04. Las agallas de los mansos (Edita)
Lo conocía bien: además de ser vecinos, fuimos juntos a clase. Aunque receloso, asumí liderar el operativo de búsqueda. Había desaparecido después de agredir brutalmente a su madre. Ella, malherida, se preocupaba más por él que por sus lesiones. Le prometí encontrarlo vivo.
Estaba al borde de un precipicio. Era la única salida digna, pero corpulencia y orgullo no implicaban valentía. Como tampoco quería entregarse, me retó:
─¡No tienes huevos a dispararme!
Bajé el arma. Igual que hacía antaño en el recreo ante sus ataques, le di la espalda y retrocedí. Empezó a insultarme. Aceleré. Para que la distancia no me impidiera seguir oyendo improperios, necesitó aproximarse.
─¡Gallina! ¡Zurullo uniformado!
El plan funcionaba. Avisé sigiloso a los compañeros que, escondidos, esperaban órdenes. Cuando el camino se estrechó lo suficiente, simulé tropezar en un pedrusco y caí aparatosamente dando gritos lacerantes. Seguro de mi debilidad, emprendió la huida, rozándome casi. En ese momento, con rapidez extrema y efecto sorpresa, pude inmovilizarlo. Los refuerzos aparecieron enseguida.
La pobre señora no se cansa de agradecerme la vida del hijo. Yo me arrepiento de haber hecho lo correcto cada vez que la veo arrastrar andador y secuelas hacia el presidio los días de visita.


Una madre no reniega de su hijo, sea como sea. A veces algunos tienen lo que no merecen, una madre como esa, y un agente de la ley humanitario, quizá no tanto con él, aunque sí con ella.
Un abrazo y suerte, Edita
Muchas gracias por tus acertadas palabras. Atento y generoso como siempre.