105. PASIÓN POR TU DESORDEN
En la pandilla todos los chicos teníamos novia formal. La mía era Julita, una chica monísima que colocaba todo en el lugar correcto: la melena recogida en una coleta, el largo de la falda justo por encima de la rodilla y mi deseo a no menos de diez centímetros de sus caderas.
Aquel verano conocimos a Marina. Nadie del grupo sabía a qué hora iba a aparecer, pero siempre la precedía un bullicio de risas rompiendo el silencio de las calles. En la playa se quitaba sin pudor la camiseta, los vaqueros y el sujetador dejando atrás una amalgama de ropa y arena para salir corriendo en bragas hacia la orilla. Mientras Julita me ponía protección solar en la espalda, yo entrecerraba los ojos y me imaginaba saltando entre las olas con Marina, enredado en el caos de su pelo y de sus piernas.
La noche del concierto en el polideportivo la busqué sin descanso, a ratos la encontraba bailando a mi lado para luego perderla entre la multitud. Al terminar el último bis la vi marcharse con los músicos de la banda, abrazada al batería. Me lanzó un beso desde lejos. Nunca estuvo tan guapa. Ni yo tan triste.


La chica más desordenada y, por ello, teórcamente menos conveniente, es, sin embargo, la más popular y querida, la que levanta pasiones. Tu protagonista se da cuenta de ello, de que lo que siente no tiene lógica, pero no lo puede evitar, quizá, tampoco quiera hacerlo. El corazón parece, a menudo, un músculo que va por libre, como queda claro en las últimas frases.
Un abrazo y suerte, Asun.