Barlovento
Se metió en el pijama con el dibujo estampado del osito Misha. Sentado en la cama, contempló el enorme despertador en la mesita de noche; parecía un timón. El timón de un barco que surcaría el mar de esa noche agazapada tras la ventana. Embozado en las sábanas, apagó la lamparita y al cerrar los ojos se vistió con el traje corsario que se deslizó desde el libro que descansaba junto al reloj. Navegó tan lejos como pudo y quiso sentir la brisa y la sal en la cara, y asaltar naves en llamas, y dejar que vientos cálidos y desconocidos hinchasen sus velas.
Cuando abría los ojos encontraba el techo vacío, pero entonces sus párpados, pesados, lo devolvían al mar. Las gaviotas chillaban entre las velas y los cables y las jarcias, y una brisa de gritos y de vino rancio lo envolvía todo. Y en medio de feroces abordajes un ruido de platos rotos se entremezclaba con los gritos del combate, con los cañonazos y la pólvora, con la sal y el llanto desconsolado de su madre.
La brisa de barlovento hizo reventar las lágrimas en sus ojos.


Qué tremenda lucha entre la imaginación y la realidad, querido Marco. Siempre gana la realidad…Pero abstraerse de ella, aunque sea en un breve sueño, siempre reconforta. Un abrazo y suerte, guapo.
Gracias Puri, a lo mejor un día gana la imaginación. Un abrazo.
Imaginación infantil, ternura y maltrato atroz maravillosamente entretejidos para poner el bello de punta.