09. Diagnósticos dispares (Edita)
Tengo una buena amiga que no aplaude mi humor gris marengo, como yo lo califico eufemísticamente. Nos conocimos en el trabajo. La primera vez que le envié un mensaje, mezcla de retranca y mala intención, respondió con la frase “Ti es o demo” y el emoticono correspondiente. Me hizo gracia y empecé a utilizar esa carita cornuda para firmar mis habituales salidas de tono.
Un día de fiesta familiar, comenté la broma. El rostro de mi madre se descompuso y me ordenó callar. Ni poniéndome pesada, conseguí que descubriera el motivo de su reacción. Los demás cambiaron de tema. Desde entonces, sustituí el sarcasmo irreverente por formalidad y silencios.
La vecina más próxima, que me ha visto crecer, mostró extrañeza por mi semblante serio. Le expliqué la razón y se ofreció a contarme si le prometía no descubrirla. Según dijo, recién cumplidos los cuatro años, sufrí una posesión demoníaca. Mi madre buscó un cura exorcista, pero mi padre, médico y ateo, puso el grito en el cielo e impidió el ritual. Él, con psiquiatras y medicación, me sacó adelante; ella, escéptica, piensa que el maligno permanece aletargado en mis entrañas a la espera de mejor ocasión para manifestarse de nuevo.

