29. Tricobezoares
Margarita vigila la entrada desde el sofá mientras despoja toda su ropa de botones. Son como caramelos. El silencio del teléfono mantiene cristalino el aire de la estancia y la impulsa a mordisquearse las uñas de pulgares, índices, anulares, corazones y meñiques. Por la ventana asoman rayos de sol, asoman las estrellas, asoman pájaros y gente que no le interesa. Con un ojo en el buzón, juguetea con su trenza: la hace, la deshace, se arranca mechones, los mastica.
Su abuela le da manzanilla, le dibuja príncipes, joyas, castillos y hasta un cohete para ir a la luna, le coloca al gato sobre la tripa para darle calor y se lo quita si comienza a lamerlo. Sus profesores la aconsejan, el cura la exorciza, sus padres tratan de guiarla. El médico diagnostica ese dolor intenso de sus entrañas, le receta aceite, le receta un bozal, le receta que salga al mundo a encontrarse con la vida.
Pero el desasosiego deshoja poco a poco a Margarita, que vomita bolas y suspiros mientras aguarda inmóvil que el futuro soñado llame por fin a su puerta. Cuando acude la ambulancia, porque, verdosa y escuálida, apenas respira, abraza esperanzada al primer camillero que llega.

