Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

QUIJOTERÍAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en QUIJOTERÍAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 Comenzamos nuestro 15º AÑO de concurso. Este año hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores, y el tercero serán QUIJOTERÍAS Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

97. Maternidad

La fuerza de una madre es más grande que las leyes de la naturaleza.

Barbara Kingsolver

 

Desde que acudo sola con mi barriga odio las salas de espera. Analizo a las otras mujeres: tres con maridos y una con madre. Acaricio mi tripa y le susurro que mamá puede con todo. Intuyo que será la primera de muchas mentiras. Observo a la madre, quien ya sonríe con babas de abuela. Sufro otra punzada de culpa atravesando mi vagina. Percibo la agitación del bebé, lanza patadas violentas e imagino que quiere romperme la tripa y huir. Me asalta un calor opresivo. Entonces la veo, tal y como la imagino con la edad que tendría que haber tenido justo en este momento, a punto de cumplir sesenta. Se acerca con su sonrisa pintada de hoyuelos y un vaso de agua. Cómo te pareces a mí, dice, con los mismos sofocones que tuve yo embarazada de ti. Anda, bebe, que ya se pasa. Me da dos besos, tan natural, como si nos hubiésemos visto ayer, y me arropo en su olor a bizcocho. La enfermera repite mi nombre. Mujeres, maridos y la futura abuela me miran. Me levanto, ya sin dolor. Al entrar en la consulta compruebo que mis manos aún se aferran a un vaso de agua.

96. Dulce mentira (Blanca Oteiza)

Entro en la cocina y mi abuelo se sobresalta al escuchar mi saludo, aunque disimula comenzando a silbar esa tonadilla de sus años mozos. Al mirarlo se justifica diciendo que está bebiendo agua. Otras veces me pide ayuda para buscar el café que no encuentra o simplemente sigue silbando y sale por la puerta sin mediar palabra. Y yo, como siempre, hago que no veo las migas en la comisura de sus labios.

95. Gota a gota

Tras escuchar la mentira, una lágrima, densa como el mercurio, recorre la mejilla sonrosada lentamente, hasta quedar balanceándose en la barbilla. Desde allí, contempla los pequeños edificios abajo. Y el gentío que se acumula parece un hormiguero caótico. Se balancea. Hay un aire agradable que la refresca. Disfruta del momento. Observa el cielo como tantas veces que buscó respuestas. Pero hoy está nublado. Y las nubes pasan demasiado rápido. De pronto, otra lágrima de igual densidad recorre el mismo camino que la primera tras asomarse tímidamente por el lagrimal. Bailan juntas sobre el vacío. Pendulan armónicas a ritmo del latir. Hasta que el rugido del tráfico las devuelve a la realidad.

94 . “MENTIRAS PIADOSAS”

La miro a los ojos y soy feliz. Permanecemos en silencio, el ruido de fondo no nos molesta. Cogidos de la mano, piel con piel, a lo nuestro, y así, permanecemos en el tiempo.
De repente, rompiendo ese momento mágico y eterno, quizás el último, me pregunta por mi hermana. El hechizo se hace añicos.
La realidad se impone, los recuerdos afloran. Los míos, claro. Hace ya dos años que no está con nosotros. Se fue. De forma imprevista, pero hay enfermedades que no… entienden. Un hijo no debe morir antes que los padres.
—Bien, como siempre. Muy liada con el trabajo. Manda recuerdos y besos. Ya vendrá a verte a la Residencia. Cuando menos te lo esperes la verás. Tú, tranquila.

 

93. El ama de casa

Entró en la estancia feliz como cada martes. Tiró los zapatos al aire y se puso la bata de seda que colgaba en el vestidor. La brisa matinal peinaba las habitaciones y la radio departía con ritmo de swing. Observó como tantas otras veces los retratos que reposaban en la repisa de la chimenea. El crío rubio parecía querer echarse en sus brazos. Y la nena vestida de jinete, montada en lomos de un alazán, la saludaba a punto de saltar la valla. Se preparó varios daiquiris que deleitó estirada en la hamaca de la terraza. Daba la impresión de que el tiempo se estiraba como un chicle. Una luz irisada iluminaba sus ojos y le cosquilleaba la nariz. Ebria de tanta dicha, se quedó dormida. La despertó horas más tarde una lluvia fina. La rodeaban las caras de su empleadora, el marido y los niños de las fotos. Entendió que no bastarían buenas palabras y no las dijo. Recogió sus cosas, devolvió las llaves y, sin cobrar los últimos días de limpieza, abandonó la vila. Ni era martes, ni los dueños iban a pasar todo el día fuera.

