23. Visillos
Estoy mirándolo desde mi sofá, las cortinas corridas, olor de verano y las golondrinas como locas de un lugar a otro, creando sombras en mi salón y dando movimiento al polvo… Esas partículas fantasma, estancas a su manera, reverberando la luz filtrada: mi compañía. Las páginas del libro dobladas, me arrepentiré luego.
Siento que la soledad se esparce y que hoy es el día. Sólo muevo los ojos unos 10 grados y enfrento ese pasillo inabarcable.
Los ruidos del parque no tienen clemencia, pero él avanza lento. Se detiene junto a la farola y alza sus ojos. Me estremezco, pero no me muevo. El cuerpo tiembla a su manera. La súplica de ese rostro es un descampado urbano.
Sigue avanzando y ya puedo respirar. La habitación pega un vuelco, las cortinas se inflaman y me rozan. Una arcada engorda dentro. Entierro la cara entre mis manos y lloro de nuevo sin lágrimas ni espasmos. El túnel del pasillo se expande más allá del universo, no hay barreras en el paso.
El libro hace un ruido sordo al caer, se desprende el marcapáginas, y yo divago con horror sobre mi capacidad de encontrarme de nuevo.

