75. Y entonces se rasgó el velo del templo (Ezequiel Barranco)
Rondaba el mediodía, Dimas miraba con fe ciega al hombre que, sin duda, traería la salvación al mundo y Gestas se encaraba con ambos iracundo. Al pie de la cruz, María lloraba desconsolada arropada por el eterno abrazo de Juan, Magdalena se agarraba desesperada a los pies del madero; José disimulaba sus lágrimas jugueteando con su bastón, y José de Arimatea y Nicodemo buscaban una escalera para cuando llegara el desenlace, las santas mujeres preparaban la mortaja, los soldados romanos evitaban la mirada a ese angustiante espectáculo, Pedro y Judas compartían el dolor de la mentira y la traición, sus amados apóstoles se escondían temiendo la peor de las venganzas, de las persecuciones y delaciones de fariseos, sanedrines, vecinos envidiosos y próceres romanos, el pueblo disimulaba su dolor y su desconcierto bajo la mirada cruel de los sumos sacerdotes. Todos sintieron que en su corazón se abría la duda y el rechazo a sus creencias y crecía el dolor y la desesperanza. Entonces, viendo que la fe puesta en sus palabras y promesas desaparecía, Cristo bajó la mirada y antes de encomendarse al Padre, pronunció su verdadera quinta palabra: «Dios mío. Dios mío ¿por qué los has abandonado?».


Según tu matiz y reinterpretación, debió de ser un momento en el que la fe se tambalease. Puede que esas palabras propiciaran un hecho sobrenatural e inexplicable, como la rasgadura del templo, que todo el mundo pudo ver e hizo que la fe volviera.
Un abrazo, Ezequiel. Suerte
Desde siempre la retórica se ha dirigido a los líderes, no a la gente, y este cambio imperceptible en la quinta palabra que propongo intenta deshacer esa rutina.
Buen giro, Ezequiel, quizás por eso resucitó (o eso dicen), para que recuperaran la fe.
Un abrazo y suerte.
Gracias Rosalía. Muchas veces pensamos en el dolor de los protagonistas que lo padecen o producen, sean militares, políticos, líderes, religiosos o héroes, pero nos olvidamos de aquellos que, por su causa lo sufren.