54. Noctívago (A. Parada)
Cruzo el umbral del portal y lleno mis pulmones de aire fresco. Miro al cielo oscuro y echo a caminar. «No debería salir a estas horas» pienso mientras la noche me arropa.
Un gato se cruza delante de mí. Se para, me mira un segundo extrañado y continúa. Yo, en la libertad de una calle vacía, lo sigo en silencio, a una distancia prudencial. El felino se mueve lento y tranquilo durante tres manzanas cuando salta la valla de un descampado y abandona mi compañía.
Avanzo mirando al cielo y pienso: «este es mi lugar, aquí pertenezco».
Como ese gato negro, o las estrellas que titilan sobre mí o como esa farola de luz intermitente.
La deriva me arrastra a un pequeño parque. Noto el cambio de textura bajo mis pies al pisar la tierra y cómo altera el sonido de mis pisadas. Me doy cuenta entonces que, bajo la sombra de un árbol en un banco, una joven pareja habla entre susurros.
Intimidad, cercanía y calor.
Paso por delante sintiéndome un intruso, tratando de esquivar sus miradas mientras me disculpo mentalmente. Metros más adelante, decido volver a casa. Pues ellos, de pronto, pertenecen a la noche más que yo.

