85. Cuentas pendientes
Victoria camina y evita los tres euros del autobús. Al llegar, muestra el DNI; revisan las bolsas y, tras firmar, pasa a la sala de visitantes. Él sonríe al verla y la abraza como cuando era pequeño. Agradece el chándal, el tabaco y sus libros juveniles: Miguel Strogoff y Cuento de Navidad.
No estará para las fiestas, dice, a menos que se pague la fianza.
—No puedo, hijo.
Él le cuenta que deben de saber a qué banda pertenece, porque los presos no le molestan y los guardias le tratan bien. Hoy ha repetido lentejas. Eso sí, cuando salga, reventará al cabrón que le haya denunciado.
De regreso, compra yogures baratos, a punto de caducar. En casa, enciende el ordenador y transfiere los quince euros que ha ahorrado a una cuenta nueva que ha llamado “Matrícula FP”. Fontanero o electricista: los gremios siempre tienen trabajo y cobran bien.
Antes de acostarse, envía un WhatsApp:
—Mi niño, bien. Gracias, inspector.
La respuesta le hace sonreír:
—Hizo lo correcto. Cumpliré mi promesa.


Una madre siempre apoyará a su hijo, incluso si se desvía del camino correcto. La de tu relato se priva de todo para ahorrar y pagarle una formación para cuando salga de prisión; le lleva sus libros juveniles, quizá ahora los aproveche mejor y le sirvan para enmendarse. Todo ello es meritorio, pero su verdadero coraje, algo que no hubiesen hecho todas las madres, es denunciarlo, para que pague su deuda con la sociedad con un acuerdo previo, y secreto, lo más ventajoso posible.
Una historia nuy bien pensada y contada, Mel.
Un abrazo y suerte