Daños colaterales (Jesús Alcañiz García)
Sentada en el suelo del refugio con las rodillas abrazadas, observa cómo la maestra canta con sus alumnos la tabla de multiplicar: dos por tres, seis; dos por cuatro, ocho… Admira la normalidad que transmite a los pequeños. Las explosiones cesan y, terminada la clase, los críos suben a jugar entre las ruinas. Como ellos, se ha acostumbrado a imágenes que resultan insoportables para los espectadores que pueden seguir el horror desde sus salones, a miles de kilómetros. Está vacunada contra todo, salvo el miedo. El dolor por los compañeros muertos en un ataque a su convoy se le aferra al cuello, al pecho, al estómago. La paraliza, pero consigue dominarse. Para no entrar en pánico sigue el ejemplo de la maestra. Los niños viven la guerra de manera diferente, protegidos por su envidiable resiliencia infantil. Todos han perdido algún familiar bajo los mismos escombros sobre los que buscan un balón perdido. Se ajusta el casco con la acreditación PRESS y el chaleco antibalas. Cámara al hombro y micrófono en mano, aprieta los dientes y sale a la calle a desempeñar su labor un día más.
El zumbido del misil sobre su cabeza es lo último que escucha.

