37. Cosas impropias de una señorita de bien.
Esconde el cuaderno bajo el colchón y el lápiz entre los pliegues de su enagua. Cuando la puerta se abre improvisa una sonrisa bobalicona mientras piensa qué diría su familia si supiera que lo ha vuelto a hacer; que sigue desbaratando la realidad con sus cuentos; que, en esta reclusión, los muros son tan solo una quimera.
Ni siquiera los doctores que dicen cuidarla sospechan que se mancha las manos de sangre cuando las sumerge en el papel; que sus personajes arden atrapados en deseos inconfesables; que es capaz de resucitar a los muertos y de imaginar futuros imposibles.
Sentada en el jardín piensa que no deberían haberle prohibido leer, porque ese día murieron todas las flores, y de sus semillas brotaron las historias que la han traído hasta aquí.
A veces, su hermana la visita y le trae un lápiz que ella esconde entre las horquillas de su moño. Y, antes de rendirse, su última compañera de celda le entregó un cuaderno, en el que apenas quedan páginas en blanco.
Pero ella no cree que eso vaya a suponer un problema.
Porque ha aprendido a volar y ya nadie la puede parar.


¡Ay, sis! ¡Cómo me gusta! Me encanta la idea de que empiece a escribir porque le prohiban leer, si es que a veces es peor el remedio que la enfermedad y, pensando que le iban a cortar las alas, lo único que hicieron fue incitarla a usarlas.
Una gran pequeña historia. ¡Abrazote!
Pues me gusta mucho, Rosalía. Qué bien contada esta historia que considero real. Cuantas prohibiciones, cuantas trabas y restricciones… que aún existen en ciertas culturas.
Pero la cabra siempre tira al monte.
Afortunadamente 😜
Gracias