. Un ferviente amor invadió súbitamente su alma. ¿Quién era aquela maravillosa mujer? ¿Dónde hallarla? El príncipe decidió construir un navío para recorrer los mares, en busca de su amada.
El mismo día, el rey murió y el príncipe fue coronado en su lugar. Cerró la torre, tomando consigo solo el retrato, y bajó para encontrarse con su pueblo. El viaje fué aplazado. Pasaba todos los días en la corte, reorganizando la justicia, el comercio o el ejército, mientras las noches soñaba con la dueña de su alma.
Pero un rey tiene que casarse y tener hijos, herederos del trono. Fue elegida la hermana del rey de la isla vecina, la más adecuada para su rango. El tiempo pasó, inexorable. Tuvieron hijos y vivieron con dignidad una vida dedicada a los otros. El retrato fue perdido y el rey nunca recordó su decisión, ni la torre, ni las estrellas que solía contemplar desde su mirador.
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