56. Desviarse de la norma
Muchas tardes, la joven de la última fila se desahoga en la pared de la casa del profesor de lengua y literatura. Esgrafiadas con un objeto punzante, le deja frases en las que conjuga en presente irregular su amor no correspondido: «Eres mi bida», «Estoy loka por tí», «Sino es aora, kuándo?».
En un par de semanas la pared parece un enorme pupitre, castigado con cientos de mensajes que hieren la vista y el corazón del docente. Cada error lo punza como una ortiga, pues arrastra desde niño una aversión obsesiva a los deslices ortográficos. Y a la maldita soledad.
Hace dos días que ella no ha vuelto a resbalarse por allí. Al amanecer, cuando la ciudad aún guarda silencio, él se arma de valor y le escribe con tiza roja: «Me faltas».

