Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

REGOCIJO (Juan Manuel Pérez Torres)

Aquel año, el árbol de la plaza del pueblo se llenó de pájaros. Que si el cambio climático, que si una segunda primavera, que si las aves migratorias… Se oían trinos de canarios creando melodías con los alegres gorgeos de alondras y ruiseñores, y la algarabía de los jilgueros silvestres se acompasaba con los arrullos y los zureos de las palomas. El canto melodioso del mirlo tranquilizaba a las ruidosas cotorras y el piar de chamarices y verderones proporcionaban ritmo, hermanando timbres y tonos. Hasta el zorzal del bosque se vino al árbol. Los paisanos charlaban conjeturas durante sus partidas de dominó o mientras cantaban las cuarenta en bastos. Decían los más viejos del pueblo que llegaron a verse hasta gaviotas aquel año.
Desde entonces, por estas fechas, se celebran fiestas en el pueblo y adornamos el árbol con luces de colores, ponemos música en las casas y cocinamos pollos, perdices, pavos y pulardas. Rememorando la llegada del primer gorrión a nuestro pueblo, nos ponemos alas en su honor y festejamos la efeméride poniendo un arbolito adornado con luces intermitentes en nuestras casas y montando un pequeño nido al que todos le silbamos y entonamos cancioncillas inventadas.

01. INQUEBRANTABLE

A Kayed Hammad

Y cuando convertimos la adversidad en nuestra más sólida esperanza volvieron a destruirnos una vez más con el iluso convencimiento de que sería la última. Y perder. Y perder. Y perder. Hasta la justa victoria.

95. Ver y tener

En la recepción vacía, poco antes de la una de la madrugada, Juan cabeceaba mientras miraba una película antigua en la televisión que escondía bajo el mostrador.

Somnoliento, le pareció despertar en una embarcación rumbo a Martinica, junto a varios refugiados franceses. Harry, le llamaban los repatriados. Pero él solo tenía ojos para ella, la flaca. Esa joven cantante inteligente, atrevida y capaz de mover una tropa con silbar una tonada. Entre cielos blancos y aguas negras era tan feliz como Bogart ante su mirada lupina.

Juan se despertó súbitamente, antes de sentir los labios de Bacall sobre los suyos. Recorrió el edificio desde la planta superior hasta el garaje y comprobó que todo estaba en orden.

Después de las tres volvió a su sueño. Recobró la consciencia al mismo tiempo que Grant escapaba con Ingrid, inundado por las perlas que refulgían en los ojos de Ingrid.

La siguiente ronda por el recinto en el que trabajaba se retrasó hasta cerca de las seis. A esa hora Wyatt Earp ya había perdido a Clementine rumbo a un cielo plateado. El mismo firmamento al que Juan huía sonriente tras recibir un disparo del ladrón que escapaba del edificio.

94. En tierra de nadie

Sobre una hoja del cuaderno, el niño dibuja un hombre de pie en el paisaje nevado. La nieve está fresca, sin pisar. Aprieta con fuerza la punta del lápiz y rellena el interior de la silueta de un negro impenetrable. A continuación, construye la casa; sobre el tejado a dos aguas se posa un cuervo. Coge la goma y lo cubre de miles de copos hasta hacerlo desaparecer. Tumbado sobre la alfombra del salón, mira a su madre inerte en medio del enorme sofá. Ella a su vez observa, sin apenas pestañear, la nube de puntos blancos y negros que invade la pantalla del televisor, como un enjambre furioso. Su rostro pálido, coronado por una melena nívea, tan prematura, encierra una mirada que parece seguir con interés el devenir de una de esas partículas.

El niño acaricia la silueta de su madre sobre el manto de nieve reciente sin apenas tocarlo. Luego aprieta ligeramente la punta y dibuja una figura pequeña, grisácea, de pie entre las otras dos. Gira el lápiz dentro del sacapuntas para trazarles unas sonrisas radiantes; emerge la punta de grafito, afilada, dispuesta. Debe darse prisa antes de que los sorprenda la siguiente tormenta de nieve.

