87. SIN HUELLAS EN EL SOFA
Ensayo en el espejo del ascensor la que será mi mejor sonrisa y tomo aire antes de entrar en casa, musito un holaaaaa impostado a sabiendas de que no tendrá respuesta. Sobre la desgastada y ahora siempre impoluta alfombra sigue un pequeño baúl que alberga todas sus pertenencias.
En mi desordenado sueño creo escuchar un tímido ronroneo seguido del rítmico ritual que dibujan sus patas sobre mi regazo, dando pequeños giros en busca de acomodo que parecen decir, estoy aquí, ¿ves? , no me he ido. Me despierto con los ojos inundados y la boca seca mientras sigo un reguero de hierba gatera que culmina en un corazón gigante abrazando un sinfín de juguetes: un puntero láser, un par de rascadores de cartón corrugado y otros tres de cuerda sisal sobre los que brillaban varias pelotas hechas de papel de aluminio. En la pared solo está el cuelga fácil que sostenía su retrato, desde el que ahora, apoyado al descuido sobre el baúl, me sonríen sus ojos azules. Una colilla ahogada en el fondo de un vaso roto me confirma que la otra yerba, la mía, mantiene todas sus propiedades.


La soledad no deseada necesita disfrazarse con algo, una mascota o, en último término, alguna sustancia para sobrellevarlo mejor, siquiera un rato.
Me alegra leerte, Yoya.
Un abrazo y suerte