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PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
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Como en ENTC nos gusta haceros participar y siguiendo una idea que nos habéis hecho llegar os proponemos un juego. El jurado de la final ha tomado su decisión y los participantes de ENTC tienen la suya… ¿Coincidirá? En la columna de la derecha tenéis un formulario para votar a los relatos que más os gusten de los 10 finalistas (nos hubiera gustado hacerlo de los 39 pero habría sido demasiado lío…) Mantendremos la votación hasta el Sabado 23F que anunciaremos los ganadores… y a los otros dos ganadores del público, los elegidos por vosotr@s. Para estos dos relatos, el premio extra será ese codiciado y dulce premio… !la mermelada de arándanos del sendero¡
De madera de raíz con incrustaciones de roble y nácar.
Sin duda era más bonito el continente.
En el retrato se ve algo bello, pero en el espejo se percibe que dejo de serlo tiempo atrás.
Ya ni ese pelo, ni esa mirada, ni esa apostura, si algún día la tuve.
Recomiendo no pongáis el retrato frente al espejo, un día tras otro os arrepentiréis de vuestra mala vida.
Olvido la escena, suspirando.
Me voy a tomar un café ¿o una tila…?
…¡Mejor un carajillo!
En su altivo paseo, el marchante observaba despacio matices en las telas. De uno a otro lado de la estancia, el eco de sus pasos presagiaba un murmullo de adioses que iría a despertar su más secreta herida. Con el descaro del que ignora el sueño del silencio, dos mil maravedíes sobre la mesa retumbaron como el grito del hambre. “Las jovencitas venden”, le oyó decir riendo a aquella boca desdentada, al tiempo que apretaba el cuadro contra el pecho. Tras el sigilo de aquel dolor inútil, una lágrima escondió su reflejo en la gema que brillaba poderosa en el lienzo. Le vino a la memoria el delicado gesto en la barbilla; aquella tenue luz devolviendo la humedad a sus labios; el brillo austero de su triste destino en la mirada. Había aprendido a quererla. Se habían amado envueltos en colores y olor a trementina; en el silencio de las horas mudas, entre luces y sombras tejidas con secretos de las tardes de Delft. Con la imagen del viejo fundida entre la niebla, se le iba para siempre “La joven de la perla”. Era sólo el comienzo de un viaje por la Historia
El inesperado grito fue tan desgarrador, que la cámara con la que estaba grabando el parto se le escurrió de las manos estrellándose contra el suelo. Se acercó entonces apresuradamente hasta la cama y tomó la mano de su mujer entre las suyas.
—Estoy aquí amor mío —le susurró con dulzura—. Ya falta poco.
Ella le miró con ojos vidrios y la frente perlada de sudor, y de pronto, su cara se contrajo en un rictus de dolor, mientras todo su cuerpo temblaba por el esfuerzo del último empujón.
El médico levantó un momento la vista de entre las piernas de su esposa, y el pudo leer en sus ojos que algo iba mal.
—Lo siento muchísimo —dijo envolviendo al niño con una sábana —. Su hijo ha nacido muerto, es mejor que no lo vean.
Cuando exigieron ver el bebé, los padres descubrieron que habían engendrado un horrible monstruo.
— ¡Es culpa mía, quería tanto darte un hijo!
—No es verdad—la consoló el abrazándola.
Algunos meses más tarde, organizando el altillo de su antigua casa Victoriana, la mujer descubrió un retrato cubierto de polvo. Fue lo último que vio antes de sentir el dolor lacerante en la garganta.
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RELATO FUERA DE CONCURSO PORQUE SU PARTICIPA ESTE MES COMO JURADO
Pensabas que eras demasiado mayor para volver a ilusionarte como un colegial y, sin embargo, aquí estás, deseando que regrese pronto, y te salude, y se interese por cómo has pasado el día, y te haga mil preguntas sin esperar respuestas, pues ella te irá contando, como un torbellino, todo lo que éste le ha deparado. Y tú la mirarás embobado, sonriente y orgulloso, sintiéndote cómplice una vez más de confidencias y secretos de los que, sin meditarlo demasido, te hace portador. Nunca hubieras imaginado que, a pesar de la diferencia de edad, podrías congeniar tanto con otra persona, que te haría reír y soñar. Ni que la vida pudiera volver a cobrar sentido cuando ya la espalda inicia una leve curva sobre sí misma, independientemente de tu voluntad y tus cabellos comienzan a clarear.
La mirarás orgulloso, como los más ancianos contemplan aquel árbol que sembraron hace ya mucho y que se levanta imbatible abriendo sus ramas hacia el cielo. Y ella te dirá ¡Abuelo! Y te estampará un sonoro beso, que te hará el hombre más feliz del universo.
Todavía no he dicho dónde estoy…De momento no te lo voy a contar. Te dije que me iría. Tengo ilusión por hacer algo distinto. No, no estoy solo, ya me acompañan. Y los colores grises se volverán tornasol sin tener que pintarlos de otra pátina. Así están bien. Cuando de nuevo la diana de tu mirada se pare entre el arco y la flecha, estaré atento. Observa todo lo que ocurre. Los días irán pasando hasta llegar el certero, será en una la fecha inmediata. Está escrita con tinta roja detrás, en el marco.