92. Mirar hacia otro lado

Jugaba lentamente con el cordón de sus gafas mientras analizaba las pruebas del hombre que tenía delante, de ese al que le sudaban las sienes enmarcando un rostro doliente implorando misericordia.

El galeno se mesaba las barbas con parsimonia y volvía a mirar el TAC. Tiempo insufrible para quien lo observaba arañándose las rodillas.

Por fin hubo un pronunciamiento diagnóstico. Nada importante que reseñar. Vida normal.

El suspiro se escuchó varias plantas por encima y por debajo del hospital.

Dio las gracias como si ese médico fuera su nuevo Dios y le estrechó la mano con fuerza recién nacida. Atravesó la puerta, escoltado por la felicidad.

El doctor miró su mano y se dirigió hacia el lavabo para frotarla con jabón y agua caliente más allá de una limpieza ordinaria.

“Este será nuestro secreto, no puedes contárselo a nadie”.

Esas palabras venían a su mente cuando recordaba al niño que fue. Se veía sobre el regazo de aquel que arremangaba su sotana hasta la cintura. A piel viva.

Ahora solo quedaba sentir como ese pequeño tumor crecía y se extendía hasta doler.

Cuando pensaba en el juramento, estaba seguro de lo que Hipócrates haría en este caso.

91. Cien mentiras (Patricia Collazo)

¿Otro? ¡Qué alegría, Jime!, miento por segunda vez desde que me levanté.

Tercera del día, miento un abrazo colectivo de algarabía generalizada. Río cuando hacen un rápido recuento: ¡Ocho sobris ya! ¿quién nos lo iba a decir hace diez años cuando terminamos la uni?

De pronto todas me miran preocupadas. Han recordado que la única que usa la carrera para algo más que adornar el salón con un título enmarcado soy yo. Y la única que sigue soltera. Pero no es envidia sino compasión lo que asoma a sus miradas.

Por eso uso mi cuarta mentira diaria para declarar que yo ni loca me meto en esos berenjenales. Que lo de andar cambiando pañales y calentando biberones no es para mí.

Entonces todas se enzarzan en una discusión que mezcla teta o biberón, colecho sí o no, chupetes, cólicos y Montessori.

Y yo, ignorante en esos temas, apenas tengo que mentir una sonrisa interesada. Quinta ya y apenas son las once.

Las siguientes noventa y cinco mentiras que inventaré en el día serán idénticas a la primera, la que me digo cada mañana cuando imagino en el espejo un perfil redondeado que nunca podré tener: ¿Hijos? ¿Para qué?

90. Mentiras de cine

No hay más de cuatro o cinco espectadores en la sesión de las cuatro de la tarde. Es una sala pequeña de un cine de culto, de esos para fanáticos. Desde que han repuesto la película, hace ya casi dos semanas, Irene ha acudido todos los días a verla. Cuando llega el diálogo por el que en realidad está en el cine, baja la cabeza, se tapa la cara con las manos y comienza a sollozar.

—“¡No te vayas!”, —dice Johnny.

—“Pero si no me he movido”, —contesta Vienna.

—“Miénteme. Dime que todos estos años me has estado esperando. Dímelo”.

—“Todos estos años te he estado esperando” —miente Vienna.

—“Dime que te habrías muerto si no hubiera regresado”.

—“Me habría muerto si no hubieses regresado”.

—“Dime que aún me quieres como yo te quiero a ti”.

—“Aún te quiero como tú a mí” —termina diciendo Vienna.

Entonces Irene siente que alguien le acaricia el cabello. Levanta los ojos y ve a su lado a Vienna, o quizás es Joan Crawford, no está segura, que le está sonriendo.

—¿Tú también has tenido a tu Jonny, verdad? —pregunta, antes de darle la mano y salir las dos juntas del cine.