93. Sinsabores

Cuando la cara de Bogart ocupa toda la pantalla, ella detiene la imagen y pasea los dedos por la superficie, muy despacio. Siente el hormigueo de la televisión en las yemas y sonríe como lo haría Bacall, con estudiada insolencia, provocativa, desde muy dentro. Le habría gustado ser ella, acariciar la piel de Bogart, derrumbarse en sus brazos, besarle escena tras escena. Suspira, se humedece los labios, ahueca la mano maltrecha entre el ala del fedora y el cuello de la camisa y le besa con ternura. Imagina el aroma a tabaco y a whisky en su boca. No es difícil. En su asqueroso mundo en color, esos sabores siempre la acompañan, mezclados con los de la sangre y las lágrimas. Cuando escucha la llave en la puerta, acaricia a Bogart por última vez; y con la sonrisa de Bacall aún amoratada, abre la ventana hacia el beso en blanco y negro del asfalto.

92. Las mil y una clases

Doña Enedina estaba corrigiendo un examen de lengua cuando la visitó la muerte. Pensando que los chicos  perderían el curso, solicitó un aplazamiento. Conmovida por la vocación a prueba de guadaña, la muerte aceptó. Volvió un año después, mientras hablaban de la guerra civil. Se sentó al fondo recordando con nostalgia aquellos años de trabajo duro pero gratificante, hasta que olvidó para qué había ido.
Empezó a visitarla cada año. Escuchaba la  lección en un aula  cada vez con más sillas libres. Le gustaba la historia porque revivía los momentos estelares de su carrera. La profesora terminaba cada clase con suspense, creando una expectativa que suponía un año más. Cuando las últimas familias se fueron a la ciudad, Doña Enedina supo que ya no serviría dejar a Colón oteando el horizonte ni a Napoleón a las puertas de Moscú. Borró  el encerado y colocó las sillas. En un fotograma efímero alcanzó a ver las fotos en blanco y negro de los últimos cuarenta cursos. Toda su vida.

91. Nadie (Patricia Collazo)

Cierro tus párpados blancos con mis dedos negros de hollín y culpa.

Dicen que achicharrarse es la peor muerte y he querido evitártela. Pero no me he evitado tus desorbitados ojos negros y mis nudillos blancos, tus gritos ahogados entrelazándose en mi “es mejor así”.

Del otro lado del cristal ya todo es humo negro y denso. No salté cuando aún se veía la promesa blanca de un toldo cuatro pisos más abajo. Preferí quedarme contigo y cogerte la mano fuerte, como hago ahora, como si otra vez fuera niño y vineras a rescatarme de una pesadilla.

Pero tus dedos están fríos y blancos y mis pulmones, cada vez más negros. Las toallas no tapan ya todos los resquicios. Y por todos ellos se filtra la blanca verdad de mis manos en tu cuello cargadas de negra piedad.

Cierro los ojos, pero no puedo cerrar el alma. Tu muerte pesa toneladas y si sobrevivo es porque sé que pronto moriré. Que los cristales estallarán y las llamas devorarán nuestros cuerpos abrazados.

Nadie sabrá lo que he hecho, me repito una y otra vez. Hasta que ese nadie derriba la puerta y alerta a otros nadies: “¡Aquí! ¡aquí hay gente!”.

90. Negro sobre blanco (Jesús Navarro Lahera)

Estaba harto de ser la oveja negra, el único hermano en suspender todas las asignaturas y al que habían detenido por tenencia de drogas. Por eso pasaba las noches en blanco dando vueltas a cómo resolver mi problema. Y es que me ponía negro el hecho de que mi padre, cada sobremesa, me señalara como un claro ejemplo del fracaso.

Y lo peor es que estudiaba tanto como los demás, aunque luego, frente al examen, me quedaba en blanco. Y además estaba el tema del mal comportamiento, lo que me había llevado a estar en la lista negra de todos los profesores. Pero al final, tras horas de insomnio y levantarme cada mañana más blanco que la cal, encontré el remedio a mi problema.

