84. El coraje de la ignominia
Ajustó el micrófono y se dispuso a desplegar su corazón. Para postularse a la presidencia, debía mostrar su talante democrático y expresar su voz a lomos del coraje, sin cortapisas, pues sus raíces bebían de los caballeros del medievo.
—Gracias a todos por vuestra presencia.
Veo a muchas mujeres encumbradas en sus tacones de aguja, belleza que, seguro, ensalzará la decoración del auditorio.
Supongo que los negros, moros, al igual que los gais, lesbianas, invertidos y demás rarezas antropológicas, tendrán prohibida la entrada.
Por favor, si hay alguna persona con discapacidad física o intelectual, que se coloque detrás para no molestar.
Ahora sí. Vosotros, hombres, que sois el pilar de la familia y de la sociedad, escuchad.
Estoy a vuestra disposición para regenerar esta casta política que nos avergüenza. Juntos arrancaremos el eccema de putrefacción que se extiende por la piel de este, nuestro amado país.
El discurso prosiguió en un alarde de retórica. Cuando los focos se apagaron y sus pupilas pudieron contemplar al populacho, no había nadie.
Y, tras una exhaustiva reflexión, el orador llegó a la conclusión de que el auditorio, ignorante, no había comprendido su mensaje. Sin duda, la sociedad estaba abocada a la extinción.


Este personaje tan indigno merece quedarse sin público ni seguidores. La valentía de sus tesis indefendibles viene de una ignorancia y falta de empatía en el ser humano. Ni siquiera la evidencia de la soledad le hace disminuir su fanatismo, reconocer la pluralidad de una sociedad a la que pretende representar.
Un abrazo y suerte, Salvador
Un discurso que escuchamos , no tan explícitamente pero que se adivina detrás de las palabras de los líderes de algunos partidos políticos, desgraciadamente en todo el mundo y también en nuestro país. Lo que sí es ficción en este relato es que el auditorio se vacíe porque rechace ese aberrante discurso. ¡Ojalá fuera así!
Al menos que no falte la denuncia.
Un saludo