59. El patio
Sus dedos, por pasar el rato, trenzan peciolos desnudos de falsa acacia con los que crea animalillos amorfos. Aunque nadie se interese por su destreza. Mira a su alrededor deteniéndose a envidiar la gracia y precisión de las que saltan a la comba, la agilidad de los que juegan a baloncesto, el glamour que destila el corrillo de las guapas, el magnetismo que emana del grupito de los mayores. Los estudia a todos, busca diferencias, cualidades que emular.
Uno de los pequeños, atraído por su actividad, se sienta a su lado y hace mil preguntas, pero no pone empeño en deshojar las ramitas con el «gallo-gallina», ni quiere aprender a hacer trenzas: huye hacia los columpios.
Un balón la golpea y cae a sus pies. Se levanta dolorida, pero sonriente, e intenta devolverlo de una patada. Tropieza con el banco y el improvisado zoo de cestería va al suelo. Un compañero de clase se acerca a buscar la pelota. No pide perdón, ni la invita a jugar: la mira con un mar de desprecio.
Comienza a llover, la gente corre a refugiarse. Ella trata de imitarles. Resbala, trastabilla, cae. Sus gruesas gafas se enturbian con incómodas gotitas. Sus ojos, también.


Todas las personas son únicas, pero algunas más que otras, tanto, que les cuesta formar parte de un grupo con afinidades que no comparte, o que alguien quiera entrar en el suyo, aunque esté abierto. Su disyuntiva es difícil: someterse a costa de su verdadera esencia, o un cierto aislamiento e incomprensión.
El relato de un drama que puede parecer menor, o pasajero, pero que no lo es para tu protagonista.
Original y contado con belleza y sensibilidad.
Un abrazo y suerte, Eva.
Chica incomprendida. La diferencia se suele despreciar. Mica se sabe, puede que sea el inicio de si futuro como creativa.
Muy bien contado.
Es inimaginable la desolación cotidiana de tu protagonista, querida Eva. Los seres especiales son los verdaderos valientes del mundo y ojalá supiéramos verlos, cada día, a nuestro alrededor. Porque están muy cerca, más de lo que imaginamos, y no deberían derramar una sola lágrima por nuestra culpa. Un abrazo, guapa.
Qué cruel puede llegar a ser el patio escolar. Y qué bien lo has contado.