67. Trazos (Fuera de concurso)
«No debes ocuparte de lo que hay más allá de la llanura», le repetía su padre cada vez que él, curioso, señalaba la línea del horizonte. «No hay que preguntarse por aquello que no podemos entender», insistía su madre, cuando su cabeza se alzaba, inquisidora, en busca del sentido de aquellas nubes inmóviles que regaban generosas la pradera, o de aquel sol benefactor que, desde los márgenes del cielo, sonreía a todas horas. Con frecuencia, contemplaba a los pájaros suspendidos frente a él. Jamás bajaron a picotear en el jardín.
Nunca obtuvo explicación al ritual que repetían cada vez que se acercaban los ruidos. La primera señal eran los pasos. Después, los tres tics intermitentes y, al fin, la luz que lo inundaba todo. Tomaban posiciones. Él, en medio de sus padres, dando una mano a cada uno. Ellos alzaban el brazo libre. Los tres combaban la boca en una mueca absurda. Luego, todos se quedaban quietos.
«¿Por qué?», preguntaba cuando volvía la oscuridad. «Porque así ha sido siempre», le decían. Las cinco líneas de su cuerpo se estremecían e, irremediablemente, dentro del círculo de su cabeza, los extremos de la raya de su boca se torcían hacia abajo.

