Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

22. Poeta

—No la molestes, que otra vez está vaciando armarios, estanterías, cajones y baúles como loca.

—¿Qué se le perdió ahora?

—Un adjetivo.

21 Hay días que no es el día

Cuando abrió la boca descubrió un Potosí. ¿Cuántas piezas tendría en su sitio? A simple vista como mucho cuatro o cinco. Una exploración detallada le confirmó su acertado juicio: cinco. Iba a llevar tiempo corregir el desaguisado de la naturaleza. Y dinero, aunque este iría directamente a su bolsillo.

-¿Está muy mal, doctor? -Preguntó el padre como si nunca se hubiera fijado en la sonrisa de su retoño. Aunque tal vez, la pobre criatura nunca se atrevía a despegar los labios.

-He visto cosas peores. No se preocupe, Marcelo va a estar irreconocible y en menos tiempo del que piensa -mintió permitiendo que el embaucador esmalte de sus dientes iluminara la consulta.

Sin dilación desplegó el instrumental sobre la mesa, creando confusión en el padre de Marcelo que no sabía si se trataba de herramientas de un taller mecánico o el equipo de tortura de un inquisidor.

Después de una hora la boca del jovencito parecía una chatarrería. Padre e hijo salieron de la consulta obnubilados con la esperanza de un futuro mejor. Cruzaron la calle sin mirar el semáforo, el conductor iba leyendo los mensajes del móvil y el asfalto se inundó de dientes, alambres, pelo y masa cerebral.

20 Therian

Todo comenzó cuando adoptamos a Yaki, que pasó a ser uno más en ese proyecto de familia que pensábamos formar. Cuando quedábamos con nuestros amigos, casi todos padres primerizos, nos mostraban a sus bebés. Nosotros, a falta de niños, presumíamos de nuestro cánido como si de un hijo se tratara.

Tras la llegada de Daniel, nuestro primer hijo, todo se desordenó en nuestro universo familiar. A partir de ese momento Yaki pasó de perrhijo único a ser el mayor de los hermanos, con el consiguiente síndrome de príncipe destronado. Daniel, por el contrario, desde su más tierna infancia, creció compartiendo miradas, cuidados y atenciones con su perrihermano mayor. Cuando tuvo uso de razón y se percató que aquello no era normal, comenzaron sus reinvindicaciones. Él no tenía hermanos, él era el primogénito y único vástago, y pelearía por el lugar que por derecho merecía. Nada cambió, y sus demandas  y exigencias cayeron en saco roto.

Una mañana se levantó ladrando, cosa normal en la pre-adolescencia. Y tras relamer el plato del desayuno, le confesó a su padres que se sentía perro, un pastor belga concretamente. Sus padres emocionados, le abrazaron compresivos. Yaki levantó sus orejas. Desde entonces ambos son inseparables.

 

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19. Diógenes sin querer

El olor era insoportable. A duras penas avanzaban los bomberos por aquel mar de desperdicios e inmundicias. Hemos recibido una queja por parte de sus vecinos, informaba, a través de la mascarilla, el funcionario que encabezaba la expedición. He sido yo quien ha llamado, aclaraba un anciano con pintas de náufrago. Estoy harto. Me dejan su basura y ya no sé cómo decirles que no soy el conserje, que tan solo me apellido portero.

18. La doncella

A veces, mientras sirve la mesa, tiene que reprimir Betsy una carcajada al imaginar los fideos, higadillos y trocitos de zanahoria del consomé deslizándose por la pared, después de estampar contra ella la sopera, hasta formar un charco ―parecido a vómito de gato― sobre la alfombra persa. Pero más gracioso aún es fantasear con la salsera estrellada en el suelo de mármol, descascarillándolo un poco y llenando de añicos de porcelana todo el comedor. ¡Qué cómico ver al bulldog resbalarse sobre la salsa bordelesa, cortándose con la loza rota y poniéndolo todo perdido de sangre y pringue! Aunque lo más hilarante tiene que ser, sin duda, llenar de Château Beychevelle hasta el borde las copas del señor y la señora Wellington, para a continuación volcarlas de un manotazo sobre el mantel.

