Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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Fotoperiodismo

Amed miró con recelo al hombre que le ofrecía comida. El muchacho tenía hambre y sed, pero tenía aún más amor propio y no aceptó. Sus ojos eran dos pupilas inmensas y oscuras que se abrían paso a través del polvo de sus pestañas. Y acusaban en silencio. Le tentaba alargar la mano sudorosa y escoger algo de fruta y harina de ñame para que su madre —que tenía el pecho seco y estaba maldita— volviera a ser mirada con amor. Sin embargo, rehusó de nuevo y dio las gracias en francés. Luego, antes de trepar hasta el agujero de la mina y reanudar la búsqueda del oro y mientras le ahogaba una tos persistente, accedió con un gesto discreto a ser fotografiado.

Aunque, a menudo, se sentía impotente y avergonzado, el hombre de la cámara hizo lo que tenía que hacer y, preparado el objetivo, capturó la historia escrita en la mirada de Amed. Después, perseguido por un zumbido de mosquitos, caminó despacio sobre las cicatrices de un sendero yermo y se dirigió a la escuela del poblado, aquel lugar extrañamente silencioso donde los niños, antes de salir a jugar con la muerte, aprendían a rezar.

1 Response

  1. Ángel Saiz Mora

    Ser testigo directo de una realidad terrible sin implicarse ha de ser muy difícil, palpar la necesidad de personas que viven en el infierno, sentir la impotencia de que no poder hacer nada. Pero tu protagonista sí que hace, aunque a veces no se lo parezca. Trabajos como el suyo ponen en evidencia situaciones que nadie merece y muchos sufren, que quizá sirvan para remover conciencias, como también contribuye a ello tu relato.
    Un abrazo y suerte, María José

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