Érase una vez que una mujer bellísima, aunque extremadamente vanidosa, se miró al espejo como hacía todas las mañanas. La imagen que le devolvió, parecía el retrato de una madrastra de mirada siniestra sacada de un cuento de hadas, además, aquel espejo se había ajado y ese reflejo partía su mejilla izquierda con una cicatriz espeluznante. Malhumorada, llamó a una de sus hijas.
– ¡Cenicienta, vete a comprar otro espejo de inmediato!
http://susurrosbarquerenos.blogspot.com.es/search/label/ANGELES%20SANCHEZ%20GANDARILLA
Sobre la repisa de la chimenea he puesto tu retrato junto al mío. Quiero que al menos ellos permanezcan juntos, que cuando apague la luz se cuenten lo mucho que se extrañan, lo mucho que se aman. Quiero que ellos no vivan la ausencia, que se vean y sonrían con sus mejores galas. Quiero que en las noches de luna con rayos suaves y fríos se den calor con su compañía, que se seduzcan con tanta coquetería y que se cautiven con profundas miradas. Que en cada amanecer lo primero que vean sea sus rostros enamorados. Quiero que eternamente vivan en esa tarde en que fueron felices, en la que se detuvo el tiempo… Quiero que no vuelen las mariposas ,ni se marchiten las rosas, ni caigan las hojas, que no se ponga el sol… Quiero que sean y vivan todo lo que tú y yo no vivimos, que se digan todo los que nos faltó decirnos, que se inventen y lean poesía, que se disgusten también para que gocen del placer de reconciliarse… El tiempo a ellos no los envejece ,ni los enferma ,ni los mata ,ni los separa, si acaso, les pone luz que además les favorece.
“Una, dos, tres…” Así cada tarde contaba las pecas que adornaban su pálido rostro. Sus ojos del color del mar la miraban dulcemente, mientras al sonreír se dibujaban las arrugas en su frente. Tatareaba una nana a la misma vez que mecía la mecedora y así, con el vaivén acababan dormidas.
Ahora habían pasado veinte años de aquello y tan solo le quedaba el viejo retrato de la abuela guardado en el desván.
Y dejaste ir al destino de la aurora…
próxima y lejana a la vez,
extraña y misteriosa…
zambulléndose en mi cuerpo,
envenenándome sin una sola herida…
ni siquiera un rasguño me dejó.
Tan profunda entró
que mis entrañas,
quedaron vacías y secas…
embebidas y secas en su sed.
Otoño de vanidades en suspiro fatal,
sed de invierno;
sobre la fuente de su primavera,
sedienta de las gotas del rocío,
al amanecer.
Fuiste tú; flor de mis entrañas…
latido joven de mí corazón;
quien en beso de cálido verano…
me distes tus besos y tu miel.
ya se secó mi arroyo…
desértico quedó mi páramo,
Solitario de piedras se llenó.
Miradas de besos llameantes,
se perdieron…
fruto de nuestra amada pasión.
Ahora solo queda el crudo invierno,
y el cálido retrato de quien me amo
ya no me queda nada…
¡hasta el otoño… murió!
Tiene visibles las cicatrices de nuestra amistad. Le falta media nariz, la perdió estrellándose contra el suelo en la primera salida que decidí llevarlo como copiloto en la bici. También tiene un chichón, una marca sobre su ceja izquierda, recuerdo de una experiencia fallida intentando demostrarle que podía volar, aunque no tuviera alas.
Sólo le queda un ojo, no confesaré como lo perdió porque aún hoy me da vergüenza. Y medio pie derecho, del otro medio se encargó mi perro. Ni un diente porque nunca los tuvo, ni un pelo porque se los fui arrancando mechón a mechón.
A partir de mañana, si no se adelanta, tengo siete meses para dejarle perfecto. Dice mi mujer que cuando nazca nuestro hijo, mi Pinocho tendrá que estar listo para convertirse además de en su mejor amigo, en el sucedáneo de hermano que nosotros, con nuestra deteriorada economía, no podremos darle.
Nuestro barco arribó a Port-au-Prince el 12 de junio de 1922, y esa noche los hombres, sedientos de ron, juego y mujeres, nos desbordamos por las callejas frente al puerto. A la salida de un cafetucho me crucé con ella. La seguí sin pensarlo, prendido del frufrú de sus enaguas rojas, de su piel de cacao. Rompimos el uno contra el otro con violencia de temporal, y por la mañana fue fácil jurarle amor eterno entre café y caricias procaces. Cuando le dije que la eternidad duraba nueve días no hubo reproches, tan sólo me mordió los labios una última vez y me arrastró hasta un fotógrafo que nos hizo un retrato.
He vuelto a soñar con ella. Apenas cubierta por una fina camisola, danza enloquecida alrededor de una hoguera. Al despertarme, el ritmo salvaje de los tambores aún late en mis pulsos como una maldición. El médico del barco dice que es la fiebre, los delirios del tifus. Pero yo sé que no, y vigilo el retrato: sus enaguas se han teñido de rojo, y mi imagen ya casi se ha borrado. En unos días habrá desaparecido, y ella me habrá enseñado cuánto dura la eternidad.
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