―Betsssy, traiga la carne ―sisea la señora, agitando la mano, haciendo tintinear las monedas de oro de sus pulseras―. Y quite esa sonrisita, haga el favor, que parece usted tonta del bote.

―Sí, señora ―se sobresalta Betsy, como recién salida de un sueño, recomponiendo como puede el gesto y ahogándose de risa al imaginarse derramando la fuente de perdices estofadas sobre su vestido de encaje y terciopelo.

17. El antídoto de los naufragios

Roído por una relampagueante negrura que lo fue acorralando, el cielo se desplomó en picado sobre el mar. La agresiva tormenta sacudía las olas en vaivenes imposibles que lograron doblegar la estabilidad de la embarcación. Finalmente, los sucesivos embistes la desmenuzaron.

El único aventurero que viajaba en ella pasó las siguientes semanas sobre restos desvencijados, apenas algunos tablones y unos pocos aparejos, pero su cabeza permaneció aferrada a las palabras que flotan en los naufragios, a versos silvestres capaces de descomponer la pegajosa bruma de la desesperanza.

Imaginaba guiños de sal acunando la larga estela que los tronchados maderos trazaban en el agua. Hilvanaba en el tejido del viento los etéreos colores del crepúsculo que tendía hacia horizontes de hogar. Alzaba metáforas de espuma que remolcaban su balsa perdida.

Contó que a su suerte la ayudaron el pescado crudo y la lluvia. A él, el mágico desorden de la poesía.

16. ( Fernando García del Carrizo)

Me escondí en el armario al oír las llaves. Recordé que también lo hacía cuando estaba viva. “No sé si matarla y que su fantasma le atormente o que él muera en un inesperado accidente”. Sutilmente me fue aislando hasta quedarme sola. Se casó enamorada pero pronto descubrió su error. “Espera, si lo estaba escribiendo en primera persona”. Mi espíritu le acompañará, “no”, le perseguirá, “no”, le atormentará, “así mejor”, hasta el fin de sus días. Al quedarse en paro volcó su frustración sobre mí, convirtiéndome en su saco de boxeo. “Creo que esta imagen es potente”. Consciente de sus terrores, me reencarnaré en todo aquello que odia. “Y en cada aparición hago que ella se presente con distintas formas hasta que a él le dé un infarto o se tire por el balcón”. Mis padres, alarmados por la situación, quisieron ayudar, pero lo impedí. “No sé si quitar lo de los padres”. Pensaba que en el fondo era bueno y cambiaría. “Nananá, tututú, nananá…, me encanta esta canción”. Cuando le vi por primera vez, quedé cautivada por su sonrisa. “¡Anda! , si se me ha olvidado el título”.

15. CUANDO TODO CAE

 

Debía dejar el piso ese mismo día. El salón era un campo de batalla. Siempre había vivido así, entre montones que prometía ordenar mañana.

Solo me quedaba un armario por vaciar. Lo abrí sin miedo a enfrentar el desorden acumulado durante años y, al fondo, encontré una caja de madera. Dentro, todo estaba sorprendentemente bien ordenado: billetes de viajes antiguos que propiciaron ¿soledad?, fotos de personas que ya no estaban en mi camino y  dejaron ¿mentiras?, contratos de trabajos que abandoné y que terminaron en ¿abuso?

Aquel orden meticuloso me irritó. Tomé el contenido entre mis manos y lo lancé al aire. Los papeles y las fotos cayeron al suelo en un completo desorden, mezclándose con el caos del piso, como si por fin todo encajara en su sitio.

Entonces mis ojos se fijaron en una sola foto: mi gato, cuando aún era  cachorro, mirándome. La recogí.  Dejé la puerta bien cerrada, me marché para siempre con mi amigo de cuatro patas y eso produjo en mí , sin lugar a interrogaciones, una ordenada y agradable  sensación: compañia.

