¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Él le decía la verdad. Trató de convencerla de lo absurdo de sus sospechas, pero fue inútil. Ella nunca le creería, no podía hacerlo. El horóscopo la había puesto sobre aviso y la echadora de cartas se lo había confirmado.
Ciega de rabia, agarró unas tijeras del costurero, buscó en el altillo del armario y clavó sus celos en el trajeado pecho del muñeco de boda.
Como esperaba, Él cayó fulminado. Pero, para su sorpresa, Ella también se desplomó. Mientras la vida se le escapaba, sus recuerdos retrocedieron a la trastienda de aquella santera celestina que visitó poco después de conocer al hombre que ahora yace sin vida.
Recordó que no quería una cuenta más en su rosario de desengaños. Recordó que le pidió un gran amor con ese hombre. Pero, sobre todo, recordó las palabras de la santera al finalizar el ritual, tras tatuarle dos corazones entrelazados: “Ahora vivirás en su corazón».
«Tranquila, ya me pagarás». Fue su último recuerdo.
Él coge el álbum de la barra y se lo entrega a la dama. El ambiente caliginoso del local diluye el brillo de las joyas, que tintinean mientras ella se muerde las uñas.
—¡Siéntate ahí, Toby, bonito! —dice antes de abrir el álbum—. ¡Qué monada! A este lo llamaríamos Rocky. ¿Y esta? Esta tiene carita de Laika.
Los colgantes de oro entrechocan con cada saltito.
—Por esa… podría hacerte una buena oferta —dice él antes de mirar la salida de reojo.
—¡Qué bien, una rebaja! ¿Tú qué opinas, Toby? ¿Jugarías con ella? —pregunta mientras recorre con el índice el rostro de Laika.
—No lo sé, mamá. Creo que ya somos muchos.
Soy un asesino reincidente. Al nacer, maté a mi abuelo. Era el primer nieto, hijo de su único hijo y conmigo aseguraban la continuidad del apellido. Mi familia siempre minimizó el hecho, «murió tranquilo y feliz sabiendo que tenía un heredero», pero para mí, ha sido una carga emocional tremenda. Pertenecer a la aristocracia era algo que mamaron desde la cuna durante generaciones, como si realmente fuera lo más importante que nos pudiera suceder. Nunca compartí ese clasismo casposo, machista y anacrónico lleno de “valores” completamente desfasados. Crecí rodeado de palabras pomposas: «linaje», «marquesado», “tradición”, que chocaban de frente contra mis ideas y sentimientos. Hoy, me he cargado a mi padre. Le he explicado quién soy y que ahora me llamo Marta.
Un camarero le apremia y él muestra tímidamente su carnet de identidad falsificado, con el que pretende ser uno más en el local. Superado el trámite, se aproxima a un grupo de caras conocidas, todos compañeros de su clase en el instituto.
Su presencia le asquea tanto como el alcohol, pero sabía que el bar era el mejor sitio para encontrarlos a todos. Por primera vez parecen tolerar su compañía, incluso se dirigen a él por su nombre y eso le hace dudar.
Cuando acaricia el gatillo de la automática oculta bajo la sudadera recuerda a qué ha venido.
Cuando ingresé en el internado “Chocandre” ya estaba allí. No recuerdo su nombre de pila, probablemente lo he olvidado. O quizás nunca lo supe. Creo que era algo mayor que yo, sin embargo se movía a su antojo por aquel triste y desangelado lugar. Nadie osaba pedirle explicaciones. Ni siquiera los celadores que con estricta precisión hacían la vista gorda en cuanto barruntaban su presencia. “Chocandre” era muy dado a apostarse en lugares al parecer “estratégicos” según su entender y el de los gatos que se congregaban allí. En actitud ritual y con las manos entrelazadas de espaldas a la pared, “Chocandre” iniciaba entonces un rítmico balanceo, mientras recitaba un monótono e ininteligible mantra.
