JAURÍA
El silencio ha regresado. Al fin, esos extraños ladridos han dejado de escucharse.
Aunque, ahora, alguien lleva un rato llamando:
—Señora, abra.
—¿Por qué?, ¿se ha vuelto a escapar? Pero… ¡si está aquí!
—Señora, por favor.
—Verá, mi Darko es muy bueno. Los malos son esos otros chuchos.
La dueña de la casa tiene la mirada perdida y la voz quebradiza, pero lleva razón: su perro está tranquilo en el jardín.
—Se lo repito: no hemos venido a por su perro… ¡Abra!
El grito del policía ha retumbado en la puerta, las paredes, las ventanas… y hasta en el cerebro de la mujer, que, tras pulsar el botón, se deja caer, impotente, sobre la hierba. Mientras los agentes suben a detener a su hijo, el perro se acerca a ella y comienza a lamerle las lágrimas.
Y regresa el silencio. Un silencio frío, abrumador, que solo se romperá cuando, justo antes de ser metido en el coche patrulla, el chico decida mostrar sus afilados dientes a la luna.
Entonces sí.
Entonces, a lo lejos, regresarán esos extraños ladridos.

