17. El infierno
No le importa levantarse antes, lleva días sin pegar ojo del bochorno que hace. Anoche le telefoneó su jefe: que llegaría tarde, que fuese abriendo el local, que encendiera la cafetera y la plancha, atendiese a los repartidores, llenara el botellero, ayudase a Mirta a pelar patatas. «Ufff, espero no olvidar nada», piensa, enjugándose el sudor de la cara.
Se despide de Julia, coge con delicadeza a Alba para no despertarla, sale sin desayunar, arranca el coche. Parece que se derritiera el asfalto, que los neumáticos rodasen más despacio. Le atormenta el recital de bocinazos, el no avanzar, el ver los minutos pasar atrapado en mitad de ese atasco. Suena el móvil, es el jefe: que compre hielo en alguna gasolinera, que la máquina ayer se trababa.
Cuando por fin llega, aparca el coche arriba, no da tiempo a entrar al garaje subterráneo del centro comercial. Abre el bar, es un no parar hasta las cuatro, hora de marcharse.
Sale fuera, cuarenta grados, enciende el móvil. Un mensaje de la guardería, preguntando por Alba. Recuerda recostarla en su sillita, abrazada a su muñeca, durmiendo tan plácida.
Se abre el suelo bajo sus pies. Cae. Siente el lametazo de las llamas.