“Chocandre” casi nunca miraba a los ojos, tenía la vista enfocada al infinito. Pero un día se fijó en mí y seducido por su mirada cuasiestrábica vi por un momento más allá de mis narices. Remontando aquel sombrío presente atisbé como en un flash este luminoso aquí y ahora. Una moderna zona hospitalaria donde todavía permanecen como viejos testigos algunos de aquellos árboles de gran porte. A veces, cuando sopla el viento escucho a su vera la salmodia de “Chocandre”.
Tengo una buena amiga que no aplaude mi humor gris marengo, como yo lo califico eufemísticamente. Nos conocimos en el trabajo. La primera vez que le envié un mensaje, mezcla de retranca y mala intención, respondió con la frase “Ti es o demo” y el emoticono correspondiente. Me hizo gracia y empecé a utilizar esa carita cornuda para firmar mis habituales salidas de tono.
Un día de fiesta familiar, comenté la broma. El rostro de mi madre se descompuso y me ordenó callar. Ni poniéndome pesada, conseguí que descubriera el motivo de su reacción. Los demás cambiaron de tema. Desde entonces, sustituí el sarcasmo irreverente por formalidad y silencios.
La vecina más próxima, que me ha visto crecer, mostró extrañeza por mi semblante serio. Le expliqué la razón y se ofreció a contarme si le prometía no descubrirla. Según dijo, recién cumplidos los cuatro años, sufrí una posesión demoníaca. Mi madre buscó un cura exorcista, pero mi padre, médico y ateo, puso el grito en el cielo e impidió el ritual. Él, con psiquiatras y medicación, me sacó adelante; ella, escéptica, piensa que el maligno permanece aletargado en mis entrañas a la espera de mejor ocasión para manifestarse de nuevo.
Mi estudiado desaliño de mendigo irradiaba compasión y simpatía.
Ayudaba con las bolsas de compra a personas mayores en la puerta de un supermercado. Recibía monedas, algún alimento recién adquirido, o ropa de segunda mano. Nadie sospechaba que mi verdadera intención era descubrir, de forma discreta, el trasiego oculto de cierto individuo durante su jornada laboral.
El sujeto a observar era sospechoso de no dedicarse a la tarea a tiempo completo por la que recibía un sueldo. Pronto comprobé que todas las mañanas acudía varias horas al domicilio de su madre, en un bloque de viviendas frente al autoservicio, por carecer de dinero suficiente para pagar a una cuidadora. Un buen hombre, a quien despedirían con mi informe como prueba testifical.
No escatimé detalles sobre rutinas inexactas y horarios falsos, pero creíbles. En la agencia sabían que era mi último caso, el colofón a una brillante trayectoria como detective privado. Nadie puso en duda que el investigado estaba libre de sospecha de absentismo.
Ahora soy yo quien hace compañía a la buena mujer, su hijo ya no tiene que faltar al trabajo. No solo lleno así mi tiempo de jubilación, también he ganado una madre y un hermano.
La pequeña y caprichosa hija única María puso morritos, miró al infinito y les dijo a sus padres con aires de superioridad.
-¿Por qué no tenemos más pisos..? Mi amiga Susanita tiene treinta y nosotros, solo veinticinco.
Su padre, también hijo único y rico heredero, no supo qué responderla y, para calmarla, la llevó a ver una de sus joyas inmobiliarias, aún, sin inquilinos.
– ¡Este está un poco viejo. Deberías reformarlo!
Lo cierto es que no se había modernizado porque, hasta entonces, lo ocupaban varios emigrantes latinos, y por el que pagaban un precio especulativo.
María se hizo mayor y continuó siendo caprichosa y egoísta, fruto e la mala educación de sus padres. Ella no se daba cuenta de que cada vez se estaba quedando más sola porque poca gente soportaba su prepotencia. Acabó siendo una rica agente inmobiliario pero nunca estaba contenta con todo lo que poseía. Hasta que un buen día, se percató de su situación y cansada ya de vivir en medio de tanta superficialidad -porque no sabía hacerlo de otra forma- decidió quitarse la vida. Entonces, sí comprendió que ésta no le pertenecía. Y, sin llorar, dijo adiós al mundo…
¿Por qué la arbitraria memoria, a veces, nos castiga con recuerdos que preferiríamos no evocar y, sin embargo, relega al desván del cerebro aquellos que merecen un lugar de honor?