Recuerdo que desayuné con una sonrisa enorme que me iluminaba el rostro, ya no lo veía todo negro. Fui al instituto silbando, no podía creer cómo se me había pasado por alto, había tenido la solución delante de mis narices, era blanco y en botella. Solo tenía que decirle al director que, o trucaba mis notas, o sacaría a la luz las fotos que demostraban que él también acudía al mercado negro para comprar la coca.

89. Acromatopsia inducida (fuera de concurso)

Desde que desapareció Wanda, vivimos en blanco y negro. Solo alguna vez, cuando llegamos a casa y los agapornis revolotean a nuestro encuentro, una estela irisada queda suspendida en el pasillo, hasta que se disipa como el vaho caliente de un reactor. Cada noche hacemos el amor igual que siempre: las mismas caricias, la misma forma de besarnos, las mismas posturas de siempre y otras nuevas para, cuando alcanzamos un orgasmo, recuperar los fuegos de artificio, la consonancia añil de los violines, el ulular dorado que emana del placer. Sin embargo, no conseguimos más que una polvareda cenicienta, el cándido chirriar de una tiza sobre el encerado, la asonancia gris del desencanto. Si paseamos por el parque, el centelleo aceitunado de la clorofila ha dejado su lugar a un matiz plomizo que contamina el envés y el haz de cada hoja; el fulgor pajizo que ayer atravesaba la espesura para iluminar la yerba fresca, hoy la tiñe de una pátina ligera de carbón. El mismo mar nos devuelve las botellas que lanzamos pidiendo su regreso, el papel mojado en el que no hay nada escrito, porque nunca supimos qué decirle, la efigie de sal en la que convertimos su recuerdo.

88. Distracción

Todos se callan para que el cumpleañero sople las velas. El niño asume su protagonismo con ciertos nervios. Cierra los ojos, se concentra en su deseo, visualiza sus colores intensos, luminosos, y espira con fuerza. La llama tintinea, tiembla y se reduce, pero engorda y resurge con nuevos bríos. Frunce el ceño, contrariado. Coge todo el aire que cabe en sus pequeños pulmones, infla los mofletes y bufa con un vigor ajeno a su corta edad. La llama aguanta, altiva, indiferente a su feliz cumpleaños. La observa con la mirada ya nublada por unas lágrimas aún contenidas, casi al borde de rodar por el precipicio de sus mejillas. Descubre su salvación en un vaso de agua. Lo agarra, y antes de verterlo sobre la orgullosa llama, vuelve a cerrar los ojos para proyectar su colorido deseo, pero sólo encuentra la blanca opacidad del olvido el obtuso negror de la rabia. 

87. Bipolar

Voy a tener fe en ti esta noche. Creo tu historia de dragones coloridos y montañas nevadas mientras te abrazo. Mientras los truenos restallan fuera y la vida quiere regresar. Casi puedo rozarla con la punta de los dedos, como luciérnagas que nos sobrevuelan. Y parece que todo está bien. Que todo está en calma. Que es real. Pero la verdad es obcecada, testaruda como un crío pequeño y paciente como el mar. Me sonríe triste al fondo mientras despiertas, una vez más, otra mañana más, en modo blanco y negro.

86. Una cana

Una mujer libre no acepta prohibiciones. Ni siquiera las de Él: de todos los árboles pueden comer, menos de ese, el de la ciencia. Justo el que parece inclinar sus ramas hacia las manos. Por eso alarga el brazo desnudo y, con buen pulso, escoge el fruto que más brilla: nada cambia tras terminárselo. Los niños corren entre jaras y cantuesos por aquel paraíso intacto. El cuerpo de su esposo se dora como siempre junto al rebaño. Y sus senos conservan aún la firmeza del pan recién hecho. Ciencia ficción divina con la que trata de asustarlos cada poco el de arriba, se dice risueña antes de cerrar los ojos. Pero mañana, al despertar, en el negro vértice del pubis habrá algo que ayer no estaba.

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