15. Psycho killer
La doctora entra en la habitación con ese caminar suyo, tan suave y sofisticado, que apenas desplaza las sombras.
Intercambiamos una mirada: interrogante la suya; expectante la mía.
En ese duelo desigual se me atropellan las preguntas en la garganta, pero me obligo a permanecer sereno, como si la cosa no fuese conmigo. Es algo que se me da bien. Eso, y levantar una ceja sardónica que, creo, me hace bastante interesante.
Ella interpreta su papel, impecable y fría como una serpiente. Observa mis constantes y toma notas, pero sé que, al igual que yo, se muere por iniciar una conversación. Y también sé que no quiere ser ella la primera en hablar.
Sonrío para mí y permanezco inmóvil.
Al final ella cede, como de costumbre, y, con cierta displicencia, entona:
—¿Qué ha sentido?
Me humedece los ojos con solución acuosa a la vez que evita mi inquisitiva mirada.
Simula entereza; yo finjo todo lo demás, así que le contesto:
—Mucha culpa, doctora, mucha culpa…


El comportamiento de un psicópata ha de ser materia de estudio para los psicólogos, pero precisamente, si actúan de esa manera, implacable, fría y asesina a los ojos de los demás, es porque no sienten culpa ninguna por ello, algo funciona de forma anómala en su cerebro, aunque con sus palabras y actitud quieran dar otra impresión, como el de tu relato, que seguro que no engaña a esta doctora.
Un abrazo y suerte, Susana