22. PICORES (Miguel Ángel Jiménez)
A Tomás le picaban las bisectrices cada vez que tenía sentimiento de culpa. Pertenecía a una familia aristocrática de principios muy rectos. Su padre, un logaritmo neperiano de tercera generación, era conocido en la zona por sus metáforas atrevidas. Estuvo en la cárcel por una de ellas al alterar los límites de la entropía permitidos.
Aun así, pudo aprobar las oposiciones de Registrador de la Propiedad y casarse con una recta paralela de un solo trazo. Cuando nació Tomás, el matrimonio decidió emigrar a otro universo menos racional y más cuántico. Todo por el bien de Tomás, que como buenos padres le deseaban la mejor educación, llena de principios sin finales y de apotemas opuestas por el vértice.
En la primada tradicional de septiembre se habían juntado todos los números primos de la familia, cuñados incluidos. La Policía Local, previsora, había establecido un dispositivo de seguridad. No siempre acababan de forma pacífica. Mejor dicho, nunca.
El cordero lechal no se podía comer. Había sido mezclado con especias cuyos espines estaban rigurosamente prohibidos en la zona. Todos los comensales se fueron de vareta.
A Tomás, aquella noche le volvieron a picar las bisectrices.
Al menos, este año no hubo heridos.


Para que luego digan que las matemáticas no pueden ser divertidas. Los sentimientos, tan abstractos e inmateriales como aparentan, tienen un correlato físico y corporal, por eso la culpa produce picores a Tomás en sus bisectrices, que, al menos yo, solo puedo relacionar con una parte muy concreta de su anatomía.
Un abrazo y suerte, Miguel Ángel y, si no mw equivoco, bienvenido a tu estreno literario por estos larws.