53. El valor de pecar
En su segunda venida, el Mesías aseguró que resistir la tentación era sencillo: bastaba con tener miedo. Lo verdaderamente difícil, dijo, era reunir el coraje necesario para caer.
Sus palabras prendieron enseguida en el pueblo como una forma de liberación. El carnicero trucó sin pudor la balanza. La maestra se acostó con el padre de un alumno. El alcalde aceptó sobornos para recalificar terrenos. La culpa no los atormentaba porque ya no era pecado, sino valentía.
Pronto sus seguidores fueron legión. En todo el mundo, la gente se atrevió a dar rienda a sus deseos más oscuros. Solo Él permanecía limpio: no robaba, no fornicaba, no se enriquecía. Por eso, pronto lo acusaron de no predicar con el ejemplo, de ser un farsante y un cobarde. El pueblo exigió un castigo ejemplar, y las autoridades decretaron su crucifixión.
Ya en la cruz, habló:
—Seguís siendo los mismos tontos de siempre. No veis que yo también he cedido a la tentación.
—¿A cuál? —gritó el pueblo enfervorecido.
—A la de medir mi poder. Hace dos mil años os convencí de que si pecabais, había un infierno esperándoos. Ahora quería saber si también lograba convenceros de lo contrario.


De la tentación no se libra nadie, otra cosa es caer en ella, y otra diferente, pero no por ello menor, es si se hace por cobardía o por todo lo contrario. Caer en la tentación, normalmente no es lo correcto, pero si lo fuese, tiempo nos faltaría para transgredir todas las normas, religiosas, éticas y sociales.
Un relato que hace pensar y mucho.
Un abrazo y suerte, Elena