54. El infiltrado
Llevaba demasiado tiempo sin haberse manchado las manos. Las excusas habían sido buenas, pero intuía que los de arriba no se tragarían ni una más. Pronto empezarían a sospechar de su pasado. Aunque estaba avalado por un magnífico currículum, sus supuestos méritos como sicario eran difíciles de probar.
Por eso reunió el coraje suficiente y se ofreció voluntario para el siguiente trabajo. El jefe en persona le entregó una carpeta con todo lo necesario: la dirección donde encontraría a la víctima, un fajo de billetes como adelanto y una escueta sinopsis de la misión. —Nivel 4: ejecución— leyó ante el jefe sin pestañear.
Llegó puntual a la dirección. No había nadie. Le resultó extraño. Muy extraño. Era un fallo impensable que la víctima no se encontrara allí. —A no ser que… —pensó mientras su espalda se deslizaba despacio pared abajo dejando un rastro de sangre en el papel pintado.


El coraje puede no ser suficiente para engañar todo el tiempo a quien está habituado a las malas artes y a actuar sin escrúpulos. Quien se mete en la boca del lobo conoce los riesgos.
Un abrazo y suerte, Nieves
El que a hierro mata… El que juega con fuego… El coraje, a veces, no es suficiente. Muy bueno.
Una profesión de riesgo la de infiltrado. Es difícil hacerse pasar por sicario sin hacer de sicario. En este caso su coraje le metió en la boca del lobo.
Un abrazo
Qué buena historia hay encerrada ahí. Da para una temporada.
u
Un ejemplo de lo peligroso que puede llegar a ser el coraje.
un abrazo y suerte.
El coraje, utilizado para la maldad, con frecuencia acaba como el rosario de la aurora para ese tipo de «valientes». Como dijo aquel: «No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague». Enhorabuena y suerte, querida Nieves.
Bonito cuadro ha quedado al final. El riesgo tiene eso, que te puedes morir. Como el infiltrado!
Llegó tarde. Hay que ser muy valiente para ser un infiltrado y a tu protagonista no la ha ido nada bien. Muy bonita la historia. ¡Suerte!