¿Por qué, cuando vuelo a mi infancia, plagada de carencias, la primera imagen que aparece, nítida y precisa, es la casa más fría y oscura de las varías que habité, como si ella quisiera hacer juego con la pobreza que me acompañó en esa etapa que siempre parece interminable?
¿Por qué, si me da por evocar mis amores, el que surge de pronto es el primero, el imposible, entre un tal Florencio con sonrisa de pillo y yo, con seis años los dos y en primaria, pero del que recuerdo su cara como si la viese hoy?
¿Por qué, al repasar mis pocas pero buenas amistades, la que se empeña en emerger sobre todas es la única que perdí, la que creí también auténtica pero que desapareció un día sin dejar señas?
¿Y por qué me da por creer, a veces, que soy más yo, que pertenezco más a esos pocos y extraños recuerdos que a los muchos y amables que ocupan más espacio en mi cabeza?
—Le llamo de Anatomía Patológica —dijo el auxiliar—. Necesito confirmar sus datos para enviar el informe al médico.
De acuerdo, respondí y le dicté mi número de DNI como un robot.
—¿Y la letra es «ele» de Lisboa? —preguntó.
—No. De Lego —corregí, pensando en las figuritas desmontables.
—Bien. Si me facilita su correo, le enviamos una copia.
—¿A mí para qué?
—Porque el tejido es suyo.
No contesté, sentí un frío repentino y colgué de golpe. Luego me recosté en el sofá dándole vueltas a la conversación mantenida con el auxiliar de laboratorio, hasta que volvieron a llamar. Miré la pantalla del móvil, otra vez los del hospital. No cogí. Entonces un olor a desinfectante inundó el salón. Era intenso, irritante. Me incorporé para buscar la procedencia y fue cuando sentí un pinchazo donde ahora no hay nada; como si lo que ya no formaba parte de mí reclamase su derecho a volver a casa.
Recuerdo haber aprendido los posesivos en clase, todo seguido: mi, tu, su. Sonaban al nombre de una marca de comida para perros.
Pronto los conjugué: mi bicicleta, mi casa, mi ciudad, mi colegio. Nunca me pregunté qué significaba exactamente ese mi. Bastaba con decirlo para sentir que tenía un lugar.
Años después, viendo Casablanca, entendí que el inglés distingue donde el español confunde. Cuando Rick le dice a Ilsa «you belong with Victor», no habla de propiedad, sino de lugar, de compañía, de un destino compartido.
Entonces comprendí que mi colegio nunca fue mío como se posee un objeto. Yo pertenecía a ese lugar y a quienes llenaban de voces las aulas, la biblioteca o el patio. El posesivo me había engañado: no nombraba una propiedad, sino aquello a lo que pertenecía.
Mi pareja se fue. Lo que echo de menos no es el «mi», sino el «with».
¿Acaso soy yo el que habita la casa o, por el contrario, es ella la que me habita a mí?
No es un pensamiento gratuito porque todo ha cambiado desde entonces. Las piernas flaquean y los cimientos oscilan. ¡Que aparatosidad para decir que ya no soy el mismo! De hecho, ni siquiera estoy aquí.
Encontré una puerta, una diminuta, sencilla y escondida puerta que atravesé sin pensar. ¿Sabes cuando le das la vuelta a una prenda para meterla en la lavadora?
Mi envés es complicado. Tiene manías de viejo y tonterías de niño. A veces logro encontrarme en un término medio, pero enseguida aparecen las grietas. Si miro muy fijamente un punto fijo, logro volver al estado natural y traspasar el espejo.
Jamás invito a nadie a merendar.
Tenía que haber desconfiado de ese precio tan económico, pero el sentimiento fue mucho más allá. En el momento de visitarla, ya me estaba poseyendo.
He perdido familia y amistades.
He ganado huecos por rellenar.
Reflexiono todas estas cosas mientras me rasco una teja y eructo corrientes, incapaz, por otro lado, de identificar el humo de las orejas.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