 

14. Teoría del collage

Aquel día, abrumada por el cansancio acumulado, nada le salió bien. Por eso, al llegar al portal tras una jornada laboral estresante y no encontrar la llave, le pareció lógico. También daba por perdidas las gafas, hasta que el espejo del ascensor se las devolvió, cual diadema, sobre su cabeza. Al entrar en casa, además del caos visual, acusó cierta falta de ventilación. En la cocina, restos y platos pringosos compartían escena y un macramé de ropa interior y camisetas deportivas alfombraba el cuarto de su hijo. Asimismo, la desaliñada cama de su hija trazaba, sobre la colcha, montes y oleajes en diversos planos de color. A punto de estallar ante aquella fusión provocadora que inquietaba su espacio y tambaleaba su fuerza espiritual, se resbaló en el baño encharcado y se quedó pegada al suelo junto al albornoz de su marido. A pesar del patinazo, valoró la inmensa libertad creativa que la rodeaba, pero como es sabido, toda sobrecarga es un error, y para ensamblar a los miembros de su familia y concebir una obra más unificada, estimó urgente imprimir un listado con reparto de tareas y salvar así tan desordenada composición doméstica. O al menos, mejorar su riqueza óptica

13. COORDENADAS FAMILIARES

Pequeños desajustes —tareas olvidadas, comidas compartidas en silencios tensos, trastos desperdigados— se iban acumulando como el polvo debajo de una alfombra demasiado gastada. Pero nadie decía nada, y la vida seguía su inercia en casa de los García.

Una tarde de domingo cayó la primera bomba, mucho antes de que nadie pronunciara las palabras separación o divorcio.

La madre, harta, dejó la cocina sin recoger.

Entonces, cada miembro de la pronto-no-familia mostró su propio derrumbe. El padre, sin saber dónde poner las manos, abría y cerraba cajones como si buscara una explicación mal archivada. Los hijos reaccionaron, a su manera: la pequeña alineó cuidadosamente sus juguetes, convencida de que así arreglaría su mundo; el adolescente dejó que su habitación se hundiera en un estruendoso caos musical, como si así pudiera seguir existiendo sin tener que hablar.

Cuando la madre cerró la maleta, la casa se quedó a medias, partida entre fotos torcidas y cajones semivacíos.

Pero, en medio de ese desorden, apareció algo inesperado: el silencio dejó de ser un abismo y los hermanos empezaron a contarse sus preocupaciones.

Por primera vez, cada García encontró un rumbo propio en medio de ese territorio en ruinas.

12. A DESTIEMPO (Ángel Saiz Mora)

Tenía un magnetismo único con los más pequeños. Su actividad de payaso o mago era solicitada de continuo en celebraciones infantiles. Padres y madres contemplábamos su cercanía natural con nuestros hijos, hasta mimetizarse entre ellos como uno más. Lo suyo no parecía un trabajo, sino puro disfrute.

Mis ojos de psicólogo apreciaron en él un comportamiento genuino, sin impostura, quizá aderezado con algunas trazas de adulto desubicado, pero nadie esperaba su reacción en ese cumpleaños, al ver desenvuelto un regalo concreto. El joven animador arrebató al niño una escopeta nuevecita, que tenía por munición inofensivos proyectiles de goma espuma. Frenético, utilizó las manos y los dientes para reducirlo todo a pedazos.

Me ofrecí para sacarle de la fiesta que acababa de arruinar, convertida en un caos de incredulidad y llantos inocentes. Alguien tenía que hacerlo, antes de que la indignación general condujese a una deriva aún peor. Pude persuadir a la familia de que no llamaran a la policía

Una vez sosegado, le animé a que hablase. Fueron veintiún palabras de terapia y biografía:

Un país en conflicto.

Una infancia consumida sin haber podido jugar lo suficiente.

Aquel maldito fusil que le obligaron a empuñar.

11. EL POST-IT (Juan Manuel Pérez Torres)

Apareció entre el desorden de los dias posteriores. Era una lista de la compra, o un recordatorio de tareas: Necesario para antes del jueves, decía, hacerme las uñas (pedir cita), encargar tarta, tónicas, limón… Sin duda era su letra. En secreto preparaba mi cumpleaños.
Pero ahora el tiempo es frío, como el banco metálico de la parada del bús, e ingrato como la cola del super. Su ausencia se extiende en la casa como la niebla en el cielo y la vida es un cúmulo de nubarrones. Después del turbión de la noticia, la ginebra solo es un reloj de arena y un montón de calcetines huérfanos.

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