89. Pequeñas anomalías que conducen al caos

El día que tu ciudad amaneció con dos horizontes decidiste que nada ni nadie perturbaría tu tranquilidad. Tenías presente, por las noticias de la tele, cómo se había alterado la vida de los vecinos de otras ciudades fascinadas por sucesos parecidos, como esa donde pudo contemplarse un duplicado del sol o aquella en la que desapareció parte de su paisaje.

Te acercas a esos horizontes aparentemente indistinguibles fingiendo desinterés, mientras utilizas caminos poco transitados para tratar de confundirlos y de que no adviertan tu presencia, hasta que los ves desprevenidos y puedes sorprenderlos por detrás. Allí compruebas cómo un falso horizonte se ha instalado de forma burda y precaria. Te basta con descoser las costuras para desinflar esa mentira y que todo él se venga abajo, igual de fácil que resultaría a quien quisiera quebrar un espejo o borrar tinta invisible.

Ya en tu ciudad serás aplaudido por algunos e insultado por aquellos que necesitan o quieren vivir en el caos. Solo más adelante, los más inquietos, porque la duda siempre quema y corroe, te harán la pregunta —«¿Qué hay más allá del horizonte?»— que no se atrevieron a hacerte entonces. «Más de lo mismo», les dirás. Para qué desengañarlos.

88. LA VALLA

Llevo todo el día tirado, sin hacer nada ni hablar con nadie. Solo puedo esperar a que oscurezca. Por aquí se dice que esta noche es propicia, que la luna no se va a asomar.  Yo ya estoy resignado a mi suerte, será mejor seguir al grupo. Hace ya casi seis meses que salí de mi aldea detrás de ese sueño que hoy me parece una pesadilla. Llevo semanas durmiendo a la intemperie, apenas sin comer. Me han robado el poco dinero que me quedaba y temo que algo grave me pueda suceder. La desesperación ensucia las almas y ya no sé en quién confiar. Hasta ahora, solo me he encontrado mentiras y sucios engaños. La verdad, no me importará morir si hoy no logro por fin saltar la valla.

87. Pérdidas y compensaciones (María Rojas)

La tía abuela Virginia aparecía en Nochebuena con unas muñecas de boquitas acorazonadas. Eran muñecas alegres, acaloradas de amor. Lo malo es que, en primavera, las muñecas perdían la compostura y se iban deshaciendo en un polvillo corrosivo como el que deja la pólvora quemada.

Mi tía se hacía la sorprendida y, mientras se tomaba un trago doble de aguardiente, nos decía que recordáramos que en polvo todos nos iríamos convirtiendo y, sin darnos tiempo de llorar a las difuntas, nos entregaba otras muñecas idénticas a las deshechas.

Nos aseguraba que en el taller del juguetero las habían reparado. Nosotros sabíamos que mentía, que no eran las mismas, pero las cargábamos con el profundo convencimiento de que en primavera perderían su hechura.

86. El oro de Cenicienta.

«El oro de mentira, también es oro», decía siempre mi abuela ; mientras limpiaba su hermosa bisutería. Era una mujer muy guapa, su tersa piel fingía juventud . Usaba imitaciones de las mejores marcas. Su impresionante figura hacía milagros: transformaba la ropa plebeya en lujosos tejidos. Elisa, mi abuela, fue una cenicienta rescatada por su príncipe. El feliz matrimonio, surgió de un romántico cuento: con madrastra, baile y zapatos. En realidad ,con muchos zapatos: porque se conocieron en una zapatería. Mi abuelo era el dependiente. Elisa quería tener tres hijos, pero un terrible parto le fulminó la matriz. Mi madre fue su única hija. Y yo, su asesina: murió en el parto. Mi padre y yo fuimos a vivir con los abuelos. Crecí rodeada de amor en aquel mágico ecosistema, surgido de la viudedad. Elisa y Manolo, mi abuelo, se querían con locura. El abuelo adoraba a mi padre ; Elisa fomentaba esta amistad ,dejando espacio a la intensa relación. Un día mi padre y Manolo estaban solos en el jardín; yo ya tenía dieciocho años. Comencé a sospechar, mire a Elisa con ojos interrogantes. Ella suspiró aliviada, su respuesta fue clara: «Cuando muera, tasa mis joyas».

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