107. Ciclos
Cuando llega el viento de marzo, lo desordena todo. Revuelve la melena de Rosaura mientras mira cómo se alejan, en un jeep destartalado, la Chispa y el Marcelo, en quién había puesto tantas ilusiones. Desbarata las tablas de la silla de Martín, pero no el esqueleto herrumbroso que las ha soportado tanto tiempo, que permanece allí, varado en la arena, como el casco mortecino de un navío. Cuando llega el viento de marzo un silbido fino se cuela por la masilla cuarteada que soporta los cristales y embarulla el parloteo de las casas, confunde el ladrido de los perros con el zumbido atroz de los mosquitos y disfraza el olor de las cocinas con el bálsamo gris que emerge de las cañerías. Cuando llega el viento de marzo, arrambla por el cementerio, desdibuja el rostro marmóreo de vírgenes y crucificados, juguetea con los nombres de las lápidas, cambiándolos de sitio, y escribe sobre ellas disparatados epitafios. Cuando el viento de marzo desparece por el horizonte, llega la lluvia de improviso, sigilosa, como le llega la muerte a los ancianos. Los lagartos regurgitan sus miserias, mientras emerge la luna en la ladera, y tañen las campanas a destiempo.

